Mi primer vuelo 14
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Lo dejé sobre la cama, como si me quemara la mano, ni tan siquiera me atrevía a mirarlo y mis pulsaciones iban a mil por hora, lo mismo que mi cabeza.

No podía ser verdad lo que acababa de suceder y necesitaba darme una ducha, tratar de tranquilizarme y pensar, sobre todo pensar; asimilar toda la información que acababa de recibir.

Yo no quería llevar ese colgante al cuello. No quería ser la sumisa de Ismael. No quería ser la “elegida”.

Y sin embargo, mi cuerpo estaba en un estado de ansiedad tal, que no podía parar de temblar.

Era una mezcla de nervios, angustia, miedo, y de excitación.

Sí, también estaba extrañamente excitada, una sensación tan potente e intensa, que nacía en mi estómago y me atravesaba todo el cuerpo en las dos direcciones. De arriba abajo y de abajo arriba.

Apoyé los antebrazos en la pared, dejando que el agua me golpeara la cabeza y entonces recordé lo que había pasado en ese mismo hotel, la noche en la que hablé por primera vez con Ismael.

Me vino a la cabeza cuando subimos juntos en el ascensor y se situó detrás de mí, agarrándome de la cintura y rozándome sutilmente el trasero con su cuerpo.

Ese mínimo contacto hizo que me pusiera muy cachonda y eché las caderas hacia atrás.

Necesitaba más, pero Ismael se retiró y después de salir del ascensor, me humilló colando su mano por debajo de mi falda sin pedirme permiso.

Como si estuviera seguro de que podía hacerlo.

Me sobó el culo con rudeza, apretando mis glúteos y luego me acaricio el coño, solo para comprobar lo mojada que me encontraba.

Hasta se permitió el lujo de pellizcarme los pezones, ¡uf, qué daño!, ¡y qué placer!, ese dolor fue la hostia. Nadie me había tratado así, Sebas alguna vez me había soltado un azote; no es algo que le guste mucho, ni yo tampoco se lo he pedido nunca, pero con Ismael fue diferente.

No solo era el dolor, era el estar allí delante de él, dejándome retorcer el piercing de los pezones, sometida por completo a su lujuria, con la voluntad completamente anulada.

Abrí las piernas y me acaricié con suavidad, gimiendo bajo el agua caliente de la ducha, y comencé a masturbarme pensando en Ismael. Me sentía mal por Sebas, ya sé que solo era una fantasía, pero era como si le estuviera traicionando y además, mi cabeza me decía que aquello era algo más.

Había llegado demasiado excitada al hotel después de estar todo el viaje sin ropa interior, y la visita de Beatriz ya me desarmó por completo.

Ella me dijo que aquella decisión iba a cambiar mi vida y yo no quería que eso sucediera.

Tenía una relación perfecta con Sebas, un trabajo nuevo y me encontraba en mi mejor momento.

¿Estaba dispuesta a sacrificar todo eso por un estúpido juego?

Mis dedos martilleaban mi clítoris y a punto de llegar al orgasmo me detuve. Dejé que se aclarara el jabón de mi pelo y me escurriera por todo el cuerpo y me quedé unos segundos jadeando, con las dos manos apoyadas en la pared y la boca abierta.

Solo podía pensar en Ismael y en cómo sería ser su sumisa, y es que sabía que no iba a tener más oportunidades como esa en la vida.

Me apetecía experimentar, probar cosas nuevas, era algo muy emocionante, y Beatriz me había dicho que ser la “elegida”, no implicaba mantener relaciones sexuales con Ismael.

Eso estaba prohibido.

Entonces, ¿qué es lo peor que me podría pasar?

, yo no conocía ese mundo y quizás Beatriz había exagerado un poco.

Como mucho me mandaría ir sin ropa interior, que hablara con alguna chica como Paula, que me maquillara de cierta manera, que me vistiera como a él le gustaba, no sé...

ese tipo de cosas, pero realmente no tenía ni idea de lo que suponía ser la “elegida” de Ismael.

Un poco más tranquila y calmada al salir de la ducha, cogí el colgante y lo dejé sobre la mesilla, todavía tenía toda la noche por delante para meditar qué hacer y me quedé tumbada en la cama.

Llamé a mi chico y me reconfortó su voz; me dijo que estaba en casa estudiando y nos tiramos hablando casi veinte minutos.

Después de la ducha me encontraba muy relajada, estuve mirando un poco el móvil y unos minutos más tarde, sentí unos golpes en la puerta. Abrí los ojos y eran ya las 20:36. ¡Me había quedado dormida!, y salté de la cama a toda velocidad.

Allí estaba Sandra, ya vestida y arreglada para bajar a cenar, con un pantalón azul marino de vestir bien ajustado y un chaleco a juego del mismo color, con una camiseta blanca debajo con escote palabra de honor.

―¿Pero todavía estás así?

―Joder, tía, me he quedado dormida, perdona... si me esperas no tardo nada... tengo la ropa preparada...

―¿Te espero fuera?, ¿paso?

―Pasa, pasa, si quieres...

