Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

«Y cuando todo parece ir bien...»

LUIZA GOULART

Tuve un sueño bastante reconfortante, al menos hasta que me despertó el móvil gritando .

En realidad no fue exactamente así. Llevo un rato ignorándolo, hasta que por fin reuní el valor y miré la pantalla, viendo por fin quién me había estado llamando constantemente, y...

¡42 llamadas perdidas! ¡Madre mía!

Me senté en la cama, ya despierta. Nunca es bueno toparme con tantísimas llamadas, por lo general es mala noticia.

Aparté esos pensamientos y fui a revisar las llamadas, y absolutamente TODAS se hicieron desde GCR . En realidad, no todas, pero los números sueltos eran de empleados de allí.

Respiré hondo y marqué el número general de la empresa. Al tercer tono me contestaron.

—¿Hola? Soy Luiza Goulart, la gerente general. ¿Qué está pasando?

—Luiza, soy Francine. ¡Por el amor de Dios, ven aquí ahora!

Me recibieron literalmente con esta frase, y si ya estaba en pánico, el miedo creció aún más en mi pecho.

—¿Qué ha pasado?

—Victor Hugo...

Ay, no...

—¿Qué ha hecho? —pregunté desesperada.

La línea se quedó muda y de nuevo el corazón me latió descompasado.

—Francine, dímelo ya, ¡me va a dar un infarto aquí !

—¡Está destrozando ¡todo su despacho!

—¿Cómo dices?

—Simplemente perdió la cabeza... de la nada . Destrozó todo el despacho, y casi agredió a dos empleados que intentaron contenerlo. Luigi quiere llamar a la policía, pero lo convencí de que tú podrías ayudar.

—¡Voy para allá ahora!

Cogí el primer vestido que vi en el armario, y salí de casa apresurada. No sabía qué pensar, así que aceleré el coche y decidí centrarme en llegar lo antes posible a la empresa.

¿Por qué destrozaría su propio despacho?

Automáticamente recordé la reunión, y probablemente ese era el origen de los problemas; aun así no me dio tantos detalles anoche.

Después de llegar a GCR , aparqué el coche como pude, y entré apresurada. Francine ya me esperaba, bastante tensa.

—¿Qué sabes? —pregunté, medio corriendo hacia el despacho.

—No sabemos nada. Tuvo una reunión, y volvió normal a su despacho, hasta parecía estar contento, me dio los buenos días, solo que diez minutos después... ¡empezó el destrozo!

Esta historia no encaja. Si la reunión fue bien, ¿qué demonios pasó?

—¡ ¡Voy a descubrirlo!

Pasé por mi despacho y dejé el bolso de cualquier manera encima de la mesa; a continuación fui al pasillo que daba acceso a su despacho, y la enorme cantidad de curiosos al acecho me cabreó muchísimo .

Seguí abriéndome paso entre todos, empujando a algunos con la cara seria.

Es ridículo tener un público para ver la desgracia ajena.

Cuando me acercaba a su despacho, vi a Luigi, que estaba impaciente, y al verme dijo furioso: —Luiza, controle a este hombre, está...

Simplemente lo ignoré, y cuando entré en su despacho...

¡Madre mía!

Ni sé describir el estado en el que estaba su despacho. Victor Hugo arrasó con todo. Absolutamente todo.

El ordenador estaba en el suelo con el monitor roto, el teclado partido por la mitad, los cuadros rotos o rasgados, la máquina de café destruida en el suelo, papeles arrugados y rasgados... hasta la mesa estaba con una enorme grieta.

—Victor Hugo...

—¡Sal de mi despacho! —gritó, pero no me miró a los ojos. Ni siquiera supe si había reconocido mi voz al instante.

Por un segundo me quedé parada, y al momento cogió la grapadora y la lanzó hacia la ventana, rompiendo el cristal y haciendo un ruido enorme.

Yo estaba inerte, sin reacción; tenía que reunir fuerzas, quedarme plantada en el suelo no serviría de nada.

Observé toda la gente que nos miraba, y tomé una decisión: no solo cerré la puerta, sino que también bajé la pequeña cortina del despacho.

