Capítulo Ocho
Colton
El calor me recorre el cuerpo mientras me crujo los nudillos y sostengo la mirada de Steve. Puede que él se crea un escorpión, pero yo soy una bota que va a aplastarlo.
—Tu problema es conmigo, Steve —le digo entre dientes—. Deja que la chica y sus padres suban al coche y se marchen.
Él resopla con desprecio.
—Ni hablar. Es tu chica, ¿verdad?
—Joder, claro que sí.
Se echa a reír.
—Bien. Entonces no te importará que le mantenga el coño calentito después de que te hundamos la cabeza, ¿no?
Levanto los puños y hago girar los hombros mientras evalúo a los tipos. Parece bastante fácil acabar con tres de ellos. Los otros tres son más grandes que yo. Tengo que hacerlo rápido. Por mi pequeña ardillita.
Si fracaso, si la cago aunque solo sea un poco, me abrirán la cabeza y ella se verá rodeada de depredadores.
—Pues venid —digo mientras muevo la cabeza de un lado a otro y me crujo el cuello.
Steve manda primero contra mí a los dos más jóvenes con un gesto.
Se abalanzan como novatos demasiado seguros de sí mismos, y yo avanzo y asesto dos golpes demoledores.
Al primero le golpeo la sien con un derechazo directo.
Mientras cae de rodillas, giro y clavo con fuerza el codo en la boca del segundo.
Sale despedido un diente y él gruñe mientras la sangre salpica por todas partes.
Un par de puñetazos rápidos más y los dos quedan tendidos en el suelo, inconscientes.
Ya han aprendido la lección. La siguiente oleada no será tan fácil.
Los dos tipos que quedan junto a Steve lo miran, inquietos.
—Podéis marcharos si queréis —digo sin apartar la mirada del aspirante a Escorpión—. Excepto tú.
El tipo más grande, el que está junto a la puerta, se acerca dando pisotones mientras golpea el puño contra la palma abierta. No está intimidado. Debe de ser aún más tonto de lo que parece.
Este tipo es puro músculo bajo una capa de grasa. Los golpes al cuerpo no le harán una mierda. Tengo que apuntar a la barbilla para dejarlo inconsciente.
Echo un vistazo rápido a Mackenzie antes de que llegue y, al ver su hermoso rostro asustado, me invade un instinto protector que dispara la adrenalina por todo mi cuerpo. Estos tipos no son nada. Ellos luchan para vengarse; yo lucho por ella.
Nada va a detenerme. Ni seis como ellos ni sesenta.
Paso por encima de los dos cuerpos inconscientes que yacen a mis pies y me enfrento al enorme matón junto a la piscina.
Lanza un gancho amplio, lento y torpe; lo esquivo agachándome con facilidad y le asesto dos golpes en la abultada barriga.
Tal como sospechaba, no le hacen nada. Su gruesa capa de grasa absorbe los puñetazos sin dificultad.
Vuelvo a incorporarme cuando pierde el equilibrio por alargar demasiado el golpe y le asesto un uppercut devastador.
Oigo un crujido, pero, acto seguido, le encajo una combinación brutal que lo hace tambalearse y retroceder dando tumbos.
Le doy una patada en la cara interna del muslo y luego giro y lo golpeo con el dorso del puño.
Es suficiente para derribarlo: cae de lado y aterriza en la piscina.
El impacto levanta una salpicadura que me empapa mientras avanzo hacia Steve.
—¡Yo me largo! —dice uno de los tipos que están detrás de él mientras corre hacia su moto.
El segundo también huye y ambos salen disparados por el camino de entrada hacia la carretera principal.
Steve se ha quedado completamente solo. Saca un cuchillo de quince centímetros y empieza a blandirlo mientras abre los ojos de par en par, presa del pánico. No tiene ninguna posibilidad, y lo sabe.
—¡Atrás! —grita mientras lo agita sin control.
