Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 26
76%

CAPÍTULO 26

«Un abrazo en el momento adecuado resuelve más que meras palabras...»

LUIZA GOULART

En las dos semanas siguientes Victor Hugo se distanció un poco más, y esta vez no fue solo de mí, sino de prácticamente todo el mundo que trabaja en la empresa, incluida Renata, que estaba conmigo al teléfono, hablando justamente sobre eso.

—¡Ni siquiera me dio la clase que había agendado esta semana!

—¡ Renata ! —la reprendí.

—Amiga, no me estoy quejando. Solo estoy diciendo que ha desaparecido, ¿entiendes ?

Suspiré, pensando en esta desaparición.

— Está cada vez más distante, no sé qué hacer.

Durante un rato Renata no dijo nada, pero a continuación me dijo algo que no me esperaba.

—No me caía bien. Cuando me contabas la manera en que te trataba, me cabreaba mucho, pero ahora sabiendo un poco más sobre su pasado, parece que entiendo la situación en la que está envuelto.

Las cosas nunca le fueron fáciles; además tuvo que vencer al cáncer muy joven.

Puedo parecer una mujer fría, pero consigo entender a las personas con las que me identifico.

—Yo tampoco lo tragaba, amiga. Pero es muy fácil juzgar a la gente cuando no sabemos nada de su pasado o de lo que está pasando. Me pongo en su lugar, porque, quieras o no, en mi vida no tuve tantos problemas como él. Ni se acercan.

—Yo tampoco.

Acostumbrarse a una persona alegre y burlona buena parte del tiempo y ver lo mucho que ha cambiado preocupa. Creo que esa es su defensa al fin y al cabo; sería un hombre bastante amargado si no intentara blindarse de alguna forma.

—Luiza, avísame si descubres algo.

—Cuenta con ello, y tengo que decirte una cosa.

—¿Qué?

—He vivido para verte preocupada por alguien, y es bonito, ¿sabes?

—¡Déjate, Luiza! Tengo que colgar, porque yo trabajo , ¿sabes? —se mofó.

—¡ Falsa !

Después de colgar, terminé una parte del trabajo acumulado. Principio y fin de mes me vuelvo loca, sobre todo porque hubo algunas transiciones y despidos, y eso retrasó parte del cronograma.

—El plazo está muy corto, Luiza. ¿Qué hacemos? —preguntó Estela refiriéndose a la entrega de algunos informes importantes que aún no estaban terminados.

—Lo sé. Esta semana se ha acumulado todo, y tengo que tomar una decisión —me llevé las manos a la cabeza, preocupada.

Aunque Victor Hugo dijo que la reunión que tuvimos con el consejo no tuvo consecuencias más serias, aun así sigo temiendo por mi empleo, y por eso estoy trabajando prácticamente todos los días en casa.

—Creo que necesitas hablar con nuestro jefe.

Lo había pensado, y esa era la última opción.

No quería tocarlo; creo que necesito darle espacio al hombre, solo que, quieras o no, estamos en la empresa, y nos pagan por trabajar, y como él es el CEO... creo que ya sabéis en lo que me he metido.

—Tengo que hacerlo. Solo voy a adelantar algunos asuntos, y antes de irme hablaré con él.

Después de tener esa breve conversación con Estela, me centré en todo aquel papeleo amontonado sobre mi mesa.

Intenté por todos los medios apartar los pensamientos que no estuvieran relacionados con la empresa, y este fue uno de los pocos días que lo conseguí. Necesito pensar en lo mejor para mí y para GCR , así que prácticamente me encerré en mi sección hasta las seis.

Después de adelantar algunos procesos, decidí tomar una decisión y hablar con mi jefe. Necesito orientación sobre qué hacer, y nada mejor que él para eso.

Al dirigirme a su despacho, vi enseguida la puerta cerrada. Eso no era normal.

Busqué a Morgana, la secretaria, y me informaron de que se había ido antes; detalle: hoy es miércoles.

Me preocupé al oír eso, pero salí de la empresa y me fui a mi casa. Además, tuve que tomar una decisión y me llevé el trabajo acumulado para intentar terminarlo en casa...

Trabajé hasta las diez, pero fue imposible no acordarme de Victor Hugo.