Nunca lo vi así. El miedo que me dio al observar su cara me paralizó.

—Victor Hugo... —dije bajito, ya que sus manos en torno a mi cuello me ahogaban.

—Por favor, dime qué está pasando... —supliqué.

—¡ ¡Sal de aquí, Luiza ! —dijo bajo.

—¡No!

—¡ Joder , sal de aquí! ¡No quiero hacerte daño! —bramó, mirándome con desprecio.

—Ya lo estás haciendo —siseé—. Esto que estás haciendo no solo te hace daño a ti, también me hace daño a mí.

—Por favor... —dijo bajito, y una lágrima rebelde cayó por su cara.

—No me voy a ir de aquí, a no ser que sea contigo —le sujeté la cara, y aquello pareció desestabilizarlo un poco, así que las lágrimas cayeron copiosas; a continuación me abrazó.

Estuvimos así durante un largo rato, y lo dejé desahogar aquel sentimiento. Por más que no supiera el motivo de su arrebato de rabia, me permití ser una persona en la que pudiera confiar.

— Vitória ... —dijo bajito, separándose, y automáticamente tuve un chispazo en la memoria...

No...

—¡ ¡Ha muerto, joder ! —gritó, dándome la espalda y al momento empezó a golpear la pared repetidas veces; cuando me di cuenta, le brotaba sangre de las manos.

Pasados unos segundos simplemente se arrodilló, inerte.

Con cuidado me acerqué más, y al observar su cara... vi que estaba en shock, sus ojos no se movían.

No sé qué me dio, pero con mucho esfuerzo conseguí que se levantara. Mi jefe miraba a la nada, y cuando abrí su puerta, de nuevo vi a Luigi delante de nosotros.

—Victor Hugo... ¡eres una vergüenza! ¡A partir de mañana estás en la calle!

—¡Si lo crees así, probablemente yo también lo estaré! —dije, airada—. ¿Cómo puedes ser capaz de despedir a una persona sin siquiera entender lo que está pasando?

—Luiza, pero el error fue suyo... —dijo bajito sin creer en mis palabras, pero ni me quedé en el lugar.

Con mucha dificultad lo llevé al baño mientras se apoyaba en mí; a continuación le lavé las manos, que estaban cortadas, bastante lastimadas.

En ningún momento desvió los ojos, porque los tenía siempre fijos en un punto, y eso me preocupaba.

De refilón, vi que Estela había entrado en el baño, y me tocó los hombros.

—Amiga... está en shock. Si quieres te ayudo a llevarlo.

—Está bien. Gracias.

Después de un rato, por fin conseguí llevarlo hasta mi coche con la ayuda de Estela.

No sabía bien qué hacer y acabé tomando una decisión impensada, y en lugar de llevarlo al hospital, fui en dirección a mi casa; pero a medio camino me di cuenta de la estupidez que había hecho.

¡Mi bolso!

Maldición. Me lo olvidé en la empresa.

Miré a Victor Hugo y seguía mirando a la nada; aun así palpé sus bolsillos buscando la llave de su casa, pero no la encontré.

Respiré hondo.

Tenía que calmarme, ya que estaba temblando. Nunca había pasado por una situación así.

— Cálmate ... —siseé para mí misma, intentando concentrarme.

Fue entonces cuando se me ocurrió algo. Renata podría ayudarme...

Recé mucho para que mi amiga estuviera en casa, ya que se había tomado unas pequeñas vacaciones.

Ahora vive sola. Se fue de casa de sus padres hace pocos meses.

Después de tocar el timbre continuamente, abrió la puerta con la cara seria.

—Pero ¿qué demonios es... esto ? —dijo alto, pero la voz le bajó al ver el estado en el que estaba Victor Hugo.

—¡Ayúdame, rápido!

Con mucho esfuerzo conseguimos llevar a Victor Hugo dentro de la casa, y sus ojos se volvieron hacia los míos de forma inquisitoria.

—Vamos a la habitación de invitados —dijo.

