Capítulo Cuatro
Colton
Por fin llego ante la enorme verja de hierro que protege la casa del lago.
Mackenzie se baja de la moto de un salto y corre hasta el teclado, donde introduce el código. Ni siquiera intenta ocultármelo. Supongo que sabe lo mismo que yo: soy el hombre de su vida.
Las gigantescas y monstruosas hojas de la verja empiezan a gemir mientras se abren. Mi chica regresa a su asiento en la moto, pero le agarro el brazo al pasar.
Sus preciosos ojos castaños se abren de par en par cuando me mira, sorprendida. Sonrío mientras la atraigo hacia mí para darle otro beso. Aplasto mis labios contra los suyos y le meto la lengua en la boca, robándole el aliento y haciendo que se derrita contra mí.
Joder, necesitaba eso. Desde nuestra última parada, no he podido dejar de pensar obsesivamente en lo condenadamente bien que sabía.
Gime cuando me aparto y sus ojos parecen distintos. Están llenos de deseo y necesidad. Lo sé porque yo siento lo mismo.
En cuanto meta a esta pequeña ricachona tan sexy en la casa de su papá, voy a follármela con fuerza y sin protección. Gritará pidiendo más mientras le hundo mi polla desnuda en ese coñito tan estrecho.
Y, en cuanto se corra sobre mi polla, voy a descargarme en lo más profundo de su cuerpo, llenándola con mi semen caliente y fecundando ese pequeño útero fértil que pronto será mío.
No puedo pensar en otra cosa. La polla me palpita. Me duelen los huevos de lo llenos que están. Llevo empalmado a más no poder y listo para follar desde que sentí sus brazos rodeándome y esas manitas aferradas a mis abdominales.
Ha sido una tortura tener que mantener la mirada al frente y mis manos codiciosas en el manillar mientras sus suaves muslos permanecían abiertos y apretados contra mí.
Durante todo el trayecto hasta aquí no he dejado de imaginar cómo su coño cálido y suave se mojaba y se preparaba para mi enorme polla. Casi podía olerlo mientras se me hacía la boca agua.
Pero ya estamos aquí por fin. Tengo a mi pequeña ardillita entre mis posesivas manos y no pienso soltarla.
Voy a darle lo que necesita. Esa mirada sexy y lujuriosa de su rostro me dice lo que quiere.
Aunque ella no lo sepa, yo sí. Sé lo que le conviene.
Sé qué está esperando ese joven cuerpo fértil.
—Solo hay que seguir por este camino privado —dice con una vocecita tímida que hace que me arda la polla.
Solo tengo que recorrer este largo tramo asfaltado y por fin podré aliviarme. Gracias a Dios, joder. Nunca se me había puesto tan dura. Ni durante tanto tiempo.
Estoy famélico por ese joven coño. Me muero por saborearlo. Estoy sediento por bebérmelo. Ya puedo saborear sus dulces y cálidos jugos mientras sube a la moto detrás de mí. Cuando noto que sus jóvenes muslos me aprisionan, aprieto el manillar y dejo escapar un gemido.
—¿Estás bien? —pregunta a mi espalda.
La polla me palpita. Me mata no estar dentro de ella.
Me limito a arrancar por el camino privado sin responderle. Con este hambre arremolinándose en mi interior, hasta hablar resulta doloroso.
Se me abre la boca cuando veo la casa iluminada por la brillante luna llena del cielo.
—Joder —murmuro cuando la mansión aparece ante nosotros.
Esto no es una casa del lago. Es una puta finca.
Sabía que era de la zona rica de la ciudad, pero no me había dado cuenta de que su familia era dueña de toda ella.
Este lugar parece un castillo, con tanta piedra y un tejado enorme que no termina nunca mientras recorro la curva.
Se alza justo a orillas del precioso lago, con toda una flota de barcos flotando junto al gigantesco embarcadero.
Tienen una enorme piscina excavada en el suelo con barra dentro del agua, jacuzzi, una pista de tenis completa a lo lejos y sabe Dios qué más habrá en el interior.
Se me cae el alma a los pies cuando comprendo que no puedo ofrecerle nada ni remotamente parecido. Mi casa es de risa. Es un cuchitril diminuto junto a mi garaje, que está lleno de piezas de moto. O al menos lo estaba antes de que Steve y sus amigos lo destrozaran, como sin duda habrán hecho.
—¿Esta es tu casa del lago? —pregunto cuando me detengo frente a la entrada.
Se baja de la moto y me mira con timidez, las mejillas sonrojadas.
—Es un poco excesiva, lo sé.
—¿Tu padre es senador o algo así?
—Es inversor de capital riesgo. Invierte sobre todo en empresas tecnológicas emergentes y las ayuda a crecer. Hizo algunas inversiones clave cuando todavía estaban empezando y le han salido bien.
—Ya lo creo.
—Mi padre siempre ha sido bastante ostentoso —dice, incómoda—. Pero yo no soy así.
—Lo sé —respondo mientras me bajo de la moto y me acerco a ella. Es tan menuda... Me encanta. Despierta algo primario en mi interior. Una necesidad intensa de protegerla. De mantenerla a salvo de los males del mundo.
