Mi pesadilla con traje (CEOs Irresistibles 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LUIZA GOULART

Mi cama se ha quedado pequeña para todo el sueño que se ha apoderado de mí.

¡Despertarse ciertos días es un martirio!

No es que quiera morirme, quede claro.

¡Perdón, Dios!

Hice mi higiene personal y me quedé admirándome en el espejo.

—¡ Soy la mujer más guapa del planeta ! —dije, y el espejo no me contradijo, así que ambos estuvimos de acuerdo. ¡Ay de él si no hubiera tenido la misma opinión que yo.

A pesar de tener una casa pequeña, con solo tres estancias, la encuentro ideal para una mujer soltera. Por lo general mis fiestecitas son en mi habitación. Ni siquiera me complico mucho con eso; cuando me apetece desfogarme, lo hago hasta en la calle. Las personas más cercanas lo saben...

Después de arreglarme y quedar más guapa de lo que ya soy , no perdí tiempo y me fui a trabajar. No porque a mi jefe le guste llegar tarde voy a hacer lo mismo. Y hablando de él...

Con cada día que pasa estoy más preocupada.

Victor Hugo me ignora día tras día, y todas las veces que le llevo el documento que tiene que estudiar me rechaza de algún modo. Estoy segura de que no conseguirá entenderlo todo a tiempo antes de la presentación, y de algún modo eso me caerá a mí.

La presentación es mañana y ni siquiera ha tocado los documentos. Pero aquí estoy de nuevo en su despacho, insistiendo para que me escuche.

—La presentación es mañana —recalqué, pero ni siquiera quitó los pies de la mesa.

—¿Y qué, preciosa? Pareces una grabadora hablando: « la presentación es tal día, tienes que estudiar, tienes que leer, tienes que bla bla bla » —dijo imitando mi voz y divirtiéndose.

¡Este desgraciado me está poniendo a prueba, no tiene lógica!

¿Cómo consigue irritarme tanto? Ni siquiera Daniel Falcão me dejaba tan cabreada con sus peticiones imposibles.

—Te lo voy a decir por última vez —respiré hondo, irritada—. Tienes que leer esto hasta mañana, de lo contrario...

—¿De lo contrario qué? —me interrumpió, y noté cierta rudeza en sus palabras.

—No vas a conseguir presentar. Así de simple.

—¿Sabes lo que voy a hacer hoy cuando llegue a casa?

—No, y ni...

—¡Voy a beber! ¡Mucho! ¡Bastante!

—Creo que deberías...

—Ocuparte de tu vida —me interrumpió—. Haz tu trabajo y yo hago el mío.

—Victor...

—¿ ¿He sido claro? —recalcó, elevando la voz.

—¿Te ha comido la lengua el gato o qué? —me preguntó Renata y enseguida volví la atención a ella.

—¡Perdona! Estaba en las nubes.

—Me di cuenta.

Hoy es jueves y necesitaba beber.

He llamado a Renata para contarle algunas novedades, pero al final no he dicho nada de nada. Estoy bastante preocupada por el desarrollo de la reunión de mañana, y como Victor Hugo no cogió los documentos de mis manos, presiento que va a ocurrir un desastre.

—¡Suéltalo ya! ¿Voy a tener que darte unos cachetes? —dijo Renata y enseguida sonreí.

—Cosas del trabajo. Mi querido jefe me está poniendo a prueba y haciéndome rabietas.

—Creo que deberíamos ponerle un mote bien cariñoso —movió la cabeza hacia arriba, pensando en algo.

—¿Qué tal demonio ?

—No... necesitamos algo más específico, que ejemplifique lo que es en la empresa.

Durante unos minutos me permití reflexionar al respecto, pero enseguida desistí.

Nunca se me ha dado bien ponerle motes a la gente, y no será ahora cuando vaya a pasar.

—Ya lo tengo... —Le brillaron los ojos—. ¡ Adefesio !

Miré durante unos segundos su carita angelical y rompí a reír.

No sé si ya estaba bajo el efecto de las varias cervezas que me había tomado, pero el mote me gustó de verdad.

—¡ ¡Eres un genio del mal !

—Ya lo sé. Y tienes suerte de tenerme como amiga.

—De eso no tengo duda. —Levanté el vaso y brindamos por eso.

Estuvimos hablando casi una hora, y cuando miré el reloj vi que ya pasaba de las diez.

Por hoy es suficiente. Mañana tengo que estar preparada para cualquier situación que el adefesio monte. Por poco que lo conozca, no me extrañaría nada que le pase esta presentación a alguien, y tal como estamos, podría ser yo la elegida.

—Te voy a llevar a casa, muñequita mía .

Ni hace falta decir que puso mala cara al instante, y esa era la intención. Provocar a Renata era la octava maravilla del mundo , y eso lo consigo hacer con maestría. Aun así nos queremos, y ella ya no vive sin mí, ya que debo de ser su amiga más malhablada, y eso es una cualidad única.

Después de pagar la cuenta, fuimos hacia mi coche, y fue entonces cuando vi al demonio en persona.

Victor Hugo Avelar...

—¿Qué ha pasado? Parece que has visto un fantasma —dijo Renata, y al momento la miré llevándome una mano a la frente, preocupada.

—Aquel de allí es mi jefe.

—¿ Dónde ?

Señalé el lugar donde estaba, e incluso Renata se quedó sorprendida.

—No puede ser verdad...

—Pues lo es...

Victor Hugo estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, y en la mano derecha sostenía un Johnnie Walker Odyssey , uno de los whiskies más caros que he probado.

Parecía estar durmiendo, ya que los ojos ni se le movían.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

—¡ ¡Yo qué sé!

