Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

«¿Qué puede pasar cuando las mujeres se juntan para hablar de dotes?»

LUIZA GOULART

Hoy es lunes, pero puedo decir que mi semana está empezando muy bien; digamos que tengo el alma lavada y renovada.

—Estás muy rara —comentó Estela—. Hasta les has dado los buenos días a los pajaritos de la empresa.

—Digamos que me satisfizo. Mejor lo dejamos así, pero si quieres saber los detalles... —provoqué.

—No, ya lo he pillado.

Decidí volver al trabajo.

Algunas cosas se han acumulado, y por mucho que me llevara ciertas tareas a casa, no conseguí agilizar mucho, y encima tengo que hablar con Victor Hugo sobre un informe específico.

Victor Hugo...

Ni parece que aceptara participar en mi pequeña fiestecita. A pesar de todo, su presencia fue esencial, porque sentirlo dentro de mí...

Mejor desconectar de estos pensamientos y centrarme en el trabajo.

Fui a su despacho, y de nuevo parecía estar en otro mundo mientras revisaba el móvil. Es un hombre bastante misterioso.

Tengo que confesar que de vez en cuando me acordaba de aquella niña en el hospital, y no sabía exactamente qué pensar. No me esperaba este lado suyo, y confieso que aún no me ha caído la ficha.

—Tienes una forma macabra de mirarme, ¿sabías? —dijo Victor Hugo, y pude volver a la realidad.

No me había dado cuenta de que lo estaba mirando sin decir nada, e intenté recomponerme.

—No es nada. Solo son pensamientos raros, ¿sabes?

—No, no lo sé. Pero, si quieres un consejo, busca un psiquiatra. Es saludable hacer algunas reevaluaciones de vez en cuando.

Crucé los brazos y puse mala cara.

Enseguida cogió el móvil, riendo a continuación.

—Creo que lo haces a propósito. Te quedas con sonrisitas mirando el móvil cuando estoy aquí. Eso se llama provocación, y aún creo que es una mujer.

—Pues lo es. Esta vez mi amiga me ha mandado una foto.

— Ya . Amiga...

No sé si estaba celosa o qué, pero Victor Hugo notó mi desdén.

—¡Es una preciosidad! Y bastante más guapa que tú —se mofó.

¿Este ser con una mejor amiga? ¡Lo dudo!

—¿Qué tal me la enseñas?

Lo vi pensando bien en qué decir o qué hacer, ya que me miraba a mí y enseguida al móvil ligeramente desconfiado.

Creo que lo había pillado en alguna mentira, pero noté que su cara se suavizaba, y enseguida extendió una de las manos.

—Toma, ¡pero rápido!

Una sonrisita satisfecha brotó en mi cara, pero se desvaneció enseguida cuando vi la imagen en el móvil.

¡Es la niña del hospital!

Mi susto fue tan grande que hasta dejé caer su aparato; a continuación me agaché para recogerlo.

—¡Madre mía! Es una niña, ¿por qué me has dejado comparar ¿quién es más guapa?

—La culpa fue tuya, ¿no me viste la cara? —replicó.

Después de que pasara la sorpresa inicial pude centrarme en la foto y enseguida sonreí.

La niña hacía una mueca, mientras guiñaba uno de sus ojos. Como ya la había visto antes, sabía que aquella ropa era la que se usa en el hospital, pero pasaría desapercibida para los demás. Algo en lo que también me había fijado es que llevaba una peluca rubia.

No conozco tan bien a la niña, pero ya me cae bien, sobre todo por parecer feliz en medio de todo lo que está pasando.

—¿Por qué te cae tan bien? —pregunté, y aquello pareció ser una pregunta arriesgada.

—Eso no viene al caso. Ahora devuélveme el móvil, tu tiempo se ha acabado.

—¿Cómo se llama? —pregunté, entregándoselo.

—Vitória —sonrió—. Y creo que sus padres le pusieron ese nombre porque sabían que sería una victoria de Dios!

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero respiré hondo, intentando contenerme.

Saber algo y tener miedo de revelarlo nunca es bueno, y sinceramente no sé cuál sería su reacción cuando le contara lo que presencié.

—¿Qué pasa?

—Muy profundo... —disimulé—. Y muy bonito.

—Todo lo que digo combina conmigo. Así que me considero un hombre profundo, solo que más que bonito, hay que recalcarlo.

Sonreí bajando la cabeza.

La autoestima lo es todo en la vida...

—Creo que la palabra modesto y Victor Hugo no casan en absoluto.

—Nunca casaron, preciosa. —Se levantó, y al momento me alarmé.

No sé qué le pasa a mi cuerpo cuando tengo la sensación de que puede ser usado por mi jefe. Sobre todo porque últimamente ser usada por él está siendo algo muy placentero.

—Ahora dime, ¿andas soñando despierta con mis besos? —preguntó justo delante de mí después de meterse las manos en los bolsillos.

—Victor Hugo —una voz distinta resonó en el ambiente, y su acercamiento cesó.

—¿Qué pasa? —preguntó con nerviosismo.

—Luigi está al teléfono y quiere hablar con usted.

—¿Y por qué no han pasado la llamada a mi despacho? —preguntó, nervioso.

—Su teléfono parece estar fuera de servicio.

—¿ ¿Cómo dices?

Fue hacia el teléfono y se lo llevó al oído. Toqueteó algunas cosas durante unos minutos, pero acto seguido suspiró, ligeramente irritado.

