Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

«...y descubrimos la verdad cuando menos lo esperamos.»

LUIZA GOULART

Fue complicado contener mi libido los días siguientes.

Y lo peor es que después de aquel beso ni siquiera lo intentó de nuevo, y eso sí que fue complicado, porque cuando los hombres me besan, generalmente no pierden la oportunidad de hacerlo otra vez, pero hasta ahora nada.

En fin, una pena... para él.

—Apuesto 10.

—Subo a 20.

—Cubro tus 20 y voy a poner 50.

Tanto Madalena como Estela me miraron asustadas cuando puse una cantidad tan alta.

Madalena empezó a reír, y Estela se quedó un poco más pensativa.

Las chicas que trabajan conmigo me caen muy bien, sobre todo porque, aun siendo yo su jefa, nuestra convivencia es serena; además, no me hacen la pelota, algo que realmente me hace sentir cómoda.

Casi me caigo de la silla con su comentario. Si supieran lo que ya he afrontado en esta vida...

Mejor no digo nada, hay ciertas cosas que tenemos que mantener en secreto.

Creo que su comentario refleja bien cómo es la relación de Victor Hugo con los empleados de GCR Turismo. No está entre los más queridos , y debo recalcar que la culpa es noventa y nueve por ciento suya.

Esta vez decidí no entrar abruptamente en el despacho de mi jefe, y no sé por qué lo hice, pero fue bueno porque al acercarme noté algo distinto en sus ojos.

No me veía desde el pasillo, pero yo sí podía ver su cara, que estaba radiante. Parecía hipnotizado por lo que veía en la pantalla de su móvil, porque ni siquiera parpadeaba.

Yo, como buena aguafiestas, decidí adentrarme en el despacho, pero ni siquiera me hizo mucho caso, porque seguía centrado en su aparato electrónico.

— Vaya ...

Verlo con la sonrisa tan marcada me llamó la atención, y la curiosidad creció.

—¿Es una foto? —pregunté.

—No. Es solo un vídeo que he acabado viendo más veces de las que debería.

Me miró, todavía con un enorme brillo en los ojos. Esto sí que es bien raro.

—Andas bastante raro.

—No es verdad. Te has acostumbrado a verme de mal humor, lo cual es básicamente todo el tiempo.

—Sí. ¿Puedo ver el vídeo? —le guiñé un ojo y sonrió.

—Por supuesto... que no —puso mala cara—. ¿Qué necesitas, preciosa ?

—Solo preguntar si tienes algo para mí. He terminado todo el trabajo que me mandaste.

—¿En serio? Era bastante —apuntó.

—Sí. Como dije hace muchos días, soy eficiente.

—Excelente oírlo. Tómate el día libre. No quiero verte la cara en la empresa.

—¿Cómo dices?

—Lo que has oído —apoyó los codos en la mesa, mirándome—. Estás liberada por ser una empleada excelente —dijo con leve burla, pero noté cierta admiración en su voz también.

—Ya sé... me estás dando libre porque es jueves y te vas más temprano.

—No —se encogió de hombros—. Es solo un premio por competencia, pero no te acostumbres.

—Está bien. No voy a rechazarlo, pero tengo una reunión en la sección a las dos. Cuando acabe me iré.

—Como quieras.

—Hasta... —dije y me dirigí fuera de su despacho, y bastó con que hiciera eso para que cogiera el móvil de nuevo con esa carita de perrito faldero.

¿Qué demonios le pasa a este hombre...?

Durante el almuerzo recordé lo contentito que andaba últimamente mi jefe y no entendía bien el motivo. Algo que no cambió fueron las dichosas manchas en su rostro. Ya no son tan recurrentes como antes, pero aún las noto.

Decidí dejar de decírselo, porque quería observarlas mejor y descubrir qué demonios eran esas cosas, pero no soy un genio como Renata, soy un poco cortita para ciertos temas.

—No te queda pensar tanto, amiga —dijo Beatriz y al momento puse cara triste.

— Mira que decirme tú esto... —me llevé la mano a la cara, simulando dolor—. Si fuera Renata diciéndome estas palabras hasta podría aceptarlo, pero tú ...

Beatriz rompió a reír, y la acompañé. Como Renata siempre dice: por eso le di la oportunidad de ser mi amiga.

—¡ ¡Qué falsa eres! ¡Pedazo de víbora!

— Ah , puedes parar con ese juicio.

Llevaba un rato fuera de la empresa almorzando con Beatriz.

Esto no ocurría con frecuencia debido al ajetreo de nuestros trabajos. Al fin y al cabo, ella es la CEO de una gran empresa, y yo soy... la asistente master del CEO, pero que hace prácticamente todo su trabajo.

¡Soy más o menos la suplente!

Así que, seamos sinceras, el tiempo escasea, una simple comida genera conflicto de agendas, y la prueba viva es que este está siendo uno de los pocos momentos en que por fin nos encontramos para comer juntas.

