Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

«Y en el momento adecuado todas las revelaciones se ponen sobre la mesa»

LUIZA GOULART

La semana que siguió fue mucho más tranquila en todos los aspectos.

Tuve que hablar con mi jefe de asuntos de trabajo y vi que su semblante estaba mucho mejor.

Evité preguntar o hacer alguna consideración; estaba muy contenta al ver la forma diferente en que se estaba comportando, y una imagen vale más que mil palabras.

—Te he traído algo —balanceé el pequeño dossier en mi mano.

—¡Qué casualidad! —cogió el documento de mi mano—. También tengo que entregarte algo.

Entorné los ojos, sin entender al principio qué sería, pero cuando sus manos se acercaron a mi nuca...

Ni siquiera puedo hablar, sobre todo cuando reclama mi boca.

Simplemente me entrego a él por completo, y mi deseo es que momentos así duren cada vez más.

—¿En serio vas a estar besándome prácticamente cada vez que venga a tu despacho?

—Voy a hacerlo. No quiero perder la costumbre. ¿Algún problema?

—Ninguno. Solo quiero prepararme mejor.

No lo había dicho, pero hace dos días pasó algo parecido, y nos besamos cerca de su despacho. Aquel día no me esperaba su acercamiento, y tampoco me importó si la gente en la empresa lo había visto. Actuar por instinto siempre fue mi lema, ya sea para dar o para recibir.

—¿Por qué me estás mirando así? —pregunté, interrumpiendo el silencio.

—¿Así cómo, preciosa ?

—Tú sabes. Soy un libro abierto, puedes decirme qué deseas.

Victor Hugo sonrió, pasándome la mano por la cara con un deseo inminente.

—Creo que tu percepción al analizar a la gente ha mejorado bastante. Alguien me está leyendo muy bien.

—¿Entonces...?

—Quiero que conozcas a alguien —dijo por fin.

—¿A quién?

—A mis padres.

No pude decirle que no a Victor Hugo.

Ahora estoy experimentando una sensación diferente. No tengo recelo de conocerlos; lo que me preocupa es qué decir o qué hacer, la famosa falta de costumbre.

—... siempre traté a la mayoría de las personas como un objeto por donde pasé, así que sí, la mayoría de la gente que conocí en las ciudades anteriores me odia —dijo Victor Hugo, sacándome de los pensamientos aterradores .

Hace unos minutos habíamos entrado en el tema de las relaciones interpersonales, las amistades y demás.

—Entonces, por lo visto, no has hecho muchas amistades, ¿no? Hablo de amigas mujeres.

Una sonrisita burlona apareció enseguida, y ya me imaginé su respuesta.

—Lo intenté, pero no puedo. Quería acostarme con todas; ninguna amistad sale adelante con ese tipo de ideal. Y mucho menos cuando se conocen entre sí...

Sonreí, sacudiendo la cabeza.

Madre mía, ¡qué depravado!

—Tengo que estar de acuerdo.

—Querría ser un hombre normal, pero soy demasiado complejo. En el mismo instante en que deseo algo... cambio de opinión . Creo que la mayoría de la gente no consigue estar cerca de mí por eso, y tengo otros problemas que resolver también. Tú me entiendes.

—Un poco.

La conversación era ligera y distendida, y agradecía al cielo por eso, porque cuanto más pasaba el tiempo, más nerviosa me ponía.

—Nunca llevé a ninguna mujer a conocer a mis padres —dijo de la nada, y esa frase me impactó.

—Si era para ponerme más nerviosa... lo has conseguido.

—Soy realista.

El tiempo fue pasando y por fin aparcó el coche. Habíamos llegado. Tras bajarnos, respiré hondo.

Cuando una está enamorada, hacemos cosas bien raras, pero... qué le vamos a hacer.

—¿Preparada?

—No. Sí —dije dubitativa.

—Decídete, preciosa .

—Va a salir todo bien, adefesio .

Lo vi sonriendo tan encantador, al mismo tiempo en que su cabeza meneaba en desacuerdo.

—Aún no me creo que me pusieras ese mote.

—Pues créetelo. Ahora... ¿qué tal acabar con esto cuanto antes?

—Alguien está bien ansiosa.

—No es exactamente eso, es que... nunca me presentaron a los padres de alguien con quien he tenido algo. Llega a ser raro, no sé la palabra.

—Acostúmbrate. Estoy seguro de que les vas a caer bien y estas visitas pronto ocurrirán con bastante frecuencia —me guiñó un ojo y no sé el motivo, pero sus palabras me animaron.

— Vale .

Después de mi afirmación, tocó el timbre, y cuando se abrió la puerta, vi a dos figuras delante de mí.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Por fin van a conocer a la mujer que se enamoró de vuestro hijo ! —dijo y todos empezamos a reír.

—Encantada, soy Luiza.

Sus padres me abrazaron enseguida y a continuación se presentaron. Después de una breve conversación, entramos en su casa.

Todavía estaba un poco nerviosa, y no sabía muy bien qué hacer, pero Victor Hugo parecía bastante a gusto.

—Ana, hazles compañía. Voy a comprar algunas cosas al supermercado y en pocos minutos vuelvo —dijo su padre.

—¿Necesitas ayuda, papá?

—Es cosa rápida, hijo.

—Voy contigo, así dejo a las dos parlanchinas hablando —dijo y su madre empezó a reír, divirtiéndose.

—Está bien, hijo. Pues vamos.

