15
Ismael estaba en el medio de la habitación, de pie y con las manos en los bolsillos. Como si me estuviera esperando.
―Cierra la puerta... ven aquí...
―¿Qué pasa, Ismael?
―Antes ha ido a verte Beatriz, ¿verdad?
―Sí...
―¿Y por qué no llevas ya puesto el colgante en el cuello?
―Porque no quiero...
―¿Y por qué no?, si es lo que deseas...
―No voy a hacerlo, Ismael, no sé cómo consigues convencer a las otras, pero ya te digo que yo no voy a...
―Esto es para ti ―dijo enseñándome un papel que tenía en la mano.
―¿Para mí...?, ¿qué es eso?
―Un contrato. Te he llamado para que lo firmes...
―No pienso firmar nada...
Se acercó a mí sonriendo y envolvió el papel formando un cilindro con el que se golpeó la palma de la mano.
―Ni tan siquiera lo has leído...
―No hace falta...
―Al menos, hazlo... y luego ya decides ―me pidió pasando por delante de mí, acercándose a la mesa y desenrollando el papel.
Dio un poco más de luz y se quedó sujetando la hoja, para que estuviera perfectamente extendida sobre la mesa. En silencio caminé tres o cuatro pasos y me incliné sobre el papel, que Ismael seguía sujetando con sus grandes manos.
―Léelo...
Contrato de sumisión
Yo................................ sumisa, manifiesto que deseo entregarme totalmente en las manos de Ismael Bueno Molina y cumpliré los deberes que me ordene, o si no aceptaré el castigo que me mande.
Deberes de la sumisa:
1. Obedecerás todas sus ordenes sin ninguna resistencia.
2. Contestarás sus mensajes en menos de una hora.
3. Podrás utilizar tu cuerpo como te plazca, sola o con pareja, pero sin poder llegar al orgasmo, salvo que él te lo permita.
4. Tu mayor satisfacción será satisfacerlo.
5. Aceptarás los castigos como medio para corregir tu comportamiento.
6. Llevarás tus piernas y tu sexo completamente depilado, a menos que él ordene lo contrario.
7. Usarás el collar que te ha dado con orgullo y en todo momento, porque es tu signo de pertenencia.
8. No te preguntes las razones de sus órdenes o castigos. Simplemente acéptalos y cúmplelos.
9. En público te comportarás con discreción, pero si él desea exhibirte deberás cumplir con lo que te pida.
10. Deberás confesarle todo aquello que realices en contra de su voluntad, incluso los pensamientos negativos. Él decidirá los castigos y la disciplina que mereces y tomará las decisiones oportunas para tu reeducación. Solo así conseguirás ser una sumisa perfecta.
Deberes del amo:
Se compromete a cuidar de la seguridad y el bienestar de la sumisa.
Se compromete a no realizar ninguna práctica de naturaleza sexual que implique un intercambio de fluido con la sumisa, aunque ella se lo pida, por lo que tiene terminantemente prohibido las siguientes prácticas:
1. Besos en la boca.
2. Sexo oral.
3. Penetración.
4. Eyacular dentro de ella, sobre su sexo, o en la cara o boca.
La palabra de seguridad será “COSMOPOLITAN”.
El contrato tendrá una duración indefinida, hasta que el amo quiera o incumpla sus deberes.
El incumplimiento de los deberes por parte de la sumisa, implicará un castigo.
El incumplimiento de los deberes por parte del amo, implicará la rescisión inmediata del contrato.
Firma del amo Firma de la sumisa
Leí aquello en bajito, con la firme convicción de que no podía aceptarlo.
Yo no iba firmar eso ni de coña. Me pareció demasiado duro para mí y no me sentí preparada para ser la sumisa de Ismael.
Una cosa era volar sin ropa interior o masturbarme en el baño, lo que yo consideraba un pequeño juego o tonteo, y otra bien distinta era ese contrato.
―Sujétalo y léelo en voz en alta... ―me ordenó.
