Mi Primer Todo Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Colton

El mundo se detiene cuando la veo salir.

El corazón me martillea en el pecho, pero todo lo demás sucede a cámara lenta.

El ritmo distorsionado de la canción que me suena al oído, la chica que tengo delante contándome lo cerca que vive de aquí, incluso la gota de sudor que ahora me resbala por la sien...

todo existe atrapado en una distorsión temporal.

Todo avanza con una lentitud antinatural.

No solo me ha hecho añicos, sino que además ha destruido el continuo espacio-tiempo.

Me tambaleo y tengo que apoyarme en la despensa. Nunca he estado así... tan paralizado ante la presencia de una chica. Completamente indefenso ante lo que siento por ella.

—Está a unos cinco minutos —dice Natalia mientras saca pecho—. Y mis padres se han ido todo el fin de semana.

Ni siquiera la escucho. La cabeza me palpita. No puedo concentrarme en nada salvo en ella.

Estaba en la cocina, apoyado contra la despensa, intentando librarme de Natalia (que no pilla ni una puta indirecta), cuando ella pasó por delante siguiendo al capullo de Steve.

Es un matón de tres al cuarto que intenta reinventar su imagen con un apodo nuevo por el que todo el mundo se niega a llamarlo.

Supe de inmediato que ella no pintaba nada aquí. Es una niñita rica y mona que ha acabado en el lado equivocado de las vías.

Es menuda. Tiene un precioso pelo castaño y unos ojos espectaculares a juego. Me recuerda a una ardillita. Igual de pequeña, adorable e indefensa.

Estos tíos se la van a comer viva.

Un arrebato protector me recorrió por dentro en cuanto posé los ojos en ella, y no ha dejado de crecer con cada segundo que llevo mirándola.

Quiero acercarme, cogerla en brazos y sacarla de este lugar.

Quiero encerrarla en mi habitación, donde estará a salvo.

Donde solo yo pueda contemplar esas curvas dulces y suaves.

—Quizá deberíamos largarnos de aquí —dice Natalia mientras se inclina hacia mí y me roza el brazo con sus tetas respingonas. Aparto el brazo de golpe, sin sentir más que repugnancia cuando bajo la mirada hacia ella. Después de ver a mi ardillita, no quiero a nadie más.

Intenta cogerme de la mano, pero la aparto mientras vuelvo la cabeza de golpe para buscarla a ella.

Steve la tiene acorralada fuera y, por cómo mira las salidas y juguetea nerviosa con las manos, sé que no está allí por voluntad propia.

Una oleada de adrenalina me inunda las venas mientras paso por delante de Natalia para protegerla y estar a su lado, que es donde me corresponde. Todo mi cuerpo se tensa y endurece cuando cargo hacia ellos, crujiéndome los nudillos sin apartar la mirada de él.

La agarra y algo se rompe dentro de mí.

Mi civismo desaparece. Siglos de progreso, cultura y civilización humanos quedan borrados con un solo roce.

He vuelto a la Edad Media. Soy primitivo. Bárbaro.

Soy un puto cavernícola a punto de matar a golpes a un rival que se ha atrevido a entrar en mi territorio.

Ese contacto me destroza. Las ataduras de la sociedad se quiebran y caen al suelo.

Soy libre para defender y tomar lo que es mío.

Cruzo la puerta a toda prisa y agarro a Steve por el pelo grasiento justo cuando está a punto de posar sus labios viscosos sobre los de ella. Con un gruñido, tiro de él con fuerza hacia atrás. Tropieza y cae de culo mientras ella retrocede de golpe.

—¿Quién es el muer⁠...?

Le estrello el puño contra la boca, aplastando sus palabras y partiéndole un incisivo. La chica grita mientras vuelvo a golpearlo una y otra vez.

No pararía si ella no me estuviera mirando con los ojos muy abiertos y aterrados. Acabaría encantado con la vida de este patético pedazo de mierda solo por haber tocado a mi chica, pero no quiero que ella vea esto. Ahora no.

La primera impresión lo es todo, y no quiero que la suya sea verme matar a alguien delante de ella.

Los nudillos me arden mientras mantengo el puño en alto, preparado para descargar más golpes.

Steve escupe sobre su pecho un pegote de sangre mientras me mira desde el suelo con odio puro.

—Estás puto muerto, Colton —sisea.

Le doy otro puñetazo. Ese es solo para mí.

—Dame el teléfono, Steve —ordeno mientras extiendo la mano.

—Me llamo Scorpion —replica entre dientes. Creo que voy a tener que golpearlo otra vez, pero, por lo visto, ya ha tenido bastante. Mete la mano en los pantalones, saca el móvil y me lo planta de un manotazo en la palma abierta.

Se lo tiendo a ella, pero la pobre está tan asustada que ni siquiera lo coge. Tiembla mientras sus enormes ojos castaños, abiertos de par en par y sin pestañear, me miran con conmoción y miedo.

Tengo que sacarla de aquí.

—Te van a hacer polvo, Colton —dice Steve mientras se arrastra hacia atrás y luego se pone en pie—. Mis chicos van a matarte.

Hago un teatrillo exagerado, mirando alrededor con las manos abiertas.

—No los veo por ninguna parte.

Llevo cientos de horas en el gimnasio de boxeo y puedo tumbar a este tío sin esfuerzo, pero ¿a toda su banda? Puede. No lo sé, aunque no pienso correr ese riesgo con esta chica cerca. Su seguridad es mi máxima prioridad. Ahora y para siempre.

