Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

«Tenemos dos opciones en la vida: seguir adelante o sucumbir...»

LUIZA GOULART

—¡Voy a entrar de vacaciones, pero, ¿sabes qué? Mañana mismo voy a presentar la dimisión!

—¡¡No lo harás! —replicó Daniel al instante—.

No tienes la culpa de nada. Aunque el dueño de la empresa mencionara tu nombre, no fuiste tú quien se lo reveló.

Y otra cosa, mejor enfriar la cabeza, si esto fue televisado, las implicaciones recaerán todas sobre ese tal Luigi.

Victor Hugo no se perdonaría que dimitieras por haberlo defendido.

Aprendí algo muy importante en este sector: ¡Nunca hagas nada en caliente!

Estaba en el coche de Daniel; fuimos a los lugares donde pensé que podría encontrar a mi jefe, pero no lo vi por ningún lado.

Recorrimos buena parte de la ciudad durante algunas horas, y no vimos rastro de Victor Hugo; incluso volví a su casa y nada. Toqué el timbre de la vecina, y me dijo que mi jefe entró en la casa, pero salió rápidamente en su coche.

—Dentro de poco va a oscurecer, Luiza. Si crees que puede estar en otro sitio, mejor que lo recuerdes ahora. Con la noche va a ser más complicado encontrarlo.

Cerré los ojos y me estiré en el asiento del copiloto.

¿Adónde podría ir si estaba enfadado con la vida y...?

Me paralicé mirando a Daniel.

—Ahora me estás asustando mirándome así.

—¡Madre mía!

—¿Qué pasa?

—Espero estar equivocada, pero tenemos que ir inmediatamente a la colina de las arañas.

Como nos pillaba de paso, pasé por mi casa. Me cambié de ropa volando, y cogí las primeras zapatillas que vi por delante. Yendo con tacones perdería mucho tiempo, y Daniel no conoce el lugar exacto que Victor Hugo me mostró.

—Tenemos que llegar rápido. Algunos puntos de esa colina, a oscuras, son imposibles de ver, y allí es bastante peligroso —dijo.

—¡Vamos! ¡Pisa ese acelerador y ve lo más rápido que puedas!

Daniel se tomó en serio mi frase, y no tardamos nada en estar en la colina de las arañas . Miré mi reloj de pulsera y ya pasaba de las cinco. No teníamos mucho tiempo.

—¿A qué lugar de la colina vamos ahora?

—Allí —apunté la dirección y luego miré su ropa—. Si quieres voy sola, puedes estropear tu bermuda...

—¡Me da igual la bermuda! ¡Vamos!

Asentí y seguí por el sendero que hicimos días atrás. Con cuidado hice el camino, intentando recordar cada detalle y no equivocarme por dónde pasamos.

—¿Estás segura de que es por aquí, Luiza? —preguntó Daniel.

—Sí, es un poco más arriba.

Aquí es un punto un tanto peligroso. No me sentía bien arrastrando a Daniel hasta acá, pero él mismo quiso venir.

Después de caminar un poco más, vi a algunos metros el lugar que Victor Hugo me había enseñado.

Seguí adelante en el sendero, y tuve cierta dificultad tras subir una gran roca. Daniel me ayudó, y ahora estábamos lado a lado avanzando juntos.

Miré hacia arriba, y no solo el tiempo estaba cambiando, sino que también caía la noche. Después de pasar por algunas rocas, vi que llegaba, y después de prácticamente escalar una de ellas...

¡Victor Hugo estaba aquí...!

Miré al lado, y Daniel veía la misma imagen que yo.

—Mejor ve sola. Yo me quedo aquí, no voy a ayudar en nada yendo contigo ahora.

Asentí.

—Gracias, Daniel.

— ¡No pierdas tiempo agradeciéndomelo, ve ya!

Rápidamente hice lo que dijo.

Cuando me acerqué, vi que Victor Hugo estaba justo al límite de uno de los pequeños desniveles de la colina. En ese momento estaba a pocos metros de él.

Después de erguir la postura, pude observarlo mejor y sentí escalofríos intensos por todo el cuerpo.

Victor Hugo estaba descalzo, pero aún con la ropa social que vi esta mañana en la empresa.

Tenía las manos en los bolsillos y miraba al frente, como si estuviera en un dilema.

Me dio miedo hasta decir algo, porque podría asustarse y. ..

Aparté ese pensamiento. Estoy paranoica y verlo en esa posición me está poniendo un poco más tensa; aun así, tenía que hacer algo.

—Victor Hugo... —dije bajito, y lentamente se volvió hacia mí.

Vi vacilación y sorpresa en su cara, pero ahora que veía su rostro por completo no vi irritación alguna, ni siquiera rastros de que hubiera estado llorando.

—¿Qué haces aquí? —preguntó y di un paso hacia adelante.

—Pensé que estarías aquí, y... tengo que explicarte algunas cosas.

—No tienes que explicarme nada, Luiza. Lo que estoy a punto de hacer tiene una gran parte tuya.

No me podía creer que estuviera considerando tirarse de la colina por mi culpa...