No tenía buenas sensaciones, y decidí tomar una decisión; en este momento voy de camino a su casa.

Es raro que me importe así una persona. En realidad no es nada normal.

Mi familia vive lejos de mí, en otra comunidad autónoma , y nos comunicamos básicamente por teléfono. Pese a esa distancia, quiero a mis padres, y aunque en el pasado no entendieran muy bien por qué decidí irme de casa tan pronto, sé que nuestro amor no disminuyó en nada.

En cuanto a Renata y Beatriz, soy hasta sospechosa para hablar. Siento sus dolores, independientemente de lo que sea.

Me considero una buena amiga; intento de todo para que las personas estén a gusto cuando están conmigo, y recuerdo que al conocer a Renata me quedé un poco tensa, ya que ella es más sistemática.

A pesar de que nuestra amistad no tiene mucho tiempo, sentí una conexión inmediata cuando vi que ella me dio pie.

¿Qué puedo decir? Me gusta la gente que dice lo que piensa, y me ganó por eso. En el fondo, mi muñequita necesitaba una amiga loca, y hago bien ese papel. Muy bien.

Después de aparcar el coche y dirigirme hacia la casa de Victor Hugo, toqué el timbre varias veces, pero no contestaron. A continuación intenté en su móvil, y de nuevo no obtuve éxito. Eso me preocupó bastante, ya que solo una imagen venía a mi cabeza... él bebiendo.

Decidí volver al coche, y al mirar el reloj vi que pasaba de las once. Tenía el corazón encogido, y no sabía bien el motivo, ya que no tenía información concreta de nada.

El tiempo fue pasando y cuando volví a mirar el reloj, vi que ya pasaba de medianoche. Decidí arrancar el coche para irme, y cuando giré la esquina...

Una gran tristeza se apoderó de mí, porque lo vi tambaleándose por la acera con una botella de whisky en la mano.

No sé decir lo mucho que me dolió ver esa escena. A pesar de haberlo presenciado antes, ahora sé los motivos por los que se emborracha, y no sé qué palabras usar o qué gesto puedo hacer para que intente contener este vicio.

No lo pensé mucho y aparqué el coche en la esquina, bajándome enseguida. Fui corriendo hacia él, y cuando me vio...

Victor Hugo no esbozó reacción alguna, solo me miró de un modo distinto.

No hubo bromas por su parte, ni siquiera alguna pulla; lo que vi en sus ojos era que estaba... entregado .

Nos quedamos allí, mirándonos durante unos segundos, pero decidí interrumpir el silencio.

—Voy a ayudarte.

Victor Hugo ni siquiera ofrecía resistencia; solo venía conmigo apoyado en mi cuerpo, y lentamente lo llevé hasta la puerta de su casa. Aún no había dicho una palabra, pero ahora parecía estar avergonzado, porque la manera en que me miraba cambió bruscamente.

—¿Tienes las llaves?

Asintió con la cabeza, y al momento me las entregó.

Después de cierto esfuerzo entramos, y a continuación fuimos a su habitación.

—Gracias —susurró bajito, y al momento me acerqué más, abrazándolo de lado.

¿Qué día haría algo así por un hombre?

Nunca me gustó la gente borracha, ni que dé trabajo en exceso, pero sé que está pasando por grandes problemas y quiero de algún modo ayudarlo.

—No tienes que dármelas. Voy a ayudarte con la ropa, y para tu desgracia el agua fría va a caer sobre ese cuerpecito.

Victor Hugo puso mala cara enseguida, lo que me hizo esbozar una pequeña sonrisa.

Después de ayudarlo a quitarse la ropa, prácticamente lo empujé al baño, abriendo la ducha y poniéndola en agua fría.

Ni hace falta decir lo que pasó a continuación, ya que su cara mostraba lo bien que el agua helada le sentaba al cuerpo.

Le di cierta libertad y salí del baño.

Creo que estuve unos diez minutos sentada en su cama pensando en... nada y todo al mismo tiempo.

No haber pasado por una situación como esta no me da realmente una idea de la dimensión que representa en su cabeza, pero lo que puedo hacer es intentar ayudarlo, al menos por hoy.

Me levanté y fui a comprobar en el baño cómo estaba, y entonces fue cuando lo vi llorando, y... aquello de nuevo acabó conmigo. Las ganas de ayudarlo eran enormes, pero estaba con las manos atadas. No sabía qué hacer.

