Mi Primer Todo Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Mackenzie

El asfalto pasa zumbando ante mi cara convertido en una mancha aterradora. Las líneas pintadas de blanco y amarillo vuelan a mi lado mientras toda la sangre se me sube a la cabeza.

Gritaría, pero Colton me clava la rodilla en el estómago y apenas me deja respirar, mucho menos gritar. Si no fuera por la fuerte mano con la que me sujeta contra su cuerpo duro, estaría convencida de que voy a morir.

Pasamos volando junto a un coche, y tengo la cara tan cerca de los neumáticos que prácticamente puedo oler la goma quemada.

El viento me levanta la falda y noto la brisa fresca en el culo. Seguro que ahora mismo puede verme las bragas.

Solo espero que no vea la mancha húmeda entre mis piernas.

Porque, aunque estoy aterrada por encima de todo, también estoy un poco excitada.

Hay algo en que este tío tan guapo me salve que me pone de la forma más indecente.

Verlo luchar por mí y después sentir sus fuertes manos atrayéndome contra su cuerpo duro me enciende de verdad.

Reduce la velocidad de la moto y entra en un aparcamiento vacío.

—No pasa nada —dice cuando se detiene—. Estás bien.

Todavía le agarro la pierna con unos dedos rígidos que parecen incapaces de soltarse.

Coge con delicadeza el bajo de mi falda y vuelve a bajármela. Un jadeo escapa de entre mis labios entreabiertos cuando noto que su mano roza la curva de mi culo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunto mientras por fin me incorporo de un salto, con el pulso desbocado.

—Eso ha sido salvar tu precioso culo de esos buitres —responde mirándome a los ojos.

De cerca es impresionante, y tengo que tragar saliva para recuperar el aliento. Me aliso deprisa el pelo revuelto mientras intento recobrar la compostura (algo nada fácil con él mirándome así).

—A lo mejor ahora te quedas en el lado bueno de las vías.

Bajo la mirada hacia el asfalto mientras las mejillas empiezan a arderme.

—Venir aquí no fue idea mía. Fue de mi amiga.

—Menuda amiga. Se le tensa la mandíbula y entorna los ojos, furioso. —No puedo creer que te dejara allí.

Yo tampoco.

Nos miramos durante un largo instante hasta que rompo el contacto visual y desvío la vista hacia los pocos coches que pasan por la calle.

Es plena noche y estoy a unos cuarenta y cinco minutos de mi casa.

No puedo llamar a mi padre para que venga a buscarme.

Perderá la cabeza si descubre que he estado por aquí.

—Bueno, gracias por ayudarme antes —digo mientras jugueteo nerviosa con el bolso—. Ese tío daba muchísimo miedo.

—No sabes cuánto —responde, pasándose una mano por el pelo rubio oscuro—. Las ardillitas no deberían intentar jugar con lobos. A partir de ahora, quédate en tu zona de la ciudad.

No tiene que preocuparse por eso. Después de esta noche, tardaré mucho tiempo en reunir el valor necesario para volver a salir de casa.

Enciendo el móvil e intento abrir Google. Me tiemblan tanto las manos que pulso un anuncio por error.

—¿Qué haces? —pregunta mientras me observa.

—Llamar a un taxi.

Me quita el teléfono de las manos y lo apaga. Lo miro atónita.

—A estas horas no vas a encontrar un taxi que te lleve hasta Beverly Hills —dice.

Lo miro pasmada. —¿Cómo sabes que soy de Beverly Hills?

Se encoge de esos hombros redondeados y sexis. —Bueno, de Skid Row no eres.

Noto que vuelven a sonrojarse mis mejillas mientras nos miramos.

—Te quedas conmigo.

Me agarro el codo mientras me tiembla un ojo. —¿Perdona?

—No es seguro que estés aquí fuera —dice mirando alrededor. Sigo su mirada y empiezo a ponerme nerviosa al reparar en todos los rincones oscuros y los callejones ocultos de los que rebosa la basura. No quiero descubrir qué horrores me aguardan dentro.

Me acerco un poco más a Colton y de inmediato me siento más segura. No creo que nada pueda hacerme daño mientras él cuide de mí.

—Pero tengo que volver a casa —le digo. Mi padre se pondrá histérico si no estoy allí por la mañana. Seguramente llame a la Guardia Nacional. Y, conociendo a mi padre, podría hacerlo.

—No te preocupes, ardillita. Yo te llevaré a casa.

—Prefiero ir andando que volver a viajar sobre tu rodilla en esa cosa. Todavía me tiemblan las manos por el último trayecto.

—¿Y si te sientas en mi regazo?

Trago saliva cuando mis ojos se desvían involuntariamente hacia el bulto de sus pantalones. Eso sería una mejora.

—¿Y qué pasa contigo?

—¿Qué pasa conmigo?

—¿Esos tíos... saben dónde vives?

Suspira mientras me observa con esos ojos de un azul intenso. Dios, todavía no ha apartado la mirada de mí. —Sí.