La madre de Mackenzie grita y me doy cuenta de que tengo que terminar con esto ya. Mi chica y sus padres están asustados. Es hora de sacar a este tipo de nuestras vidas para siempre.
Le observo los ojos, tratando de anticipar el movimiento de la hoja.
Cuando lleva el brazo hacia atrás, avanzo y le agarro la muñeca.
Intenta soltar la mano, pero le estrello el codo contra la nariz y le echo la cabeza hacia atrás.
Se le abre una herida en la parte superior de la nariz y la sangre empieza a resbalar.
Me golpea dos veces en la mandíbula con dos puñetazos rápidos y entonces empezamos a forcejear, cada uno tratando de hacerse con el control del cuchillo.
Oigo a Mackenzie gritar presa del pánico, pero el sonido solo me impulsa a seguir. Me proporciona la fuerza que necesito para dominarlo. Lo inmovilizo contra el suelo y le arranco el cuchillo de la mano. Gruñe y luego gime cuando le apoyo la hoja en la garganta.
—Debería matarte —siseo en voz lo bastante baja para que solo él me oiga.
—¡No! —exclama, abriendo los ojos de golpe.
—¿Qué ibas a hacerle a mi chica después de abrirme la cabeza?
—¡Nada! —responde presa del pánico—. ¡Hablaba la adrenalina! No pensaba hacerle nada.
—¡Mackenzie! —le grito—. Entra en casa con tus padres.
No quiero que vean esta parte.
Los tres corren al interior de la casa mientras aprieto la hoja, preguntándome qué hacer.
No puedo dejar con vida a este hombre después de que haya amenazado a mi chica.
Aunque solo hubiera un uno por ciento de posibilidades de que dijera la verdad —de que estuviera dispuesto a hacerle daño—, no puedo correr ese riesgo.
Tengo que acabar con él. Aunque sea un asesinato a sangre fría.
—No la tocaré —suplica—. ¡Lo juro!
Estoy a punto de acabar con él cuando unas manos grandes, fuertes y mojadas me agarran por detrás. ¡Joder! Estaba tan ansioso por atrapar a Steve que me he olvidado del tipo enorme de la piscina. Me levanta y me estrella contra el suelo de cemento.
—Uff —gruño mientras me crujen los huesos.
Me da una patada en las costillas y luego me agarra del pelo y me levanta.
Sus fuertes brazos me rodean y me inmovilizan el cuello mientras Steve se pone en pie y se abalanza sobre mí con los puños en alto. Me asesta un golpe en la mandíbula, pero yo se lo devuelvo.
Y aún tengo el cuchillo en la mano.
Se le hunde en el riñón y la sangre caliente se derrama sobre mi mano. Abre los ojos de par en par al comprender lo que acaba de ocurrir. Cae al suelo, sujetándose el agujero del cuerpo mientras el rostro se le queda pálido.
—¡Suéltame! —le espeto al tipo grande—. O te clavo este cuchillo en los huevos.
Me suelta de inmediato y retrocede con sus enormes manos en alto.
—Coge a esos dos y largaos de una puta vez —digo, señalando a los dos tipos que por fin empiezan a despertarse.
Gimen y levantan la cabeza, haciendo muecas mientras intentan reconstruir lo sucedido.
El tipo grande reúne a los dos y los monta en sus motos. Vacila antes de marcharse.
—¿Y él? —pregunta, mirando al Escorpión derrotado.
Sangra bastante mientras contempla el cielo con la mirada apagándose.
—Yo me ocuparé de él —digo entre dientes.
El tipo grande lo mira, masculla una maldición y luego se marcha con los demás.
Los padres de Mackenzie le gritan que vuelva cuando ella abre la puerta y corre hacia mí.
—¿Estás bien?
—Me pondré bien —le digo.
Mira a Steve y empieza a entrar en pánico.
—¿Podemos salvarlo?
No quiero. Es una amenaza para ella y quiero que muera.
Me tira del brazo y mi determinación se desmorona.
