CAPÍTULO 25
«Los buenos sentimientos surgen cuando menos lo esperamos...»
LUIZA GOULART
El velatorio de Vitória estuvo repleto de emoción, y me empeñé en ir con mi jefe. Nos quedamos en el lugar desde el momento que abrió hasta que enterraron a la niña.
Victor Hugo apenas dijo nada. La única persona con la que de hecho habló fue Marlene, y en algunas ocasiones lloraron juntos.
No pensé que su vínculo fuera tan fuerte, pero la niña realmente le tocaba el corazón.
Después de una despedida emocionada, nos fuimos del cementerio, pero él no parecía estar nada bien. Ni siquiera cuando estaba en shock en casa de Renata observé su cara tan decaída.
—Voy a estar bien, Luiza. Solo necesito ocupar la cabeza —dijo, medio adivinando mis pensamientos.
—¿Estás seguro?
—Sí. Sé las consecuencias del trabajo voluntario que hago; lo que necesito es aceptar que ese es el flujo de la vida —me miró a los ojos—. La gente muere, y no puedo cambiar eso.
—Estoy orgullosa de ti —dije, sujetándole la mano derecha.
—No hago nada del otro mundo, Luiza. Yo solo...
—¡ ¡Lo haces todo ! —lo interrumpí—. Haces que se olviden de los problemas que están pasando, las diviertes, les das... ¡esperanza !
Victor Hugo sonrió, bajando la cabeza, ligeramente emocionado.
—Tanto tú como yo sabemos cómo es el ambiente de un hospital.
Varias personas enfermas, médicos yendo de un lado a otro, agujas entrando en los brazos de los niños.
.. así que uno de los pocos momentos de felicidad que tienen son con la propia familia, los amigos y los voluntarios —le apreté la mano y enseguida sus ojos se dirigieron a mí—.
Así que tu gesto es precioso, y estoy orgullosa de lo que haces.
Automáticamente fui hacia su cuerpo, abrazándolo.
Me quedé acurrucada con él un buen rato, sintiendo su corazón acelerado, y pidiéndole a Dios que tanto Marlene como él pudieran ser confortados de algún modo.
Puedo decir ahora con todas las letras que no debemos juzgar a una persona por la primera impresión, porque haciéndolo corremos el riesgo de no ver lo bueno que es el corazón de alguien...
En la semana que siguió hubo muchos murmullos y algunas decisiones.
Pensé que Victor Hugo dejaría GCR , porque Luigi había dicho que no se quedaría, pero cuando fui a trabajar el lunes se reunieron, y al menos por ahora mi actual jefe no sería despedido. No sé cuál fue la conversación de los dos, y Victor Hugo no me dijo nada tampoco.
Hablando de él, después del velatorio de Vitória no nos vimos más.
En algunas ocasiones lo llamé, le mandé mensajes, pero no me contestó. Aunque sé que necesita estar un tiempo solo, estoy realmente preocupada con los efectos que esta pérdida puedan causar en él, sobre todo entendiendo el motivo que lo llevó a ser voluntario en todas las ciudades por las que pasó.
Estoy aquí divagando y armándome de valor para ir a su despacho. Veo en su cara lo mucho que aún está afectado por todo, y no sé qué hacer para ayudarlo. En fin, mejor dejar de pensar y actuar...
Di dos golpecitos en su puerta, y enseguida me hizo una señal con la cabeza para que entrara. Su despacho ahora tenía todo nuevo debido a... creo que ya sabéis lo que pasó la semana pasada.
—¿Algún problema, Luiza?
—No. En realidad... —pausé, apartando los ojos. Es difícil para mí abordar ciertos temas—. Quería saber cómo estás.
—Estoy hasta arriba de trabajo —dijo, sin mirarme.
—No me refería al trabajo, sino a lo que estás sintiendo después de todo.
Victor Hugo dejó sus tareas, haciendo contacto visual conmigo. Vi en sus ojos cierto dolor, pero al parecer quería disimular. En el fondo está intentando hacerse el fuerte.
—Sobre eso creo que también lo sabes —respiró hondo, mirando hacia la ventana.
—Quiero mucho ayudarte —dije acercándome.
—Pero no puedes —replicó, y esas palabras me entristecieron—. Nadie puede ayudarme. La muerte es el fin y la gente no vuelve.
—Yo solo...
—Luiza... —me interrumpió—. Siempre resolví todo en mi vida.
Absolutamente todo. Tengo salidas para reflotar empresas, hacer amistades cuando me conviene, pensar en ideas innovadoras, adaptarme al medio en el que convivo, pero.
