Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Después de decir esa frase, me abrazó fuerte, y enseguida cerré los ojos. Pese a todo aún no me había caído la ficha sobre lo que me había revelado.

De repente, oímos un ruido, y vimos que los dos habían llegado.

—Habéis tardado —dijo Ana Maria, intentando recomponerse.

—El coche se averió —fue Victor Hugo quien dijo, sonriendo—. Pero nos las apañamos —añadió y al momento le dio un beso en la frente.

—Está bien, hijo.

Después de cenar, hablamos mucho, y pude conocer un poco más al padre de Victor Hugo. Él, como el hijo, era un hombre alegre y risueño.

Vi que ambos estaban muy unidos, y se abrazaban casi a cada momento, y vi que de verdad padre es quien cría, ya que Victor Hugo no conoció a sus padres biológicos.

Me quedé en su casa unas tres horas, y ya nos íbamos.

—Luiza... me ha encantado conocerte. Esfuérzate por poner a este hombre en su sitio, y perdona, porque no es fácil.

—¡Mamá!

—¿Acaso estoy mintiendo? —Cruzó los brazos, sonriendo.

—No. ¿Has visto en lo que te has metido en tu vida? —Se volvió hacia mí, arqueando las cejas.

—Creo que puedo apañármelas. —Lo abracé y me besó la frente.

Después de despedirnos, subimos al coche, pero un asunto insistía en martillearme la cabeza...

—¿Luiza Goulart callada? Aquí hay gato encerrado...

Sonreí. Pero no respondí.

—¿Vas a decirme qué pasó?

Miré a Victor Hugo, a continuación cerré los ojos. No consigo guardar secretos.

—Le pedí a tu madre que me enseñara fotos tuyas de bebé y...

—...no te las enseñó —completó—. Porque me adoptaron.

Lo dijo con naturalidad y ni siquiera cambió su expresión.

—Puedo ser la peor persona del mundo, pero saber de tu pasado así de repente me afecta.

—¿Me estás diciendo que te has puesto triste solo porque soy adoptado? —sonrió, pero yo no hice lo mismo.

— No, Victor Hugo Avelar . Has entendido lo que quiero decir.

Realmente me enamoré de ti, y no sé cuándo ocurrió de verdad.

Todos tenemos secretos, pero hablar contigo y saber que siempre tienes la facilidad de esconder las cosas me entristece bastante.

Cuando entraste en GCR , dijiste que eras un libro abierto, solo que parece más bien un libro cerrado, y no sé cuándo tendré nuevas sorpresas.

Después de decirlo, aparcó el coche, pero se quedó mirando al frente, pensando en algo. Lo vi respirando hondo, y a continuación me miró fijamente a los ojos.

—Luiza, confío en ti, y aunque tenga esa cosa de esconder mi pasado, sé que puedo abrirme, así que...

Victor Hugo arrancó el coche y cambió la ruta. Antes íbamos a mi casa.

—¿Adónde vamos?

—Mereces saber toda mi historia. Voy a llevarte a mi casa, y después iremos a otro sitio.

Asentí.

No parecía estar nervioso, muy al contrario; noté cierto alivio en sus palabras, y eso me dejó un poco más tranquila, solo que ahora estaba más curiosa por lo que estaba por venir.

Pasamos por su casa, solo que no nos quedamos ni dos minutos. No entendí bien el motivo, pero no pregunté.

Al volver al coche, hicimos un trayecto largo a un lugar que solo había visto en los noticieros de la ciudad: la colina de las arañas.

—¿Por qué estamos aquí?

—Quiero enseñarte un sitio.

Después de aparcar, miré el lugar al que Victor Hugo quería ir, y digamos que no iba «calzada» para entrar en ese sendero.

—Creo que has visto cómo voy... estos tacones —señalé el calzado.

—Ven aquí... —De la nada me cogió en brazos, con una facilidad tremenda, y seguimos montada encima de él.

Aquello fue gracioso, lo confieso.

—Vamos a andar solo un poco, mejor dicho, voy a andar yo.

Como me había dicho, hicimos un pequeño sendero, y unos diez minutos después me dejó en el suelo.

—Ten cuidado ahora, por favor.

Entendí en el momento que puse los pies en el suelo el motivo por el que dijo eso, porque vi un gran desnivel en la colina, y si yo me cayera aquí...

En el punto en el que estábamos, calculé que había unos 30 metros desde aquí hasta el suelo, e incluso caminar por este lugar era peligroso. Pese a eso, había más zonas peligrosas en la región si subíamos un poco más la colina; aun así tuve mucho cuidado para no pisar en falso.

—¿Ves este lugar?

—Sí, ¿qué necesitas mostrarme aquí?

Victor Hugo estaba de espaldas a mí y no me respondió.

No entendí ese gesto, y hasta pensé que no había oído mi pregunta, solo que al darse la vuelta, sus ojos miraron los míos, y se acercó más.

—Varias veces vine aquí para intentar... suicidarme.

Casi se me salieron los ojos al oír esas palabras.

Lo dijo con tanta naturalidad que me asusté. Pero debía esperarme algo así, ya que él mismo dijo que me revelaría toda la historia que no sé sobre él.

—¿Por qué...?

—Lee esto antes, por favor.

Me puso en la mano un papel, que cuando vi tenía pinta de bastante gastado. Tras desplegarlo, vi que era una nota, no tenía muchas palabras escritas, y decidí leer:

se yama vitor hugo

tiene algunos pobremas él esta enfermo y nosotros no nos vamos a ocupar de él

este niño no debía haber benido nosotros somos pobres y tengo demasiados hijos él no llora mucho es bueno pero tiene fiebre todo el rato

voi a dejarle aquí en la puerta llevalo al hopital sino se va a morir

gracias

—Fui abandonado con esta nota y el certificado de nacimiento. Ni siquiera sabían bien mi nombre —suspiró—. Incluso tras vencer al cáncer, pensé en el suicidio varias veces en mi adolescencia, y después de cumplir los veintiún años... eso se hizo más presente en mi cabeza.

Me sorprendí con su última frase. Pensé que los niños lo estaban ayudando a no tener esos pensamientos.

—Lo sé, parece raro. Pero es como te dije, con cada pérdida, más se me rompía el corazón, y todo se mezclaba.

Ni recuerdo cuántas veces estuve ahí, cerca del límite, armándome de valor para tirarme, pero no lo hice.

No te lo había contado, pero mi padre y mi madre no pueden tener hijos.

Mi padre es estéril, y también se enfrentó a la depresión.

Su situación estaba crítica, y cuando estaba al límite, fui abandonado en la puerta de su casa.

Creo que todo en la vida pasa por una razón, y ese también es uno de los factores para que al principio no me quitara la vida; solo que mi mente acababa traicionándome. .. creo que sabes adónde quiero llegar.

Le sujeté las dos manos, pero no dije ni una palabra.

—¿Quieres oír algo gracioso? —preguntó, bajando la cabeza—. ¡Creo que Dios me quiere!

—¡No me parece gracioso! Dios quiere a todos.

—No es eso. En dos ocasiones estaba muy borracho, apenas podía estar de pie; aquellos dos días decidí que iba a quitarme la vida.

Simplemente subiría aquí y... creo que sabes.

Solo que en esas dos veces choqué con el coche, y fui impedido por alguna fuerza mayor de llegar aquí, así que por eso creo que Dios me quiere.

—¿ Quieres oír una cosa graciosa? —dije, acercándome más y cogiéndole las manos.

—Sí.

—¡ ¡No es solo Él quien te quiere!