Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

«Es agradable que te sorprendan en el trabajo...»

LUIZA GOULART

Mi vida en la empresa está cambiando poco a poco...

En los días que siguieron, Victor Hugo no me tocó las narices, y me pareció extraño. En algunas ocasiones hasta me trataba como si yo fuera de verdad una amiga, hablando de cosas triviales e incluso haciendo bromitas sobre otros temas.

Lo que no cambió —y difícilmente cambiaría— fueron sus constantes piropos dirigidos a mí.

Para acabar con el sufrimiento, me dirigí a su despacho con el dichoso documento en las manos. Al ver su puerta abierta, entré.

—Victor Hugo, tenemos que hablar sobre este...

—Y en esta locuuuura... —me interrumpió, hablando alto.

—¿Cómo?

—De decir que no te quiero, voy negando las apariencias, disimulando las evideeeencias...

¡Madre mía!

No estaba cantando, estaba gritando con una grapadora en las manos simulando ser un micrófono. Pero no todo está perdido, su voz hasta es bonita.

—¡Para de hacer el ridículo, por favor! —miré a los lados y cerré la puerta, esperando que esta vergüenza no la viera mucha gente.

—Pero para qué vivir fingiendo, si no puedo engañar a mi corazóoooon...

Se acercó más a mí y cerré los ojos, muriéndome por dentro...

—¡¡Victor Hugo!

—¡¡Sé que te quieerooo!

Dios mío, ¿cuánto tiempo hacía que no sentía tanta vergüenza? Ni lo sé, esa palabra no existía en mi diccionario... ¡hasta ahora!

Por lo visto se ha llevado la canción Evidências —de Chitãozinho tú solo tienes que entenderlo.

—Sí, por eso soy el CEO, y tú estás por debajo de mí en la cadena jerárquica. Tú haces el trabajo bruto y yo lo voy puliendo.

¡Y sigue siendo un capullo!

—Y, antes de que me insultes, si es que ya no lo has hecho mentalmente, no te estoy menospreciando. Siempre hay alguien por encima de otra persona.

—¿Tipo Luigi encima de ti? —pregunté con malicia.

—Justamente.

Después de que respondiera eso, le cambió la cara, y creo que pilló el doble sentido.

—Anda... me ha gustado tu visión amplia sobre esto —provoqué.

—Esa respuesta no ha quedado nada bien —suspiró.

—Para nada. Pero confieso que hasta me imaginé una escena, y mira... ¡quedó excelente!

—¡Qué asco! —puso mala cara, sentándose—. Sal de mi despacho y deja de decir tonterías —dijo, pero los labios se le curvaron con una pequeña sonrisa.

—Me voy, pero antes de irme paso aquí a recoger los documentos terminados.

—Buena suerte...

—¿Qué has dicho?

—Nada. Vuelve al trabajo y deja de traumatizarme.

Durante unos minutos estuve girando en mi silla mientras apretaba el bolígrafo frenéticamente pensando en algo que me dijo Victor Hugo.

A veces Renata me toma el pelo diciendo que me falta inteligencia, y ahora prestando más atención a las cosas, creo que me la han colado en la cuestión de la pintura en la cara del adefesio .

No es la primera vez que observo lo mismo, y a no ser que sea muy idiota —cosa que no puedo descartar bajo ningún concepto—, es complicado creer que se durmió en más de un banco de plaza pintado el día anterior.

Aquí hay gato encerrado...

Además, el tatuaje en su pecho marcando una fecha específica me dejó curiosa. Hay varias cosas intrigantes y raras relacionadas con mi jefe, y estúpidas también, claro.

Lo cierto es que tengo que recoger mi documento, y lo voy a hacer ahora.

Después de entrar en su despacho, me quedé admirándolo un rato. Intimidarlo no serviría... preguntarle tampoco... chantaje... quizá, pero no haría eso.

—¿ Estás encontrándome guapo o qué?

—¿Por qué no dejas de marearme y me dices qué pasa con esa pintura?

—¿Otra vez con esa historia?

—No me voy a tragar tu cuento del banco de la plaza.

—¿No tienes que trabajar? —preguntó ignorando mi pregunta.