—Bueno, puedes soltarlo e ir contándome lo que pasa.

—Solo estoy pensando demasiado en mi jefe.

El tenedor que iba hacia la boca de Beatriz se detuvo exactamente cuando terminé la frase, y ni hace falta decir que me miró con extrema curiosidad.

—¡Tranquila! Voy a explicártelo mejor antes de que pienses tonterías.

Empecé contando desde el episodio de verlo borracho tirado en la calle. No era necesario, pero hablé de sus dotes antes de pasar al asunto principal, que era la manera en que se comportaba antes y cómo está ahora.

Decidí contarle lo del beso, e incluso las canciones aleatorias que me cantaba, y eso fue una de las cosas que la hizo reír mucho. Le dije que no me trataba tan mal como de costumbre, y hasta me pidió disculpas cuando me gritó.

—Por lo visto alguien se ha tomado al pie de la letra lo que dijo Daniel. Parece de verdad ser amiga suya.

—Sí, ese es el problema. Lo correcto sería odiarlo y mantenerme atenta a algo que pudiera tramar contra mí, pero ¿sabes qué?

—puse las manos bajo la barbilla, sin apartar los ojos de mi amiga—.

No creo que sea mala persona. Hay algo muy raro en esta historia.

Lo siento. Podrá ser el capullo que sea, pero parece hacerlo a propósito, como si escondiera algo, no sé .

Esto me está volviendo loca, porque estoy muy curiosa, y sé que no me va a decir el motivo de ser tan complejo, no sé.

Y además pierdo la concentración cuando observo esos ojos.

—Tu jefe es un pecado, lo confieso.

—¿Cómo lo sabes si apenas lo viste en tu boda? —pregunté curiosa.

—Daniel tiene algunas fotos con él del pasado. Me enseñó algunas y... ¡vaya !

—Sí... ¡vaya ! —repetí, recordando su fisonomía.

No dijimos nada durante unos segundos, pero al momento se volvió hacia mí: —He hablado un par de veces con Daniel sobre tu jefe.

Y, por más que los dos tuvieran problemas en el pasado, me dijo que Victor Hugo no es mala persona, solo es muy misterioso y no le gusta estar por debajo en ninguna situación.

Hablando del trabajo como CEO es lo que ya sabes, parece ser un poco. .. distraído .

—No, lo suyo no es estar distraído —observé el inmenso cielo, repensando un poco sus gestos.

—¿Y qué es?

Sonreí a mi amiga, y tuve la certeza de lo que iba a responder.

—La palabra que le encaja es desmotivado . La cuestión es: ¿por qué, y desde hace cuánto ocurre esto? ¿Cuál es la lógica?

—Entiendo. Puede que tengas razón en que esté trabajando desmotivado desde hace tiempo, pero no puedo resolver eso, ni descubrir qué pasa, creo que ni Daniel.

De nuevo dirigí mis ojos al cielo, una ola de confianza se apoderó de mí, y volví la atención hacia ella.

—No te preocupes. Lo voy a descubrir yo.

Nada mejor que llegar pronto a casa y tumbarse en la cama calentita. Miré el móvil y eran las tres. Podía incluso echarme una siesta si quería.

La pereza fue tanta que mi cama pareció abrazarme cuando me desplomé, y... creo que me quedé frita.

Digo creo porque me llevé un buen susto cuando el móvil empezó a sonar, y al ver en la pantalla que era Beatriz quien me llamaba, contesté enseguida.

—Amiga, ¿qué...?

—¡ ¡Luiza! ¡Por favor, ayúdame ! —La urgencia de sus palabras me puso en alerta, y salté de la cama.

—¿Qué ha pasado?

—Mi padre, está en el hospital y no encuentro a Daniel, y...

Beatriz empezó a llorar al teléfono.

—¿Dónde estás? ¡Voy para allá ahora!

—Saliendo de Argo's , tengo que ir al hospital, pero estoy temblando.

—¡Quédate ahí! Voy a recogerte y vamos juntas. ¡No toques tu coche!

—Pero ¿y tu trabajo?

—Tengo libre el resto del día. No te preocupes, en menos de diez minutos estoy ahí.

—Gracias, amiga.

Después de recoger a Beatriz en Argo's y subir al coche, pude fijarme mejor en ella, y no estaba bien, ya que temblaba bastante mirando a la nada.

No saqué mucha información en los minutos iniciales sobre lo que había pasado, porque tampoco pregunté gran cosa.

—Amiga... ¿puedes contarme con calma lo que ha pasado? —pregunté con cuidado.

—Mi madre me llamó y me dijo que han ingresado a mi padre. Después se cortó la llamada, y cuando llamé de vuelta su móvil estaba fuera de cobertura. Le mandé algunos mensajes por WhatsApp y no los leyó, y... me desesperé.