Victor Hugo se acercó más y plantó un beso en mis labios, y susurró que volvía enseguida.

Realmente la he liado.

Este hombre me está afectando totalmente, y si supiera el efecto que tiene en mi mente, en mi cuerpo, hasta le daría miedo.

Soy un poco posesiva, mejor dicho, posesiva y media...

Después de que salieran, Ana Maria me cogió del brazo enseguida y me presentó toda la casa.

Descubrí que sus padres vivían aquí desde que se casaron, hace casi 30 años.

—¿Cuál es el secreto? —pregunté.

—¿De seguir casada?

—Sí... no sé si Victor Hugo te lo ha dicho, pero nunca me involucré con nadie de manera seria. No sé ni siquiera si voy a poder estar encerrada en una casa con alguien.

Puede que haya dicho una tontería precisamente a la madre del hombre del que me enamoré, pero seré sincera con ella.

—El secreto es: mucha paciencia —dijo, y al momento nos sentamos—.

Estar con alguien las veinticuatro horas del día puede ser agotador al final del día, y eso vale para las dos personas en una relación.

Lo que podemos hacer es cambiar nuestros horarios, ocupar nuestra cabeza, reconsiderar algunas cosas, porque en el fondo todos tenemos defectos.

No podemos mirar solo nuestro lado en la situación.

—Entiendo —dije, analizando el interior de la casa.

—Pero no te preocupes, a mi hijo le gustas mucho, no recuerdo que haya hablado de ninguna mujer de la manera en que es cuando está Luiza involucrada .

Sonreí.

—Espero que sean cosas buenas.

—Sí... —me echó una miradita diferente, y me alarmé—. Me dijo que tienes un genio fuerte, y soy exactamente así. Cuando me dijo lo mucho que se parecía, prácticamente lo obligué a traerte aquí.

Me gustó mucho oír eso. Por lo visto tenemos muchas cosas parecidas, y en cierto modo eso me alivió.

—Me considero una persona amiga. Me gusta tener gente alrededor, sentirse sola es algo muy malo, y durante mi fase adulta me he sentido así un sinfín de veces. Decidí que sería una persona echada para adelante en todos los sentidos de mi vida, y acabé convirtiéndome en una parlanchina.

Después de terminar la frase, Ana Maria empezó a reír y la acompañé.

—Dices lo que piensas.

—Sí, eso no lo voy a cambiar.

—Voy a enseñarte algo... —se acercó más—. Fotos de mi bebé, cuando era un poco más joven.

—¡ ¡Eso quiero verlo!

Nos levantamos a continuación, y al momento cogió algunos enormes álbumes de fotos en uno de los cajones.

—Espero que tengas tiempo...

— Ah , sí lo tengo.

Durante la hora siguiente estuvimos viendo las fotos de Victor Hugo de pequeño, y me encanté con la mayoría, lo confieso.

Era rellenito, regordete y tenía hoyuelos.

Un niño muy guapito, de esos que dan ganas de apretar y morder.

El problema fue al final de uno de los álbumes, porque vi una foto en la que estaba en el hospital con la cabeza rapada, con la madre y el padre a su lado.

Aquella fotografía me entristeció, y ella se dio cuenta.

—Lo sabes, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

—Esta foto se tomó cuando descubrimos que había vencido al cáncer. Creo que fue el día más feliz de mi vida —dijo, y al momento se emocionó.

—Se enorgullece bastante de ese día, y el gesto que hace en los hospitales solo me hace admirarlo aún más.

—Por lo visto te ha contado lo de Laura, la niña que le hizo prometer que ayudaría a otros niños.

—Sí.

—Mi hijo siente más que otras personas. Cuando pierde a un niño por el cáncer, igual que pasó con Laura y Vitória, él... se cierra . Pero como él me dijo, fuiste tú la mujer que lo ayudó a levantarse, y tengo la absoluta certeza de que eso lo hizo enamorarse de la preciosa .

Una sonrisa boba apareció en mi cara cuando ella terminó la frase, y me dio vergüenza.

—Gracias.

Seguimos hablando y viendo más álbumes de fotos, pero eché en falta algunas fotografías y decidí preguntar.

—No vi muchas fotos de él más joven. ¿Del parto, tienes alguna? —pregunté y al momento esbozó una pequeña sonrisa, pero bajó ligeramente la cabeza a continuación.

—Solo tenemos fotos a partir de los tres años. A esa edad fue abandonado en la puerta de nuestra casa con una nota.

Creo que por un segundo se me paró el corazón, y en los momentos que siguieron no dije nada.

Él fue...

—Victor Hugo fue adoptado por nosotros —dijo sonriendo—. Sentimos un amor tan grande por él cuando lo vimos, que hicimos de todo para que se quedara con nosotros.

—Pero... ¿qué le pasó a su madre y a su padre? ¿Intentasteis contactar con ellos? —pregunté, atropellándome.

—Sí, lo intentamos. Pero realmente fue abandonado.

Nos dimos cuenta por la nota, y... eso fue lo que pasó.

Hicimos todos los trámites en los tribunales y conseguimos adoptarlo después de un año; desde entonces está con nosotros, y no me arrepiento de nada.

Es mi hijo, el hijo que Sérgio y yo nunca pudimos tener no nació de mí, pero nació de mi corazón.

Me considero una mujer bendecida por Dios.

De nuevo me emocioné, y casi cayó una lágrima rebelde de mi cara.

—No te pongas triste.

—En realidad estoy muy contenta de que él haya encontrado a una madre como usted.