Mi primer vuelo
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Se estiró en la cama mientras me vestía frente al espejo y emitió un pequeño ronquido. A mi novio le encantaba dormir sin ropa, y después de ocho años de relación, me seguía volviendo loca su melena de surfero y esa espalda desnuda y musculada.
Las sábanas estaban revueltas y olía a sexo en la habitación, y es que unas horas antes habíamos follado con tal intensidad que caímos exhaustos en cuanto terminamos.
Me quedé unos segundos observando lo bueno que estaba, ¡mira que era guapo el cabrón!
, pero un inseguro de la hostia, y aunque es verdad, que se escuchaban muchas historias de affairs entre azafatas y pilotos, yo nunca le había dado motivos para desconfiar de mí.
Adoraba a mi chico.
Pensé que el sexo me vendría bien para relajarme, pero no dio los frutos deseados y aquella madrugada me desperté muy nerviosa una hora antes de que sonara el despertador.
El motivo; comenzaba a trabajar como tripulante de cabina (auxiliar o azafata) en una gran compañía y tenía mis primeros vuelos.
Madrid-Zurich. Ida y vuelta y otra vez ida por la tarde. Dos horas y veinte por cada trayecto, dormir allí y vuelta a Madrid al día siguiente.
Me pegué una ducha que no despertó a mi chico y después me vestí frente al espejo.
Me encantaba el uniforme con aquella minifalda azul marina y camisa de manga corta en tono celeste, que junto con los zapatos de tacón, todavía realzaban más mi estilizada figura.
Era alta, bastante alta, a decir verdad, cerca del 1.
80, lo que siempre me había acomplejado durante el colegio y el instituto, hasta que en la etapa universitaria dejé atrás esos estúpidos complejos y me di cuenta de que era toda una mujer espectacular.
Estaba guapa y radiante frente al espejo, y es que a mis 28 años puedo decir que me encontraba en mi mejor momento físico, personal y profesional. Recogí mi preciosa melena en un moño y me maquillé lo justo para corregir esas pequeñas imperfecciones en mi cara que solo yo veía.
Antes de salir, desperté a Sebas arañando su espalda y me senté a su lado en la cama.
―Cariño, tengo que irme...
―¿Qué hora es?
―Pronto, tú sigue durmiendo, todavía te quedan un par de horitas...
―En cuanto llegues me llamas, eh...
―Vale, no te preocupes, ya te voy diciendo.
―Mmmmm, estás muy guapa con ese uniforme ―murmuró frotándose los ojos―, te lo tenías que haber puesto ayer...
―Sí, claro, y hoy no sé en qué estado estaría, ja, ja, ja..., me sienta bien, ¿verdad? ―le pregunté levantándome y mostrándome delante de él con los brazos en jarra.
―¡Joder, Andrea!, ya lo creo, ¡estás buenísima! ―exclamó dándose la vuelta y flexionando una rodilla―. ¿Segura que tienes que irte ya? ―me dijo con un tono insinuante.
―No seas malo ―murmuré fijándome en cómo se le marcaba el paquete por debajo de la fina sábana―. Sí, tengo que salir ahora mismo...
―Oh, ¡qué pena! ―protestó y yo me incliné sobre él y le di un beso, antes de que se tapara hasta el cuello y se diera media vuelta.
―Llámame, eh...
―Que sí...
Llegué al punto de encuentro con más de veinte minutos de antelación para tener el briefing de la tripulación de cabina.
Era una reunión, en la que la sobrecargo nos daba las tareas, la asignación de puestos y los procedimientos del servicio, y aunque pensé que era muy pronto, ya estaban allí también los dos pilotos charlando y tomando un café; Francisco Lomas, un joven y gran talento que apenas llevaba tres años en la compañía e Ismael Bueno, todo un histórico con miles de horas de experiencia, que además, era el Comandante del vuelo.
Casi no pude hablar con ellos, salvo las típicas presentaciones cordiales y desde el principio me ayudó en todo Sandra, con la que hice buenas migas nada más conocernos.
―Tú no te preocupes, que vas a estar conmigo ―me aseguró quedándose a mi lado, presentándome al resto de compañeras, incluida Leticia, la sobrecargo, una rubia muy atractiva, pero para mi gusto demasiado altiva y con una voz desagradable.
El corazón me latió muy deprisa en cuanto subimos al avión, pero enseguida comenzaron a llegar los pasajeros y ya me relajé, concentrándome en lo que tenía que hacer.
Me situé en una de las entradas y con mi mejor sonrisa les fui dando a todos los “buenos días”, deseándoles un feliz vuelo.
Éramos cuatro auxiliares (tripulantes de cabina, contando la sobrecargo) y a mí me habían asignado junto a Sandra la cabina de tripulación; faltaba la de primera clase y la de emergencia.
