Mi primer vuelo 2
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Después de tres vuelos en un día, lo último que me apetecía era salir a tomar una copa, pero se lo había prometido a Sandra, así que en cuanto me pegué una ducha, llamé a Sebas, estuve un ratito hablando con mi chico tirada en la cama e hice un esfuerzo supremo por bajar a cenar.

No quería arreglarme mucho, tampoco es que hubiera llevado demasiada ropa, y aun así tuve serias dudas de qué ponerme; al final opté por unas sandalias, falda larga de color verde militar, y una camisetita blanca de tirantes que me sentaba genial.

Un look informal, pero arreglada.

Pasé por la habitación de Sandra y toqué en la puerta.

―Sí, pasa, tía, que ya estoy terminando ―me pidió abriendo apresurada y volviendo al baño para retocarse el maquillaje frente al espejo.

Me quedé de piedra al ver que ella se había arreglado más de lo que pensaba. Yo a su lado parecía que iba a un concierto y ella estaba para ir de boda, con un pantalón negro de vestir y una camisa blanca con un par de botones desabrochados, dejando ver el nacimiento de unas bonitas tetas.

¡Estaba claro que quería resaltarlas!

Fue cuando me fijé bien en ella, era algo más bajita que yo, pero tampoco mucho, mediría sobre 1.

73, pelo largo rubio muy rizado y unos preciosos ojos verdes algo separados, que le proporcionaban una belleza muy exótica.

Además de sus pechos, era una mujer de curvas, buenas caderas, un culo grande y proporcionado que resaltaba todavía más por lo estrecho de su cinturita.

―Pensé que era una cena más informal, vas demasiado elegante...

―No, lo normal, yo suelo ir así ―dijo Sandra―. Tú también vas muy guapa... ¡jo, tía, qué pelazo tienes, cabrona! ―y entonces caí en la cuenta de que era la primera vez que me veía con la melena suelta, pues en el avión nos tocaba hacernos un recogido.

―Casi ni me he maquillado...

―No te hace falta, eres muy guapa y ¡menudo cuerpazo tienes, mmmm!, ya me gustaría a mí tener tu tipín y sobre todo, ¡esas piernas kilométricas!, mmmmmm...

―Siempre he sido un poco bicho-palo, aunque mi novio dice que estoy buena, ja, ja, ja...

―¿Bicho-palo?, pero si eres muy sexy, y tienes un culazo perfecto, tía, se nota que es de esos duros, apuesto a que te matas a hacer sentadillas y búlgaras... ―afirmó dándome una pequeña cacheta en el glúteo.

―Ja, ja, ja... tú sí que tienes buenas curvas, y unas tetas muy bien puestas...

―¿Te gustan? ―preguntó apretándoselas frente al espejo―. Me las operé el año pasado, ¡estoy muy contenta con el resultado!

―Sí, son muy bonitas...

―¡Las tuyas también!

―Pero son muy pequeñitas...

―¡Qué envidia me das!

―¿Y eso? ―le pregunté a mi compañera.

―Porque se nota que no tienes complejos, y te encanta lucirlas, o no irías sin sujetador ―dijo mirándome detenidamente―. ¡Ala, tía!, ¿llevas un piercing en ese pezón?

―Sí, ¿se nota mucho?

―Bueno, sí, un poco, mmmm, me encanta, ¡te queda genial!, ¿ves?, ¡lo que yo te decía!, las tienes pequeñas, pero preciosas y ese piercing le da un toque muy, pero que muy morboso...

―Quizás debería ponerme el suje para bajar a cenar, es mi primer día y tampoco quiero llamar la atención...

―Lo mismo sí, a mí me da igual, eh, pero Leticia y Beatriz no sé, son más tradicionales...

―Pues me lo voy a poner, voy a la habitación y ahora vuelvo, no tardo nada...

―Vale, yo ya termino, eh... tres minutos, ¡joder, Andrea, qué guapa eres, de verdad!, menos mal que no te has arreglado, porque si no me levantas a Fran, seguro...

―Por mí no te preocupes, no me interesa, ja, ja, ja...

―Bien, bien, entonces mi única rival es Leticia, uffff, y encima nos toca cenar con ella...

―Ah, ¿no cenamos solas?

―No, hemos quedado las cuatro a las 20:00.

―Pues ya vamos cinco minutos tarde...

―¡Que se esperen...!

―Está mal que unas tripulantes de cabina lleguen tarde, ¡tendríamos que ser muy puntuales!, ja, ja, ja... ahora vuelvo, venga, ¡date prisa!

Al entrar al restaurante ya nos estaban esperando las otras dos compañeras.

Vimos a los dos pilotos cenando solos, apartados en un lado del salón, les saludamos con la mano y pasamos de largo.

