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Ismael no volvió a escribirme más, pero seis días más tarde, me tocó volar otra vez con él.
Pasé una mala noche, muy angustiada por encontrarme de nuevo con el Comandante, pero me levanté decidida a tomar las riendas en este asunto y zanjarlo cuanto antes.
Lo primero que hice fue ignorar el mensaje que me había mandado al llegar de Zurich y me puse el uniforme de la compañía con mi ropa interior debajo.
Entré en la salita para el briefing, y por suerte Ismael no se encontraba allí, aunque sí el otro piloto, con el que nunca había volado.
Solo conocía a una de las tripulantes de cabina, con las que ya había coincidido entre semana y la sobrecargo me pareció una chica bien maja.
Todo lo contrario a Leticia. Y ya finalizando la reunión, apareció Ismael en la sala perfectamente vestido y peinado, con la gorra de piloto en la mano.
Imponía por su tamaño y lo serio que era y cuando entró, se hizo el silencio en la sala. En nada se parecía al borracho que se tomaba una copa tras otra en aquella barra del hotel de Zurich; ahora iba impoluto, sin una arruga en el traje y con la corbata anudada en su cuello.
Y en cuanto me miró comencé a temblar.
Negó con la cabeza al verme, adivinando al instante que llevaba la ropa interior puesta y pude ver en su rostro que mi desobediencia no le había gustado nada. Entonces me entró un whatsapp en el móvil.
Ismael 11:43
No pensaba ordenarte nada más por hoy.
Pero si no cumples lo que te pido, eso conlleva un castigo.
Así que hoy, además de quitarte la ropa interior antes de subir al avión, también tendrás que correrte durante el vuelo de vuelta.
Y la siguiente vez que me desobedezcas, no pienso ser tan amable y el castigo ya será físico...
Me sobresalté asustada y me volví hacia él; por la cara que puso, me di cuenta de que no estaba bromeando en absoluto y casi al instante sentí que mojaba mis braguitas.
Intenté ser fuerte, solo tenía que resistirme esta vez y en cuanto viera que no le hacía caso, se olvidaría de mí más pronto que tarde.
Incluso se me pasó por la cabeza hablar con él seriamente y amenazarle con que dejara de escribirme al móvil o le denunciaría a la compañía.
Ahora tenía los mensajes como prueba.
Intenté sostenerle la mirada unos segundos, hacerme la dura y que viera que no me iba a amedrentar con sus estúpidas órdenes, pero hizo un gesto con la cabeza señalando el baño de la salita. Y aquello me desarmó.
Como si estuviera hipnotizada.
Lo peor es que sabía que si volvía a obedecerle, ya no podría salir de ese círculo vicioso en el que me iba a meter y con los nervios a flor de piel, entré en el baño y me encerré en un reservado.
Con las pulsaciones a mil mientras me quitaba las braguitas en el servicio, me encantó esa sensación tan sucia de sentirme dominada, y después de deshacerme de la camisa, el sujetador siguió la misma suerte.
Hice una pelota y como pude introduje las dos prendas en mi bolso, tiré de la cadena y salí cinco minutos más tarde.
Ya me estaban esperando mis compañeros para dirigirnos al avión y me puse roja de la vergüenza, al sentir que todos me miraban, como si pudieran adivinar mi travesura. Esta vez no tuvo que llamarme, pero me hice la despistada y me rezagué, para salir la penúltima de la sala justo delante de Ismael.
Cuando sentí su cuerpo pegado al mío y su aliento golpeando mi cuello, pensé que volvería a comprobar que me había quitado la ropa interior para él, pero no lo hizo, y tan solo se acercó a mi oído y me susurró.
―No vuelvas a desobedecerme, zorra. Que sea la última vez.
Aquellas palabras me dieron mucho miedo, pero a la vez me pusieron extremadamente cachonda y mientras caminábamos por el aeropuerto noté cómo la humedad empezaba a fluir de mi entrepierna y me mojaba los muslos.
