Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

«Y los rivales por fin se encuentran...»

LUIZA GOULART

Vi una gran mejora en el humor de mi jefe durante el mes que siguió.

Recuperamos el tiempo perdido, y cada vez que hacíamos el amor, más me descubría perdida en este hombre.

—¿Por qué no invitas a nuestro amigo y a tu jefe a comer con nosotras mañana?

—Me estás vacilando, ¿no, Renata? —puse los brazos en la cintura, perpleja con su idea.

—No.

Suspiré y cerré los ojos.

—Renata, mi amor... ¿me estás pidiendo que invite a Victor Hugo a comer en casa de Daniel Falcão? ¿Qué medicamento controlado has tomado y por qué crees que aceptaría? Peor... creo que ocurriría una tragedia.

—Primero: estoy bien, los medicamentos te los dejo a ti, se ve que los necesitas más.

Segundo: estoy segura de que aceptaría, porque además de entrometido , a Victor Hugo le gusta aparecer.

Tercero: probablemente algo gracioso va a pasar, y por eso quiero estar allí para presenciarlo todo desde el palco.

—Madre mía... acabas de ser gerente de ventas y ya quieres que te despidan —afirmé.

—¿Por qué iban a hacerlo?

— Ah , muñequita, porque puedes tener por seguro que si yo lo invito y él va, diré de quién partió la idea.

—¡Justo! Pero aun así prefiero correr ese riesgo si alguien no se molesta.

—Voy a intentar realizar tu deseo, pero primero tengo que hablar con la señora Beatriz.

—¡ Eh, oí mi nombre !

Beatriz acababa de llegar a la mesa del restaurante.

—Renata quiere ser despedida, eso es todo.

—¿Cómo? —Beatriz soltó un gritito y al momento Renata sacudió la cabeza en desacuerdo.

—Te lo voy a explicar, Beatriz, porque cierta persona es muy exagerada, ¿sabes? —Me fulminó con la mirada y me dio miedo—. Pues solo sugerí algo, por ejemplo, invitar a Victor Hugo a nuestra pequeña reunión... en tu casa !

Beatriz se quedó mirando a la muñequita y ni siquiera parpadeó. Iba a llevarse una bronca, y sería en directo y a color.

—Me gusta la idea, Renata —dijo, mirando al cielo, pareciendo divertirse.

—Creo que estáis locas —intervine—. ¿Hasta tú, Beatriz?

—Sí. Estaría bien ver la reacción de Daniel. Además, puede ser bueno para él, salir, pensar en otra cosa, provocar a mi marido... no en ese orden, claro.

Empezamos a reír.

Aún no me creía que esta pequeña idea estuviera sobre la mesa, pero por lo visto era voto vencido.

—Espero que estéis seguras de lo que estáis tramando —dije, todavía dubitativa.

—Y vamos a hacerlo distinto —una pequeña sonrisa iluminó el rostro de Beatriz—. Solo le avisaré de que llevaréis a un invitado, no le diré que es su eterno rival.

— Tan joven y ya queriendo deshacer el matrimonio. Que Dios tenga piedad de ti... —dije y mis dos amigas soltaron una carcajada.

—¡Va a estar bien! —apuntó—. Invítalo, no veo el momento de ver qué va a pasar.

—Déjame ver si he entendido... ¿Daniel y yo en el mismo ambiente, en su casa?

—Sí.

No sé si estaba sorprendido o incluso en cierto modo contento.

—Y... ¿voy a poder fastidiarlo como hacía en el pasado? —arqueó las cejas.

Respiré hondo.

Algún día voy a matar a Renata por dar una idea tan mala.

—Haz lo que quieras. Me lavo las manos.

—Curioso. Parece que no quieres que vaya.

—La idea no fue mía.

—¿De quién fue?

—De Renata, y de Beatriz, la esposa de Daniel, y todavía dijo que ni siquiera lo avisaría de que tú serías el invitado especial. En el fondo las dos quieren ver arder el circo, y yo... no sé qué pensar —dije por fin.

— Hmm . ¿Hasta la esposa de Daniel quiere gastarle una broma?

—Por lo visto sí.

Su cara se puso divertida, y sé que se imaginaba algunos escenarios para lo que podría pasar.

—Iré. Necesito ir.

—¿Lo necesitas?

—Sí. Hay algunas cosas que necesito decirle a la cara.

—Victor Hugo, no juegues con fuego...

Solo sonrió y se acercó más, plantando un beso en mi frente; a continuación susurró: — Vuelve al trabajo, ¡no me hagas comerte aquí mismo en el comedor!

El esperado día llegó demasiado rápido.

Mi querido jefe pasó por mi casa, y estábamos camino a la residencia de Daniel.

—¿Será buena idea llevarme a una casa donde todos me odian? —dijo con sorna al preguntar.

—Por increíble que parezca, Renata no te odia. Le caíste bien —disimulé.

—Sí... menos mal que la mini-psicópata me ha aceptado, era de ella de la que más miedo tenía.

Lo miré y nos echamos a reír.

—Pero hablemos en serio ahora, creo que sabes de mi relación con Daniel.

—Sí, y tengo curiosidad por el motivo de haber aceptado la invitación, además de la famosa frase: hay algunas cosas que necesito decirle a la cara...

—Soy entrometido , me gusta aparecer. ¿Necesito decir algo más? —se encogió de hombros.

—Exactamente lo que dijo Renata. Os parecéis demasiado, y eso me impacta.

—Bordea la perfección solo por parecerse a mí, y voy a convertirla en la hermana menor que nunca tuve.

Sonreí.

Si él quiere hacer eso, espero que sepa en lo que se está metiendo.

Minutos después llegamos a casa de Beatriz; ella misma vino a recibirnos. Victor Hugo parecía bastante tranquilo, ni siquiera aparentaba nerviosismo.