De nuevo le di privacidad y fui al salón. Me quedé allí durante unos treinta minutos, y momentos después entró en el recinto solo vistiendo unos calzoncillos negros.

Tenía los ojos rojos, y sé que fue por todo lo que había llorado.

—Voy a estar bien —dijo, antes de que yo dijera una palabra.

—¿Quieres que me quede aquí?

—No soy muy fan de las niñeras —balbuceó, sonriendo a continuación.

—Está bien.

—Luiza...

—¿Qué pasa?

—Gracias por todo —dijo, y al momento bajó los ojos.

—No hace falta que me las des. —Me dirigí a la puerta y al momento salí de su casa—. Sé que vas a estar bien.

Asintió, y enseguida cerró la puerta...

Mi día empezó pronto, o en realidad, no había empezado.

Solo dormité en mi casa, y de hora en hora me despertaba asustada.

Mientras mi cuerpo estaba aquí, mi mente estaba en casa de Victor Hugo, y aunque me forzaba a no pensar en lo que ocurrió ayer, cada dos por tres mis pensamientos iban a por aquella sucesión de escenas.

Ya en la empresa, me armé de valor y fui a su despacho. Aún tenía que hablar con él sobre los informes. Hablar con los directores está fuera de discusión.

Tras entrar en su despacho y verme, esbozó al instante una pequeña sonrisa, pero ahora que lo conozco bien, sé que la estaba forzando.

—¿Cómo estás?

—Muy bien —dijo, pero de nuevo noté que mi jefe no decía la verdad.

—¿Estás seguro?

De nuevo sonrió, pero rápidamente su sonrisa fue consumida, y no hicimos contacto visual.

—No, Luiza. Cada día que pasa empeoro un poco más.

Después de su frase no dijimos nada. Solo nos miramos, y yo parecía estar ahogándome, porque ninguna palabra salía de mi boca. Quería tanto decirle que todo iba a estar bien, que estaría aquí por él cuando me necesitara, pero acabé haciendo lo peor en este momento.

—No tienes motivos para llorar, Luiza.

Fue automático. Simplemente empecé a lagrimear, y no me sentí nada orgullosa de eso. Tenía que ser fuerte, por él. Hice exactamente lo contrario.

Cuando me di cuenta me acerqué más y se levantó.

—Solo dime... —siseé, cogiéndole una de las manos—. ¿De cuántos abrazos necesitas para al menos luchar contra la ansiedad y dejar de beber?

—Luiza...

—Victor Hugo... —me acerqué un poco más, interrumpiéndolo, aún con lágrimas en los ojos—. Yo hago lo que sea, pero, por favor... —De nuevo empecé a llorar, entregada —. No te quedes tirado por las calles, eso acaba conmigo. Verte así... me está matando.

No esperé respuesta, y a continuación lo abracé.

Nos quedamos así durante un buen rato. Sentirlo así conmigo me reconfortaba, y nunca pensé que un abrazo pudiera revelar tantos sentimientos.

Quería protegerlo, necesitaba protegerlo.

Tras hacer contacto visual, me pasó el pulgar por la mejilla y sonrió. Aquel gesto sí que era una sonrisa verdadera, y vi cómo se le iluminaba la cara.

—Lo correcto sería que yo cuidara de ti, y no al revés.

—No existe lo correcto o lo equivocado. Solo tenemos que dar apoyo a la persona cuando lo necesita, y estoy aquí.

Por lo que veo Victor Hugo no está acostumbrado a este tipo de sentimiento, y no lo culpo. Yo también soy así. En su lugar no sabría exactamente cuál sería mi reacción.

—Quiero pedirte algo.

—¿Qué, Luiza?

—Inténtalo. Es lo único que pido. Lucha contra tus vicios.

Mi jefe bajó la cabeza, pensativo. Quería desesperadamente saber lo que se le pasaba por la cabeza ahora.

—Victor Hugo... —le toqué la cara, y al momento su atención volvió a mí—. Al menos inténtalo. Por mí.

Tras esa palabra me abrazó fuerte, y momentos después me besó la parte superior de la frente. A continuación me miró con decisión en los ojos.

—¡ ¡Prometo que lo intentaré!