Mi Primer Todo Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Mackenzie

Este ha sido, sin duda, el mejor día de mi vida.

Por mucho que lo intente, me resulta imposible imaginar un día mejor que este. Ha sido perfecto.

Y la noche tampoco está nada mal…

Estamos fuera, bajo las estrellas resplandecientes, frente a un fuego crepitante. Estoy sentada en el regazo de Colton, acurrucada contra su cuerpo mientras él me estrecha entre sus brazos. No puedo dejar de respirar su aroma masculino. Huele a felicidad.

El crepitar del fuego se mezcla con el croar de las ranas.

He escogido de la bodega de mi padre un vino de aspecto caro y, después de unos sorbos, ya se me ha subido a la cabeza.

Me siento ligera y eufórica, aunque también podría deberse a la embriagadora presencia de Colton. Parece ejercer ese efecto sobre mí.

—Es precioso aquí fuera —susurra mientras contempla la piscina iluminada a lo lejos. Las tenues luces que rodean la casa están encendidas y la envuelven en un resplandor de ensueño. La verdad es que el lugar resulta impresionante.

—Aquí dentro también es precioso —digo mientras acerco mis labios a los suyos. No puede resistirse y empieza a besarme despacio, con dulzura. La urgencia de anoche ha desaparecido y nos tomamos nuestro tiempo, disfrutando de la suavidad de nuestras bocas.

Su mano se desliza por mi cadera y me atrae un poco más hacia él mientras yo hundo los dedos en su pelo rubio oscuro. Podría pasarme toda la noche así. Qué demonios, podría pasarme así toda la vida.

—¿Qué crees que va a pasar? —pregunto en un susurro entre beso y beso.

Llevo todo el día dándole vueltas. No puedo evitarlo. Siempre tengo que planearlo todo o me vuelvo loca.

—¿Qué va a pasar con qué? —pregunta mientras baja la mirada y admira mis labios.

—¿Con nosotros? —El estómago empieza a revoloteárseme ahora que por fin lo he dicho—. ¿Crees que esto es cosa de una sola vez?

—Esto solo pasa una vez en la vida —dice, haciendo que desaparezca el revoloteo—. Algo así no se deja escapar.

—¿De verdad? —Nos miramos a los ojos y sé que habla en serio. Hay tanto amor y adoración en la mirada que me devuelve que empiezo a marearme de felicidad.

—Te quiero, Mackenzie. Lo supe en cuanto te vi cruzar la fiesta. Eres la única para mí, ardillita. No hay nadie más.

Lo beso con dulzura en los labios y después apoyo la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón mientras atesoro el momento.

Sé que volveré a pensar en este instante cada vez que me sienta triste en el futuro.

Cuando sea una anciana de noventa años y esté al final de mi vida, intentaré recordarlo todo.

Intentaré recordar el crepitar del fuego, el tacto de sus manos sobre mí, el olor de su camiseta, la cálida brisa, la pasión, el anhelo, el amor, la gratitud.

Sé que intentaré recordarlo todo, así que me tomo un momento para empaparme de cada sensación y memorizar hasta el último detalle.

—Yo también te quiero —susurro—. Tienes mi corazón, Colton. Guárdalo, tíralo, aplástalo, cuídalo. Haz con él lo que quieras, pero ahora es tuyo y siempre te pertenecerá.

Noto su vacilación. La tensión de su cuerpo.

—Pero yo no puedo darte todo esto —dice al fin.

—No quiero todo esto —respondo mirándolo a los ojos—. Tú puedes darme mucho más. Ya lo has hecho. Como dijiste anoche, solo te quiero a ti. A mí me pasa lo mismo, Colton. Solo te quiero a ti.

Me besa con tanta pasión que se me encogen los dedos dentro de los calcetines de lana. En vez de apresurarse a tener sexo, vuelve a atraerme hacia sus brazos y yo me derrito contra él mientras me abraza con fuerza.

Permanecemos así durante mucho tiempo, disfrutando de la paz que nos proporciona estar juntos. Hasta que suena mi teléfono y lo estropea todo.