—Luiza, por favor, mira quién es el responsable de intentar arreglar esta porquería y pídele que venga lo más rápido posible a solucionar este problema.

—Bien.

—Voy a hablar con Luigi. —Se volvió hacia el hombre, que asintió con la cabeza, y salió enseguida.

Después de quedarnos solos los dos en el despacho, se acercó muy cerca de mi oído y susurró: — Nuestra conversación está lejos de acabar, preciosa.

¡Odio y adoro cuando me hace temblar de esa manera!

Tengo un asunto urgente que tratar, y no puede esperar.

—Disculpad por interrumpir vuestra pequeña reunión , que parece estar bien animada, pero tengo que hablar con Luiza. ¡Ahora! —dijo Victor Hugo, saliendo enseguida de nuestra sección.

—Chicas... volved al trabajo. Adelantad lo que os pedí y volveré dentro de poco para hablar un poco más —les guiñé un ojo.

Seguí el trayecto que hizo ese pecado andante , y vi que había entrado en el comedor. Después de alcanzarlo, le pregunté: —¿Qué pasa?

—Vamos a salir hoy —no preguntó, básicamente dijo lo que iba a pasar. El problema es que escoge los peores días para esto...

—No puedo, he quedado con Renata por la noche.

Vi una sonrisita sarcástica formándose en la cara de mi jefe, y sabía que no iba a salir nada bueno de aquí.

—¿Qué tramas? Bastó con oír su nombre para que se te transformara la carita —ignoré el peligro y pregunté.

—Cambiaremos el lugar, ya que viene el pequeño proyecto de persona .

Solté una carcajada. Yo parecía haber hecho planes con él e incluiría a Renata, no al revés.

—Dime: ¿quién te ha dicho que va a salir con nosotros? O mejor... —me acerqué más—. ¿Quién ha dicho que yo voy contigo a algún sitio?

—Yo lo he dicho —dijo con confianza—. Necesitamos divertirnos. Pero antes dime... ¿cuáles son los gustos musicales de la bajita ?

—¿Renata? Le gusta el rock , el hip hop , el pop , algunas canciones internacionales y otras sueltas por ahí.

—Haré algunas búsquedas, y seguramente le va a encantar el sitio al que iremos, pero será una sorpresa.

—Creo que no conoces a Renata tan bien como yo. Ir a un sitio que no conoce está fuera de discusión.

—Eso solo nos deja una opción.

—¿Cuál?

—¡ ¡Mentirle!

— Yaaa . Es porque no eres tú quien va a tener que oír un buen rapapolvo .

—Tranquila, preciosa . Te cubro las espaldas en esta.

Sonreí.

—Tu idea es pésima. Cuando Renata descubra que le he mentido, me va a arrancar la piel.

—En realidad no es exactamente mentir, es algo como... omitir !

—Ni de coña, querido jefe. —Crucé los brazos, impasible.

—Por favor, hazlo por mí... —parpadeó varias veces, e hizo aquella carita de perrito que vi en algunas ocasiones.

—No te pega pedir con mimos.

—¿En serio? —bajó la cabeza, fingiendo estar triste—. Pensaba que te caía bien, ¿sabes? Hasta te dejé conservar el empleo, y todo.

Al momento le di un cachetito en el hombro izquierdo y sonreí.

—Vale.

—¡Sabía que ibas a ceder!

—Pero hay una cosa: solo lo hago porque quiero ver su reacción —apunté.

—De acuerdo, amiga.

—Estás rara.

Esta fue la primera frase que dijo la bajita cuando puso los ojos en los míos.

—¿Yo? Es cosa tuya.

De nuevo su mirada inquisitiva se hizo presente, y tuve la absoluta certeza de que no se había creído lo que dije.

—¿Vas a hablar ya o necesito chantajearte?

—Tengo dos cosas que decirte.

—¡Madre mía! Pues apaga el coche...

Sonreí y así lo hice; había algo que no le había contado cuando vimos a mi jefe borracho en la calle, pero necesito el cerebro de mi amiga.

Decidí no contarle lo de sus dotes, pero le hablé del tatuaje en la parte alta de su tórax.

10/05/1992.

Mi amiga es lista, debe pensar en alguna teoría interesante.

—Es raro... tatuarse una fecha de nacimiento así debe tener algún propósito, eso es seguro, pero no se puede saber, amiga. Pueden ser un sinfín de cosas. Yo qué sé.

Bufé, contrariada. Creo que es más fácil que se lo pregunte a él, pero tengo un ligero presentimiento de que no obtendré respuesta.

—¿Y cuál es la segunda cosa?

—La segunda cosa es adónde vamos y quién viene con nosotras.

—¡ Ay, Dios mío !

—Está preocupado por ti, hasta me preguntó por tus gustos musicales. Victor Hugo quiere que te sientas a gusto, muñequita .

— Y acostarse contigo...

—También, pero eso ya lo ha hecho, y en las más variadas posturas —suspiré.

Renata me miró con cierto asombro, pero a continuación puso los ojos en blanco.

—Debí haberlo imaginado. Pero, ahora abre la boca: ¿adónde vamos?

—Lo he pensado mejor y es mejor que sea una sorpresa.

—No es posible —puso los ojos en blanco—. ¿Por qué empezar un tema y no terminarlo?

— Ah , sí es posible, cariño. Y no te preocupes, te va a encantar.

—¡Odio las sorpresas! Es decir... odio tus sorpresas, nunca salen bien.

Lo que ella no sabe es que esta tiene todo para salir mal...