Puede que no tenga el dinero de su padre para hacerlo, pero poseo otras capacidades. Soy listo, sé reaccionar y, cuando se trata de protegerla, soy tan feroz como un animal rabioso. No permitiré que ningún tío se le acerque. Solo yo puedo tocar a esta dulce chica y su suave coñito.
Entramos y, una vez más, no oculta la contraseña mientras la introduce en el teclado de seguridad.
Por dentro, el lugar es todavía más grandioso que por fuera, con techos más altos que los árboles y una cocina capaz de alimentar a todo un equipo de la NFL.
Pero yo solo puedo concentrarme en ella. No consigo apartar los ojos de sus curvas ni de su pelo castaño, que rebota de una forma muy sexy con cada movimiento de su cabeza. Esa falda deja al descubierto sus piernas suaves y tersas, y solo me hace pensar guarradas.
Está muy nerviosa y no para de parlotear.
—La nevera estará casi vacía, pero debería haber algo para comer en el congelador. Creo que hay algunas latas y pasta en la despensa. Tal vez atún. O aceitunas y cosas así.
Mis ojos encendidos permanecen clavados en los suyos mientras me acerco, listo para abalanzarme sobre ella, listo para reclamarla. De pronto deja de hablar y se le encienden las mejillas mientras observa cómo me aproximo con esos ojos castaños de cervatillo.
Cada centímetro de mi cuerpo me duele de necesidad. Estoy ardiendo cuando la agarro y la aprieto contra mí.
Deja escapar un pequeño gemido mientras contemplo sus labios entreabiertos. Mis manos posesivas ya están sobre ella y no pienso soltarla.
Noto una humedad caliente y pegajosa contra la polla. Tengo los huevos tan llenos que el líquido preseminal rezuma y me está poniendo perdidos los vaqueros.
Cuando bajo la mirada y veo sus pezones duros marcándose bajo la camiseta, la estrecho con más fuerza. Tiene las tetas pequeñas, pero son perfectas para que me quepan en la boca y no puedo esperar ni un segundo más.
Traga saliva mientras alza la vista hacia mí.
—Así que supongo que puedes dormir en la habitación de invita—
Aplasto mis labios hambrientos contra los suyos en un beso brusco y violento que hace que le flaqueen las piernas.
La sostengo mientras profundizo el beso y exploro cada rincón de su deliciosa boca.
Me corresponde con la misma intensidad; su lengua se desliza contra la mía con una urgencia voraz mientras sus manitas se aferran a mi cuerpo.
Bajo las manos y le agarro la parte posterior de los muslos desnudos —los mismos que me han estado provocando durante todo el camino—, y gruño contra sus labios.
Aparta la boca, jadeando y gimiendo, mientras deslizo mis grandes manos hacia arriba y le agarro el culo.
Le aprieto las suaves nalgas y se las separo, imaginando qué aspecto tendrá: los ardientes labios de su coño abiertos, revelando el pequeño y estrecho agujero rosado entre la hendidura, y su diminuto ano fruncido completamente a la vista.
—Joder —gimo mientras empiezo a besarle el cuello. Su pelo castaño me hace cosquillas, pero no me detengo. Cada vez que mis labios rozan su piel caliente, la polla me da un tirón dentro de los vaqueros y esparce líquido preseminal por todas partes.
Necesito estar dentro de ella.
Mis manos se deslizan bajo sus bragas y le aferran las nalgas desnudas mientras aprieto mi polla dura contra ella.
—Colton —susurra.
Me acerco al calor que hay entre sus piernas mientras noto su aliento caliente acariciándome la piel. Tengo que sentir lo estrecha que está. Tengo que saber lo mojada que está.
—Joder —gruño cuando la punta de mi dedo se desliza entre sus pliegues húmedos. Está mojada, estrecha y preparada. Mi dedo se impregna enseguida de sus jugos calientes y apenas me queda una pizca de autocontrol cuando presiono la yema contra su pequeño agujero húmedo.
Está tan jodidamente estrecha. El corazón empieza a martillearme mientras tanteo un poco más. Este coño está maduro y listo para que me lo folle.
Intento hablar, pero solo consigo gemir. Es como si todas las palabras se me hubieran quedado atascadas en el pecho junto con el aire, que tampoco hay manera de que salga. No puedo hacer nada hasta descargar mi semen dentro de su joven coño mojado.
Saco las manos de debajo de su falda, le agarro los brazos y doy un paso atrás. En esos ojos castaños veo cuánto me necesita. Casi tanto como yo a ella.
—¿Dónde está tu dormitorio? —pregunto con voz ronca y ahogada.
—Arriba —responde con una voz tan dulce y azucarada que me flaquean las piernas—. La primera puerta a la derecha.
Es como si nuestros labios no soportaran permanecer separados mucho tiempo, y vuelven a encontrarse mientras avanzamos a trompicones hacia las escaleras.
Cae de espaldas al tropezar con el primer peldaño, pero la sujeto y la ayudo a tumbarse despacio mientras me coloco sobre ella, besándola y tocándola con tanta urgencia que siento que voy a perder la cabeza.
Necesito que esta chica permanezca en mi vida, y voy a follármela a pelo para conseguirlo. Quiero fecundar su pequeño útero fértil y obligarla así a quedarse conmigo.