—Por favor, Colton.
No puedo decirle que no.
—Tenemos que llamar a una ambulancia —digo, arrepintiéndome ya.
Me arranco la camiseta y la aprieto contra la herida de Steve mientras Mackenzie llama al 911. Mi madre era enfermera y siempre se aseguró de que supiera algo de primeros auxilios.
La ambulancia llega unos quince minutos después, pero es demasiado tarde. Steve muere en la camilla. No puedo decir que me decepcione demasiado.
Me alivia que la amenaza para Mackenzie haya desaparecido.
Luego llega la policía y hace algunas preguntas. Por suerte, el padre de Mackenzie es un hombre conocido y respetado, y convence a los agentes de que soy inocente, que lo soy. Está bastante claro que todo ha sido en defensa propia.
Me libro de las consecuencias por lo de Steve, pero no por lo de su hija.
Cuando los policías se marchan y nos quedamos los cuatro solos, se encarga de dejármelo claro.
—No quiero volver a verte —me dice.
—¡Papá! —grita Mackenzie—. ¡Acaba de salvarnos!
—De sus amigos —replica su padre—. No habríamos acabado en esa situación tan horrible de no ser por él.
—¡Eso no es verdad, papá! —intenta explicar Mackenzie, pero él no quiere escucharla.
No le importa que Escorpión ya persiguiera a su hija antes incluso de que yo la conociera. Lo único que ve son los tatuajes y la moto, y decide que no me quiere cerca de su hija.
—Puede que no tenga aspecto de niño bien —le digo—. Puede que no sea rico. Puede que no tenga títulos rimbombantes delante del nombre. Pero quiero a su hija y la protegeré con mi vida. Conmigo estará en buenas manos, se lo prometo.
Se acerca a mí con el odio rezumando de sus ojos cansados.
—Quiero que te largues de aquí —sisea en voz baja—. Si vuelvo a verte, llamaré a mi amigo, el fiscal general, y haré que te encierren de por vida.
Lo miro durante un largo instante y luego me doy la vuelta con el corazón roto.
—Señora —digo, asintiendo hacia la madre de Mackenzie—. Mackenzie.
—No —dice ella mientras corre tras de mí—. No, no, no, no.
Me dirijo hacia mi moto. No he renunciado a esta chica, pero hoy no voy a conseguir nada. No después de que su familia me haya visto matar a alguien. No mientras aún tenga en las manos la sangre seca de Escorpión.
Me alcanza cuando monto en la moto.
—¡No te vayas! —suplica.
—No pasa nada —susurro—. Este no es el momento. Ya llegará nuestro momento. Ven a verme.
Saco un bolígrafo y un papel de la moto y garabateo mi dirección.
Coge el papel y lo hace desaparecer dentro del sujetador.
—Iré —promete mientras retrocede.
—Pronto —le digo.
No sobreviviré mucho tiempo sin ella.
—Muy pronto.
Me dedica una sonrisa tensa y forzada mientras hago retroceder la moto y la arranco.
Y, sin más, emprendo el camino de vuelta a casa.
Mi casa está peor de lo que temía.
Steve y sus chicos la han destrozado a conciencia. Han desaparecido las caras herramientas para las que ahorré durante años. Mi televisor tiene un martillo clavado. Todos mis sofás están rajados. Ya os hacéis una idea.
Todo aquello por lo que he trabajado está arruinado.
Suspiro mientras me remango y empiezo a limpiar.
Una nueva determinación se apodera de mí.
Quiero triunfar por Mackenzie. Voy a triunfar por ella.
Unas horas después, he limpiado la casa todo lo bien que he podido, me he apuntado a clases para emprendedores y tengo una cita en el banco para solicitar un préstamo empresarial.
Todo está preparado.
Seré el tipo de hombre que ella merece. Seré el tipo de hombre capaz de darle la vida que merece.
Cueste lo que cueste.
Sea lo que sea que necesite que yo sea.
Eso seré para ella.