Capítulo Siete
Mackenzie
—¿Qué quieres saber? —pregunta Colton mientras flota en la piscina. Estoy aferrada a su colchoneta como Jack al final de Titanic, solo que, en vez de congelarme, ardo mientras admiro su cuerpo desnudo. Siempre hay algún tatuaje nuevo que contemplar. Siempre hay algo hermoso que descubrir.
—Todo —respondo. Tengo la mirada fija en una rosa de su tríceps y trazo círculos alrededor de los pétalos con la yema del dedo—. Háblame de tus padres.
Inspira bruscamente.
—Lo de mi padre será breve. Nunca llegué a conocerlo.
—Ah.
—No pasa nada —dice con una sonrisa—. Mi madre es la caña. Compensó de sobra su ausencia.
Me pregunto si algún día llegaré a conocerla.
—Le vas a encantar —dice, y el corazón me da un vuelco. ¿Por qué he llegado siquiera a dudarlo? Estábamos destinados a estar juntos.
Han sido tres días de felicidad absoluta y no creo que ninguno de los dos pueda volver a la vida que llevaba antes. Ni siquiera puedo pensar en mi antigua vida sin sentir que el vacío me invade.
—Es enfermera —dice—. Vive cerca de mi casa.
Sonrío al recordar aquella noche en la fiesta. Podría haberse quedado en su casa, pero, muy oportunamente, no lo mencionó. ¡Por suerte para mí!
Empieza a contármelo todo sobre ella y yo escucho embelesada cada palabra cuando oigo acercarse un coche.
Colton se incorpora de golpe en la colchoneta y los pies se le hunden en el agua.
Suelto un grito ahogado mientras me escondo detrás de la colchoneta. Estoy desnuda. Los dos lo estamos. Después del segundo día, nos quitábamos la ropa con tanta frecuencia que decidimos ahorrar tiempo y energía y no volver a ponérnosla.
Veo una sombra oscura que sube volando por la carretera y hago una mueca cuando reconozco el coche. Es el de mi padre.
—¡Vístete! —suelto mientras nado hacia la escalera.
Colton se lanza desde la colchoneta y sale de la piscina tan rápido como puede.
Los dos estamos terminando de vestirnos cuando mis padres se acercan con expresión irritada.
Mi padre entorna los ojos al ver que la ropa de Colton se está empapando.
—¿Qué hacéis aquí? —suelto de golpe.
—¿Dónde está Joy? —pregunta mi madre, arqueando una ceja.
Mierda. Supongo que se ha descubierto mi tapadera.
—Eso es —dice—. Joy se ha presentado esta mañana en casa buscándote. ¡Ahora ya sé por qué no contestabas al teléfono!
—¿Quién es este? —espetó mi padre. Señala a Colton, pero se niega a mirarlo—. Más te vale tener una explicación muy buena para esto, señorita.
—Hola, señor Briggs —dice él, adelantándose con la mano extendida—. Me llamo Colton Hughes.
Mi padre ni siquiera lo mira. Tiene la mandíbula apretada mientras me fulmina con la mirada. Noto la ira que emana de él.
—Mackenzie —masculla mi padre entre dientes—. ¿Quién es este?
Miro a Colton y está de pie con orgullo, el pecho erguido y la barbilla alta. No se ha doblegado ante mi padre como todos los demás hombres que he conocido. Es orgulloso. Es fuerte. Es un auténtico macho alfa y me infunde valor. El suficiente para pronunciar las siguientes palabras imposibles.
—Este es Colton, papá. Es mi novio.
Mi padre parece a punto de hacer que salgan volando de su cabeza las pocas canas que le quedan.
—¡No, no lo es! —grita mientras me planta un dedo delante de la cara—. Está en la treintena, por el amor de Dios.
—Tiene veintisiete años —replico—. Yo tengo diecinueve. Mamá y tú os lleváis más años.
—Ah, ni se te ocurra empezar con eso —dice mi padre—. Él se va y tú vuelves a casa con nosotros. ¡Ahora mismo!
—No voy a irme a ninguna parte, señor —dice Colton con voz firme y categórica—. Y Mackenzie tampoco. A menos que ella quiera.
Mi padre vuelve la cabeza de golpe y por fin mira a Colton. Sus ojos disparan rayos de odio contra su frente. He visto a mi padre perder los estribos, pero nunca lo había visto así.
—Mamá —digo, intentando que intervenga—. Solo estábamos descansando en la casa. No hacíamos nada malo.
Ella arquea las cejas mientras contempla mi pelo chorreando y mi ropa, que ya está completamente empapada.
—¿En la piscina?
Trago saliva.
—¿Dónde están vuestros bañadores?
—¡Por el amor de Dios! —grita mi padre, levantando las manos—. ¡Tú eres hombre muerto!
Grito cuando se abalanza sobre Colton.
—¡Papá! —grito, pero el rugido de unas motocicletas ahoga mi voz.
Todos nos detenemos y nos volvemos hacia el largo camino de entrada que conduce a la verja. Observo, confusa, cómo se acercan seis hombres montados en motocicletas.
Colton está a mi lado en un instante.
—¡Mackenzie, coge a tus padres y métete dentro!
Es entonces cuando veo a Scorpion a la cabeza del grupo. Tiene la cara cubierta de moratones, con manchas de color morado oscuro, verde y amarillo. Parece distinto, pero reconocería en cualquier parte esa larga melena grasienta y esa sonrisa rastrera.
—¿Quiénes son estos matones? —pregunta mi padre sin dejar de mirarlos—. ¿Amigos tuyos?
—Amigos míos no son —dice Colton mientras se coloca delante de mí para protegerme—. Le sugiero que coja a su mujer y a su hija y se dé prisa en entrar.
Pero es demasiado tarde.
Uno de los hombres corre hacia la puerta y bloquea la entrada mientras Scorpion y sus amigos se acercan pavoneándose como si fueran los dueños del lugar.
La ira de mi padre se desvanece y el miedo asoma a su rostro. Siempre resulta aterrador ver asustados a tus padres. Te hace sentir que el mundo es un lugar peligroso y fuera de control.
—Ya te dije que íbamos a destrozarte, Colton —dice Scorpion con una expresión triunfal en su repugnante cara.
Entonces lo comprendo. No...
Esa voz. Me pareció reconocer al policía que llamó. Scorpion tenía mi número porque envió un mensaje a su teléfono desde el mío. Llamó y se hizo pasar por policía para conseguir la dirección.
Y yo caí en la trampa.
Las tres personas a las que más quiero están en peligro y todo es culpa mía.