Capítulo Cuatro #2
Está despertando en mí todos estos pensamientos oscuros.
Brotan como un tsunami retorcido de intenciones siniestras y egoístas, y no puedo contenerlos.
No puedo negarlos. Cuando se trata de ella, no puedo negarme nada.
Quiero que dependa de mí. Quiero que esté obsesionada conmigo.
Necesito que ella me necesite tanto como yo a ella.
Por fin conseguimos subir hasta lo alto de las escaleras, dejando un reguero de ropa a nuestro paso.
Yo ya no llevo camiseta. Ella tampoco. Está impresionante con el sujetador y la falda, provocándome con sus pequeñas tetas.
Le beso el pecho y el sujetador mientras ella se pone en pie y me coge de la mano.
—Mi habitación está aquí —dice mientras me guía al interior.
Me levanto rápidamente y vuelvo a bajar los labios hasta los suyos mientras irrumpimos a trompicones en su dormitorio. No aparto los ojos de ella para mirar a mi alrededor. Apenas vislumbro unas paredes rosas, pero me interesan mucho más sus partes rosadas.
Caemos sobre la cama y enseguida me encaramo encima de ella. Mi cuerpo hierve. Tengo la piel en llamas.
Tengo que entrar en ella ahora mismo. Necesito que las paredes húmedas y sedosas de su coño me envuelvan o me moriré, joder.
Me incorporo de rodillas y me desabrocho el cinturón tan deprisa como puedo.
Con los ojos muy abiertos y llenos de hambre, se apoya sobre los codos y observa con absoluta fascinación.
Saco mi polla dura y unas gotas de mi semen caen sobre su vientre.
—Joder —gime mientras alarga la mano para tocarme. Sus dedos recorren mi miembro palpitante y me asalta una oleada de pánico al pensar que podría correrme. Joder, estoy peor que un adolescente dispuesto a correrse con el más mínimo roce. Así de jodidamente excitado estoy.
—Necesito estar dentro de ti, Mackenzie —digo atropelladamente mientras meto la mano bajo su falda y agarro sus bragas.
Doy un tirón y las rasgo, dejando al descubierto su coño fresco y caliente.
Está tan mojado y preparado... Perlas de su jugo transparente resbalan por la hendidura rosada hasta sus nalgas y de ahí a la cama.
Gimo mientras lo contemplo. Quiero admirarlo un poco más. Quiero tomarme mi tiempo para tocarlo. Quiero saborearlo y explorar cada centímetro con la lengua. Pero no puedo.
Ahora no. Solo tengo que estar dentro de ella.
La necesidad se ha apoderado de mí. Me está consumiendo. Me está atormentando.
Necesito estar dentro de ese coño.
Con una mano alrededor de mi grueso miembro, me coloco entre sus piernas abiertas y presiono mi polla dura contra su abertura caliente. Está muy estrecha, pero no puedo ir despacio. Soy físicamente incapaz.
Entro hasta el fondo de una sola embestida brutal de caderas, rompiendo una barrera mientras me hundo por completo en ella.
El alivio me golpea como un puñetazo que me deja fuera de combate mientras permanezco enterrado hasta los huevos en su interior, disfrutando de la demencial estrechez de su calor sedoso.
La cabeza empieza a despejárseme y me asalta un pensamiento. La barrera... Es virgen.
Tiene el precioso rostro contraído mientras se aferra a mí, gimiendo y sollozando mientras permanezco inmóvil dentro de ella.
—¿Esta es la primera polla que has tenido dentro? —pregunto en un susurro. Contengo el aliento mientras espero su respuesta.
—Sí —responde con un gemido entrecortado—. Eres el primero para todo.
Le beso la boca con tanta pasión que un nuevo torrente de sus jugos calientes baja por mi polla y se derrama sobre mis huevos hinchados.
Por eso está tan jodidamente estrecha. Por eso las paredes de su coño me aprietan hasta el punto de que me cuesta respirar. Es virgen. Tiene la estrechez de una virgen.
Sonrío al saber que soy el único con quien ha estado así. El único que la ha visto así. Que la ha sentido así.
La demencial presión que ejerce su coño sobre mí empieza a aflojarse un poco cuando comienzo a mecer las caderas despacio, adelante y atrás.
Le bajo el sujetador y sus pequeñas tetas saltan fuera.
No puedo resistirme a sus diminutos y duros pezones rosados, y mi boca voraz empieza a chuparlos uno a uno mientras comienzo a probar su coño.
—Este coño es una maravilla, preciosa —le digo mientras empiezo a retirarme—. Lo has mantenido bien estrechito para mí y voy a tratarlo de maravilla.
Gime y me agarra los brazos mientras voy sacándola hasta que solo la gruesa cabeza permanece enterrada en su interior. Empiezo a introducirla de nuevo, más despacio esta vez. No habría sido tan temerario ni habría entrado de una embestida tan descuidada si hubiera sabido que era su primera vez.
Todavía no me lo puedo creer. Solo me ha tenido a mí dentro. Solo a mí.
Ahora lo sé con certeza. Este coño está hecho para mí. Voy a follármelo y a cubrir sus paredes con mi semen caliente todos los días hasta que me entierren.
Voy a tratarlo como es debido siempre que tenga ocasión.
Le cuesta aceptar mi tamaño, pero también parece ansiosa y dispuesta mientras la ensancho.
La siguiente embestida entra con mayor facilidad, y la posterior todavía más.
Pero hay un límite y ahí se detiene. Su coño sigue teniendo la estrechez de una virgen y hará falta mucho más que una sola sesión de sexo duro para que se relaje y resulte fácil entrar.
—Lo estás haciendo muy bien, cariño. Tu coño es increíble.
—Eres tan grande... —gime, y luego se muerde el labio inferior cuando penetro hasta el fondo.
Empiezo a moverme con embestidas más largas y fuertes hasta que ella grita mientras la cama golpea la pared con fuertes porrazos.
Estoy domándola, pero le encanta. Sus caderas empiezan a mecerse contra las mías con cada embestida y me mira a los ojos con expresión ardiente, suplicándome que le dé todo lo que tengo. Se lo doy todo hasta que echa la cabeza hacia atrás y empieza a correrse sobre mi polla.
La sensación es jodidamente buena. Su coño se contrae y tira de mi miembro, ordeñándome el semen que llevo conteniendo toda la noche.
No puedo aguantar más y la presión empieza a crecer rápidamente en mi interior. El orgasmo aumenta y aumenta hasta que estalla y dejo escapar un rugido salvaje.
Sujeto con fuerza a mi chica mientras penetro hasta el fondo y me quedo allí, al tiempo que un chorro tras otro de semen caliente sale de mí y entra en ella. La llena por completo mientras deja escapar un largo gemido de satisfacción.
Pensar en mi esperma desnudo dentro de su dulce agujero, donde puede reclamar su fértil útero, me hace tan increíblemente feliz que no sé cómo explicarlo.
Me limito a estrecharla contra mí mientras disfruto de esa sensación maravillosa.
Puede que esta chica no sea mía para siempre, pero lo es en este momento y, ahora mismo, eso me basta.