Entonces me acordé de la película de Secretary, en la que hay una escena en concreto en la que ella lee una carta y su jefe se sitúa detrás de ella, azotándola mientras lo hace.
Cuando vi la peli hace años no me provocó nada especial, de hecho no me gustó.
Me pareció violenta, excesiva, machista y de muy mal gusto.
Y sin embargo, allí estaba yo, a punto de comenzar a leer ese contrato en alto, mientras Ismael se situaba detrás de mí. Sujeté el papel inclinándome sobre la mesa y saqué el culo hacia fuera, cuando sentí la mano del piloto en mi cintura.
―¡Vamos, lee...!
―Contrato de sumisión, yo... sumisa, manifiesto que deseo...
¡PLASSS!
Y me soltó un tremendo azote en mi glúteo derecho, que me escoció como si no llevara los vaqueros puestos. ¡Qué dolor!
―¡Auuu, joderrr!
―Se te ha olvidado decir tu nombre...
―¡Me has hecho daño! ―protesté mirando hacia atrás sin cambiar la postura.
―Empieza otra vez... y di tu nombre...
―Contrato de sumisión, yo ―e hice una pausa, pensándome bien lo que iba a decir.
Si volvía a omitir mi nombre, sabía que Ismael me sacudiría duro, así que esta vez no me quise pasar de lista―, Andrea Soler Montes, sumisa, manifiesto que deseo entregarme totalmente en las manos de Ismael Bueno Molina y cumpliré los deberes que me ordene, o si no aceptaré el castigaré que me mande.
Deberes de la sumisa... ―y otra vez me detuve.
―Sigue...
―No...
―Sigue...
Sentí que su mano se separaba de mi cintura. Mala señal. Eso es que estaba preparada para descargar con fuerza sobre mi glúteo y sin tiempo que perder, continué leyendo el contrato.
―Deberes de la sumisa: Uno, obedecerás todas sus órdenes sin ninguna resistencia, dos, contestarás sus mensajes en menos de una hora, tres, podrás...
Y así continué hasta el final, sin volver a recibir ningún castigo por parte de Ismael.
―Firma del amo y firma de la sumisa.
Se puso a mi lado y sacó un bonito bolígrafo del bolsillo, estampando su rúbrica en el papel, luego lo dejó rodando sobre la hoja y este llegó hasta mi mano.
―Te toca, firma...
―No.
―Firma...
―No.
―No me gustan los castigos físicos, aunque a ti ya veo que sí, solo hay que ver la cara que has puesto antes cuando te he azotado como una zorra. No sé por qué eso os gusta tanto a todas...
―A mí no me ha gustado, me has hecho mucho daño.
Y antes de incorporarme, me agarró con fuerza por el pelo, impidiéndome que pudiera cambiar de postura.
―¿Estás segura de que no quieres firmar?
―Sí...
―Está bien, ahora vas a ir a tu habitación, te vas a desnudar frente al espejo mirando la marca que te he dejado en la piel y después vas a coger el colgante, te lo vas a poner y vas regresar aquí. Esto no lo puedes firmar sin llevar el colgante al cuello, ¿lo has entendido?
―Sí, lo he entendido de sobra, pero no voy a firmar nada.
―Aquí te espero, si tengo que ir a buscarte a la habitación va a ser mucho peor, te lo aseguro ―me amenazó con una voz que me dio mucho respeto.
―¡Suéltame, joder! ―me zafé de él, arreglándome el pelo―. No vuelvas a ponerme la mano encima... ―y caminé tres pasos en dirección a la puerta.
Ni tan siquiera lo vi venir.
Con una fuerza descomunal me agarró del brazo y me llevó hasta el mismo sitio en el que había estado antes, obligándome a que me inclinara. Y recibí otro azote en mi culo con mucha fuerza.
¡¡PLASSS!!
―¡No te muevas, joder!
Esperó diez segundos y después vino otro más. A decir verdad, unos cuantos más.
¡¡PLASSS, PLASSS, PLASSS, PLASSS...!!
