Capítulo Diez
Colton
—Así que un tubo de escape hecho a medida que rodee el chasis y el motor, un depósito de combustible nuevo para darle un aspecto más curvilíneo y una pintura completa. —Trago saliva mientras sostengo su mirada—. Veintidós mil.
—¡Joder! —dice Ryan, con cara de que acabo de pegarle un tiro a su hermano—. Antes hacías eso por un par de paquetes de tabaco.
—Antes —digo, asintiendo—. Las cosas han cambiado.
Desde luego que han cambiado. Ahora Mackenzie forma parte de mi vida y me he dado cuenta de que tengo que madurar y ser el hombre capaz de mantenerla como se merece.
Ryan se frota la mandíbula mientras contempla su moto, sopesándolo. Es un adicto a las motos y lleva años acudiendo a mí para que se las personalice.
—Doce mil —dice, con pinta de estar a punto de empezar a sudar.
Niego con la cabeza.
—Veintidós.
Suspira.
—En el taller de los rusos me lo hacen por doce.
—Sí, y seguramente se queden con tu dinero y te destrocen la moto. Sabes la calidad que tienen mis trabajos. Son veintidós. Lo tomas o lo dejas.
Cruzo los brazos sobre el pecho mientras lo veo retorcerse.
—¡Joder, está bien! —dice mientras saca un fajo de billetes. Los cuenta y me los planta en la mano—. Aquí tienes mil quinientos para que empieces. Ya te traeré el resto.
—Empezaré cuando me traigas el resto.
Resopla.
—Vale —dice, sacudiendo la cabeza—. Voy ahora mismo al banco. Te has puesto muy estricto.
—No tienes ni idea —murmuro mientras se dirige hacia la puerta.
No voy a mantener a Mackenzie con cigarrillos y cumplidos. Necesito dinero contante y sonante.
Ryan desaparece por la puerta y yo me vuelvo hacia la moto, trazando ya el plan en mi cabeza, cuando la puerta se abre y entra otra persona.
Reconozco su perfume al instante y me doy la vuelta de golpe, boquiabierto.
—Mackenzie —susurro.
Está aquí. De verdad está aquí, delante de mí.
Corro hacia ella y la toco solo para asegurarme.
—Llevas una bolsa —digo, sintiendo cómo se me hincha el corazón en el pecho. Si se me hincha un poco más, voy a sufrir un infarto—. ¿Te quedas?
—¿Sigue en pie la oferta? —pregunta—. ¿Incluso para una niñita rica y guapa que no tiene adónde ir?
La rodeo con los brazos y la hago girar.
—Siempre. Sabes que tu sitio está conmigo.
Su pelo castaño me cae sobre las mejillas mientras me mira con esos ojos marrones tan sexis.
Ya tengo la polla dura como una piedra, desesperada por hundirse en su estrecho calor.
—Lo sé —dice mientras levanto la barbilla, con los labios a un suspiro de los suyos—. No volvamos a separarnos nunca.
Aflojo el abrazo y dejo que se deslice entre mis brazos hasta que nuestros labios están lo bastante cerca para encontrarse.
—Estaba pensando lo mismo.
La beso con fuerza y ella gime contra mi boca.
Y, así de fácil…
…sé que todo va a salir bien.
Tengo a mi ardillita, y eso es cuanto necesito.