Por suerte, mi compi era todo un encanto.
Una rubia que tendría mi edad y en todo momento estuvo muy pendiente de mí, sin perderme un segundo de vista, indicándome lo que tenía que hacer.
Nos echamos una mirada cómplice cuando el avión cogió velocidad antes del despegue y ella estiró el brazo y me dio la mano, susurrándome un “bienvenida” justo al separarnos del suelo.
Enseguida cogió confianza conmigo, y una vez que el avión se situó en altura de vuelo y con los pasajeros ya atendidos, nos sentamos detrás y comenzamos a hablar de manera más distendida.
―Oye, me has caído genial, tía... ―me confesó Sandra.
―Tú también y muchas gracias por todo, estaba muy nerviosa al principio....
―Lo has hecho muy bien, Andrea y ahora que ya podemos relajarnos un poco, no sé, cuéntame algo más de ti, lo único que sé es que eres un pibonazo y que mides dos metros, ja, ja, ja...
―Ja, ja, ja, lo mismo digo, y no mido dos metros, solo 1.80...
―Bueno, ¿qué te ha parecido la primera toma de contacto?
―Bien, bien, mejor de lo que pensaba...
―Aquí lo único malo, es que vas pasar mucho tiempo fuera de casa, ¿tienes novio, novia...?
―Sí, novio, novio...
―Yo solo pregunto..., ¿y llevas mucho tiempo con él?
―Sí, hemos cumplido ocho años hace poco...
―¡Guau!, eso es mucho.
―¿Y tú?, ¿tienes pareja?
―Sí, más o menos, podría decirse que sí, estoy con un chico desde hace un año y medio..., aunque es una relación complicada...
―Entiendo ―dije sin querer profundizar mucho más.
―Y en viajes como el de hoy, es cuando me arrepiento de tener novio... ―me susurró acercándose un poco a mí.
―¿Y eso?
―¿Es que no te has fijado en Fran?
―¿En quién?
―¡El piloto!, Francisco Lomas...
―Sí, sí, Francisco, bueno, tampoco es que me haya fijado mucho, entre los nervios y tal, estaba un poco sobrepasada en el briefing...
―¡No me fastidies!, ¿es que no te parece mono?, ¡joder, si es como el hermano gemelo de David Beckham!
―Sí, bueno, si tú lo dices, ja, ja, ja...
―Ya hemos viajado juntos unas cuantas veces... y esta noche en Zurich, después de cenar, es tradición tomar algo todos juntos, las compis y los pilotos, ya me entiendes... y sobre todo hoy, que es tu primer día...
―Haré el esfuerzo, después de tres vuelos no creo que me apetezca mucho tomar algo...
―¡No seas sosa, Andrea!, ya verás cómo lo pasamos bien, además, hoy lo mismo Fran y yo... ya me entiendes, espero que no se me escape...
―¡¿En serio?!, no sabía que te llevaras tan bien con él...
―Y tan en serio, algún día hemos cenado, hemos tomado una copa, y ya sabes, lo típico, un poco de tonteo, pero nada más y hoy tienes que acompañarme, tía, me da apuro quedarme sola con ellos si se van Beatriz y Leticia... después de cenar solemos tomar algo con los pilotos, es bastante normal...
―Ah, ¿sí?
―Sí, claro, me haces de acompañante... aunque siento que el otro sea Ismael...
―A mí me da igual, como si es Brad Pitt, ya te he dicho que tengo nov...
―Es muy buen piloto ―me interrumpió Sandra―, pero ya está de vuelta de todo, serio, arisco...
parece que lleva un palo metido por el culo, se rumorea que es alcohólico; se le murió una hija de veinte años en un accidente de tráfico y desde entonces no levanta cabeza, eso sí, por lo que me han dicho, hace años tenía fama de follarse todo lo que se movía...
―¡Madre mía!, no tenía ni idea...
―Para eso estoy yo, nena, para ponerte al día de todos los chismes... lo único es que tendremos competencia...
―¿Competencia?
―Sí, las otras dos “compañeras”, Beatriz es maja y tal, está casada, y es buena tía, ella no me preocupa porque no va de ese palo, pero Leticia, uffff, es que no puedo con ella. ¡Es una puta arpía!
―¿La sobrecargo?
―Sí, se cree una diosa, y siempre se pone en primera clase, es una “chupapollas” de primera... “clase”, ja, ja, ja...
―Pues a mí no me había dado esa impresión, tampoco es que sea miss simpatía, pero...
