CAPÍTULO 28 #2
Miré a Renata, que me devolvió la mirada, desconfiada.
—¿Diego...?
—Mi amigo que le enseñó algunas cosas a Renata.
—¿ ¡Él canta!? —preguntó Renata, perpleja.
—Mejor decir... cantaba . Fue vocalista de una banda durante un tiempo; años después algunas cosas ocurrieron en su vida... —Daniel dejó de hablar—. Ni siquiera debería haber dicho esto. Es asunto personal suyo, pero su voz es bonita cantando. ¡Felicidades!
—Estuvo bien dejar el ambiente más ligero, porque ahora las cosas van a cambiar un poco —dijo mi jefe, y por segunda vez Daniel sonrió, pero él no hizo lo mismo.
—¿Cuál va a ser la broma?
—Ese es el problema. No hay broma.
Victor Hugo miraba con seriedad a Daniel, que hasta enderezó su postura. Por lo visto lo que va a decir no es broma.
—Daniel... —empezó Victor Hugo y respiró hondo—. No fui sincero contigo en el pasado, y necesito aclararte algunas cosas. Te agradeceré si no me interrumpes.
—Adelante.
—Sé todo de tu pasado, Daniel. Absolutamente todo, y hace ya bastante tiempo.
Silencio.
Pensé que Daniel respondería, pero no lo interrumpió.
—Como dije, no fui sincero, y me veía por encima de ti por saberlo todo sobre ti. No me importaba si un día te lo echaría en cara, o algo del estilo, pero el simple hecho de saber lo que pasaste me dejaba... cómodo para seguir adelante, esa es la palabra.
La cara de Daniel se le arrugó, y vi que esa palabra usada no le agradó nada.
—Necesito preguntar: ¿en qué sentido te quedaste cómodo sabiendo lo que mi madre me hizo? Si realmente sabes lo que pasó, ¿cómo lo que sufrí durante la adolescencia o incluso lo que hicieron mis padrastros te dejó... cómodo ?
Esa pregunta dirigida a él vino llena de veneno y me alarmé. No sé si usar la palabra cómodo fue bueno.
—¿Cuánto sabes sobre mí, Daniel?
—Eres un camorrista al que no le gusta trabajar, abandonador, la burla en persona, pero te crees demasiado porque naciste en cuna de oro, y me lo echabas en cara constantemente.
—¿Y nunca te preguntaste por qué hacía eso?
—¡Porque eres problemático! ¡Tienes complejo de Dios! —Cruzó los brazos, irritado.
—Tienes razón. En fin, usé la palabra cómodo , porque me parezco a ti, e intentar imaginar tu dolor, de algún modo me ayudaba.
—¡No nos parecemos! Mi vida no fue un mar de rosas como la tuya.
Victor Hugo me miró y enseguida a Renata. Daniel hizo lo mismo, y al momento percibió nuestra expresión un poco más seria y triste.
—¿Qué está pasando realmente aquí?
—¿Sabes por qué vine hasta aquí, Daniel? En el fondo nunca nos llevamos tan bien, y la culpa siempre fue mía, lo asumo. Al principio intentaste ser mi amigo, pero yo siempre buscaba excusas para rebajarte o menospreciarte. Siempre fui un capullo, todos aquí lo saben.
—Estoy de acuerdo —apuntó.
—Solo creo que necesitas conocerme mejor, entender por qué hacía eso. Sé todo de tu pasado, y ahora voy a hablar un poco del mío...
No me creo que vaya a revelárselo...
—Estoy escuchando.
—A los tres años fui abandonado en la puerta de la casa de Ana Maria y Sérgio, a quienes trato como mis padres de verdad. Consiguieron adoptarme un año después de que apareciera.
Al oír eso vi que el semblante de Daniel cambió un poco.
—¿Quieres oír algo gracioso ahora? Fui abandonado con una nota llena de errores ortográficos, y mis padres biológicos decían en ella que yo había sido un error, y que estaba enfermo. De hecho, lo estaba, pero se descubrió solo después. Tenía cáncer. Leucemia, para ser más exactos.
Daniel estaba centrado en lo que decía, y ni siquiera parpadeaba o apartaba los ojos de su rival.
—Luché contra el cáncer durante un tiempo, y casi sucumbí algunas veces, pero me curé.