—¿Van a ir a tu casa para... hacerte daño? Ni siquiera quiero decirlo. La idea de que le hagan daño me provoca náuseas. No soportaría ver ese rostro tan hermoso lleno de moratones.

—Probablemente ya estén allí, destrozándolo todo.

Oh, no. Sabía que no debería haber venido.

He venido a un lugar al que no pertenezco y ahora este hombre increíble, que se ha jugado su cuello tatuado por mí, será quien pague las consecuencias.

—¿Hay algún otro sitio al que puedas ir?

—Estaré bien, ardillita. Sé cuidarme solo. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. Eres tú quien me preocupa.

—Pero...

Da un paso al frente y me coge la mano, haciendo desaparecer todas las palabras y pensamientos de mi cabeza, que no deja de dar vueltas.

Parece tan seguro de sí mismo. Tan audaz y confiado. Pero sé que ese asqueroso de Scorpion no parará hasta vengarse de Colton, y él solo se encuentra en esta situación por mi culpa. De pronto, todo queda claro. Sé lo que tengo que hacer.

—Sé dónde puedes quedarte —digo—. Sé dónde estarás a salvo.

Me mira como nunca antes me ha mirado nadie, y eso me hace sentir más viva que nunca.

—Mi padre tiene una casa junto al lago en Big Bear. Podemos quedarnos allí.

—¿Podemos? —Enarca una ceja.

Sé que es una mala idea, pero no puedo evitarlo. Hay algo en él a lo que no puedo resistirme.

Y no es solo porque no quiera que le hagan daño.

Es algo más egoísta.

Me aterra que esta noche termine.

Que me deje en casa y se marche en su moto.

Que nadie vuelva a mirarme como él me está mirando ahora.

O no volver a sentirme como me siento.

—Iré contigo —le digo mientras el temblor abandona mi cuerpo y la confianza ocupa su lugar. Sé que es la decisión correcta. Una vez dicho, ya no hay vuelta atrás—. Allí estaremos a salvo los dos.

Me mira durante un largo instante y, después, una sonrisa aparece poco a poco en sus labios sexis. —No voy a negarme, ardillita. Vámonos a Big Bear.

Les envío un mensaje rápido a mis padres para contarles que me he ido allí con Joy en un viaje improvisado para pasar un fin de semana de relax.

No les va a gustar, pero me arriesgaré a que me castiguen con tal de mantener a Colton a salvo.

Sé que él haría lo mismo por mí. Joder, ya ha hecho mucho más por mí.

Se sienta en la moto y me recorre con la mirada de arriba abajo. Cada vez que lo hace, me hormiguea todo el cuerpo.

—Tienes que coger la 210 —le digo.

—Y tú tienes que sentarte en mi regazo.

Miro sus vaqueros y levanto los ojos de golpe cuando me parece ver el contorno largo y duro de su polla.

—Me sentaré detrás —digo mientras subo. Él se ríe por lo bajo cuando lo rodeo con los brazos. Apoyo las palmas contra su vientre duro y noto cómo me mojo mientras el motor ruge bajo mi coño abierto de piernas.

Nunca he hecho nada parecido. Ir en una limusina con chófer, sí. En la parte trasera de una moto sin casco, ni de coña.

Tengo la cara pegada a su espalda musculosa y aspiro su aroma masculino cuando se vuelve hacia mí con una sonrisa. —Agárrate fuerte, ardillita. Me gusta conducir deprisa.

Antes de que pueda decir una palabra más, arranca.

Conduce deprisa, tal como había prometido.

Me bajo de la moto con las piernas temblorosas cuando paramos a repostar aproximadamente una hora y media después.

La noche está ya muy avanzada y ahora nos encontramos lejos de la ciudad, en algún lugar cerca de Twin Peaks. Es una gasolinera tranquila que cerrará dentro de unos minutos. Somos los únicos que hay por aquí.

Colton entra para pagar por adelantado y yo me descubro contemplando una polilla que revolotea alrededor de la bombilla desnuda junto a la puerta.

La bombilla debe de estar ardiendo, pero la polilla parece incapaz de contenerse.

No deja de estrellarse una y otra vez contra la esfera luminosa, como si fuera irresistible.

Como si no le importara que acercarse a ella sea peligroso.

Que pueda quemarse e incluso morir por permanecer bajo la intensa y abrasadora presencia de la bombilla.

—Sé cómo te sientes, pequeña —le susurro a la polilla cuando vuelve a lanzarse de cabeza contra la bombilla.

Así es como me siento ahora mismo.

Colton es peligroso.

Es salvaje y, aunque no lo conozco en absoluto, nos dirigimos a la casa del lago de mi familia para pasar la noche. Solos.

Podría quemarme. Podría morir.

Pero, igual que la polilla, no puedo evitarlo.

Para mí es irresistible.

Tengo que estar cerca de él, cueste lo que cueste.

Suena la campanilla cuando abre la puerta y sale con dos bebidas. Sus ojos tensos me encuentran de inmediato y parecen suavizarse y relajarse cuando ve que estoy bien.

—¿Limonada o té helado? —pregunta.

—¿Cuál es tu favorito? —pregunto, porque no quiero escogerlo.

