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Nos recogió un minibus de la compañía para llevarnos al aeropuerto y una vez allí, nos asignaron una salita para tener el briefing. Por suerte, apenas duró diez minutos, porque enseguida sentí la mirada de Beatriz que no se apartaba de mí y después nos dirigimos al avión.
Y cuando fui a salir de la salita, escuché la voz de Ismael unos metros por detrás de mí.
―Andrea, ¿puedo hablar un momento contigo?, nada, es una bobada, solo quería comentarte una cosilla... ―dijo quitándole hierro al asunto para disimular delante de todos.
Volvió la puerta sin cerrarla del todo y se acercó a mí, quedándose a tan solo veinte centímetros de mi cuerpo.
―¿Qué quieres, Ismael?
―Ya lo sabes ―afirmó colando su manaza por debajo de mi falda. Y otra vez volví a sentir sus gruesos dedos apretando mis glúteos desnudos.
Me quedé paralizada y el esbozó una sonrisa, retirando su mano de inmediato.
―¡Muy bien!, solo quería comprobarlo, aunque no tenía ninguna duda, venga, vamos... ―y los dos salimos de la sala, apenas quince segundos más tarde que el resto.
Caminó a mi lado y al llegar a la altura de nuestros compañeros, Ismael se adelantó, situándose junto a Fran.
―¿Qué quería este? ―me preguntó Sandra.
―Ehhhh... nada, solo era para darme las gracias, como ayer le invité a una copa ―mentí descaradamente a mi amiga, que tampoco dudó de mi versión, pues el encuentro había sido demasiado breve como para que pudiéramos hablar de nada más.
Uno a uno fui dando los “buenos días” a todos los pasajeros. Seguro que ni por lo más remoto se podían pensar que debajo de esa minifalda no llevaba nada. Era indecoroso y obsceno, pero lo que realmente me ponía cachonda de esa situación era que me lo había ordenado Ismael.
Sandra y yo nos sentamos detrás cuando fue a comenzar el despegue, crucé las piernas y sentí un calor exagerado en la entrepierna; y es que solo podía pensar en los dedazos de Ismael acariciando mi culo en la salita del briefing para comprobar si le había obedecido.
No me lo podía sacar de la cabeza, entonces caí en la cuenta de que estaba sentada sobre la falda y si me mojaba mucho, podría formarse un buen charco de humedad en la zona trasera, que sería imposible de disimular en la tela azul marino.
Me revolví impaciente en la silla y Sandra notó mi nerviosismo.
―¿Estás bien, cariño?
―Sí, es que por mucho que vuele, ya sabes, no acabo de acostumbrarme a los despegues, siempre me ponen un poquito nerviosa...
―Ah, ¿sí?, a mí ya no me afecta en absoluto, ya verás como en una semana ni te enteras...
―Sí, claro...
Y en cuanto el avión cogió altura y pudimos quitarnos los cinturones, me puse de pie inmediatamente.
―Tranquila, no seas impaciente...
―Tengo que ir un momentito al baño... ―y me disculpé a toda velocidad, entrando en el pequeño cubículo que teníamos para nosotras.
Me quité la falda para comprobar bien que no se había formado ninguna manchita, pero tenía empapados los labios vaginales y la cara interna de los muslos. Me sequé con un papel antes de volver a ponerme la minifalda y salí un par de minutos más tarde.
―Creí que me había bajado lo mío ―le susurré en el oído a Sandra, a modo de excusa.
―Ah, ya decía yo que te notaba un poco rara, me lo puedes decir con confianza, eh... de todas formas yo siempre llevo un uniforme de repuesto en la mochilita por si acaso...
―Sí, sí... y yo también...
Durante unos minutos estuvimos atendiendo a los viajeros, les servimos un zumo, y eso me vino bien para olvidarme por unos minutos de Ismael.
Pero cuando me crucé con Beatriz de nuevo, ella me echó otra mirada inquisitoria, y se tocó de nuevo el colgante que llevaba en el cuello.
Entonces advertí un pequeño detalle que hasta ese momento había pasado desapercibido para mí.
¡Beatriz tampoco llevaba ropa interior! ¿Se lo habría ordenado también Ismael?
Y sí. Lo adiviné porque debajo de la camisa de manga corta, si te fijabas bien, se podían adivinar sus pechos desnudos.
Aunque los tuviera pequeños, se notaba que se había “olvidado” ponerse el sujetador y se le transparentaban unos pezones oscuros muy sensuales.
Trataba de disimularlo con un pañuelo atado al cuello, pero era más que evidente.