Creo que esa fue mi primera victoria en la vida tras nacer.
Mi fase adolescente no cuenta mucho, ya que no hice nada interesante, solo aproveché la vida como cualquier persona, pero quería ayudar a niños que pasaron lo mismo que yo, y así acabé convirtiéndome en voluntario en los hospitales de las ciudades en que trabajé.
Todas las ciudades. Animaba a los niños, me caracterizaba, intentaba hacerlos sonreír en medio de las dificultades; solo que me apegué bastante a una niña que se llamaba Laura, y cuando murió.
.. una parte de mí murió con ella, ¿sabes?
Empecé a beber descontroladamente, y cada dos por tres estaba tirado por la calle, como te acostumbraste a ver en los noticieros —esbozó una pequeña sonrisa—.
Todas las pérdidas en mi vida me motivaban a.
.. beber, y cuando volví a Florianópolis , conocí a una niña llamada Vitória, y me recordaba mucho a Laura.
Las dos se parecían bastante, y fue inevitable encariñarme con ella; solo que por desgracia también perdió la batalla contra el cáncer, y eso me afectó aún más.
En fin, creo que puedes ver desde donde estás.
.. —Victor Hugo se levantó la camisa, indicando aquel tatuaje—.
Marqué en mi piel el día en que vencí al cáncer: 10/05/1992.
Daniel prestaba atención a Victor Hugo, que tenía la cabeza ligeramente baja, pensando en algo.
—La mañana en que recibí la noticia de que Vitória había fallecido, destrocé todo mi despacho.
Recuerdo que golpeé la pared hasta sangrar, y cuando volví a la realidad estaba en casa de Renata, y fue ahí cuando me di cuenta de que en la vida hay que desahogarse, y les conté la verdad a las dos.
Pero... ¿sabes lo peor de todo? Es que incluso haciendo eso, todavía tengo un vacío enorme en mi pecho, y cualquier cosa es motivo para hacer alguna cagada.
Daniel... —hizo una pequeña pausa, tomando aire—.
Pienso en bebida las veinticuatro horas del día.
Cada segundo quiero beber, porque cuando estoy tonto yo simplemente.
.. lo ignoro todo, y no hay dolor. No hay absolutamente nada.
Usé la palabra cómodo cuando hablé de tu historia justo por eso, por más que pueda parecer un monstruo, saber que tu pasado fue difícil me reconfortaba de algún modo, ya que pasé por mucha cosa mala, igual que tú.
No sé exactamente cuánto tiempo nos quedamos en silencio.
Daniel miraba fijamente a los ojos de mi jefe, e intentaba encontrar algún rastro de vacilación en su cara, pero sé que no vería eso. No esta vez.
—No te tenía ningún respeto —dijo Daniel—.
No veía calidad alguna en una persona que vivía la vida locamente.
A pesar de ser extremadamente inteligente, nunca pensé que eso te ayudaría o me hiciera admirarte de algún modo.
.. —paró, analizándolo—. ...¡hasta hoy! Jamás podría imaginar algo parecido a lo que me has contado; mi visión era totalmente otra sobre tu familia, sobre lo que pasaste en la vida.
.. en fin. Siempre pensé que eras un niño mimado cuando veía cómo abrazabas a tus padres, lo pegajoso que eras con ellos, pero ahora puedo ver el motivo, y en tu lugar habría hecho lo mismo. Así que...
Daniel se levantó y se puso delante de Victor Hugo, que se quedó sentado.
—¿Qué tal si empezamos de nuevo? —tendió la mano y al momento mi jefe se levantó.
—Por mí está bien —se estrecharon las manos y esbozaron una pequeña sonrisa.
¡Eso hasta fue tierno!
—Otra cosa: tu whisky acaba de ser confiscado.
—¡No es para tanto, Falcão !
—Sí lo es.
Sonreí y al momento Victor Hugo hizo lo mismo, pero... se quedó sin el whisky , claro!
Quitando la tensión que se instauró minutos atrás, estuvo bien terminar así, ya que a continuación la conversación se calmó, y los dos hasta se sonreían el uno al otro.
El mundo realmente da vueltas...
Ahora sé que Victor Hugo vino a decirle la verdad a Daniel, eso quedó claro; lo único en lo que no pensé fue en que pudiera decirlo todo .