El que más me dolió fue el primero. Me quemó la piel, y como si él lo supiera, esperó unos segundos para que mi cuerpo se acostumbrara a esa sensación, y cuando bajó un poquito la intensidad del dolor llegó el segundo y después el tercero. Así hasta cinco.
Nos miramos a través del espejo e Ismael me soltó el brazo, como si fuera una perrita a la que acabara de domar. Yo no hice ni el más mínimo gesto de levantarme. Solo abrí las piernas y le supliqué sin palabras que continuara.
―¿Ahora quieres más?, je, je, je...
Cinco putos azotes y ya era su sumisa. ¿Qué acababa de pasar?
Notaba mi entrepierna palpitar de excitación, todo mi cuerpo estaba sensible, ansioso, y sentí unas ganas locas de acariciarme delante de él.
Como si me leyera la mente, se me adelantó y sus gruesos dedos se colaron entre mis piernas, sobándome el coño sin ningún tipo de delicadeza; lo hizo con rudeza, frotándome por encima del vaquero y ya no lo pude resistir más y solté mi primer gemido.
Me dio tanta vergüenza que agaché la cabeza, ocultando mi cara entre mi oscura melena.
―Lo has leído bien antes, ¿verdad?, cuando firmes, solo podrás correrte cuando yo te lo permita, te aseguro que te vas a correr con una intensidad con la que jamás en tu vida habrías soñado...
Moví la cadera delante y atrás, para que no se detuviera e Ismael continuó masturbándome con dos dedos, palpando mis labios, dándome golpecitos mientras arrastraba mi humedad por la tela de mis braguitas.
Estaba empapadísima.
No quería darle la satisfacción de que me oyera gemir, pero ya no podía más y salí de mi escondite, echándome el pelo a un lado, antes de aguantarle el pulso frente al espejo, mirándole a los ojos.
―Sigue... ―le supliqué.
Y él sonrió. El muy cabrón sonrió sin dejar de incrustarme los dedos en mi entrepierna.
―¿Es que quieres correrte, zorra?, de eso nada, lo harás cuando hayas firmado, además, tengo otro regalo para ti... uno que solo te pudieron dar tus padres y que te daré yo también... ―me dijo deteniendo sus movimientos.
―¿Un regalo? ―jadeé apartándome el pelo que cubría mi frente.
―Sí, y ahora ya sabes lo que tienes que hacer ―afirmó con calma, dejándose caer satisfecho en la cama―. Vaya, vaya, creo que tú y yo lo vamos a pasar muy bien, todavía mejor de lo que esperaba...
Salí de su habitación nerviosa, confundida, rabiosa y sobre todo muy excitada.
Cachonda.
Esa era la palabra exacta, me encontraba muy cachonda. Casi como una autómata bajé a pie por las escaleras hasta mi planta. Al pasar por la habitación de Sandra, escuché sus gemidos y ese inconfundible sonido de los cuerpos chocando, mientras estaba siendo embestida por el guaperas de Fran.
Eso todavía me encendió más.
Entré en la habitación y lo primero que hice fue quitarme el vaquero y las braguitas frente al espejo. Tenía su manaza bien marcada a fuego en mi glúteo derecho y me asusté pensando que incluso me podía quedar un hematoma visible varios días después. En ese momento me acordé de Sebas.
¿Qué pensaría de mí si viera lo que estaba haciendo?
Ni yo misma lo sabía, estaba muy confusa, me costaba pensar con claridad y lo único claro que tenía, es que una inmensa ola de calor se apoderaba de mí.
No podía ni tocarme de lo sensible que me notaba, me molestaba la tela de la camiseta rozando mis pezones y al mirar hacia abajo, me encontré con mi coñito brillando por la humedad.
Siempre había cuidado con mimo mi vello púbico, me encantaba llevarlo muy recotardito y al pasar la mano noté que raspaba como si fuera una lija.
No lo dudé ni un segundo, me acerqué al baño y cogí la cuchilla.