Recordé al instante la reunión del día siguiente, y si antes tenía dudas de que no consiguiera estudiarlo todo, ahora tengo absoluta certeza.

—Amiga... —dijo, analizándome—. Tu jefe puede ser la peor persona del mundo, pero necesita ayuda, sobre todo sabiendo lo de la reunión de mañana y con tu puesto en riesgo. Averigua dónde vive y... yo qué sé, haz que se vaya a casa. Yo pido un Uber y me las apaño.

—¿Desde cuándo eres tan buenecita?

Pensé durante unos segundos en las palabras de Renata, y vi que tenía toda la razón.

Victor Hugo es una incógnita, y un hombre que puede joderme de un montón de maneras, pero se equivoca él si cree que no voy a luchar por mi trabajo. Voy a ayudarlo esta vez, pero me va a deber una...

¡Puedes estar seguro, adefesio!

CAPÍTULO 7

«Lidiar con personas ligeramente borrachas es agotador... pero igual de gracioso.»

LUIZA GOULART

No quería perder el tiempo, así que me dirigí con grandes zancadas hacia mi jefe, que al verme pareció despertar, lanzándome una sonrisita satisfecha y burlona; acto seguido, cerró momentáneamente los ojos antes de volverse de nuevo hacia mí.

—Luiza... mi angelito de la guarda.

—¡Ahórratelo! ¿Dónde vives? —pregunté con impaciencia.

—Nos conocemos desde hace poco y ya quieres conocer mi humilde residencia... —intentó levantarse y se cayó.

Qué idiota...

—¡No estoy de broma, Victor Hugo! —dije más alto, pero no respondió, ni siquiera se movió.

—Tranquila... estoy acostumbrado.

—¿Acostumbrado a qué exactamente? —Crucé los brazos, intentando ver al menos una pizca de vergüenza en su cara, pero no fue eso lo que vi. Además, ignoró mi pregunta.

—No es nada —refunfuñó y al momento se palpó los bolsillos durante unos segundos; a continuación empezó a soltar carcajadas.

—¿Y tu cartera? —pregunté, ya que supuse que era lo que buscaba.

—Acabo de acordarme, se la di a un mendigo —se rio burlón y al momento me llevé la mano derecha a la cara, perpleja.

—¿Cuál es tu problema? ¿Dónde fue eso?

— Ni sé , hace taaaantos días.

Cerré los ojos, sin creerme lo que estaba a punto de hacer.

—Voy a ayudarte a levantarte.

Me acerqué más a él, y a duras penas lo levanté, haciendo que se apoyara en el muro más cercano.

—¿Dónde está tu coche?

—¿ Qué ?

Lo dije cerca de su cara y la nariz pudo notar lo borracho que estaba.

—¡Coche! —repetí impaciente—. Eso que tiene cuatro ruedas y un motor, que normalmente conducimos.

No dijo nada durante unos segundos, pero cuando decidió abrir la boca...

—¿Ya te he dicho que eres guapísima?

—Lo sé, cariño. No hace falta que me lo digas.

—Cuando estás nerviosa te pones más buenísima aún —hizo un puchero y se tambaleó, cerrando momentáneamente los ojos.

—¡No sé si te dejo aquí o llamo al camión de la basura para que se te lleve! Pero voy a hacer mi buena acción del siglo y voy a ayudarte.

—A nadie le importo, no finjas que tú eres diferente.

Por primera vez el tono de su voz no parecía el de un borracho; aun así, no me miraba a los ojos.

—Pero a mí me importan las personas que necesitan ayuda, y por desgracia tú eres mi jefe, para empeorar aún más la situación.

Vi al hombre encogerse de hombros.

—¡ Me la suda!

No sé tratar con personas que se llenan el culo de aguardiente , y para colmo soy de mecha corta.

—Mi coche es aquel —señaló un Maserati blanco al final de la calle.

Creo que es un Quattroporte mirándolo de lejos.

Sí, me gustan los coches, y para algunas cosas parezco hombre, lo confieso.

—Vivo en la avenida Rio Branco, número 6320. ¿Satisfecha, preciosa ?

Por suerte su casa quedaba cerca de aquí.

—Pues grábate bien dónde está tu coche, porque mañana eres tú quien va a tener que apañártelas y venir a buscarlo. Yo te voy a llevar a tu casa, y será en mi humilde automóvil, y hay otra cosita... —me acerqué más a él con el índice en alto—. ¡Si vomitas en mi coche, te castro!

—Vaya... qué agresiva —dijo y al momento hipó cayendo en una carcajada.

—Todavía no sabes lo agresiva que puedo ser...

No tardé en llegar a su casa.

A diferencia de lo que pensé, no es un lugar grande, muy al contrario, es una residencia sencilla, y no me imaginaba que sería así.

Como excelente matemática que soy, creo que esto debe de tener unos cien m2, vi dos habitaciones, salón y una cocina de tamaño medio sin demasiados lujos... por cierto, la cocina no parece la de alguien que viva solo, porque no había ningún cacharro sucio, y el suelo...

¡Qué suelo impecable!

O esta casa pasa por una limpieza todos los días, o él es organizado, y dudo mucho de la segunda hipótesis, porque estamos hablando de Victor Hugo Avelar, el procrastinador.

Analizando a esta persona realmente pensé que le gustaría algo más... cómo lo digo... extravagante , con un montón de estancias, cocinera, asistenta. En fin, por lo visto me equivoqué.

—Vete a darte una ducha —apunté después de localizar la puerta de su baño.

— Vale , mamá...

Victor Hugo se quitó la camisa con cierta dificultad, y me permití analizarle el pecho durante unos segundos, y qué pecho ...