CAPÍTULO 13
«Tenemos que contener el deseo acumulado en el cuerpo... o no.»
LUIZA GOULART
No sé por qué, pero mi rabia hacia Victor Hugo se ha calmado. Una parte de ella, que quede claro.
En realidad creo que su disculpa ayudó, porque vi en su cara que fue sincero. Pero algo que no se redujo en absoluto fue mi ira en relación con esos papeles, y ahora mismo me dirijo a Recursos Humanos de la empresa.
—Tenía la esperanza de que hubieras traído lo que se pidió, pero por lo visto no es a eso a lo que has venido aquí —dijo Marlene antes incluso de que abriera la boca.
—¡ Solo un minuto ! —dije, dirigiéndome a una de las mesas de Recursos Humanos, donde trabajaban Bianca y Marcos.
Generalmente es a ellos a quienes entrego este archivo específico. Después de una rápida mirada no encontré mi carpeta, y al momento me puse nerviosa.
—¿Qué estás buscando? —De nuevo la voz de la histérica se hizo presente, pero la ignoré.
No quiero pensar en la hipótesis de que Victor Hugo me engañó, por eso recorrí toda la enorme sala, buscando algo llamativo.
Ese dossier tenía un color distinto a los demás, y al menos para memorizar características de objetos y personas soy muy buena.
Cuando casi estaba a punto de rendirme, fui a un lugar aislado, todavía en el departamento, y entonces tuve una bonita sorpresita.
—Es así: Victor Hugo entregó esto el viernes.
—Pero... eso no es posible.
Marlene parecía perdida, y al momento «encontró» a Valadares, que volvía de su desayuno y se sentó en la mesa en la que encontré los documentos.
—¡ Valadares ! ¿Qué significa este dossier en tu mesa?
— Ah , no avisé antes. Victor Hugo me lo entregó el viernes antes de irse.
—¿Cómo dices? ¡Yo estaba buscando esto! —bramó, acorralándolo.
Yo, como no tenía nada que ver con el problema de los demás, me acerqué más a la víbora.
—La próxima vez presta atención a tu trabajo antes de ¡reclamarme el mío !
Dicho esto, simplemente me fui.
Mi día empieza a mejorar...
Mi fin de semana fue relativamente movido.
Salí con Renata (obviamente), y me encontré con algunas amigas que trabajaban conmigo en Argo's . Intenté olvidar el trabajo, porque últimamente solo vivo para eso, y mi cordura mental se va desvaneciendo cada vez más.
Amo lo que hago, pero la mayor parte del tiempo es agotador.
En fin, creo que conseguí aclarar bien las ideas el fin de semana; el problema es que las sorpresas del lunes empezaron temprano...
Luigi, el dueño de la empresa, me estaba esperando en la línea, y ya tenía idea de lo que me iba a decir.
—¿Cómo van las cosas, Luiza?
—Todo en orden.
—¿Victor Hugo ha hecho alguna más?
Si hay algo que me irrita es pasarle este tipo de información a Luigi.
No para quieto por la ciudad, y el error es suyo. Nunca he tenido que vigilar a nadie, y eso me está incomodando.
—Luigi... no tengo forma de supervisar el trabajo de mi jefe. En realidad es él quien hace eso.
—No te he pedido que hagas eso. Quiero saber sobre su comportamiento en la empresa, si va a trabajar con resaca, llega tarde o se va antes, cosas así.
—Por lo que sé, que él salga antes de la empresa dos días a la semana fue acordado contigo.
—Por desgracia, sí. Fue una petición suya. Nunca he visto un CEO tan perezoso, ¿para qué quiere salir antes? ¿Para seguir sin hacer nada? —murmuró, con la voz ligeramente alterada.
—Tú le concediste esa gracia. Lo que él hace después de su horario laboral no es asunto nuestro, la vida es suya y no tenemos nada que ver con eso.
Cuando me di cuenta ya había dicho esta frase, y ni siquiera sé por qué.
Yo, Luiza Goulart, defender a Victor Hugo no es normal. Así que mis palabras fueron sorprendentes hasta para mí, sobre todo sabiendo cómo es su rutina dentro de la empresa.
—Lo dudo mucho. Siempre lo han tildado de perezoso.
—Bueno, fuiste tú quien despidió a Natanael, él venía haciendo un buen trabajo, y...
Dejé de hablar al recordar lo que me habían contado en confianza.
Elogiar a un hombre que pudo haber hecho lo que Victor Hugo me contó no es algo de lo que me enorgullezca. Podrá ser el buen profesional que sea, pero todo eso se cae si hizo lo que oí.
—Fue necesario, Luiza. No tuve otra opción.
—¿Y puedes contarme lo que pasó?
La línea se quedó muda durante unos segundos, y claramente se echó atrás.
—Es un asunto delicado y confidencial, pero involucra acoso a una persona menor de edad, entre otras cosas. Es lo que puedo decir.
Entonces Victor Hugo tenía razón.
Por la forma en que se puso nervioso, así como por la manera en que dijo las palabras aquel día, ni siquiera necesitaba hacer esta pregunta.
—Entiendo.
—Sé que estabas cerca de él, porque Natanael te enseñó muchas cosas, pero ya pasó. Se fue y no volverá. Por más que Victor Hugo tenga todos los defectos del mundo, aun así es un CEO por encima de la media, y espero que te enseñe las cosas hasta...
De nuevo cortó la frase, y eso me preocupó.
—¿Hasta qué?
—¡ ¡Hasta que lo eche todo a perder!
Su última frase me preocupó en cierto modo.