Ahora, Victor Hugo estaba en la cama. Empezaba a preocuparme a medida que pasaba el tiempo.

—¡Ven aquí! —Renata me cogió del brazo y volvimos al salón—. ¡Está en shock!

—¿Qué hago, Renata? —pregunté, y una lágrima cayó de mis ojos.

—Cálmate, amiga. Déjalo descansando un poco. Algunas personas de mi familia ya entraron en shock; dentro de poco volverá a la normalidad; si eso no ocurre lo llevaremos al médico. Solo déjalo descansar un poco —reforzó.

—Está bien —respiré hondo y me sequé los ojos.

—Ahora, por el amor de Dios, dime qué pasó.

Tuve que contarle la historia entera a Renata. Desde el principio y todo lo que descubrí.

—Esto es... medio increíble . Lo creería si fuera cualquier persona, pero Victor Hugo haciendo lo que me has contado es... no sé, no tengo palabras.

Estuvimos cerca de dos horas hablando, y la mayor parte del tiempo la conversación giró en torno a mi jefe.

De vez en cuando iba a la habitación, y en todas esas ocasiones vi que sus ojos estaban cerrados. Se había dormido y me quedé aliviada.

—¿Sigue durmiendo ?

—Creo que sí.

—Eso es bueno, y...

Renata paró de hablar cuando una figura masculina salió de la habitación de invitados y pasó por nuestro lado, yendo hasta la nevera. A continuación cogió una de las botellas que había sobre la mesa y echó el líquido en el primer vaso que vio delante.

—Creo que está mejor. Hasta abrió mi nevera sin pedir permiso.

—¡ Renata ! —la reprendí.

—Vale... perdón, qué exagerada ! —Levantó las manos, simulando rendición.

Después de beber agua, lavó el vaso y se sentó en uno de los sofás del salón.

Simplemente se quedó allí, mirando al suelo con las manos juntas. Tenía los ojos rojos y podía ver el sufrimiento estampado en su cara.

Creo que se quedó parado allí al menos unos cinco minutos, y no dijo ni una palabra. Tanto Renata como yo no dijimos nada tampoco, solo lo observamos preocupadas.

De manera robótica, levantó la cabeza y respiró hondo, pero su atención no se dirigió a mí, sino a Renata.

Victor Hugo le sostuvo la mirada, y no entendí ese gesto.

—¿ ¿Cuánto sabes? —preguntó, fríamente.

Renata me miró de reojo, pero dijo enseguida:

—Creo que ahora lo sé todo.

De nuevo mi jefe bajó la cabeza, mirando al suelo. Y aquel silencio estremecedor invadió el salón.

No sabía qué podría estar pasando por su cabeza, y me angustiaba no entenderlo. El dolor que veía en su cara me dolía, y nunca pensé sentir tanta angustia por algo.

—¡ Remisión ! —dijo, pero ni siquiera estableció contacto visual.

Observé a Renata por el rabillo del ojo, pero parecía haber entendido tanto como yo. Nada.

Levantó la cabeza y de nuevo la miró.

—Ese es el motivo de mi tatuaje, la pregunta que no te respondí aquel día —dijo, pasándose una de las manos por la cara, y a continuación por el cabello.

Ni hace falta decir lo sorprendida que me quedé con su frase, y Renata parece haber sentido lo mismo.

—Esa fecha en tu cuerpo simboliza el día que te curaste del cáncer cuando eras niño —dijo Renata y al momento él asintió.

—Sí. Fui un niño muy enfermo. Me enfrenté a la leucemia y estuve un sinfín de veces al borde de la muerte. Me tatué en el cuerpo el día que por fin me libré del cáncer, y desde mis veintiún años hago trabajo voluntario en los hospitales de las ciudades en que trabajo.

Me llevé una de las manos a la boca, estremecida. Cuando lo observé, sus ojos estaban clavados en mí; esbozó una breve sonrisa, pero pronto desapareció.

—Me apegué a una niña llamada Laura en uno de mis primeros trabajos voluntarios.

Era una niña preciosa, encantadora, tenía 12 años, pero era tan llena de vida.