Seguramente sean mis padres. Llevan todo el día llamándome, pero no he contestado. Hemos estado viviendo dentro de una burbuja y no quiero que el mundo exterior entre y la haga estallar.

—Lo siento —susurro con un gemido.

—No pasa nada —dice mientras cambia de postura—. Contesta. De todos modos, tengo que ir a mear.

Me levanto de su regazo y él da un largo trago a su vino antes de desaparecer en dirección a la casa.

Es un número extraño. Uno que no había visto nunca.

—¿Diga? —pregunto con cautela.

—Hola —dice una voz grave—. Soy el agente Costello.

Trago saliva.

—¿Sí?

—Anoche estuvo implicada en un altercado con Steve Kaplan y Colton Hughes.

El corazón empieza a golpearme con fuerza y mi respiración se vuelve ronca y superficial.

—Sí.

—Es posible que tengamos que hablar con usted en calidad de testigo —dice con una voz que me da miedo—. ¿Podría indicarme dónde se encuentra?

—Estoy en mi casa del lago —respondo enseguida, con el pulso acelerado.

—Ah, no hay problema —añade rápidamente—. Es solo una formalidad. Tenemos que seguir el protocolo. ¿Podría darme la dirección de la casa por si necesitamos volver a ponernos en contacto con usted?

—Eh… claro —digo, y entonces se la doy.

—Gracias —dice—. ¿Sabe dónde se encuentra el señor Colton Hughes?

—Está conmigo —respondo sin pensar.

—Muchas gracias —dice el agente—. La llamaremos si necesitamos algo más.

Cuelga y yo mantengo el teléfono pegado a la oreja unos segundos más, con la sensación de que algo va mal.

Estoy a punto de comentárselo a Colton cuando vuelve a salir con una mirada hambrienta.

La mente se me queda en blanco cuando se acerca pavoneándose, increíblemente sexy con sus vaqueros y su camiseta. Su piel tatuada resplandece a la luz del fuego y sus ojos azules le dan un aspecto sobrenatural. Es jodidamente guapo y es todo mío.

Estoy a punto de decir algo, pero se me corta la respiración cuando me coge de la mano y me conduce hasta la tumbona junto a la piscina.

—¿Qué pasa? —pregunto mientras las mejillas empiezan a arderme. Es por esa mirada hambrienta. Me observa sin disimulo y consigue ponerme tan nerviosa que me deja el cerebro hecho papilla.

Sin decir una palabra, me guía con suavidad hasta la tumbona y después me empuja el pecho hacia abajo hasta que quedo contemplando las estrellas mientras el calor empieza a crecer en mi interior, aumentando de intensidad.

Siento sus grandes manos sobre mis pantalones de yoga.

Las yemas de sus dedos se deslizan entre la cinturilla de mis bragas y mi piel ardiente, y jadeo cuando de pronto tira de ambas prendas hacia abajo.

Ya estoy empapada y la brisa fresca me acaricia los labios palpitantes mientras él sigue bajándome los pantalones.

—Llevo todo el día queriendo probar este coñito maduro —gruñe mientras baja la mirada y se recrea en las vistas.

Me da un poco de vergüenza y mantengo las rodillas apretadas. Colton no está dispuesto a permitirlo y, justo después de quitarme los pantalones, empieza a separarme las piernas con las manos.

Contengo la respiración y cierro los ojos con fuerza mientras él contempla todo. Estoy completamente desnuda de cintura para abajo, abierta ante sus ojos hambrientos. Nadie me había visto nunca así.

Me arden las mejillas, pero me obligo a abrir los ojos para verle la cara. Contempla mi coño abierto con asombro, como si no pudiera saciarse de lo que está viendo.

—Este coño… —gime mientras se frota la barbilla—. Es precioso. Nunca había visto un tono de rosa tan bonito.

Un escalofrío de excitación me recorre al ver cuánto lo enciende mi cuerpo. Abro un poco más las piernas y él deja escapar un gemido.

Empiezo a darme cuenta de que me gusta que me mire así, completamente abierta. Ya no siento vergüenza. Mis mejillas dejan de ruborizarse. Mi cuerpo fue hecho para él y lo está admirando como debe.