—Se le habrá acabado la batería del móvil. Cálmate.

Beatriz volvió a mirar a la nada y eso me alarmó.

Me las arreglé para acelerar más y enseguida llegamos al Intermedical Center , el hospital donde estaba ingresado su padre.

Después de entrar, Beatriz se puso aún más nerviosa, ya que los empleados eran incapaces de decirnos el lugar exacto en el que se encontraba su padre.

—¡ ¡Maldito sitio que nos manda de un lado a otro y no nos da información ! —vociferó a uno de los recepcionistas mientras nos dirigíamos por tercera vez a un ala distinta del hospital.

Ni siquiera intenté apaciguarla.

En su lugar habría estado peor, y si intentaran calmarme estaría aún más nerviosa. Entiendo su lado.

Cuando por fin llegamos a un número de habitación específico, vi a la madre de Beatriz apoyada en una puerta entreabierta. Tras observarla, no di ni un paso.

—Amiga... —dijo Beatriz.

—No. Me voy a quedar aquí esperando, es asunto de familia, y si quieres después me lo cuentas.

—Está bien —sonrió y se dirigió hacia ella.

Después de que Beatriz encontrara a su madre, las dos entraron en la habitación, y me senté en una de las sillas, esperándola.

Creo que estuve por lo menos treinta minutos esperando a Beatriz, y cuando vino hacia mí, su rostro estaba mucho más calmado.

—Mi padre se desmayó mientras hacía la compra —dijo—.

Gracias a Dios un médico estaba en el supermercado e hizo los primeros auxilios, y como trabaja aquí, lo trajo a este hospital.

Tiene algunos problemillas de salud, y por eso le han hecho algunos exámenes más, pero por lo demás todo bien. Solo fue un susto.

—¡ Gracias a Dios! —respondí aliviada—. ¿Te vas a quedar aquí en el hospital con tu madre?

—Sí, pero antes voy a pasar por la empresa y avisar de que mañana no voy a trabajar, tengo que dejar a alguien encargado en mi ausencia. Creo que en treinta minutos vuelvo para acá.

—Entonces yo te llevo y te traigo aquí.

—Gracias, amiga. —Beatriz me dio un abrazo largo y apretado, y se lo devolví—. No sé qué haría sin ti.

—Vamos a ser muy sinceras... nada !

Nos dirigimos hacia la salida, pero esto parecía un laberinto, y al pasar por uno de los pasillos nos topamos con el ala de Oncología Pediátrica , y casi se me para el corazón.

—¿Qué pasa? —preguntó Beatriz al ver que mi cara había cambiado bruscamente.

—Creo que está mal lo que voy a decir, pero me dan pena estos niños que, incluso con su corta edad, ya están luchando valientemente contra un mal tan grande como el cáncer.

—Sé cómo es, amiga —bajó la cabeza, consternada—. Su vida ni siquiera ha empezado bien y ya tienen una tremenda batalla que librar.

—Sí, y encima pueden... morir .

Intenté apartar esa imagen de mi cabeza, pero al momento oí una carcajada bien alta cerca de nosotras. Miré al lado y venía de una habitación a aproximadamente unos cinco metros frente a nosotras.

Ni siquiera sabía si podíamos estar en esa ala, ya que no vi a mucha gente caminando por aquí.

—Al menos algunos se divierten con los juegos de los voluntarios —sonrió.

Después de que Beatriz dijera eso, mi tristeza disminuyó un poco, y seguimos caminando por el pasillo, en busca de la salida del hospital. El problema fue cuando pasamos por la habitación de la que deduje que vino la risa; automáticamente miré hacia esa cama, y...

Me quedé helada.

—¿Qué ha pasado, Luiza?

No respondí, solo fijé los ojos en un punto específico. Hasta los entorné, sin creerme lo que supuestamente estaba viendo.

¡Esto es una alucinación!

—Amiga... me estás preocupando —me agarró el brazo y volví a la realidad.

Abruptamente la aparté de esa habitación.

—¡ ¡Luiza Goulart ! ¡Abre la boca, ¿qué pasa? ¡Estás blanca!

—La persona que está en esa habitación... —siseé moviendo la cabeza hacia la cama, pero no conseguí terminar la frase.

—¿Qué pasa con eso? —Beatriz observó el lugar, y se volvió hacia mí—. Solo veo a la niña. Ah , y al Capitán América que está cantando.

Sí. Justamente. Eso mismo.

—¿Y te has fijado en quién es? —pregunté con cierta rapidez, atropellándome con las palabras.

Ante la forma en que dije esa frase, disimuladamente volvió al lugar, permaneciendo unos segundos. A continuación se volvió hacia mí, y parecía confusa.

—Luiza, ese hombre se parece a...

— ¡Mi jefe! ¡Estoy absolutamente segura de que es él!