Mi primer vuelo 11
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Un par de semanas más tarde teníamos el fin de semana libre y Sandra y yo quedamos para cenar en un restaurante junto a nuestros novios. No es que a Sebas le hiciera mucha gracia una cita a cuatro con mi nueva compañera, pero no nos quedó más remedio, porque Sandra se puso muy insistente.

Habíamos vuelto a coincidir en tres o cuatro vuelos más y la verdad es que ella me caía genial.

Me parecía buena chica y desde que entré en la compañía siempre había estado muy pendiente de mí, preguntándome por mis vuelos y aconsejándome lo que tenía que hacer, según los tripulantes y las sobrecargos que me fueran tocando.

Quedamos sobre las ocho para tomar unas cañas y conocernos antes de ir a cenar, así rompíamos un poco el hielo entre los chicos.

Llegamos casi a la vez y viendo como era ella, no me sorprendió que el novio de Sandra fuera un guaperas del estilo de estos que salen en la tele en programas de ligoteo.

Alto, moreno, con barbita de tres días, la piel muy bronceada, delgado, pero fuerte, fibrado y una sonrisa profidén.

Llevaba un pantalón negro de vestir ancho, con pinzas y la camisa blanca con tres botones abierta, luciendo pecho en el que brillaba una cadenita plateada con una cruz.

―Soy Roberto ―se autopresentó, dándome dos besos y estrechando la mano a mi chico―. Vaya, Sandra no me había mentido cuando me dijo que eras un pibón ―me soltó como si nada.

Mi compi llevaba unos leggins negros de cuero superajustados, que no dejaban casi nada a la imaginación, parecían una segunda piel, zapatos de tacón y una camiseta roja de tirantes con un buen escote y al igual que yo, también le pegó un buen repaso visual a mi novio, aunque a este le hice yo las presentaciones.

―Ella es Sandra, la chica de la que tanto te he hablado y él es Sebas...

―Pues encantado... ―dijo mi novio con timidez y después de comprobar lo buena que estaba la rubia, le estrechó la mano a su novio.

Los dos se miraron con recelo y casi desde el principio comenzó la lucha de gallitos en cuanto se quitaron la cazadora, marcando brazos en sus camisetas ajustadas.

Sebas al principio suele ser un poco cortado hasta que coge confianza y los primeros minutos se quedó callado mientras hablábamos Sandra y yo, comentando nuestros últimos vuelos y con quién nos había tocado.

Roberto, de vez en cuando intervenía en la charla, pero la mayor parte del tiempo se lo pasaba mirándome descaradamente, sobre todo las piernas, que yo lucía con una minifalda negra del Zara.

Lo malo es que Sebas también se dio cuenta del repaso que me estaba pegando el guaperas y supe que la cosa se iba a poner fea cuando soltó un resoplido y eso que apenas llevábamos cinco minutos con ellos.

―¿Y tú Sebas?, ¿a qué te dedicas?, estás muy en forma ―le soltó Roberto a mi novio.

―Me estoy preparando para entrar en la policía...

―Ah, ¿sí?, ¿y llevas mucho tiempo intentándolo?

―Un par de años...

―Tengo un par de colegas que aprobaron el año pasado... ¡joder, pero si tú las físicas las pasas con la gorra!

―Sí, he suspendido la teórica dos veces, bueno, el primer año apenas llevaba unos meses estudiando... y el año pasado me quedé a muy poquito de entrar...

―Vaya, tendrías muy mala suerte, mis colegas me dijeron que fue bastante fácil...

me lo podría hablar planteado yo también, pero paso, no me veo patrullando y pasando frío y menos ahora, que las calles están llenas de gentuza, en tal caso en la local, curran menos y ganan bastante más...

aunque es más jodido para entrar y yo que tú no lo intentaría, salen poquitas plazas y si ya te cuesta aprobar las de nacional...

Se pasó la mano por la melena y mi chico se atusó el pelo hacia atrás.

Yo que le conocía bien, sabía que cuando se pone nervioso o se enfada, empieza a jugar con su pelo y aunque intentó aparentar que no le había molestado el comentario de Roberto, era más que evidente que el guaperas le había tocado en su punto débil.

―Seguro que tú aprobarías a la primera, tienes pinta de listillo... y por cierto ¿a qué se dedica un tío tan capaz como tú? ―le preguntó Sebas al novio de mi compi.

―Hago entrenos personalizados, y ahora estoy haciendo un curso de experto en culturismo natural para ser entrenador personal...

―Sí, yo le he dicho que es mejor formarse, aunque ya tiene unos cuantos clientes... ―nos informó Sandra, agarrándose a su brazo y dándole un beso en el hombro.

―Bueno, llevo unos años con esto... y ahora con las redes sociales es más fácil darte a conocer, pero estoy ahí intentando hacer buenos contactos...

no hay nada como el boca a boca y me gustaría entrenar con algún famoso, o famosa, y ya a partir de ahí trabajar en sitios más exclusivos y de lujo...

yo paso de estar toda la vida en un gimnasio dando clasecitas y ganando mil euros al mes, ¡eso es para perdedores!

―nos soltó con chulería, bebiendo de su botellín de agua.

―Parece que tienes las ideas muy claras ―dije yo―. A ver si tienes suerte...

―La suerte no existe, esto es trabajar duro y saber dónde hay que estar, qué puerta llamar y con quién tienes que relacionarte... ¿tú entrenas, Andrea?

