Capítulo Nueve
Mackenzie
No pasan ni cuarenta y ocho horas antes de que no pueda soportarlo más.
Si no veo a Colton, voy a explotar.
He vuelto a casa y mis padres me han castigado. Me prohíben volver a verlo, pero se acabó eso de obedecer sus órdenes.
Quiero vivir mi propia vida y quiero vivirla con Colton.
—¿Adónde crees que vas? —pregunta mi padre cuando abro la puerta. Llevo al hombro una bolsa con ropa. Suficiente para una semana.
—Me voy.
—¿A ver a ese matón?
—¿Colton? —pregunto, clavando la mirada en él—. ¿El hombre que te salvó la vida? ¿Que nos salvó la vida a todos?
—Querrás decir el hombre que provocó toda esa mierda desde el principio.
—¡La provoqué yo! —replico—. Yo fui a una fiesta en una zona peligrosa de la ciudad y me metí en problemas. Él estuvo a mi lado. Él me salvó. ¡Fue culpa mía que aquellos hombres fueran a la casa del lago!
—Ah, venga ya —se mofa—. ¿De verdad esperas que me crea eso?
—Cree lo que quieras —digo mientras abro la puerta de par en par—. Pero es la verdad.
—No se te ocurra cruzar esa puerta, jovencita —me advierte con tono grave—. No voy a permitir que mi hija esté con un hombre como ese.
—¿Y si no, qué? —pregunto mientras me doy la vuelta.
—Si no, renegaré de ti —dice y, por la expresión de sus ojos, habla en serio—. Se acabaron las tarjetas de crédito. Se acabó el dinero.
—¿Eso es todo lo que tienes para amenazarme?
Suelta el aire de golpe, como si le hubiera dado un puñetazo.
—¿Quieres jugar a esto? —dice—. Muy bien. Si te vas ahora, no volverás a ser bienvenida en esta casa.
Se me revuelve el estómago mientras se me parte el corazón. ¿De verdad acaba de decir eso? ¿De verdad está dispuesto a renunciar a su única hija porque se niega a conocer al hombre que se oculta bajo los tatuajes y sus orígenes humildes?
Si va a obligarme a elegir, seguiré a mi corazón.
Me arrepentiré toda la vida si no lo hago.
—Adiós, papá —digo sin apartar la mirada de él—. Espero que no lo digas en serio.
Abre la boca para hablar, pero no le sale nada. Parece tan… derrotado.
Me doy la vuelta y salgo por la puerta, sabiendo que he tomado la decisión correcta. Se acabó dejar que me controlen. Quiero estar con Colton y eso es exactamente lo que voy a hacer.
Cuando llego a mi coche (que pagué con mis trabajos de verano), mi madre sale corriendo.
—¡Espera! ¡Mackenzie, espera!
Inspiro hondo y me vuelvo hacia ella.
Corre hasta mí y me da un abrazo afectuoso que hace que se me llenen los ojos de lágrimas.
—Hablaré con él —susurra—. Haré que entre en razón.
—Gracias, mamá —digo mientras me empieza a temblar la barbilla.
—Tú no te preocupes por nada —dice mientras me aprieta los brazos—. Ve y diviértete. Siempre estaremos aquí para ti. Tu testarudo padre y yo. Lo sabes.
Contengo las lágrimas mientras asiento.
Conozco a mi padre y siempre ha ladrado más de lo que muerde. Sobre todo cuando se trata de mí.
—Ve a por él —dice con una sonrisa pícara—. ¡Es guapísimo!
Sonrío mientras me besa en la frente y luego vuelve corriendo a la casa.
Siento que el corazón se me hincha en el pecho y me encuentro mucho mejor cuando subo al coche y avanzo hacia la carretera.
—Ah, ¿me estás tomando el pelo? —murmuro cuando veo el Lexus de Joy acercándose a mi casa. Como si no hubiera pasado ya por bastante hoy.
Bajo la ventanilla mientras ella sale de un salto del coche con los brazos abiertos. —¿Dónde coño te habías metido? Llevo días escribiéndote. Solo me ha escrito dos veces. —Quiero contarte todo lo de Brad.
—No quiero oírlo.
—¿Qué?
—He dicho que me da igual.
Echa la cabeza hacia atrás y me mira con gesto agrio. —¿Qué mosca te ha picado?
—Pues no sé, ¿quizá que me dejaras tirada en aquella fiesta?
—Ah, eso —dice con un gesto desdeñoso de la mano—. Sabes que no lo habría hecho si no hubiera sido necesario.
Lo peor es que, hace unas semanas, lo habría dejado pasar. Habría permitido que me pisoteara.
Estoy empezando a ver las cosas de otra manera. Valgo mucho. Colton me quiere y saberlo me llena de confianza.
No voy a volver a permitir que nadie me trate como a una mierda.
—Ya no quiero que seamos amigas, Joy.
Se queda con la boca abierta. —¿Perdona?
—No creo que me trates muy bien —le digo, dejando por fin que salga todo—. Siempre me has tratado con condescendencia. Todo gira siempre en torno a ti y ya me da igual.
No siento culpa, ni tristeza ni arrepentimiento. Joy nunca ha sido una amiga de verdad y he terminado con ella. Ha llegado el momento de pasar a la siguiente etapa de mi vida.
—¡Pues que te den, mojigata de mierda! —grita mientras golpea el capó de mi coche y me hace una peineta.
—Muy bien —digo mientras subo la ventanilla con una sonrisa seca en los labios—. Hemos terminado.
Me marcho en coche, dejándola en el retrovisor, que es donde debe estar.
¡Esta mojigata necesita encontrar a su hombre y echar un polvo!