.. no tengo salida cuando me involucro emocionalmente con alguien y pierdo a esa persona.
Es un camino sin retorno, por eso evito acercarme.
No respondí nada.
En este punto cada uno sabe de sí; cómo la pérdida afecta nuestros sentimientos es algo único; sin embargo, con Victor Hugo es más intenso de lo que imaginé, y conocer algunos de sus secretos me lo demuestra.
—No quiero verte así.
—¿Así cómo?
—Triste, abatido, reservado. No sé cómo ayudarte, pero somos... amigos al fin y al cabo.
Victor Hugo sonrió, pero no me miró a los ojos.
—Nuestra amistad empezó de la manera equivocada. Yo básicamente quería acostarme contigo. Solo que ahora... —paró, cerrando los ojos—. Ya no sé nada más.
—Sé claro.
—Tú me gustas, Luiza. Mucho. No sé ni explicarte cuánto, porque nunca sentí esto.
Sus palabras me sorprendieron bastante. No pensé que hablaría abiertamente de sentimientos.
—Yo también. Nunca sentí esto por nadie. Creo que estamos en paz.
Un largo silencio se hizo presente en el despacho; a continuación se levantó, acercándose más.
Su gesto fue diferente a las otras veces que lo hizo, e incluso ahora estoy experimentando algo... distinto.
—Estoy en un gran dilema —dijo.
—Dime.
—No sé qué hacer respecto a ti.
—Lo que desees de mí me esforzaré por dártelo. En el buen sentido —parpadeé y por primera vez lo vi sonriendo.
—¿De verdad quieres saber lo que necesito ahora?
—Sí.
Se acercó un poco más, y enseguida bajó la cabeza, expresando lo que pensé al principio: tristeza .
—Necesito un abrazo, Luiza. Nada más que eso.
No hizo falta ni una palabra más; lo acuné en mis brazos, y así nos quedamos.
Podía sentir lo acelerado que tenía el corazón.
Victor Hugo me abrazaba con fuerza, y al menos en ese momento me permití intentar de algún modo sentir lo mucho que el dolor de la pérdida le hacía daño.
Nunca fui una mujer que se apegara a las personas, e incluso mi familia está lejos de mí.
No por peleas, ni por ningún otro motivo similar; yo solo seguí un camino diferente.
No sé si eso me hizo un poco más fría en esta cuestión de involucrarme con la gente, pero simplemente seguí el flujo de la vida, y no me arrepiento de nada de lo que hice.
—Puede que hayas cometido un error, Luiza —dijo, cuando nuestra mirada se cruzó.
—¿Qué error?
—Dejarme entrar en tu vida —me pasó el pulgar por los labios—. Ahora eres una de las personas más importantes para mí, y no quiero ni pensar en la hipótesis de perderte.
Acaricié su cara y al momento le di un beso suave en la boca, con los ojos cerrados.
— ¡No pienses en eso, no me vas a perder!
Tener aquella pequeña conversación con Victor Hugo me tranquilizó en cierto modo. Aún estaba preocupada por él, pero hay que darle tiempo al tiempo.
Difícilmente entendemos lo que pasa en nuestro corazón, así que ponerse en el lugar de una persona puede ser más difícil de lo que imaginamos.
Después de centrarme en mi trabajo, Estela vino y se sentó a mi lado. Parecía querer hablar.
—¿Qué pasa?
—Me he dado cuenta de algunas cosas, y creo que te gusta Victor Hugo.
—A ver...
—Por favor, déjame terminar —me cortó—. Eres mi jefa, pero también eres mi mejor amiga dentro de la empresa, y me preocupo por ti, y lo sabes. Después de todo lo que pasó con Victor Hugo, creo que las dos vimos la manera en que volvió. Nuestro jefe no está bien.
—Sí, no lo está —confirmé.
—Entonces, dime: ¿se ha convertido en algo más para ti?
—Sí —dije, sin titubear.
Estela enseguida me sujetó una de las manos, y esbozó una breve sonrisa.
—Entonces, por favor, intenta estar más presente en su vida. Aunque él no quiera, esfuérzate, porque... —paró, escogiendo las palabras—. Anoche mi marido y yo salimos, y al volver lo vimos.
—¿Dónde? —pregunté, pensando en mil sitios.
—En la acera, con una botella de tequila en la mano, y estaba... llorando.
Oír eso me dolió, la manera en que el corazón me latió descompasado al oír lo que me reveló fue instantánea.