—Eso no es lo que te he preguntado —dice con una sonrisa mientras entorna los ojos al mirarme—. ¿Limonada o té helado?

No puedo evitar sonreír. —Té helado.

Lo abre y después me lo entrega. Nuestros dedos se rozan y se me eriza hasta el último pelo del brazo.

—Gracias —digo con timidez mientras él empieza a llenar el depósito.

Doy un sorbo y gimo al notar el líquido fresco descendiendo hasta mi pecho.

—Entonces, ¿a qué te dedicas? —pregunto mientras lo observo quitar el tapón del depósito y empezar a echar gasolina.

—¿Para divertirme o para ganar dinero?

—Las dos cosas —respondo, cambiando el peso de un pie al otro.

—Soy uno de los pocos afortunados que hacen ambas cosas a la vez —dice mientras da un sorbo a su limonada—. Arreglo motos.

—¿Eres mecánico?

—No. Un mecánico repara motos. Yo soy más bien un artista. Las personalizo y las convierto en mucho más.

—Vaya —digo mientras lo contemplo maravillada.

No he conocido a muchos trabajadores manuales en mi vida.

El círculo de mis padres siempre ha estado formado por profesionales, políticos, profesores y cualquier otra persona que esté a su mismo «nivel».

Mi padre jamás se relacionaría con alguien como Colton.

—Entonces, ¿trabajas en un taller?

—No —responde con un hondo suspiro. Sus ojos se llenan de angustia y melancolía cuando vuelve a bajarlos hacia el depósito—. Tengo mi propio taller. Bueno, lo tenía...

—¿Qué quieres decir? —pregunto mientras mi cuerpo se tensa, alarmado.

—Trabajo en el garaje de una casa que tengo alquilada —explica encogiéndose de hombros—. Ahora mismo estará destrozado, saqueado o ardiendo.

—No será tan grave —digo, intentando encontrar algún lado positivo—. El dinero del seguro...

Suelta una risa despectiva.

—Los seguros son cosa de vuestro lado de las vías —dice cuando termina de llenarse el depósito. El surtidor chasquea; él vuelve a colocar la pistola y enrosca el tapón.

—Te lo compensaré —digo, irguiendo la espalda—. Cualquier cosa que necesites. Me aseguraré de que la tengas.

Me mira fijamente, y la intensidad de sus ojos me provoca cálidos escalofríos.

—No voy a aceptar nada de ti, Mackenzie.

Es la primera vez que pronuncia mi nombre y todo mi cuerpo se pone en alerta máxima. Tengo el pulso desbocado, el corazón me martillea contra las costillas y la piel se me ha puesto de gallina.

—Eso es absurdo —digo a toda prisa mientras me acerco a la moto. Él está a un lado y yo al otro. Nos encontramos lo bastante cerca para tocarnos, y noto cómo la tensión sexual carga el aire entre nosotros—. Me has salvado la vida. Lo aceptarás. ¡Tendrás que aceptarlo!

—No quiero tu dinero.

Me inclino hacia delante, desesperada por que acepte.

—¿Por qué no? —pregunto mientras me humedezco los labios—. Entonces, ¿qué quieres?

Me contempla como si fuera lo más preciado que ha visto en su vida.

—A ti. Lo único que quiero eres tú.

Mis labios se entreabren, se me corta la respiración y cierro los ojos cuando se inclina sobre la moto y me besa.

Es como un rayo. Su lengua está fría y sabe a limón cuando la introduce en mi boca, como si quisiera reclamarme como suya. Sus manos grandes y fuertes me acunan las mejillas, y yo gimo y lloriqueo mientras el beso se intensifica.

Sus labios son más suaves de lo que había imaginado. Sus manos me agarran con tanta fuerza y, sin embargo, son tan delicadas y cariñosas.

Me da un poco de vergüenza, pero este es mi primer beso.

Es increíble, electrizante y completamente inesperado. Jamás pensé que mi primer beso sería así, con alguien como Colton.

Pero ahora que está sucediendo, me siento tan feliz y afortunada de que no ocurriera antes. Me alegro de que sea él. El único.

Sus manos descienden hasta mi cintura y su abrazo protector se estrecha mientras tira de mí hacia delante. Ojalá su moto no estuviera entre nosotros y pudiera fundirme en su abrazo duro y posesivo.

Por fin se aparta, pero yo sigo con los ojos cerrados y los labios fruncidos —seguramente con un aspecto ridículo— mientras saboreo hasta el último segundo.

—Vámonos —dice mientras suelta mi cuerpo y se sube a la moto.

Subo deprisa detrás de él y rodeo su cuerpo duro con los brazos. Esta vez cedo a mis deseos y apoyo la mejilla contra su espalda.

Vuelvo a mirar a la polilla, que continúa revoloteando contra la bombilla, tratando de acercarse todo lo posible sin quemarse.

El motor ruge y nos adentramos en la noche.

Todavía puedo saborearlo en mi boca. Todavía noto sus manos protectoras sobre mí.

Conduce deprisa para llegar a la casa del lago, pero esta vez parece no importarme.