Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

No lo digo solo por los músculos torneados; vi la inmensidad de tatuajes que tenía en el cuerpo, y aquello me removió de algún modo.

De refilón me fijé en un tatuaje nada convencional.

10/05/1992...

¿Por qué iba alguien a tatuarse una fecha en el tórax? Decidí pasarlo por alto; ese no era el tema aquí.

Después de que intentara quitarse el pantalón, se desplomó sobre la cama, sin conseguir desnudarse. Yo podría perfectamente ayudarlo, pero, solo con verle el torso ya me había encendido; no quiero ni imaginar qué pasaría si lo viera prácticamente desnudo.

¡Esto está mal, y él está borracho, para empeorarlo!

Sí, muy mal.

Después de casi un minuto consiguió quitarse el pantalón y los zapatos.

Victor Hugo miraba a la nada, y cuando me veía me lanzaba besos o me guiñaba el ojo. Estaba gracioso, lo confieso.

No tengo la culpa de que reírse de la desgracia ajena sea placentero, pero afirmo que la culpa no es mía; fue él quien se metió en esta situación.

—Creo que ya puedes irte, mañana trabajas. —Se estiró en la cama, y por lo visto se apagaría en pocos instantes.

—¡No me voy! Solo cuando entres en la ducha.

— Preciosa ... no te preocupes por mí —dijo con cierta dificultad.

—Cariño, estoy preocupada por mí y por lo que tu borrachera pueda hacer mañana a la empresa, así que... ¡rápido, a la ducha! —ordené.

Ante la falta de respuesta durante unos segundos decidí acercarme más, y cuando me di cuenta, estaba... roncando .

Estoy pagando mis pecados, definitivamente es eso.

Le di dos cachetitos suaves en la cara, con la esperanza de que despertara, pero no surtió efecto. El problema es que de nuevo me traicionaron los ojos...

—¡ Despierta ! —grité cerca de su oído y se asustó.

—Luiza...

—La misma.

—Ya te he dicho que...

—¿Que soy guapa? Sí, ¡y lo sé! Ahora la maravillosa que tienes aquí va a meterte en la ducha. ¡Vamos, ahora!

Con mucho esfuerzo se levantó; después de la dificultad locomotora del señor Aguardiente, llegamos al baño. Hasta empujar a un hombre de ese tamaño es complicado.

—¿Puedes... ayudarme con la prenda que falta? —preguntó y una sonrisita maliciosa se le formó en los labios.

—No, no puedo. —Abrí la ducha y me aseguré de programarla para que saliera el agua lo más fría posible.

Al salir de la mampara , le hice paso, y él hizo un puchero, mirándome triste.

—¡ ¡Eres mala!

Salí del baño, pero me quedé analizándolo unos segundos. Por lo visto no le gusta el agua fría...

—¡Mierda! Odio el agua fría.

Sonreí. Tenía razón.

De reojo lo miré de nuevo, entonces me di cuenta de que se había quitado los calzoncillos y...

Pero igualmente un capullo, imbécil y problemático.

—Buenas noches. —Pasé por el baño y vi que estaba sentado mientras el agua le caía sobre la cabeza.

Por lo visto se apagó otra vez, porque no dijo ni una palabra más.

Después de llegar a casa pensé un poco en lo que acababa de ocurrir y empecé a soltar carcajadas sin más. Sí, soy un poco loca y a veces tengo de estas.

Debería en realidad estar llorando, ya que esta presentación de mañana va a ser la tapa del ataúd de mi querido jefe, pero ¿quién soy yo para juzgar o desearle el mal a la gente?

Él se está cavando su propia tumba; yo solo voy a estar ahí, viéndolo desde el palco.

.. ¡con palomitas en las manos! ¡Porque soy de esas!

No he dormido nada.

Creo que reírme de la desgracia de los demás solo me ha dejado más preocupada; ahora tengo que confesar que mis expectativas para el día eran las peores posibles, y probablemente el adefesio no aparecería en la reunión. Y ese no sería el mayor problema, ya que ni siquiera sabía el orden del día.

9:30 h.

¡Estupendo!

Tomé una decisión: yo misma presentaría lo que se le había delegado a él. Al menos yo tengo compromiso con el trabajo.

Cuando fui a mi despacho me crucé con la persona más inesperada posible.

¡No me lo puedo creer!

—Buenos días, preciosa.

