Mi Primer Todo
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Capítulo Uno
Mackenzie
—¿Esa es una puta del crack?
—Ah, sí —dice Joy, inclinándose sobre mí y mirando por la ventanilla durante demasiado tiempo.
—Mira la carretera —digo mientras agarro el volante antes de que atropelle a un sintecho. Están por todas partes. No sabía que en nuestra ciudad hubiera un problema tan grave con las personas sin hogar. Me dan tanta pena que casi se me saltan las lágrimas.
—¡Mira a ese tío! —Joy señala con el dedo mientras suelta una carcajada—. ¡Lleva pantalones rosas!
Por lo visto, a Joy no la conmueve tanto.
—¿Dónde está esa fiesta? —pregunto, hundiéndome en el asiento de cuero del Lexus de Joy y agachando la cabeza.
Este coche es demasiado lujoso para esta zona de la ciudad.
Me siento como parte de una nobleza cruel que recorre el pueblo en carruaje bajo las miradas de los campesinos, en una versión moderna de Juego de tronos.
A Joy le da igual. Interpreta a la reina a la perfección mientras baja la ventanilla y arroja fuera el cigarrillo.
Un poquito más de basura para vuestro hogar infestado de porquería, pringados.
—No seas tan Mackenzie, Mackenzie —dice con una sonrisa burlona.
Me muerdo el labio inferior y me trago la respuesta mientras me vuelvo hacia la ventanilla y alzo la vista al cielo nocturno, sin estrellas.
Soy tan aguafiestas que Joy se ha visto obligada a inventar una palabra inspirada en mi nombre.
Si buscas Mackenzie en el diccionario de Joy, encontrarás la definición de una Mackenzie garabateada en los márgenes: Una Mackenzie (sust.).
Chica nerviosa y estirada que siempre insiste en aplastarle la vida a cualquier fiesta.
Un grupo de jóvenes de aspecto turbio está plantado en la esquina mirándonos mientras nos detenemos ante la señal de stop. Parecen actores que hacen una audición para representar el «después» en un anuncio antidroga de esos que muestran el antes y el después.
Joy los saluda con la mano y se ríe mientras acelera el motor y sale disparada. Miro hacia atrás por encima del hombro a través de la luneta trasera. Uno de ellos está en medio de la carretera, agarrándose la entrepierna y gritándonos algo. Qué elegancia.
—¿Podemos volver a casa, por favor? —pregunto mientras me aferro al cinturón de seguridad. Por desgracia, no puede protegerme de todo. Y mucho menos de las malas decisiones de Joy.
—Me debes una —dice Joy.
—¿Por qué?
—El mes pasado fui por ti a esa fiesta tan cutre del club náutico.
—Era una gala benéfica para recaudar fondos para una protectora de perros —digo mientras jugueteo con el bajo de la falda—. Por lo que parece, tú me llevas a una violación en grupo.
—¿Quieres parar ya? —pregunta—. Va a ser divertido. Toma una de estas. —Coge el bolso que tiene junto a mis pies y rebusca en él con ambas manos. Mantiene el volante sujeto entre las rodillas mientras fija la vista en su bolso de Chanel. Cierro los ojos y rezo a todos los dioses que existen.
Cuando los abro, tiene la mano extendida ante mí, con una diminuta pastilla blanca en la palma.
—¿Drogas? —pregunto, mirándola con una ceja enarcada. Por lo visto, no ha visto el anuncio antidroga de carne y hueso que acabamos de dejar atrás en la última señal de stop.
—Es de venta con receta —dice—. Me las dio mi madre. Ayudan a relajarse.
—A mí me gusta estar tensa.
—A nadie le gusta que estés tensa —dice Joy mientras se tapa la boca con la mano y hace desaparecer la pastilla.
Supongo que conduciré yo de vuelta a casa.
—Relájate —dice—. Habrá montones de tíos buenos. Brad tiene amigos que están buenísimos.
Brad es el capricho de Joy de esta semana.
Juraría que está suscrita a algún servicio de reparto, solo que, en lugar de cestas de fruta, recibe tíos musculosos y buenorros.
Cada martes le entregan uno nuevo. ¡El lunes por la noche tira el anterior a la basura porque el martes por la mañana llegará otro!
—¿Quién era Brad? —pregunto.
Resopla y niega con la cabeza. Sus largos rizos rubios rebotan como diminutos muelles de juguete. —El tío del trabajo. Te hablé de él.
Probablemente. Pero llevar la cuenta de todas las conquistas de Joy sería un trabajo a jornada completa y no estoy dispuesta a asumirlo. Seguramente porque me recuerda que yo no he conquistado nada. Si fuéramos generales romanas, Joy tendría toda Europa y yo ni siquiera tendría mi jardín.
—Creía que te habían despedido —digo.
Joy pone los ojos en blanco y aprieta el volante con tanta fuerza que se le blanquean los nudillos. Supongo que la pastilla todavía no le ha hecho efecto.
—Son idiotas —masculla—. Solo me han suspendido de empleo. Si me dejaran dirigir el local, cuadruplicaría sus ingresos.