Me eché un poquito de agua y jabón y después me recosté en la cama, depilándome en un par de minutos mientras escuchaba los gemidos de Fran y Sandra.
Preferí no tentar a la suerte y pasé de acariciarme con los dedos.
De haber empezado, no creo que me hubiera detenido ya hasta correrme.
Con unos golpecitos de toalla y crema de hidratante, mi pubis quedó perfectamente rasurado, luego me quité la camiseta y me desnudé por completo, antes de coger el colgante que tenía guardado en el cajón de la mesilla.
Me situé frente al espejo, y con las manos temblorosas, situé la luna sobre mi pecho cerrando el broche.
Verme desnuda con aquel colgante de sumisa me impactó más de lo que pensaba y justo en ese instante me llegó la voz de Fran.
―¡¡Me corro, joderrrr, me corroooo, aaaaah, ábrela, mmmmm, abre la puta boca, mmmmmm!!
Me apreté el pezón que tenía el piercing y mis piernas parecieron flojear.
“Eso es, córrete en su boca”, jadeé mordiéndome los labios, mientras Fran se vaciaba y Sandra recibía gustosa el semen del piloto en su garganta.
―¡Trágatelo todo! ―le ordenó Fran y yo me dejé caer hacia delante, pegando la cara en el cristal y sacando la lengua.
“No puedo más”, gimoteé metiendo la mano entre las piernas y atrapé los dedos con la cara interna de mis muslos, dudando unos segundos qué hacer.
“Todavía no he firmado nada, puedo correrme”, me dije para mí misma acariciándome con mucha suavidad.
Miré hacia abajo y me quedé completamente alucinada al ver cómo chorreaba en la maqueta del hotel.
Cada cinco segundos, una gota se escurría entre mis labios y caía al suelo, y lo recogí con la palma, para después abrirme el coño con una mano y darme golpecitos con la otra.
Me azotaba muy despacio, pero era muy morboso escuchar el chapoteo de mi entrepierna y ese fue el preciso momento que estuve a puntito de abandonarme a mi propio placer.
Por suerte, la parejita de al lado comenzó a hablar y pegué la oreja a la pared, intentando escuchar lo que se decían, aunque tampoco es que charlaran mucho porque enseguida me llegaron multitud de besos, picos, muerdos y después la inconfundible voz de Sandra.
―Ya la tienes dura ―y me imaginé que le agarraba la polla y le pegaba unas cuantas sacudidas.
―¡Es que me pones mucho!, ¡ahora quiero darte por el culo! ―dijo Fran.
Me pregunté qué es lo que se sentiría al dejarse sodomizar.
Era algo que nunca había hecho, pues no me producía ningún tipo de placer y solo le había permitido a Sebas jugar alguna vez con mi ano cuando estaba muy cachonda, porque se ponía muy pesado, pero siempre tenía que pedirle que parara porque terminaba molestándome.
Aun así me daba mucho morbo lo que era la idea en sí del sexo anal. Era sucio, vulgar y guarro. Dejar que alguien te penetre el culo por el que sale toda la suciedad del cuerpo y además sintiendo dolor. En algunos casos mucho.
¿Cómo puede haber alguna mujer a la que le guste eso?
Puedo entender que a algunas les de morbo por ser una práctica tabú, por así decirlo.
Pero a mí personalmente me daría mucha vergüenza contarle a una amiga que mi chico me ha follado el culo.
Sin embargo, a Sandra parecía encantarle, porque los lametazos de Fran entre sus glúteos enseguida hicieron efecto.
―¡Vamos, ven aquí y métemela, pero muy despacito, por favor...!
Y con la respiración acelerada comencé a vestirme, poniéndome el vaquero y la camiseta sin sujetador. Con el colgante al cuello salí de la habitación y de nuevo subí hasta arriba por la escalera del hotel. Estaba a punto de convertirme en la sumisa de Ismael.
En su “elegida”. Solo faltaba firmar el contrato y caminé muy despacio por el pasillo hasta que llegué otra vez a la 502...