Me aterraba que pudiera manchar la falda, y por si acaso, siempre llevaba una de repuesto en mi maleta de mano.
En cuanto subieron los pasajeros, despegamos rumbo a Barcelona, en un vuelo que se me hizo cortísimo.
Apenas tuve tiempo de nada y al llegar a la ciudad condal, me fijé que había dos chicos jovencitos que intentaban bajar la maleta del compartimento.
La hermana mayor apenas tendría 18 años, y supe que era mayor de edad o no hubieran podido viajar los dos sin el consentimiento de los padres.
Tenía la cara aniñada y hablaba en catalán muy fluido.
Le estaba riñendo a su hermano pequeño y yo me acerqué hasta ellos al ver que se quedaban los últimos.
Les ayudé a bajar una de las maletas y ella me soltó un “merci” sin tan siquiera mirarme.
La chica era realmente guapa, bajita, sobre 1.
55, pelo castaño muy largo y rizado y un bonito cuerpo atlético en el que destacaban unas tetas que lucía con un buen escote en su camiseta blanca de tirantes y sus piernas, que llamaban la atención, por lo corta que era su minifalda.
Levantó la mirada y al verme se quedó parada. Como si hubiera tenido una aparición.
―¡Muchas gracias! ―repitió esta vez en castellano, aunque con un marcado acento catalán―. Siempre vamos tarde por culpa de este mocoso...
―Nada, no te preocupes, que el avión no se va a ir... al menos hasta dentro de un par de horas.
―¿Y tú también vuelves a Madrid? ―me preguntó la chiquilla.
―Sí, claro...
―¡Qué pena!
―Anda, ¿y eso?
―Por si te quedabas por Barcelona... no sé, si alguna vez vuelves y tienes un ratito, me puedes llamar, me encantaría tomar algo contigo ―me soltó con toda la naturalidad del mundo cuando llegamos hasta la cabina y justo apareció Ismael por la puerta.
No supe ni qué contestar, es que, ¿aquella niñata estaba intentando ligar conmigo?
―Te paso mi número de teléfono o mi Insta, lo que prefieras...
―Ehhhhh...
―Si me dejas, te pongo mi cuenta de Instagram.
―Yo casi no lo utilizo ―traté de excusarme sacando el móvil de mi bolsillo.
―Déjame, si us plau ―y me arrebató el teléfono y entró en mi cuenta como si nada.
Puso en el buscador su nombre y en cuanto apareció, ella misma le dio a seguir desde mi cuenta.
―Esa soy yo, por si quieres ver mi perfil... ya te tengo localizada, Andrea Soler... que tinguis bon dia...
Y mientras caminaba alejándose de mí, se volvió para echarme un último repaso visual. Se notaba que a aquella pija no le gustaba un no por respuesta y tenía pinta de que tampoco había recibido muchos.
Al volver a entrar en el avión me topé casi de frente con Ismael, y este puso una sonrisa irónica.
―Vaya, vaya, así que ligando en el trabajo... ―murmuró y después salió rumbo a la cafetería.
Apenas teníamos tiempo entre vuelo y vuelo, lo justo para recoger el avión, dejarlo todo limpio y en perfecto estado de revista y después me tomé un café con el resto de tripulantes de cabina y el otro piloto.
Todavía me quedaban diez minutos hasta que empezaran a subir los siguientes pasajeros, y mientras tanto me senté en mi silla y le eché una ojeada al Instagram.
Paula Fornells se llamaba la chica. Hasta el nombre era pijo.
Tenía la banderita arcoiris en su perfil y más de 200 publicaciones, con casi 45.000 seguidores. La mayoría de fotos eran en la playa, y en muchas de ellas presumía de culo y pechos con unos biquinis minúsculos de varios colores, que apenas le tapaban nada.
Aunque no me gustaban las mujeres, tenía que reconocer que la niñata estaba bien buena.
Y de repente me entró un whatsapp de Ismael.
Ahora ya sabes
Tienes que correrte antes de llegar a casa...