Llegamos a la mesa y Leticia miró su reloj, con un ligero carraspeo por la tardanza, por lo que me disculpé.

Beatriz iba más normalita, como yo, con unos vaqueros y camisa de rayas, se notaba que era algo más mayor que nosotras, sobre 35 años, también rubia con media melena por encima de los hombros, 1.

68, tenía la cara muy cuadrada y una nariz algo aguileña, pero era muy atractiva y además, se notaba que es de las que van al gym, con unos muslos gruesos y fibrados y sobre todo, un culo excepcional, redondo y prominente que llamaba mucho la atención.

Y si Sandra se había arreglado, Leticia estaba en el siguiente nivel, con un vestido de fiesta morado, y una especie de recogido en el pelo como si fuéramos a un gran evento.

Me pareció ridículo bajar así a cenar en el hotel, aunque tenía que reconocer que la sobrecargo estaba espectacular.

Rondaría los 30 años, alta y delgada como yo, tenía una cara de mala hostia muy afilada y también los pechos operados, como mi compañera.

Durante la cena se notaba la tensión entre Leticia y Sandra, ¡eran dos rubias de armas tomar!, y Beatriz y yo nos mirábamos en silencio, con una sonrisa cómplice cuando se soltaban alguna pullita, cada vez con más frecuencia.

―Pues ahora he quedado con Fran para tomar algo ―dijo Leticia terminando los postres, con su insoportable y altiva voz de pito.

―Sí, nosotras también ―le contestó Sandra.

―Ah, no lo sabía...

―Yo me voy a subir a descansar ―afirmó Beatriz.

―Y yo también ―salí al paso.

―De eso nada, tía, hoy es tu primer día y eso hay que celebrarlo ―insistió Sandra, dirigiéndose a mí.

―Está bieeeen, pero una y me voy, eh...

―Sí, sí, una por lo menos...

En el bar del hotel nos estaban esperando Fran e Ismael. El clon de David Beckham se levantó en cuanto nos vio, pero Ismael ni se inmutó y siguió sentado en la barra dándonos su enorme espalda, mirando a la camarera y sin hacernos el más mínimo caso.

―Ya estáis aquí, chicas, ¿qué queréis tomar?, yo invito ―se ofreció Fran con amabilidad.

―Hoy tenemos que celebrar el estreno de Andrea, eh...

―Sí, sí, por supuesto...

Y Fran pidió una botella de champán para hacer un brindis. Fue curiosa la escena, porque Ismael pasó de nosotros y se quedó como si tal cosa, pendiente del móvil y degustando su copa.

Desde luego que era un tipo muy peculiar, durante la cena comentaron las compañeras que se rumoreaba su inminente jubilación, rondaría los 60 años, voz grave y varonil, con el pelo blanco, repeinado hacia atrás, muy alto, sobre 1.

90, ancho de hombros, con unas manos enormes, debía haber sido un guaperas de joven, pero ahora estaba muy desmejorado, desaliñado con la camisa por fuera, incipiente barriga, con pinta de cansado y unas grandes bolsas en los ojos que todavía le hacían más mayor.

Permanecí callada con mi copa de champán, y durante media hora tuve que asistir a la lucha entre Leticia y Sandra por ver quién se llevaba el gato al agua.

Se comportaban como dos niñatas histéricas, manoseando a Fran, acercándose a él y finalmente quedaron en salir del hotel y tomar algo en la noche de Zurich.

―Yo me retiro, chicas, ahora sí... ―me excusé de nuevo.

Pasaba de seguir viendo aquella ridícula escena entre Leticia y Sandra.

―Ohhhhh, ¿no te vienes?, qué pena, si insisto, ¿podría convencerte?... ―dijo Fran.

―Bueno, no pasa nada, deja que se vaya, nos tienes a nosotras ―le interrumpió Leticia, poniéndose delante de mí y se enganchó a un brazo y Sandra al otro antes de salir del restaurante del hotel.

Respiré aliviada, pues con el estrés del primer día no veía el momento de subir a la habitación a descansar, dejé la copa en la barra justo cuando Ismael levantaba el brazo para pedir otro cóctel.

―Me voy, no subas muy tarde, eh... que mañana tienes que llevarnos a todos de vuelta ―quise hacer una pequeña broma, apoyando mi mano en la espalda del Comandante.

Entonces y sin que me lo esperara, se giró hacia mí, me miró con indiferencia y contestó sin cambiar el rostro.

―¿Quieres tomar algo? ―me preguntó.

Mi primera reacción fue decirle que no, pero sinceramente sentí pena por aquel tipo, y más después de lo que me había contado Sandra sobre la muerte de su hija. Estaba claro que no se encontraba bien y quizás solo necesitara un poco de compañía y alguien que le escuchara.

―Eh, sí, claro... ―contesté con una sonrisa amable, tomando asiento a su lado...