Aspira con fuerza mientras desliza un dedo por mi hendidura húmeda. Un hormigueo estalla por todo mi cuerpo y abro la boca mientras alzo las caderas hacia él.

—Estás tan mojada… —gime mientras recorre mis pliegues con dos dedos. Los levanta y me los enseña. Están cubiertos de mis fluidos.

—¿Qué es lo que te moja, ardillita? ¿Mi gran polla o mis palabras obscenas?

—Todo —jadeo—. Me vuelves loca. Me encanta todo de ti. Tu tacto, tu olor… Es como si supieras exactamente qué hacer conmigo.

—Lo sé —dice mientras se lleva los dedos a la boca. Trago saliva al verlo chuparlos hasta dejarlos limpios—. Sé cómo tratar bien este coño. Túmbate y deja que tu hombre te lo haga como es debido.

Arqueo la espalda para ver qué está haciendo, pero su mano fuerte sobre mi pecho vuelve a empujarme hacia abajo.

Presiono nerviosa contra su palma, pero, cuando su boca entra en contacto con mi humedad, me derrito sobre la tumbona con un gemido.

Me agarra ambas piernas y tira de mí hacia su boca mientras devora mi coño con una lengua voraz y una boca ávida.

Me lame y me chupa hasta llevarme a un punto en el que estoy tan consumida por el deseo que creo haber perdido la razón.

No puedo concentrarme en nada. Ni un solo pensamiento.

Solo existe la sensación pura. Su lengua deslizándose entre mis pliegues.

Sus dedos entrando y saliendo de mi estrecho agujero.

Sus labios cerrándose alrededor de mi clítoris palpitante.

Es más de lo que puedo soportar. Es lo único en lo que puedo concentrarme.

Todo lo demás ha desaparecido. El mundo que nos rodea se ha desvanecido.

Mis fluidos le cubren la boca y la barbilla. Lo veo cuando alza la mirada hacia mí con una sonrisa burlona.

—¿Te lo estás pasando bien?

—Jodernopares —digo mientras le agarro un puñado de pelo y vuelvo a tirar de él hacia abajo.

Lo oigo reír entre dientes antes de que su boca vuelva a posarse sobre mí. Su lengua penetra más hondo. Se mueve más deprisa.

Grito y me retuerzo sobre la tumbona mientras él me agarra el culo desnudo y atrae mi coño hacia su boca.

Todos los animales del bosque pueden oírme gritar y gemir mientras me aferro a su pelo y empiezo a restregarme contra su cara como la zorra cachonda en la que está decidido a convertirme.

Cuando su boca vuelve a subir hasta mi clítoris palpitante, ya no puedo aguantar más y me corro con fuerza. Arqueo la espalda y grito como un animal moribundo mientras el maravilloso calor estalla en mi interior y me abrasa las venas hasta dejarme temblando sobre la tumbona.

Me tiemblan las piernas mientras el orgasmo me recorre. No puedo respirar cuando consigo abrir los ojos y miro fijamente a Colton. Se incorpora despacio mientras se limpia la boca y la barbilla con el dorso de la mano. No aparta los ojos de mí y me observa temblar ante él.

Todo el cuerpo me arde cuando comprendo que aún no ha terminado. Saca su gruesa y preciosa polla y se coloca encima de mí.

Jadeo cuando la hunde en mi coño hasta la base.

No tardamos mucho en corrernos los dos.

Unas cuantas embestidas fuertes, un par de gruñidos junto a mi oído, y ya estoy ahí… si es que alguna vez llegué a bajar.

Me corro con fuerza sobre su polla y mi coño se contrae a su alrededor mientras él gruñe y masculla maldiciones.

Él también se corre y siento que voy a morir cuando su cálido semen vuelve a llenarme.

Dios mío…

Este puto hombre…

No puedo ni pensar.

Se desploma encima de mí y yo me limito a rodearlo con brazos y piernas mientras contemplo las estrellas.

Veo una estrella fugaz y mi primer impulso es pedir un deseo.

El segundo es: «¿Para qué molestarme?».

Todos mis sueños ya se han hecho realidad.

Nada puede ser mejor que esto…