―¡Andrea! ―me llamó mi compañera con la que iba a cubrir la primera clase en el vuelo de vuelta, y del sobresalto casi se me cae el móvil de las manos.
―¡Qué susto!
―Perdona, ja, ja, ja... nada, cuando quieras vamos empezando...
―Sí, sí, ya voy...
Durante el vuelo no pude dejar de pensar ni un segundo en la orden que me había dado Ismael.
Tenía que darme prisa, pues apenas duraba una hora.
Cada segundo me lo pasé pensando en masturbarme para él, y una de las veces que recorrimos el pasillo del avión, sentí que una gota de humedad me descendía por la pierna, deslizándose hasta mis rodillas.
¡En la vida me había empapado así!
En la parte delantera del avión teníamos unos baños exclusivos para los pilotos y los tripulantes de cabina, y cuando faltaban unos veinticinco minutos para llegar de nuevo a Madrid, y antes de comenzar el descenso, le dije a mi compañera que tenía que entrar al servicio.
―No tardes mucho, que ya dentro de poquito comenzamos a perder altura.
―Sí, sí, tranquila...
Lo primero que hice al entrar en el pequeño cubículo fue levantarme la minifalda y me pasé los dedos por la cara interna de los muslos, recogiendo la humedad que se escurría entre mis piernas.
“JODER”, murmuré al ver que estaba más mojada de lo que pensaba, y sin tiempo que perder, apoyé un pie en la taza y me acaricié el coño desnudo, dejándome caer hacia atrás, hasta que mi espalda topó con la pared.
Y en esa postura tan indecorosa, me masturbé con rabia, fantaseando con que Ismael me estaba esperando al otro lado de la puerta.
No podía tocarme excesivamente rápido para que el chapoteo de mi entrepierna no hiciera demasiado ruido y en cuanto me acaricié el clítoris, sentí que me corría casi de inmediato.
Tuve que mordarme el puño para no chillar y el orgasmo me sacudió con violencia en unos pocos segundos.
Fue algo sublime. Pocas veces me había corrido con esa intensidad, sin unos mínimos previos, aunque lo malo es que apenas pude disfrutar de esa sensación tan placentera del después, porque el avión estaba a punto de comenzar el descenso de altitud y tenía que darme prisa en salir.
Me recompuse en el espejo en unos segundos, me eché un poco de agua fría por la cara, alisé mi faldita y ya estaba lista para finalizar la jornada. Mi incursión en el baño apenas duró tres minutos. Breve e intensa.
Y a la hora establecida, sin un segundo de retraso, Ismael Bueno aterrizó el avión y los pasajeros fueron saliendo hasta que solo nos quedamos los tripulantes.
Esperé a que el Comandante me dijera algo, pero ni tan siquiera me miró y cuando salimos del avión, fuimos caminando todos juntos por el pasillo de la terminal hasta que nos despedimos en el parking.
Al llegar a casa tampoco recibí ningún mensaje de Ismael y yo como una idiota me pasé la tarde mirando el móvil, pero nada, no me escribió para preguntarme si había cumplido lo que me mandó.
Por lo menos esperaba que se le hubiera pasado el enfado por haber asistido al briefing con la ropa interior y mira, si seguía molesto conmigo era su problema.
Yo no iba estar pendiente todo el tiempo de él.
Tenía que seguir mi vida con normalidad.
Con lo que no contaba es que por la noche me llegara un mensaje privado de Paula en el Instagram.
Hola Andrea
Me ha gustado mucho conocerte y me has parecido superatractiva
Cuando vuelvas por Barcelona llámame porfi
Y si tienes poco tiempo me da igual, me acerco al aeropuerto a tomar algo
Un besote
Sí que era directa la niñata. Y aunque no creo que a Sebas le hubiera importado que esa chica me escribiera, preferí no contarle lo de esos mensajes. Al fin y al cabo no significaban nada para mí y de hecho ni tan siquiera la contesté.
Al menos ese día...