Mi Primer Todo Epílogo
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Epílogo

Colton

Cinco años después…

—Aquí tienes las cifras definitivas del último trimestre —dice Betty mientras me entrega los papeles con una gran sonrisa. Esa sonrisa es buena señal.

Suelto la llave de carraca que tengo en la mano y cojo los papeles conteniendo la respiración.

—¿Esto corresponde a todo el año? —pregunto, contemplando atónito la descomunal cifra.

Niega con la cabeza, esbozando una enorme sonrisa.

—Qué va. Es solo del último trimestre.

No me lo puedo creer. Sabía que los talleres iban bien, pero joder. Esto es increíble.

Podré comprarle a Mackenzie su propia casa junto al lago, en Big Bear. Todavía no será tan grande como la de su padre, pero, mientras tengamos un lugar cómodo donde acurrucarnos por las noches, no estará nada mal.

En estos últimos cinco años he abierto otros dos talleres de motos personalizadas, así que ya tengo tres en total.

Y lo he hecho todo por mi cuenta. No he aceptado ni un céntimo de los padres de Mackenzie, aunque se han ofrecido en numerosas ocasiones e incluso me han suplicado que les permita darme cuanto necesite.

Por fin me han aceptado y, cuando vieron lo bien que trato a su hija y a sus nietas, hasta empecé a caerles bien. Nuestra relación nunca ha sido mejor.

Soy un hombre hecho a sí mismo. Justo la clase de hombre que Mackenzie se merece. Después de abrir mi segundo taller, empecé a enseñar a mi equipo a personalizar motos a mi manera. Abrimos un tercero y ahora, por lo visto, el negocio va viento en popa.

—¿Es buen momento para pedirte un aumento? —pregunta Betty con una sonrisa.

Me río mientras le devuelvo los papeles.

—Ven a verme mañana. Hablaremos del tema.

Se marcha dando saltitos de alegría.

Vuelvo a la moto en la que estoy trabajando mientras la música atruena por los altavoces de sonido metálico. Estoy absorto en mi trabajo hasta que se abre la puerta y entra mi ardillita con un vestido veraniego.

La mera visión de su precioso culito, todo limpio y apetecible en este mugriento taller lleno de aceite de motor, herramientas y hombres sucios, me pone a cien. Parece un ángel mientras se acerca con una sonrisa sensual.

Me levanto cuando llega hasta mí, con una expresión que indica que quiere jugar con mi herramienta.

Conozco esa mirada. La he visto suficientes veces a lo largo de los años como para saber que mi polla está a punto de acabar muy mojada.

Golpeo un par de veces la llave contra la mesa metálica para llamar la atención de todos.

—¡Se acabó el trabajo! —grito—. ¡Todo el mundo fuera!

—Solo son las tres y media —dice Jamal, desconcertado.

—Pues tomaos la tarde libre —digo sin apartar la mirada de mi mujer—. Todos. Cerrad la puerta al salir. Y no levantéis los putos ojos del suelo.

Me sabe mal hablarle así a mi equipo, pero no puedo evitarlo. Odio que otros hombres miren lo que es mío. Sobre todo cuando Mackenzie está tan sexy como ahora.

Nos limitamos a mirarnos, ardiendo de deseo, mientras todo el mundo se dispersa a nuestro alrededor. Cuando la puerta se cierra y nos quedamos solos, nos abalanzamos el uno sobre el otro en un torbellino de besos bruscos y manos hambrientas.

—¿Dónde están las niñas? —pregunto entre beso y beso. Tenemos tres. Todas niñas.

—Con tu madre —responde mientras empieza a frotarme la polla dura con la palma de la mano.

Gracias a los beneficios de mis talleres, he podido ayudar a mi madre a jubilarse. Adora con locura a Mackenzie y a las niñas. Nos ayuda muchísimo, cosa que me encanta porque así sigo teniendo tiempo a solas con mi sexy esposa.

—Por favor, no hables de mi madre mientras me tocas la polla dura —digo con una risita—. O dejará de estarlo.

Ella se ríe, y el sonido y la imagen de su risa hacen que el corazón se me hinche tanto que creo que va a estallar. Quiero a esta mujer con toda mi puta alma.

—De acuerdo —dice mientras empieza a bajarme la cremallera.

Sus ojos marrones, cargados de deseo, permanecen clavados en los míos mientras sus ávidas manitas se ponen manos a la obra—.

Reservaré la boca exclusivamente para chuparte la polla.

Quiero mantener bien dura tu herramienta más valiosa. Tengo grandes planes para ella.

—¿Como cuáles? —Me encanta oír a mi ardillita decirme guarradas.

Me saca la polla dura, me la acaricia varias veces, arrancándome un gemido, y luego retrocede. Con una sonrisa en los labios, se desata el vestido y deja que caiga al suelo.

—Oh, joder —gimo al ver lo que lleva debajo: absolutamente nada.

Me duele la polla mientras bajo la mirada hacia su coño mojado. Tiene las piernas cruzadas y solo alcanzo a ver el pequeño mechón de vello que voy a destrozar.

—Se me ha ocurrido traerte un almuerzo tardío —dice mientras sube su precioso culo a la moto en la que estoy trabajando. Abre las piernas por completo y me muestra su bonito coñito rosado—. ¿Tienes hambre?

Un gruñido brota de mi garganta mientras hinco una rodilla en el suelo y la agarro por las piernas. Inspiro hondo y dejo que el delicioso aroma de su coño me llene por entero.

Entonces me lanzo sobre ella y se lo como como si estuviera muerto de hambre.

Siempre estoy hambriento de mi ardillita y de su dulce coñito.

Y siempre lo estaré.