—¿Tu marido realmente está aquí? —preguntó.

—Sí —asintió Beatriz.

—¿Voy a poder fastidiarlo igual que hacía en el pasado? —preguntó y ella echó una miradita hacia atrás y sonrió.

—¡Cuento con ello!

El mundo se está acabando por culpa de actitudes así.

¡Todo el mundo quiere ver arder el circo!

Después de entrar en la casa, vi una figura masculina al fondo: Daniel Falcão.

Estaba en una charla distendida con mi muñequita , que parecía hacerse más pequeñita cada día que pasaba...

¡Que no se entere de eso!

Fuimos a su encuentro, y cuando las miradas de los hombres se cruzaron... ¿qué puedo decir de la tensión que se instauró?

Victor Hugo se apresuró a sonreír y a meterse las manos en los bolsillos. Daniel, en cambio, puso mala cara y arqueó las cejas sorprendido.

—Puedo expli...

—¿Qué tal, Falcão? Cuánto tiempo, ¿eh ? —Victor Hugo se acercó preguntando al cortarme, yendo hacia él.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a verte.

—¿A verme? ¿Cuál es la broma?

—Tu boda fue hace algunos meses. Estoy aquí para no perder la costumbre.

Daniel miraba en dirección a su esposa, a mí, después a Renata, y no sabíamos bien qué decir.

—Entonces es él el invitado del que me hablasteis.

—¡El mismo! —respondió Beatriz.

—Sé que estas mujeres van a parlotear demasiado, y estará bien que alguien hable de negocios por aquí, ¿no? —Se sentó enseguida, y Daniel acarició el vaso que tenía en las manos mirando a Victor Hugo.

—Sí... ya veremos. ¿Quieres un vaso de whisky ?

Las cosas por aquí estaban raras, no voy a mentir, y creo que tanto Beatriz como Renata se dieron cuenta, y enseguida se pusieron a sacar conversación.

—Ya que estáis cara a cara, ¿por qué no me contáis el motivo de esta rivalidad? —preguntó Renata, y ambos se entremiraron.

—Arquímedes nos entrenó, y como solo tuvo dos alumnos, era normal que compitiéramos. Andábamos disputándonos territorio, porque al final podríamos quedarnos con el puesto que ocupaba en aquella época, pero eso no ocurrió —dijo Daniel.

—Verdad —asintió mi jefe—. Yo nunca fui de estudiar, y a Arquímedes le fastidiaba.

Llegaba tarde a las clases, no iba, entre otras cosas.

Siempre fui una persona que se saltaba las reglas que imponía, y creo que Arquímedes prefería a Daniel por eso.

Una pena, porque soy más guapo y bastante más inteligente.

Sonreí, y Daniel sacudió la cabeza en desacuerdo.

—Yo soy inteligente y esforzado, tú solo eres inteligente. Así que sigo por delante de ti.

—Creo que no.

Durante los minutos siguientes estuvieron debatiendo entre sí quién era el más macho alfa , y cuando miré a las chicas, debían estar pensando lo mismo que yo, que estábamos atrapadas en el instituto y ellos estaban disputándose alguna mujer.

Pese a todo, estaba siendo bien gracioso ver este enfrentamiento, porque... no parecían odiarse como pensé. Está claro que hay una tensión ahí; aun así, se nota que el odio no está presente.

Después de que se instaurara un largo silencio en el ambiente, decidí abrir la boca, y ya que Beatriz y Renata le gastaron una broma a mi querido jefe, aún falta mi turno.

Nadie le mandó ser entrometido...

—Daniel... ¿sabías que Victor Hugo canta muy bien? —pregunté y mi querido jefe desaprobó el comentario.

—¿En serio? —preguntó Beatriz, pero ella ya sabía de mi plan maquiavélico—. ¿Por qué no nos das una muestrita para nosotros?

—Por desgracia me siento más a gusto cuando tengo una guitarra.

— Ah , que no sea por eso, tengo una en mi habitación. ¡Voy a buscarla ahora! —Mi amiga se levantó y Victor Hugo me fulminó con la mirada.

¿Qué culpa tengo yo? Nada estaba planeado...

—Nunca dijiste que cantaras —fue el turno de Daniel al cruzar los brazos y Victor Hugo suspiró, un poco desanimado.

Este es el precio que se paga por confiar en la gente , como yo , personas que no valen el plato que se comen.

—Sí, tengo algunos secretos.

Después de que mi amiga llegara con la guitarra y se la entregara, se volvió hacia mí.

—¿Qué canto, preciosa? —preguntó.

—¡Sorpréndeme! —apunté.

—Pues nada, voy a cantar 8 segundos, de Atitude 67.

Si el eterno fuera listo

No se despegaría de ti

Cerraría el universo

El espacio-tiempo se iba a perder

Ocho segundos te parecen pocos

Pero siéntate encima de un toro loco

Y entonces verás

Ocho segundos antes de todo esto

Yo ni te imaginaba en mi mundo

Y ahora yo

No... no... no... ¿Tiene que cantar mirándome así, joder?

Solo quiero ocho segundos para decir

Lo que no conseguí decir en un mes

Después de que aprendí a amar

Ocho segundos bastan para convencerte

De que la vida es más chula tú y yo, ei, ei, ei

Después de que terminara, tuve que aplaudir. Todos, en realidad.

—Bueno, eso es todo. Y ni siquiera voy a cobrar cover artístico.

—Vaya... alguien me está sorprendiendo hoy.

—¿Y bien, rival? En esto estoy por delante de ti, ¿no ?

Por primera vez en el día vi a Daniel sonriéndonos.

—Con toda la certeza del mundo, tu voz es tan buena como la de Diego.