No quería pensar en eso, le pedí tanto a Dios que intentara combatir esta pérdida de otro modo, pero al parecer sus pérdidas son demasiado para él.
—No sé qué decir, Estela, ni qué hacer —dije, cabizbaja.
—Ayer iba a ayudarlo, pero después de que pagamos la cuenta ya no estaba allí. Creo que te haces una idea de cómo pasó la noche.
Eso me entristeció.
Todos tenemos vicios e impulsos, y controlarlos es un gran desafío. Pero ahora entendiendo un poco de lo que pasa por la cabeza de Victor Hugo, me preocupo un poco más.
—Quiero ayudarlo —dije—. Voy a hacer lo posible para que vuelva a ser el hombre al que me acostumbré a ver aquí en GCR. No es un hombre malo, Estela, solo pasó por muchos problemas.
—Me he dado cuenta. Es del tipo que intenta alejar a la gente por miedo a apegarse.
—Exactamente, pero no lo hará conmigo —sonreí—. Soy bastante pesada cuando quiero, y si hace falta, voy a vencer a mi jefe por agotamiento.
—¡Así se habla!
—Muchas gracias. Ha estado genial que me lo hayas contado.
—Es lo que hay —dijo, y se alejó.
— Imagina — disse, e logo se distanciou.
Mientras comía con Beatriz, intenté pensar en otros asuntos no relacionados con Victor Hugo.
Intenté centrarme lo máximo posible en mi amiga, preguntando cosas sobre su vida personal, pero por lo visto no sirvió de mucho, porque cuando nuestra hora de comer llegaba a su fin, dijo: —Sé que estás preocupada, amiga. ¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Sí, solo estoy intentando no pensar demasiado. Tiene que ver con Victor Hugo, lo que está pasando, en fin... descubrí que me enamoré de él, pero no sé qué hago ahora.
Fui directa sobre mis sentimientos, algo que me guardo para mí en la mayoría de las ocasiones.
Beatriz sonrió, e incluso tuve un atisbo de lo que estaba pensando.
—¿Luiza Goulart se ha enamorado? ¡Estoy en shock! —se mofó.
—Si hasta tú lograste esa proeza, tengo mis derechos, ¿no? ¡Respeta mi historia! —repliqué sonriendo.
—Justo, amiga. Pero dime: ¿qué quisiste decir con: lo que está pasando?
Analicé a Beatriz, pero no dije nada. Este asunto es muy personal, y por más que sea mi mejor amiga, no sé si a Victor Hugo le gustaría que algunos de sus secretos fueran revelados, ya que los esconde desde hace años, sobre todo lo de su remisión.
—Primero dime una cosa: ¿hablaste con Daniel sobre lo que vimos en el hospital?
—No, amiga. Su gesto parecía ser muy personal.
—Sí. Se está abriendo conmigo, y sé que tiene algunos problemas ahora, pero son asuntos personales, y no creo que le gustaría que hablara.
—No hay problema —posó su mano sobre la mía—. Lo entiendo y lo respeto. Y yo ya pasé por algo parecido, creo que lo sabes.
Automáticamente me acordé de lo que me contó sobre la historia de Daniel. Era un hombre cerrado, y Beatriz, poco a poco, fue quebrantando su corazón, mostrándole que podía confiar en ella.
Sé toda su historia ahora, y os equivocáis si pensáis que fue Beatriz quien me lo confió todo; fue el propio Daniel quien lo hizo.
Es importante desahogarse con las personas cercanas; nos quedamos aliviados de algún modo, y vi que eso ayudó bastante. Querría que Victor Hugo hiciera lo mismo, pero con él descubro los asuntos a pedazos, y cada vez es un impacto distinto.
—Ahora es mi turno, pero sé que él va a pasar por esto. Estaré allí para lo que mi jefe necesite.
—Solo que no se te olvide: ¡quiero ser la madrina!
—¡Para con eso! —solté un gritito, sonriendo—. No tengo planes de casarme. ¡Nunca, por cierto!
—¡¡Nunca digas nunca!
—Mi jefe y yo nos llevamos bien, pero tenemos una forma peculiar, y digamos que tenemos energía sexual. Mucha.
—Podéis tener esa energía... juntos —esbozó una sonrisita y puse mala cara.
—¿¿Ya has terminado? —Crucé los brazos y empezó a reír; a continuación hice lo mismo.
Necesitaba algunas sonrisas. Quiero ser una mujer fuerte y positiva, pero todavía tengo un nudo en el pecho...
Necesitaba algunas sonrisas. Quiero ser una mujer fuerte y positiva, pero todavía tengo un nudo en el pecho...