―¡Tú hazme caso a mí!, esa va detrás de Fran también, está como loca porque un piloto le haga un poco de casito...
aunque debería ser más realista, yo sé lo que hay, y tampoco me preocupa, mira, no soy tonta, claro que me gustaría salir con Fran y ser su novia, pero hay mucha competencia, muchísima, así que me conformo con echar un polvo con él...
ellos, para tener algo serio buscan otra cosa, no una tripulante de cabina como nosotras, y Leticia se piensa que por ser guapa puede aspirar a un piloto, ja, ja, ja, ¡pobre ilusa!
De repente se encendió una luz y se activó la señal de los cinturones de seguridad.
―¡Tranquila!, estamos llegando a una pequeña zona de turbulencias... vamos a comprobar que todos los pasajeros lleven puesto el cinturón de seguridad, será unos minutos, luego seguimos hablando...
En cuanto pasamos ese mal rato, que apenas duró diez minutos, nos volvimos a poner de pie y Sandra me sugirió acercarnos hasta la cabina de los pilotos.
―Vamos a hacerles una visita, así los conoces y hablamos un poco con ellos...
―Ya nos hemos presentado antes... me da apuro.
―Es muy normal, tonta... tú ven conmigo...
Caminamos por el estrecho pasillo hasta llegar a la cabina y al pasar por primera clase, Leticia nos fulminó con la mirada, a lo que Sandra le dedicó una sonrisa falsa y le soltó.
―Vamos a ver a estos para que conozcan a Andrea...
La verdad es que una vez dentro de la cabina, impresiona ver el vuelo desde allí y me quedé unos segundos absorta, observando a los dos pilotos manejar el avión.
Fran fue mucho más simpático y al vernos se levantó enseguida, dejando los cascos sobre el asiento.
El otro, un señor grande y corpulento con el pelo canoso, ni se inmutó, como si fuéramos invisibles.
―¿Y qué tal tu primer vuelo, Andrea? ―me preguntó Fran de manera cortés.
Sandra tenía razón. ¡Qué atractivo era el condenado!, alto, pelo castaño con unas mechitas rubias, cara cuadrada, ojos azules, y además de listo, educado y simpático, se notaba que estaba en muy buena forma.
―Bi... bien, muy bien, Sandra me está ayudando mucho... ―tartamudeé como una idiota.
―Has tenido suerte con ella, es de las mejores ―dijo el piloto, pasando una mano por el hombro a mi compañera.
―La mejor ―afirmó Sandra.
Se notaba que entre ellos había complicidad y que se llevaban muy bien, y la rubia le correspondió el gesto, rodeando la espalda de él con su brazo.
―Te recuerdo que teníamos algo pendiente, eh... ―bromeó Fran, haciendo que la cara de Sandra se iluminara al instante.
―Sí, sí, siempre dices lo mismo y luego te escapas corriendo...
―Bueeeeeno, a ver esta noche qué podemos hacer, a lo mejor la que se escapa eres tú...
―No creo, mira, se lo estaba comentando antes a Andrea, que después de cenar podíamos salir a tomar algo...
―Sí, claro, ya me lo había dicho antes Leticia también, yo por mí ya sabéis que podéis contar conmigo... ―comentó Fran, haciendo que Sandra frunciera el ceño.
Yo miraba absorta la conversación, y me parecía increíble el juego y el tonteo descarado que se traían y además, la adoración que mis compañeras le procesaban a ese piloto.
Por muy guapo que fuera se estaban comportando como dos niñatas en una lucha de gatas callejeras y por suerte, Ismael terminó aquella conversación que me estaba empezando a dar vergüenza ajena.
―Vamos a comenzar el descenso... ―dijo con su voz seria y grave.
―Bueno, chicas, pues allá vamos ―y Fran tomó asiento colocándose los cascos en la cabeza.
Fuimos comprobando que todos los pasajeros llevaban de nuevo el cinturón puesto y después tomamos asiento en la parte de atrás. Sandra se quedó unos segundos en silencio y al mirar hacia ella me pareció verla enfadada.
―¿Estás bien?
―Sí, aunque esa zorra de Leticia se me ha adelantado... ―masculló entre dientes.
―Tú eres mucho más guapa... no te preocupes... además, no sé, a mí me ha dado la impresión de que le gustas a Fran.
―¿Tú crees?
―Yo creo que sí, esas cosas se notan...
―Pues entonces esta noche no se me escapa, y tú tienes que acompañarme, eh...
―¿Yo?
―Sí, tía, después de cenar quedamos con Fran para tomar algo, además es tu primer día, no me puedes decir que no...
―Vaaaaale, hecho... cuenta conmigo.
Aunque no es que me apeteciera mucho, ya tenía plan para mi primera noche en el destino y después el avión fue descendiendo lentamente hasta tocar tierra en un aterrizaje suave y perfecto.
Ya estábamos en Zurich.