Al analizar su expresión, vi que ni siquiera parecía estar con resaca, ya que tenía la cara visiblemente bien, e incluso los ojos serenos, como si no hubiera pasado nada.

—Victor Hugo, tú...

—Acompáñame —me interrumpió y giró sobre sus talones. Hice lo que dijo y enseguida estábamos en su despacho.

—Después de que entráramos en su despacho, decidí adelantarme: —Yo haré la presentación hoy. No has tenido tiempo de mirar la carpeta, y sé que...

—Yo lo haré. Entrégame la carpeta. ¡Ahora !

Tenía la cara extraña, y esta es una de las pocas veces que noto decisión en su rostro. Por lo visto no está jugando.

—Me parece mejor...

—No te pagan por pensar, Luiza. Estoy esperando, tenemos treinta minutos hasta que empiece la reunión.

—¡ Vaya ! ¿Justo ahora se te ha ocurrido preocuparte? Llevo una semana hablando de esto.

Victor Hugo entornó los ojos, y parecía diseccionarme el alma. Aún no sé el porqué de ese gesto, pero hay algo muy raro ahí.

—Me equivoqué y lo fui aplazando. En el fondo tienes razón.

—¿En serio?

No es normal que Victor Hugo admita sus errores, todo lo contrario. La convivencia me ha demostrado que la cagará constantemente, pero en todas las ocasiones jurará que tiene la razón en todo.

—Sí. Por lo visto duraré en la empresa menos de lo que pensé —esbozó una sonrisa por primera vez, y asentí con la cabeza.

—Es bastante probable.

—Bueno... lo que me queda es intentar memorizar una cosa u otra.

—Es mejor que presente yo —dije de nuevo.

—No. Quieren ver al CEO presentando, y por muy irresponsable que sea, eso es lo que van a tener.

Definitivamente está raro.

—Por desgracia no vas a conseguirlo, pero ha estado bien trabajar contigo —me mofé, y al momento su expresión se volvió graciosa.

—Sabes... estás muy segura de que no voy a conseguirlo. —Cruzó los brazos, analizándome de arriba abajo.

—Voy a ser muy sincera: sé que estás considerado uno de los mejores CEO de Brasil, e incluso Daniel Falcão te elogia cuando hablamos, pero.

.. —hice una pequeña pausa—. No sabes absolutamente nada de lo que hay que tratar en esta reunión.

Esa carpeta la he tenido yo todo el rato, y tú no has tenido acceso a ninguna información, porque insististe en que la guardara yo.

—Cierto. —Caminó por la sala, mirando al techo y visiblemente preocupado—. ¿Qué tal una apuesta?

—¿ Apuesta ? —pregunté, sin entender adónde quería llegar.

—Sí. Hagamos las cosas más divertidas. Si consigo presentar todo y responder todas las preguntas me deberás un favor; de lo contrario... yo hago lo que tú quieras.

Sonreí.

Acto seguido miré el reloj.

9:40 h.

—Me estás diciendo que en veinte minutos vas a... yo qué sé, intentar entender lo que a mí me llevó meses hacer.

—Sí —sonrió con gracia—. Si no lo consigo y, aun así, sigo en el puesto, te prometo que no volveré a tocarte las narices y te dejaré trabajar tranquila. Ahora, si lo consigo...

—¡ ¡No vas a conseguirlo ! —enfaticé—. Hay mucha información que desconoces ahí.

—Entonces, ¿qué tienes que perder?

Pensé durante unos segundos, y realmente no entendí el porqué de tanta confianza. Incluso pensé que podría haber tenido acceso a la carpeta, pero era imposible. No la dejaba en el trabajo, ya que tuve que hacer algunas investigaciones y recoger datos en mi propia casa este último mes.

—¡Acepto!

—Bien. Espero que sepas lo que estás haciendo, porque serás tú quien me deba una, y harás lo que te pida.

—Esa es mi menor preocupación.

—¡Excelente! Coge la carpeta y tráemela.

—Con gusto.

Salí de su despacho y enseguida cogí el documento. Le eché un vistazo, y aquella cantidad de información...

Por lo visto será en vivo esta vergüenza, y no sé si me siento bien o muy bien por eso.

Después de entrar en su despacho, le entregué la carpeta.

—Buena suerte.

—Voy a estudiarlo ahora. Espérame, por favor.