.. tenía una fuerza interior digna de envidiar, siempre estaba sonriendo, no se dejaba abatir por nada, incluso cuando las medicaciones acababan con su organismo.

.. —miró la ventana—. Al principio fue uno de los motivos para que persistiera en este trabajo voluntario, porque aún no sabía lidiar con la pérdida, y quería renunciar.

Al final, su fuerza de voluntad rompió todas las barreras de mi corazón y cierto día me hizo prometer que ayudaría al mayor número de niños posible, que haría de todo para que sonrieran cada vez más y.

.. le di mi palabra. Pero... —paró, y una lágrima rebelde cayó—.

...falleció, y eso me destruyó. Pensé en abandonarlo todo, no creía que pudiera soportar otra pérdida si me apegara tanto, solo que la promesa que le hice siempre estuvo presente en mi cabeza.

No podía rendirme. Se lo debía a ella, y voy hasta el final.

Tuve muchas pérdidas en el proceso; con cada niño que moría, me culpaba, y fue ahí que un vicio entró y se quedó en mi vida: el alcohol.

Miré a Renata y vi que intentaba parecer fuerte, pero se aguantaba para no llorar; en cambio yo... ya no podía disimular más, estaba llorando a moco tendido.

—Lo que voy a decir está mal, pero todas las veces que pierdo a alguien, yo.

.. simplemente bebo hasta caer, intento de algún modo salir de la realidad, entumecerme —bajó la cabeza y noté trazos de vergüenza en su cara—.

Bebo para olvidar todas mis pérdidas, solo que al día siguiente.

.. no sirve de nada. No vuelven, y el dolor sigue aquí y me hundo cada vez más —dijo golpeándose el pecho, justo encima del corazón.

Victor Hugo dejó de hablar, mirando al suelo, pensativo.

—Cuando recibí la llamada de Marlene, la madre de Vitória, me puse en cierto modo contento.

Hablamos bastante, y que me llamara era algo normal.

Pero noté al teléfono que su voz estaba distinta, que había recelo ahí —respiró hondo, y cerró los ojos, sorbiendo por la nariz—.

Cuando le pregunté qué estaba pasando, me dijo que Vitória había tenido una parada cardíaca, y que estaba entre la vida y la muerte; pero cuando iba a decir algo, oí otra voz al teléfono, y Marlene.

.. empezó a gritar y llorar; fue ahí cuando entendí todo.

Ella no resistió y yo tampoco. Me descontrolé, empecé a gritar y a romperlo todo a mi alrededor. ..

Victor Hugo dejó de hablar y solo sacudía la cabeza en negación.

—Luiza, yo no soy mala persona... —volvió a levantar la cabeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas, que rodaron por su rostro; vi ahí una fragilidad nunca antes vista, noté lo mucho que estaba perdido en dolores y recuerdos—.

Hago lo que puedo, pero cuando me apego, creo esperanzas.

.. —dejó de hablar, emocionado—. No soporto cuando las pierdo, y cuando me apego.

.. me desmorono, pierdo el norte y me entrego, sin querer recordar, queriendo que ese dolor desaparezca.

Me levanté y me acerqué más a él, abrazándolo.

—Vitória se parecía mucho a Laura, y... recordarlo todo me hizo... perder los estribos, y...

—Cálmate.

Victor Hugo empezó a llorar copiosamente, y hice lo posible por calmarlo, abrazándolo fuerte con los ojos cerrados. De repente sentí una mano cerca de la mía, y vi a Renata al otro lado haciendo lo mismo.

—Yo... solo debería hacer lo que mi corazón ordena y no apegarme, pero... al final del día soy humano.

Le pasé una mano por el cabello, y miré a Renata, que tenía la cabeza ligeramente baja, asimilando sus palabras.

No había nada que pudiera hacer para aliviar su dolor, no ahora. Dejé que Victor Hugo se desahogara, y solo me permití quedarme abrazada a él, intentando de algún modo apoyarlo.

Ahora más que nunca puedo decir que yo cuidaría de él, y estaría presente para todo lo que necesitara...