No es que no me esperara tal comportamiento de mi actual jefe, pero la forma en que Luigi expresó su opinión fue... no sé, distinta. Parecía estar seguro de que Victor Hugo haría alguna.
—En fin, también llamé para avisar de que aún no tengo fecha de regreso. Estoy intentando cerrar algunos contratos en el extranjero, y preferí ocuparme yo mismo. Pronto te daré más información.
—Está bien.
Después de que colgara, me quedé pensando durante unos minutos en lo que habíamos hablado.
¿O no quiero creerlo?
Me levanté y fui a buscarlo. Tenía que hacer algo.
Cuando lo vi en su despacho, noté que estaba divagando, tardó un rato en darse cuenta realmente de que yo estaba allí.
—He pasado por aquí para confirmar que todo está bien, los papeles realmente los tenían desde el viernes.
—Sí, como te dije —esbozó una pequeña sonrisa, pero distinta a su sarcasmo habitual.
—Entonces, también te debo una disculpa por no haber prestado atención a algo tan importante, porque firmé sin tu revisión.
—No te preocupes. Hasta lo encontré mejor y confío en tu trabajo.
Esa frase sí que me pilló por sorpresa. No suele elogiar a la gente, al menos no recuerdo un gesto así.
—No hace falta que me digas que confías en mi trabajo, eso lo sé, porque prácticamente hago el mío y el tuyo, ¿no ? —Crucé los brazos y sonreí, y al momento Victor Hugo hizo lo mismo.
Confieso que me gusta provocarlo un poco, y por más que la mayor parte del tiempo estemos peleando, no consigo odiarlo, ¿sabes? Creo que es sarcástico y payaso por naturaleza, y no pretendo ni quiero cambiar nada de él. Es decir...
—Justo. Y, ya que estamos en paz, espero que sigas siendo mi oyente cuando cante alguna canción. Puedo estar bastante inspirado uno de estos días.
—Lo pensaré —le guiñé un ojo y enseguida me fui.
Victor Hugo tiene el don de desestabilizarme, y realmente tengo que centrarme en mi trabajo, sobre todo hoy...
Tuve una de las mejores semanas que puedo recordar en GCR .
Adelanté todo mi trabajo, no tuve problemas con Victor Hugo y, de paso, resolví algunos asuntos personales que me estaban incomodando.
Al pasar por el comedor, oí algunos murmullos y en todos ellos estaba el nombre de mi jefe. Confieso que me puse más atenta para oír qué había hecho esta vez.
—¿Te has enterado de la novedad? —Gisele, una de las mujeres con las que más hablaba en la empresa, llegó directa, y como no soy tonta, empecé a darle cuerda.
—No. Pero sé que tiene que ver con Victor Hugo y estoy extremadamente curiosa. ¡Suéltalo!
—¡ ¡Está hoy todo contento ! —arqueó las cejas y volvió a tomar su café.
—¿En serio? —puse mala cara—. ¿Esa es la noticia?
—Más o menos. ¿Lo has visto alguna vez contento y saludando a la gente aquí dentro?
—No. Pero esperaba algo más... chocante , ¿sabes? He visto a algunas chicas hablando de un equipo o algo así, y hasta estaban maravilladas.
— Ah , es verdad. Tiene que ser la guitarra que ha traído.
— Espeeera . ¿Qué has dicho?
Eso sí que me sorprendió, hasta me hizo perder el hilo.
En serio, amiga. Y algunas personas juran y perjuran que además estaba canturreando hasta llegar a su despacho. Por eso este murmullo, porque además de ser bordo con la gente y no dar ni los buenos días, el tío llega de la nada cantando a la empresa y hablando con todos. Si eso no te parece raro...
—Estoy de acuerdo. Pero pasemos un poco; ya estamos a fin de semana. Debe estar animado, no sé.
Ni hace falta mencionar que Gisele me miró con desdén sacudiendo la cabeza, sin estar de acuerdo con lo que dije.
— Ya ... ¡No sé con qué animado! La felicidad de este tío es irritarnos, amiga.
—En eso estoy de acuerdo.
Después de salir del comedor, recogí unos papeles y se los llevé a la víbora de Recursos Humanos. Enseguida pasé por el despacho de mi guapo jefe sin ningún motivo. Quería ver la guitarra. O verlo a él, da igual. Lo que importa es mi curiosidad, ya que estuve ajena a estos acontecimientos.
No hice ceremonia, y entré directamente; lo vi con los pies sobre la mesa (qué novedad), y sus manos en la famosa guitarra .
Ni siquiera me hizo caso, solo me miró cuando di unos golpecitos en su mesa, llamando su atención.
—Hola, preciosa . ¿Cómo estás?
Hasta su voz al saludarme estaba diferente. Debido a mi doctorado en psicología, puedo afirmar que es bipolar.
Sonreí pensando que una loca como yo ni siquiera había considerado estudiar psicología, pero suelo imaginar que ese doctorado existe en mi vida.
—Estoy bien —dije, dirigiendo la atención al instrumento que tenía en las manos—. Entonces, ¿es verdad que has traído una guitarra a la empresa? Estoy impactada.
—Sí. Yo soy quien manda aquí, ¿lo olvidaste?
—Lo sé, lo que quiero saber es el porqué.
—O la he traído para cantarte una canción o solo para tenerla de adorno. ¿Qué te parece? —preguntó y nos quedamos mirándonos durante un rato sin decir nada, pero acto seguido empezamos a reír casi al mismo tiempo.
—No voy a volver a entrar en tu despacho, te lo dejo claro.