Decidí quedarme de pie, y al momento empezó a hojear las páginas, deteniéndose como máximo tres segundos en cada una. Tengo la absoluta certeza de que la lectura rápida no va a ayudar en este caso, pero si tanto confía en su propio juego...

Cinco minutos...

Ese fue el tiempo que tardó en «leer» todo el documento. A continuación me entregó la carpeta y dijo: —Son casi las diez, mejor vamos a la reunión, no quiero hacer esperar a nadie.

Estoy realmente sin palabras...

No podía creer lo que mis ojos contemplaron en las dos horas que siguieron.

Victor Hugo no solo presentó como un veterano, sino que también respondió a todas las preguntas que le dirigieron. Como si eso no fuera suficiente, fue más allá, profundizando en temas que ni siquiera yo conocía.

Este conjunto de factores me dejó realmente impactada, y a cada segundo que transcurría intentaba pensar en CÓMO lo había logrado sin saber nada sobre el tema.

Incluso pensé durante unos minutos que alguien de mi equipo podía haberle confiado el asunto, pero ni siquiera las personas que trabajaban para mí tenían acceso total a esa información.

—Pues eso es todo. Gracias por venir y quedaros hasta el final —dijo por fin y un sinfín de aplausos llenaron la sala.

Yo estaba en la primera fila, atenta, por si no conseguía desarrollar los temas, y cuando pasó por mi lado, enseguida puso mala cara, diciendo a continuación: —¡A mi despacho! ¡Ahora!

Aún estaba impactada con lo que había presenciado. Esto no es normal. Presentó como si lo supiera todo de memoria, y...

No sé qué decir, ni qué pensar. Por desgracia no tengo justificaciones para lo que he presenciado.

—¿Cómo?

Esa fue la única cosa que conseguí preguntar después de llegar a su despacho y cerrar la puerta.

—Si te lo contara, tendría que matarte. —Una sonrisita burlona se reflejó en su cara, cuando pasó por mi lado, sentándose enseguida y empezando a hacer girar un bolígrafo entre los dedos, dejándome más impaciente.

—Victor Hugo... no me provoques.

Su expresión estaba graciosa, y un aire de victoria estampado en su cara era bien visible.

—Tengo memoria fotográfica —dijo por fin, y enseguida abrí mucho los ojos—. Tres segundos me bastan mirando algo escrito, y memorizo el cien por cien, sea lo que sea.

—Eso... ¡es hacer trampa!

—Sí, puede considerarse así. Pero... preciosa, has perdido la apuesta, hiciera trampa o no.

Bien que Daniel me advirtió que Victor Hugo utiliza a las personas, e incluso puede manipularlas, y yo caí en una de sus artimañas.

¡Mierda!

—¿Y qué quieres de mí?

En mi cabeza tenía una idea de lo que deseaba. A pesar de todo, tengo que cumplir mi palabra independientemente de lo que diga.

—No te preocupes. No es lo que estás pensando. —Adoptó una postura seria, y no entendí nada.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Tengo una idea, pero eso será más adelante, y no necesitaré una apuesta para tenerte en mi cama; lo que deseo ahora es distinto. Quiero verte en acción y observarte —se mordió el labio inferior.

—¿Qué tramas? —pregunté con cuidado.

—Tú y yo vamos a ir a un club. ¡Hoy!

—Espera... ¿esto va en serio?

—Sí. He ganado, Luiza, así que me debes un deseo, y será este. ¿Cuál es el problema?

No me contuve y empecé a reír de forma descontrolada, y ese gesto incomodó bastante a mi jefe.

Pobre, realmente no me conoce.

—No le veo la gracia —frunció el ceño.

—Pensé que tendría una petición a la altura de Victor Hugo Avelar, pero si vas a contentarte con verme liándome con otro hombre delante de ti, no puedo decir nada.

—Y tú verás lo mismo —rebatió.

—Sí, pero la diferencia es que a mí no me importa —suspiré profundamente—. Si ese es tu deseo, por mí está bien.

—¿En serio?

No respondí a su pregunta, solo me acerqué un poco más al hombre y le coloqué bien la corbata.

—¡No me conoces de verdad! Esta petición para mí no es nada. Voy a disfrutar y tú vas a quedarte deseándome al mismo tiempo, así que si pensaste que ibas a ponerme contra la pared... ¡te equivocaste!