―Eh, sí... no tanto como me gustaría, pero sí... intento ir al gimnasio tres veces a la semana...

―¿Vais juntos?

―No, por lo general no, además, yo cuando voy me suelo meter en alguna clase de GAP o spinning...

―Eso está bien para mantenimiento general, pero si realmente quieres mejorar y alcanzar tu mejor nivel físico, lo ideal sería unas rutinas en la sala o...

―¿No me ves en buena forma? ―le pregunté.

―No, no, no quería decir eso... estás bien, muy bien ―dijo volviendo a mirar mis piernas cruzadas, que yo no dejaba de balancear delante y atrás―. Solo decía que si quieres llegar a...

―Lo importante es que entrene y haga algo de deporte, me costó que empezara a ir al gym ―le interrumpió mi novio―. Cuando empezamos a salir estaba más delgadita...

―Pues sí que tenías que estar delgada, nena... ―intervino Sandra.

―Lo que quiero decir es que podrías mejorar mucho, mira ella, en un año ha pegado un cambio increíble, puedes venir a entrenar con Sandra, no me importa, y no te cobraría nada, eh...

―No, así estoy bien...

―¿Y cuánto lleváis vosotros juntos? ―nos preguntó Roberto.

―Ocho años ―le contestó mi chico.

―¡Guau!, eso es mucho tiempo... nosotros, ¿cuánto llevamos? ―y miró a Sandra acariciando su pierna.

―Un año y medio o así ―aseguró mi compañera―, aunque estuvimos ahí dos o tres meses al principio que no nos decidíamos a dar el paso definitivo...

Y en ese momento me acordé de la primera noche que pasé en Zurich.

Si llevaban saliendo año y medio, o bien tenían una relación abierta, o Sandra le había puesto unos buenos cuernos con Fran Lomas.

Seguro que a las dos se nos cruzó el mismo pensamiento cuando nos miramos a los ojos y Sandra bajó la cabeza pudorosa, pasándose el pelo por detrás de la oreja.

No nos hizo falta hablar para saber lo que estábamos pensando las dos.

―Yo es que tenía muchas “amigas”... ―quiso chulearse el morenazo.

―Demasiadas ―le recriminó Sandra―. Por eso nos costó tanto empezar, le quería solo para mí, y se lo dije bien claro, que o se decidía o yo no iba a ser una más de su amiguitas...

―Y aquí estamos, yo creo que nunca había estado más de tres meses con una y ahora, ufff, ya casi año y medio con Sandra... ―y se le escapó una media sonrisa irónica que no me gustó nada.

Estaba claro que lo de los cuernos era mutuo. Ese tío le debía haber sido infiel a mi amiga muchas veces. No había más que verle y si yo lo había adivinado conversando con él diez minutos, Sandra también debía estar segura de que su chico era un auténtico cabronazo.

―¿Queréis beber algo más? ―dijo Roberto apurando su botellín de agua.

―Pues yo sí, otra caña ―le pedí y después Sandra otra.

―Yo estoy bien ―y mi chico le enseñó su botella de agua todavía por la mitad.

―Conduces tú hoy, ¿eh?

―Yo no tengo coche, es de ella...

―¿Y no te lo deja o qué...?, ja, ja, ja... ―le preguntó Roberto a Sebas, que cada vez parecía más enfadado por las continuas provocaciones del novio de mi amiga.

―Pues claro que se lo dejo, es para los dos... aunque no le gusta mucho, no lo ha conducido nunca, porque dice que es de chica...

―¿Qué coche es?

―Un Mini Cooper...

―Ah, pues sí, es de tía, yo tampoco lo conduciría...

Y otra vez escuché a mi novio resoplando y colocándose la melena. La cosa era peor de lo que pensaba, se estaba poniendo muy nervioso y había roto a sudar.

―Voy un momento al baño ―se excusó mi chico y nos dejó a los tres solos, momento que aprovechó Roberto para volver a la carga.

―Oye, tú si quieres venir a lo de los entrenos con Sandra, sin problema... que ya he visto que tu chico es bastante celoso..., y no me extraña...

―Bueno, vale ya ―le cortó medio en broma mi amiga, dándole un puñetazo en el hombro.

―Es que Andrea tiene mucho potencial ―dijo mordiéndose los labios―. Daría muy buena imagen en las publicaciones de Instagram si hago fotos y ella está entrenando por el gimnasio... ya sabes... chicas guapas y tal...

―Te agradezco la invitación, pero de momento no...

―Voy a insistir más durante la noche, soy muy pesado cuando me lo propongo...

―Bueno, bueno, no te pongas tan pesadito ―le riñó Sandra

―Es que me da rabia, que con ese cuerpo y cuatro cositas que te dijera yo, podrías estar increíble...

Durante la cena mi chico apenas abrió la boca, todavía le duraba el enfado previo y Roberto nos estuvo contando sus planes, los proyectos que había empezado y todo lo que tenía en mente.

La verdad es que era un bocazas, pero tenía las ideas muy claras, y se notaba que iba a conseguir lo que se propusiera.

En ese aspecto me gustó.

Pero el resto, me pareció todo un personaje. Chulo, faltón, prepotente y sobrado. Le salvaba que era muy guapo, aunque mi chico sin tener su físico, era mucho más atractivo que él. Al menos para mi gusto.

―Si quieres un día quedamos para entrenar ―le soltó de repente Roberto a mi novio.

―Eh, no gracias, no hace falta...