—Falta una cosa más por contarte, pero tengo absoluta certeza de que no te va a gustar nada de nada esto —dijo, y Daniel cruzó los brazos sonriendo.
—¿Otra revelación?
—Sí. La bomba es que Renata es tu fan..., pero está teniendo clases particulares conmigo. Una vez más, estoy por delante de ti.
Todas las cabezas se volvieron hacia Renata, que se quedó blanca, sin reacción.
Ahora él se ha cavado su propia tumba metiendo el nombre de mi cielito en el lío...
—¿En serio, Renata? —preguntó Daniel cruzando los brazos.
— Yo-yo... bueno, es que...
—Solo que hay un problema, Daniel —mi jefe suspiró pesadamente—. Hay algunos asuntos complicados, que no son de mi área, y no consigo transmitirlo de un modo que ella entienda; nunca fui un buen profesor, creo que sabes que soy descuidado por naturaleza.
Pero espera un momento... ¡es justo lo contrario!
Renata dijo que está aprendiendo mucho con Victor Hugo, y que es un excelente profesor cuando da clase. ¿Por qué está diciendo esto?
—¿Qué asunto?
—Esas cosas que te gustan: análisis fundamentalista, gráficos de los más variados tipos, cosas de Recursos Humanos... ya sabes que odiaba esos temas cuando Arquímedes nos los mostraba.
—Bueno... puedo ayudar, si quieres, Renata.
Victor Hugo le guiñó un ojo, y al momento mi amiga fingió demencia (como la buena actriz que es), y le devolvió la sonrisa.
—¡Estaría muy contenta! El adefesio es muy perezoso para explicar algunas cosas.
—¿ Adefesio ? —repitió Daniel, divirtiéndose.
—Luiza y ella me llaman así. Qué le vamos a hacer... —se encogió de hombros.
Este hombre no para de sorprenderme...
La comida transcurrió con normalidad y tuvimos tema para todo. Cuando me di cuenta ya pasaban de las cinco.
—Tenemos que irnos —dije—. Hay que llevar a la muñequita a casa, si no se va a quedar a vivir aquí.
Renata me lanzó una mirada de pena. Después de levantarnos, los hombres quedaron cara a cara de nuevo.
—Gracias por el día, ha sido bien provechoso —dijo mi jefe.
—Soy yo quien agradezco la sinceridad.
—Ahora falta que os beséis, ¿sabéis? —provoqué, y al momento pusieron una cara de desprecio.
—En esto soy bueno, ¿no? —De la nada se acercó más y tomó mi boca; si Daniel no sabía que podríamos estar juntos, ahora tuvo una leve certeza.
—Creo que formáis una bonita pareja. Sois dos locos.
—Daniel cruzó los brazos y yo hice la egipcia —.
Ahora soy yo quien necesita hacerte una petición: por favor, mantén a Luiza lejos de mi casa, me molesta en los peores momentos preguntándome qué hacer para soportarte en la empresa o cotorreando con Beatriz.
Le hice una peineta a Daniel que sonrió.
Nos despedimos y salimos de su casa, pero había cierta persona que no paraba de mirar a mi hombre.
—¿Qué pasa, bajita?
—Bueno, quería darte las gracias por aquello que hiciste.
—No fue nada. Sé que en tu corazoncito Daniel siempre va a estar presente, así que me las apañé para que te ayude también en algunas cosas.
—Estoy realmente sin palabras. No sé qué decir.
—Pero yo sí. —Le sujetó los dos hombros—. Aprende todo conmigo y con él, y conviértete en la profesional que deseas en el futuro. Te lo mereces y ¡acabas de convertirte en mi hermana menor!
Es difícil no enamorarse de cómo es...
—Te daré el honor de considerarme tu hermana, ¡y me voy a convertir en la mejor!
Después de que mi amor entrara en el coche, me quedé mirando a aquel hombre con los brazos cruzados.
— Victor Hugo Avelar ... —dije y al momento apareció una sonrisa dubitativa en su cara—. Voy a pedirte un pequeño favor: no seas tan romántico ni te pongas a cantarme ese tipo de canciones.
—Dame un buen motivo —me miró de un modo divertido.
—Porque si me acostumbro, ¡voy a querer que hagas estas cosas con mucha más frecuencia de la que sea posible!