Y al entrar, caí en la cuenta de que el colgante estaba encima de la mesilla. Con disimulo me acerqué y lo guardé dentro del cajón, antes de ponerme un vaquero y una camiseta blanca de tirantes sin sujetador, ante la atenta mirada de Sandra.

―¡Estás muy buena, cabrona!, me encanta tu estilo cuando te pones las camisetas así, sin nada debajo, ¡te queda genial!

―Tú también estás divina con ese conjuntito de pantalón y chaleco...

―¿Sabes? ―dijo con voz melosa, pasando la mano por la sábana―. Roberto se quedó bastante pillado contigo la noche que quedamos...

―¿Y eso?, ¿te lo comentó o qué...?

―No, pero lo conozco bien y luego me encantó que nos mandáramos esos mensajitos antes de dormir, me pusiste mucho mucho...

―Si no te conté nada...

―Ya, pero solo con eso que me dijiste que tu chico estuvo salvaje, mmmmm... os imaginé juntos...

―¿Y qué te imaginaste...? ―le pregunté, retocándome el pelo frente al espejo―. Ya casi estoy lista...

―Pues eso, que te follaba a lo bestia...

―Mmmmm, ¡qué mala!, ¿y tú qué vas a hacer esta noche con Fran?

―Le he escrito antes un mensaje, no me da la gana dejarle vía libre con la zorra de Leticia...

―¿Y te ha contestado?

―A este le parece todo bien, me ha dicho que sí, que luego tomamos algo, pero seguro que también ha quedado con ella, así que...

―Bueno, vamos a cenar, que tengo hambre, yo como algo y me subo a descansar, eh... ―le aseguré a mi compi, poniéndome el bolso al hombro.

―¡Qué aburridita eres, Andrea!, ya te espabilaré yo ―y me agarró de la cintura mientras salíamos de la habitación.

En el comedor del hotel estaban Ismael, Fran y Leticia en una mesa cuadrada para cuatro y no vimos a Beatriz.

Nos extrañó bastante su ausencia, aunque yo me imaginé el motivo al que se debía.

Leticia se dio cuenta de que estábamos allí de pie, pero no nos dijo nada, y durante unos segundos dudamos qué hacer, hasta que finalmente nos sentamos solas.

―¡Menuda idiota!, ¿has visto cómo nos ha mirado? ―soltó Sandra.

―Sí...

―Se cree muy especial porque cena con los pilotos, y no es más que una pobre paleta, una snob de manual...

―¡Bah, pasa de ella!, vamos a cenar tranquilas y ya más adelante veremos cómo transcurre la noche...

Y a punto de terminar, vimos cómo se levantaban los tres y nos saludaron al pasar a nuestro lado, sobre todo Fran, que fue el único que se detuvo a nuestra altura.

―¿Qué tal, chicas?, os podíais haber sentado con nosotros ―dijo para quedar bien.

―No, estamos aquí hablando de nuestras cosas, gracias de todas formas, aunque te he visto muy bien acompañado ―le recriminó Sandra, que no pudo reprimir sacar su lado más celoso.

―Hubiéramos estado mejor acompañados con vosotras ―y Fran nos mostró sus perfectos dientes blancos con una sonrisa irónica―. Buenas noches, chicas...

―Buenas noches...

Unos minutos más tarde salimos del comedor y no nos encontramos a nadie en la cafetería del hotel, así que nos subimos a las habitaciones.

―Este cabrón ya se ha ido con Leticia, seguro que se la está follando..., ¡ey, tía!, ¿te vienes un rato conmigo?, es pronto y no me apetece estar sola ―me pidió Sandra, que parecía afectada por el plantón del piloto.

―Sí, claro...

Entramos en su habitación y mi compi comenzó a quitarse el conjunto delante de mí sin ningún pudor, quedándose tan solo con un tanguita negro y la camiseta blanca con escote palabra de honor, que llevaba debajo del chaleco.

―Nos teníamos que haber tomado una copa en la cafetería ―dijo agachándose en cuclillas y abriendo el minibar―. Me apetece tomar algo, a ver qué hay aquí...

Sentada en la cama, la visión de Sandra me pareció espectacular. Se notaba que Roberto era buen entrenador personal y aunque no estaba tan definida como Beatriz, también tenía unas buenas piernas y un culazo tremendo con las caderas algo más anchas.

Con las piernas abiertas y en tensión, era muy erótico ver cómo se le clavaba la tira del tanguita entre los glúteos.

―¿Quieres algo, Andrea? ―me preguntó girándose.

―No, paso...

Estaba claro que a Sandra le encantaba mostrarse. Como se suele decir, le gustaba gustar. Le daba igual si era a un chico o chica, ese cuerpo tenía que exhibirlo y tras unos segundos en esa postura tan indecorosa, se incorporó con una botellita de ginebra en la mano y una coca-cola.

―Esto es lo que hay...

―A mí no me apetece...

―Uf, y encima así, sin hielo ni nada, bueno, da igual ―y comenzó a echarlo en un vaso que había junto al minibar.