Beatriz no solo tenía unas piernas y un culo de diez, también sus tetas parecían realmente bonitas, algo pequeñas, sobre una talla 85, aunque un poco más grandes que las mías y con un contorno casi perfecto.
¡Menudo cuerpazo tenía la cabrona!
Aquella revelación todavía hizo que me pusiera más nerviosa.
Estaba más que claro que Beatriz debía tener una relación de sumisión con Ismael, igual o parecida a la mía, aunque ellos se conocían de hacía años y seguramente ya se hubieran acostado; entonces se me ocurrió que quizás Beatriz también supiera mi secreto porque Ismael la hubiera informado cuando estuvo en su habitación.
Ya no podía descartar nada.
Creo que un par de veces mi compañera se quedó con las ganas de hablar conmigo, pero en el espacio tan reducido del avión no podíamos hacerlo, y al final tomé asiento junto a Sandra cuando comenzamos a perder altura.
Esta vez no me quise arriesgar y antes de apoyar el culo, me levanté sutilmente la falda, para que mis glúteos tocaran directamente el asiento y no mi faldita.
Prefería dejar un charco allí antes que en la tela.
Disimulé como pude con un buen cruce de piernas y Sandra miró hacia mí, sonriéndome.
―¡Joder, qué piernazas tienes!
Una hora más tarde ya estábamos en el parking del aeropuerto y me despedí de Sandra hasta la siguiente ocasión en la que coincidiéramos.
Por suerte, Ismael no volvió a hablar conmigo desde la reunión previa y solo nos dijimos un “hasta luego”, en los pasillos de la terminal, cuando cada uno cogió un camino distinto.
En cuanto llegué al coche, liberé el moño que me apretaba el pelo y solté una respiración profunda. Apoyé las dos manos en el volante y lo primero que hice fue llamar a Sebas por teléfono, pero mi chico no me cogió la llamada.
A esa hora estaría en el gimnasio, como siempre.
Esta vez pensaba cumplir una de sus fantasías e iba a esperarle en casa con el uniforme puesto hasta que llegara.
Y al entrar en el piso me lo encontré todo desordenado, con la cama sin hacer, el desayuno en el fregadero y mi chico ni tan siquiera había preparado la comida.
Me puse de mala hostia al ver aquel desastre, y ya tenía pensado echarle una buena bronca, cuando mi móvil vibró.
Era un nuevo mensaje del Comandante.
Ismael 13:56
¿Qué tal el vuelo? Seguro que muy bien.
Ya he visto el calendario. Volvemos a coincidir dentro de seis días en un puente aéreo Madrid-Barcelona.
Y no está Leticia...
Esas fueron sus únicas palabras, y yo por supuesto adiviné lo que me quería decir.
Que también me quitara el sujetador la próxima vez que nos tocara trabajar juntos.
En ese momento, estuve muy tentada de bloquearle, y es que aunque mi chico no estaba en casa, me asustó bastante recibir su whatsapp, porque quizás en otra ocasión me podía haber pillado ese mensaje, lo que me hubiera puesto en una situación muy comprometida.
Sin embargo, reconozco que en cuanto leí esas palabras todavía me encendí más.
No contesté, porque tampoco quería que aquello fuera creciendo y en mi fuero interno solo esperaba que durante la siguiente semana pudiera recapacitar y olvidarme de todo para dar por terminado ese extraño juego con Ismael.
Unos minutos más tarde llegó mi chico del gimnasio todavía con las pulsaciones a mil.
Me encontró de pie en la cocina y no hizo falta decirnos nada.
Ni tan siquiera nos saludamos, Sebas sonrió, se acercó a mí, me subió la falda y tirando de mis brazos me sentó con facilidad en la encimera.
No pareció sorprenderle que no llevara ropa interior, pues algunas veces iba sin ella con determinados vestidos.
Nos miramos a los ojos, se sacó la polla ya empalmada del chándal, y abrí las piernas para facilitar su penetración, dejando que me follara a lo bestia con embestidas secas y duras.
Y yo me dejé ir, liberando toda la tensión que había acumulado durante las horas previas. Me abracé a su musculada espalda, y cerré los ojos, esperando que él eyaculara dentro de mí, para alcanzar un orgasmo que grité como si llevara meses sin correrme.
―¡Uf, Andrea!, ¡qué bueno!, ¿vas a recibirme así cada vez que vuelvas de viaje?
―No sé, puede que sí...
―Pues entonces creo que me va a gustar mucho tu nuevo trabajo... ―me dijo mi chico dándome un piquito y dejándome allí sentada en la encimera antes de subirse los pantalones.