Aprieta la mandíbula ensangrentada mientras me fulmina con la mirada. Doy un paso hacia él y su confianza se desmorona.

—Lo que tú digas —dice mientras empieza a escabullirse hacia la casa—. De todos modos, es una zorra estúpida.

Mi ardillita mira sus zapatos mientras Steve entra a toda prisa y cierra de golpe la puerta mosquitera tras él. Tiene las mejillas de un tono rojo que despertaría la envidia de un tomate.

—Deberíamos irnos —digo, ofreciéndole la mano—. Va a volver con sus amigos. Puedo con cuatro o cinco, pero, si son más, acabaré comiéndome sus zapatos mientras ellos te quitan algo más que el móvil.

Parpadea muy deprisa con sus preciosos ojos castaños mientras me escucha. Parece aterrada y todos mis instintos protectores me gritan que me la lleve.

¿Qué demonios hace aquí?

Una niñita rica sin la menor experiencia de la calle no debería estar en una fiesta como esta.

Miro a través de la puerta mosquitera y veo a Steve dentro, intentando soliviantar a sus amigos lo suficiente para que vuelvan aquí y se peleen conmigo. Mi reputación debería darme tiempo suficiente para sacarla de aquí.

—Ardillita —le susurro—. Tenemos que irnos. Ya.

—Mi amiga... —dice, aterrada.

Una llamarada de ira me abrasa por dentro. Más vale que no sea un tío. No quiero descubrir de qué soy capaz si ha venido aquí con uno. Sobre todo con uno que ha permitido que acabe en una situación como esta.

—Es rubia —añade enseguida, y la tensión abandona mi cuerpo como si de pronto hubieran abierto una válvula—. Vestido negro. Tetas grandes.

—Se ha ido con un tío. —La he visto marcharse. A la rubia del vestido negro ceñido se le notaba que no era de por aquí por las joyas caras y la ropa de diseño. Estas chicas destacan como conejitos en un nido de serpientes.

Niega con la cabeza, sin creerme.

—Ven —digo, indicándole con un gesto que vaya hacia la valla rota. Vacila un segundo, pero después me sigue hasta el jardín delantero.

—Su coche no está —dice, mirando la acera vacía con la boca abierta. Sus pequeños pechos suben y bajan al ritmo de su respiración angustiada—. Me ha dejado tirada.

Saca el móvil y contempla la pantalla conmocionada. Ninguna llamada perdida.

—Te llevaré a casa. —Estoy cabreado con su amiga por haberla abandonado, pero al mismo tiempo me alegra ser yo quien va a sacarla de aquí.

Esta chica es el vivo retrato del miedo. Tiene el rostro blanco como la ceniza y le tiembla la barbilla. Me mira parpadeando sin cesar mientras pega los codos a los costados para hacer su cuerpo lo más pequeño posible. No sabe qué hacer.

—No pasa nada —digo con la voz más serena y suave que consigo, lo cual no resulta fácil con el corazón golpeándome así en el pecho por tenerla cerca—. ¿Cómo te llamas?

—Mackenzie —chilla con voz aguda.

—Yo soy Colton —digo mientras le ofrezco la mano por segunda vez. En esta ocasión me la estrecha de mala gana.

Tiene la palma tan suave que me hace gemir. Se me empieza a poner dura solo con su contacto.

—Mackenzie, vas a tener que venir conmigo. ¿Lo entiendes?

Asiente mientras me mira con sus enormes ojos castaños de Bambi. Esta chica es tan vulnerable y, no sé por qué, eso me pone muchísimo. Quiero ser la bestia grande y feroz que la protege.

Veo que los amigos de Steve se están reuniendo dentro y sé que es ahora o nunca. Le aprieto la mano y empiezo a tirar de ella hacia la acera.

Tengo la moto aparcada unas casas más abajo.

—¿Vamos a ir en eso? —pregunta con un matiz de pánico en la voz cuando la ve.

—Agárrate fuerte a mí y no te pasará nada —digo mientras me subo.

Steve y sus amigos están en el jardín delantero buscándonos. No es el mejor momento para que ella vacile.

—Tienes que subir, ardillita —le digo mientras arranco el motor. El ruido atrae la atención de todos y echan a correr hacia nosotros.

—¡Nunca me he subido a una moto! ¡No tengo casco!

No hay tiempo para discutir con ella. Si esos tíos nos alcanzan, necesitaremos mucho más que un casco. Son unos nueve.

La agarro del brazo y tiro de ella sobre mi regazo mientras grita.

Está tumbada encima de mí, con el culo en alto, como si estuviera preparada para recibir unos azotes.

Me tomaría mi tiempo y saborearía el momento si no estuviera demasiado ocupado girando la moto y largándome cagando hostias de aquí.

Acelero justo antes de que me alcancen, mientras sueltan tacos y gritan que estoy muerto.

Maldigo entre dientes mientras salgo disparado carretera abajo. Llevo una mano en el manillar y la otra rodeando mi voluptuosa carga, demasiado valiosa para soltarla.

Esos tíos saben dónde vivo.

Dentro de quince minutos estarán allí, destrozándome la casa y el taller.

Es todo lo que tengo, y van a arrebatármelo.

Mackenzie deja escapar un gemido y la sujeto con un poco más de fuerza mientras cruzo un semáforo en rojo como una bala.

En realidad, no es todo lo que tengo.

Ya no.

La tengo a ella, y no pienso soltarla.