Mi Primer Todo Capítulo Uno #2
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Capítulo Uno #2

Contengo el aliento y alzo la vista. Al otro lado de la habitación, un tío de aspecto turbio, con el pelo negro, largo y grasiento, me observa fijamente.

Es alto y musculoso, no de la forma dura y retocada con aerógrafo en que lo es Brad, sino más bien con músculos de «trabajo todo el día en la construcción, pero bebo cerveza toda la noche».

Tiene la nariz torcida, como si se la hubieran roto y nunca se la hubieran arreglado.

Me sonríe y le falta un diente para completar el conjunto.

Sonrío con incomodidad y vuelvo a bajar la vista hacia el móvil mientras me arden las mejillas. Un «Me gusta» en mi publicación de Facebook. Gracias, abuela.

—¿Puedes traernos unas cervezas? —pregunta Joy, jadeando en busca de aire mientras aparta la boca de la de Brad. Él le estruja el culo con las manos.

Estoy a punto de contestar que no debería mezclar alcohol con la pastilla que se ha tomado en el coche, pero ya ha vuelto a saborear la garganta de Brad.

Respiro hondo y me dirijo al barril situado sobre la mesa del comedor. A su lado hay vasos rojos llenos de cerveza sin gas y vete tú a saber qué más, ya servidos para que cualquiera los coja. ¿Un nuevo juego de fiesta? La ruleta del Rohypnol.

No, gracias.

Cojo tres vasos rojos vacíos. Uno para Joy, otro para Brad y otro para la sujetavelas, y acciono la pequeña pistola de cerveza dentro del primero. Se llena de espuma.

Miro a mi alrededor en busca del encargado del barril o algo parecido cuando vislumbro en la cocina a un tío que me corta la respiración.

Está apoyado contra el frigorífico mientras una chica con pinta de guarra, vestida con un top corto blanco, intenta darle conversación.

Él parece bastante desinteresado, aunque ella prácticamente se le está ofreciendo en bandeja.

Y entiendo por qué. Es más alto que el frigorífico y su pecho parece igual de ancho. El corazón empieza a latirme un poco más deprisa mientras lo contemplo sin ningún pudor desde el comedor. Tiene el pelo rubio oscuro, algo largo y revuelto, pero, madre mía, le queda de maravilla.

De donde yo vengo no se ven tíos como él.

Está cubierto de tatuajes desde los dedos hasta el cuello.

Me alegro de que el tatuador le perdonara la cara, porque ya es la perfección absoluta.

La cantidad justa de barba incipiente en su mandíbula ancha y masculina, una nariz tan sumamente besable y unos ojos de un azul intenso capaces de hacerte creer que estás viviendo una experiencia religiosa.

Lo único que puedo hacer es mirarlo, maravillada, mientras lleno demasiado el vaso y derramo espuma y cerveza barata sobre mis zapatos. ¡Mierda!

Lleno otro vaso de deliciosa espuma de cerveza mientras le lanzo otra mirada furtiva. Decenas de preguntas me inundan la mente. Quiero saberlo todo sobre él, pero ni de broma tengo valor suficiente para acercarme y preguntárselo. Ni de broma.

Los tíos como él no salen con chicas como yo. Somos de zonas distintas de la ciudad. Como si procediéramos de planetas diferentes. Seguro que no tenemos nada en común y, aunque así fuera, juega en una liga muy superior a la mía.

Aun así, no puedo dejar de desear con todas mis fuerzas que mire hacia aquí.

Debería haberme puesto la camisa negra.

Una mano fría toca la mía y casi me da un salto el corazón. Vuelvo la cabeza de golpe y ahí está el señor Siniestro Narizpartida, invadiendo mi espacio personal. Sonríe, y su sonrisa resulta tan reconfortante como una ducha fría.

—Hola, preciosa. —Su voz me recorre como un enjambre de arañas.

Retrocedo y choco contra el sofá. Sonríe, luciendo la ausencia de uno de sus dientes delanteros.

—¿Cómo te llamas?

Miro hacia Joy con la esperanza de que me salve, pero está pegada a la pared, con los ojos cerrados, mientras Brad le hace cosas que no deberían hacerse en público. Tiene las manos aferradas a sus pechos mientras le besa el cuello. Al menos sigue llevando puesto el vestido.

—¿Cómo te llamas, señorita? —vuelve a preguntar.

—Mackenzie —chillo con voz aguda.

—Yo soy Scorpion —dice mientras se baja el cuello de la camiseta para mostrarme un tatuaje en el cuello, del tamaño de la palma de una mano, que representa un escorpión de aspecto feroz.

Me pregunto si se tatuó por su nombre o si recibió el nombre por el tatuaje, pero no siento suficiente curiosidad para preguntárselo. Solo quiero alejarme de una puta vez de este futuro presidiario.

Vuelvo a mirar hacia Joy, pero ha desaparecido. Se me oprime el pecho. Ahora estoy atrapada aquí. Con Scorpion.

—Deja que me encargue de esto —dice, quitándome de las manos temblorosas los vasos llenos de espuma. Estira el brazo por detrás del barril y me entrega un vaso que ya está lleno de cerveza. Tiene un matiz verdoso que no tienen los demás vasos de la mesa. ¡El ganador de la ruleta del Rohypnol!

—Gracias —consigo decir mientras busco a Joy con la mirada. Hasta el tío guapísimo ha desaparecido de la cocina. Estoy completamente sola. Una mosquita atrapada en el nido de un escorpión.

—Voy a volver con mis amigos —digo, señalando la pared vacía.