Se acercó hasta la cama con la mezcla y se sentó a mi lado, ofreciéndome el vasito. Yo negué con la cabeza y ella le pegó otro trago, dejándolo por la mitad.

―Seguro que ahora se la estará follando...

―No pienses eso, ¡no te martirices más!, yo creo que deberías dejarlo ―dije tratando de arrebatarle lo que tenía en la mano, aunque ella me lo impidió.

―Roberto me lo tiene prohibidísimo, no le gusta nada que beba alcohol, ¡bah, que se joda también!, joder, tía, pensarás que soy patética...

―¿Cómo voy a pensar eso?

―Es que tú... eres tan perfecta... ―susurró estirando el brazo, acariciándome la mejilla.

―No te creas, eso es que no me conoces bien... ―y sin querer miré hacia abajo, fijándome en su ombligo y en su minitanguita, que apenas le cubría nada.

―Tengo muy buen ojo para la gente... oye, ¿por qué me miras tanto?

―Te tengo delante, ¿dónde quieres que mire?, ja, ja, ja...

―Me gusta que me mires así, con ese erotismo, ¿alguna vez lo has hecho con otra mujer? ―me preguntó bajando la mano y me pasó un dedo por el cuello.

―No...

―Yo tampoco, pero reconozco que me llama mucho la atención... ¿y no te gustaría probar?

―¿Me estás proponiendo algo? ―quise seguirle un poco el juego.

―Puede...

―Ja, ja, ja... lo que pasa es que a mí no me gustan las mujeres...

―Si nunca lo has probado, no lo sabes ―murmuró acercándose a mí.

―Para, tonta...

―¿Segura?

―Sí, segura...

―Bueno, al menos lo he intentado... solo dime una cosa, si alguna vez te apeteciera hacerlo con una mujer, ¿cómo te gustaría que fuera ella?

―Pues seguramente así, como tú...

―¡Tienes muy buen gusto! ―exclamó mordiéndose los labios―. Lo mismo te digo, desnuda tienes que tener un cuerpazo increíble...

Y de repente llamaron a la puerta, interrumpiendo nuestro tonteo inocente.

―¿Te importa ir a ver quién es?, es por no salir así... ―me pidió.

―Sí, claro, sin problema.

Al abrir me encontré a Fran apoyado en el marco, llevaba un vaquero, zapatos negros y una camisa blanca que le daba un toque muy elegante, con su perfecto pelo repeinado hacia atrás; el piloto se sorprendió al verme, y comprobó de nuevo el número de habitación.

―Uy, perdona, pensé que aquí estaba Sandra...

―Eh, sí, sí, es su habitación, solo estábamos hablando ―quise excusarme para que no se pensara cosas raras.

―¿Le puedes decir que estoy aquí?

―Sandra, es Fran ―le grité desde la puerta.

―Espera un momento ―me pidió mi amiga buscando algo que ponerse en la parte de abajo.

―Dice que ahora sale...

―Ya, ya la he escuchado ―dijo Fran, deleitándome con su sonrisa de seductor y justo en ese momento apareció Sandra por la puerta, con el pantalón azul marino de vestir.

―Hola, Fran, ¿qué haces aquí?, pensé que habías quedado con Leticia... ―le recriminó mi amiga.

―Bueno, yo me voy, os dejo que habléis de vuestras cosas ―y me escurrí entre la puerta y el piloto.

―Mañana hablamos, cariño ―se despidió Sandra.

―Buenas noches, Andrea.

―Buenas noches a los dos... ―dije metiéndome en mi habitación.

Unos segundos después sentí que se cerraba la puerta.

Sandra le había dejado entrar y durante un par de minutos les escuché hablando al otro lado de la pared.

Durante un ratito había logrado olvidarme de mi pequeño “problema”, pero al sentarme en la cama saqué el colgante del cajón de la mesilla y lo sostuve en la palma de la mano, justo antes de que me llegara con nitidez el primer gemido de Fran.

Me acerqué sigilosa a la pared y en el silencio de la noche escuché los ruiditos típicos de succión.

No cabía duda de que Sandra le estaba haciendo una mamada al piloto y me separé negando con la cabeza, pues estaba claro que mi compi ya había vuelto a caer en sus redes.

Solo esperaba que no estuvieran follando mucho tiempo, porque me apetecía echarme a dormir y descansar.

Entonces mi móvil vibró sobre la mesilla y al acercarme comprobé que Ismael me acababa de mandar un mensaje.

Sube a mi habitación. 502.

Solo decía eso, ni me lo pedía por favor, pero en cuanto lo leí, me miré al espejo y revisé que estuviera perfecta, colocándome el pelo y estirando la camiseta. Me di media vuelta a cada lado y sin dudarlo, hice lo que me acababa de ordenar.

Me intrigaba saber qué es lo que quería de mí después de tantos días sin hacerme caso, aunque no era muy difícil deducir que su petición estaba relacionada con la visita de Beatriz antes de cenar.

Muy nerviosa llegué a su habitación y antes de llamar comprobé que estaba abierta.

El interior apenas estaba iluminado con una luz tenue, con mucho miedo avancé un par de pasos y me metí en la boca del lobo...