—Sí, pero no olvides que ahora somos amigos y me he quedado curiosa. ¡A una mujer como yo no se la deja así! —fingí descontento con ligeros tintes de tristeza al cruzar los brazos.

—La verdad es que sigue sin ser asunto tuyo. Tú me ignoraste cuando te canté evidências . Así que... no tenemos de qué hablar.

Me reí y él hizo lo mismo.

—Victor Hugo...

—¡Vamos! ¡Vete! Esto no es nada. Ocupa tu cabeza con asuntos más importantes.

Por lo visto no voy a sacarle ninguna información al hombre.

¡Joder!

Odio quedarme con la curiosidad y no descubrir el origen de mis teorías.

—Está bien, has ganado, ¿pero dónde está el informe terminado que te dejé en la mesa?

—¡ ¡No lo he hecho!

Solté un suspiro bien largo. Dios claramente me está poniendo a prueba en pleno viernes.

—A ver...

—Antes de empezar el sermón innecesario, mira tu reloj, ahora son las tres de la tarde y te quedas en la empresa hasta las seis y media. Tenemos tiempo. Pásate aquí a las seis y todo el mundo se irá feliz.

—Pero...

— No hay pero que valga . Un beso, preciosa . ¡Lárgate de mi vista!

Ante su mala voluntad, volví a mi despacho y adelanté el trabajo de la semana siguiente.

—¿Qué pasa, amiga? —preguntó Estela al ver el nerviosismo en mi cara.

Soy una mujer bastante transparente cuando estoy estresada o irritada.

Hasta demasiado para mi gusto. Cuando algo me mosquea —como dice mi abuela—, no pongo una sonrisita falsa, y cuando la situación se me escapa de las manos, como es el caso —ya que estoy con las manos atadas esperando que el adefesio haga su parte— se me destaca el semblante rabioso.

—Solo Victor Hugo procrastinando. Como siempre —bufé.

—No le cae bien a nadie, ¿no? Y hablo de toda la gente, de todos los departamentos. Siempre retrasa documentos, ningún departamento se salva, y Recursos Humanos básicamente ¡nos hace tragarnos los marrones!

Empecé a reír desenfrenadamente con su frase. Al menos eso fue algo bueno para quitar la seriedad del ambiente.

—Tenemos que calmarnos —apunté—. Como diría un sabio filósofo: ¡todo va a salir bien!

Maté un poco más el tiempo con los pendientes de la semana siguiente, y cuando miré el reloj, vi que ya pasaba de las seis.

Me levanté de la silla y fui a encontrar al adefesio , pero adivinad qué: su despacho estaba cerrado, y después de que Morgana —su secretaria— viera mi incredulidad al ver esa escena, dijo: —Se ha ido antes. A las tres y media.

—¡ ¡Joder ! ¡Vaya novedad! —vociferé—. ¿Te ha dejado algún documento? —pregunté con la esperanza de tener una respuesta positiva y de que no estuviera todo perdido, pero...

—No.

Me di la vuelta y salí pisando fuerte.

¿Qué clase de idiota contrata a un CEO de esa calaña, totalmente irresponsable, para dirigir una reconocida agencia de turismo?

Como decía alguien que no recuerdo bien : el lunes es el peor día de la semana, y el mío estaba superando las expectativas.

Además de no relajarme el sábado y el domingo por la preocupación por el único informe que tenía que entregar, encima estoy siendo presionada por Marlene, la víbora de Recursos Humanos.

—Sabes muy bien que trabajo con plazos, Luiza. Y el tuyo ha vencido. De todas las personas, eres la única que no me ha entregado los documentos hasta ahora, y me sigues mareando.

—Ya te dije que se los dejé a Victor Hugo.

—Sencillo: pues ve a recogerlos y entrégamelos. Necesito eso inmediatamente.

¡Infierno en la Tierra!

Ni me molesté en responder, y cuando me di cuenta estaba en el despacho del perezoso, que al verme esbozó su sonrisa de costumbre. Pero hoy no estaba para bromas.

—¡Me engañaste la semana pasada! Te fuiste antes y no hiciste nada respecto al informe.