—Bueno, son Starbucks —digo—. Creo que no les va nada mal.
—Son todos imbéciles.
El riquísimo padre de Joy era un hombre hecho a sí mismo que, con apenas diecisiete años y solo su cerebro, creó una empresa de software y la convirtió en una corporación multimillonaria.
Quería que Joy disfrutara de los frutos de todo su esfuerzo, pero también inculcarle una ética de trabajo que la ayudara a forjarse el carácter.
Su solución de compromiso: paga sus tarjetas de crédito y accedió a comprarle un Lexus nuevo si era capaz de conservar un empleo.
Era una manera interesante de plantearlo, aunque no parece estar funcionando demasiado bien.
Joy es todo un personaje, pero aún tiene muy poco carácter.
Joy manipula el móvil con el pulgar y abre Google Maps.
La pantalla azul ilumina su rostro. Es guapísima.
Lleva un minúsculo vestido negro y los pechos le rebosan por el pronunciado escote.
Esos pechos atraen tanta atención que a veces parecen una entidad independiente.
En ocasiones pienso que estar con ella debe de ser como salir con una famosa.
Bajo la vista hacia mi camisa morada y mi falda nueva, y noto un revoloteo en el estómago. Debería haberme puesto la camisa negra. La camisa negra hace que parezca que tengo algo de pecho, en lugar de las picaduras de mosquito que luzco ahora mismo.
—Es un poco más adelante —dice Joy mientras lanza el móvil hacia el bolso, aunque acaba golpeándome el pie. Bueno, la pastilla ya le ha hecho efecto.
El revoloteo de mi estómago se desboca cuando contemplo las pequeñas casas destartaladas, encajonadas unas junto a otras en parcelas diminutas.
Hay gente por todas partes, sentada en los escalones de entrada y charlando en los jardines.
Eso no se ve en mi calle. Cada mansión cerrada con verjas está separada de la siguiente por un jardín del tamaño de un campo de golf.
Los propietarios solo ven el césped delantero cuando pasan en coche de camino a sus garajes subterráneos.
—Ahí mismo —dice Joy, señalando la casa gris que tiene a medio vecindario en el jardín delantero. Trago saliva mientras aparca junto al bordillo, al otro lado de la calle.
Quizá espere en el coche.
Preferiría mil veces estar en casa, en pijama y metida hasta el cuello en un buen libro, pero siento la presión constante de salir y disfrutar de mis años de fiesta.
En todos los anuncios, películas y series aparecen jóvenes de dieciocho años buenorros que salen de fiesta y se divierten, pero cuando me encuentro en una situación así solo me pongo nerviosa y me siento aún más fuera de lugar de lo habitual.
Joy sale del coche y se alisa el vestido mientras yo intento reunir valor para abrir la puerta.
—Vamos, Mackenzie —dice mientras se inclina para asomarse al coche. Mis ojos se clavan en su monumental escote cuando se agacha.
—A la mierda —murmuro mientras abro la puerta.
Pero casi vuelvo a meterme a gatas en el asiento del copiloto cuando veo a todo el mundo en el jardín delantero mirando a la rubia buenorra del coche caro y a su amiga desaliñada.
Joy percibe mi vacilación y corre hacia mí, con los tacones repiqueteando sobre el asfalto, para agarrarme de la muñeca.
—Me quedaré contigo todo el tiempo —promete.
Eso ya lo he oído antes.
La multitud se abre ante Joy mientras avanza hacia la puerta principal con la barbilla en alto, como si fuera la dueña del lugar. Me lleva a rastras detrás de ella. Asiento y sonrío con incomodidad a todos los que me miran mientras nos preguntamos qué coño hago aquí.
La música del interior está altísima. Y es horrible.
Parece la que suena en La naranja mecánica cuando torturan al protagonista, solo que con muchísimos más tacos.
Los muebles son baratos y están rotos, y las luces del techo carecen de lámparas: las bombillas desnudas deslumbran.
Parece que el interiorista fuera un adicto al crack.
Dentro hay más gente que fuera. Beben cerveza barata y whisky directamente de la botella.
No hace falta decir que no me gusta este sitio.
—¡Brad! —grita Joy mientras rodea con los brazos a un tío musculoso con una bonita sonrisa. Es una de sus conquistas más atractivas y ahora entiendo por qué me ha arrastrado hasta aquí.
—Esta es mi amiga Mackenzie —dice por encima del estruendo de la música.
Brad me dedica un rápido gesto con la cabeza y después empieza a besarle el cuello a Joy.
—También me alegro de conocerte —digo mientras jugueteo nerviosa con las manos.
Intento fundirme con el papel pintado que se despega de la pared mientras saco el móvil y contemplo la pantalla, deseando poder meterme dentro.
¡Desmadrándome con Joy en una fiesta brutal!, publico en mi muro de Facebook. Porque eso es lo que hace la gente de mi edad: quedarse de pie con aire incómodo en las fiestas y publicar en las redes sociales lo increíbles que son.