CAPÍTULO 3
«La familia es nuestro pilar en todo...»
VICTOR HUGO
—¡Papá! ¡Mamá!
No les di ni tiempo a que dijeran nada y enseguida los envolví en un abrazo acogedor.
Uno de los motivos por los que acepté este empleo en Florianópolis fue la añoranza que sentía por ellos.
He sido un hijo ausente estos últimos años, pero ya no quiero seguir lejos, en absoluto.
Las pocas personas que de verdad me conocen saben del amor y el cariño que les tengo, y que mis padres son, sin duda, mi vida.
—Tu padre y yo todavía no nos creemos que hayas vuelto, hijo —dijo mi madre, un poco emocionada.
—¡Y me voy a quedar! —enfaticé—. Estaba esperando una oportunidad en Florianópolis, y apareció.
—Hijo... eso me hace muy feliz. —Mi madre volvió a abrazarme y cerré los ojos acunándola entre mis brazos.
Os echaba de menos, y ahora quiero compensar mi ausencia de algún modo. Y acortar esta distancia es el primer paso.
—Tu padre ha preparado la cena, y por el olor está deliciosa.
—¡No esperaba menos de mi viejo! —Le rodeé el cuello y le di un beso en la mejilla—. ¿Y cuál es el menú?
—Arroz blanco, alubias estilo tropeiro, ensalada de lechuga y tomate, chayote, patatas fritas y de postre un gâteau de chocolate.
Por mucho dinero que tenga para comer en los mejores restaurantes, lo que de verdad me gusta es la comida sencilla, casera.
—¡Madre mía! ¡Creo que voy a volver a vivir con vosotros! —dije, y al momento soltamos una carcajada.
Es increíble... echaba mucho de menos esta energía. Nos llevamos genial, y desde que me fui de casa parece que un vacío se ha apoderado de mí, y difícilmente se llenará.
Después de sentarnos a la mesa, hablamos sobre un sinfín de temas.
Al salir de Florianópolis trabajé en muchas ciudades, e incluso llegué a estar casi un año sin verlos. Pese a eso, siempre estuve presente en su cumpleaños, en septiembre, pero las otras fechas dejé que desear, y lo sé bien.
—Eres famoso, hijo. Tu madre y yo hemos visto un montón de noticias en la televisión y en internet sobre lo que haces en las empresas.
—A eso lo llamamos trabajo duro, Sérgio —dijo mi madre, y me quedé ligeramente cortado.
No voy a decir nada, pero Victor Hugo y trabajo duro no casan, hay que recalcarlo. Aun así, no voy a entrar en ese asunto; mejor que piensen así.
—Y bien, ¿cómo va la vida en esta ciudad maravillosa? —me apresuré a cambiar de tema.
Durante casi dos horas hablamos sobre asuntos personales relacionados con ellos.
Aun así, ni hace falta decir que recordamos algunas viejas historias de mi adolescencia y soltamos carcajadas en varias ocasiones.
Siempre fui un chaval revoltoso y la liaba mucho.
Que se lo digan a mi madre; cada dos por tres estaba en mi escuela hablando con la directora sobre mi comportamiento.
Miré el reloj y ya pasaban de las nueve de la noche.
—¿Qué vas a hacer esta noche, hijo? —preguntó mi madre al ver mi gesto.
—Aún lo estoy pensando. Probablemente iré a un bar y...
—Hijo... no habrás vuelto a beber mucho, ¿no?
—Tranquila, doña Ana Maria... —Me levanté y al momento le planté un beso en la frente—. Estoy celebrando mi vuelta, nada más.
De vez en cuando la llamo por su nombre. No sé por qué, pero eso la tranquiliza en determinados momentos.
No me gusta mentirles, pero estoy seguro de que no aprueban mi conducta. Prefiero no decir nada cuando esto ocurre, porque sé que les haría daño; sin embargo, por desgracia todos tenemos demonios constantes, y yo no soy diferente. La bebida es lo único que me ayuda a olvidar una parte de mi pasado.
—Espero que sigas visitándonos, hijo —fue el turno de mi padre, y enseguida esbocé una amplia sonrisa.
—¿Y tú lo dudas?
Me despedí de los dos con otro largo abrazo.
Ya en la calle, respiré hondo.
Me parece increíble y reconfortante volver a Florianópolis tras recorrer la mayor parte de Brasil. Siempre pensé que mi sitio está aquí, y ahora por fin puedo volver a mis raíces...
Tengo el cuerpo flojo...
Con mucho esfuerzo abrí los ojos, y mi conciencia siguió la misma cadencia.
Aún no sabía dónde estaba, pero en mi casa no era, a menos que estuviera en el suelo, porque el contacto de mi espalda con algo duro y frío era evidente en ese momento.
Me levanté y enderecé la postura, y al mirar al frente tuve una certeza...
¡Lo he vuelto a hacer... cómo no!
Suspiré pesadamente, y durante unos minutos no me moví. Creo que hasta di una cabezadita en ese intervalo, porque a continuación sentí una mano tocándome el hombro.
—¡¡Tío, te has dormido en mi banco!
Miré al hombre que se había apoyado en mí. Era un mendigo.
Fui recobrando la conciencia poco a poco y ahora sé que estoy en alguna plaza, y por lo visto dormí en su banco.
¡Y tiene dueño!
—¡Perdona! —dije, y al momento miré hacia arriba, pero el sol casi me cegó—. ¿Qué hora es? —pregunté y el hombre mal vestido se rio.
—Tío... soy un mendigo, vivo en un banco de una plaza y ni siquiera tengo comida, ¿de verdad crees que tendría un reloj?
Automáticamente miré la muñeca y pude ver mi Rolex intacto.
Las diez de la mañana. Qué bien, realmente he bebido demasiado.
Me levanté e intenté colocarme el traje, tratando de identificar qué plaza era esta y dónde demonios había dejado el coche.
—¿Cómo se llama esta plaza?
—XV de Novembro —dijo tumbándose enseguida en el banco donde yo estaba.
—¿Y tú dónde has dormido? —pregunté.
—En el suelo. Te he dicho que estabas en mi banco —enfatizó, pero no estableció contacto visual.
Respiré hondo y cerré los ojos. En qué tipo de persona me he convertido...
—¡Mil perdones! —Abrí la cartera y al momento saqué un billete—. ¡Toma! Creo que esto pagará mi estancia.
Le entregué el billete, y enseguida le di la espalda, aún tratando de identificar dónde estaría mi Maserati Quattroporte, pero de nuevo sentí su toque en mi traje, lo que me hizo girarme.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Creo que... me has dado el billete equivocado —dijo balbuceando—. Esto son... ¡cien euros!
—Es verdad.
Volví a coger mi cartera y saqué de ella todos mis documentos, guardándolos en el bolsillo trasero del pantalón.
—¡Toma! ¡Es tuya!
—¿Me estás dando tu cartera?
—Sí. Y todo el dinero que hay dentro también; si no me lo he gastado todo, creo que tiene que haber unos... mil euros. Mi cartera cuesta más de dos mil, así que véndela a un precio adecuado.
—¿Por qué...?
—Tú lo necesitas más que yo. —Le toqué los hombros—. Y quiero pedirte un favor.
—¿Cuál?
—Lucha por tus cosas, no dejes que la gente se duerma en tu banco así como así —le guiñé un ojo y al momento me alejé.
Tardé una eternidad en encontrar mi coche, por eso llegué bastante tarde. No es que me parezca mal, ya que al ser contratado fui muy claro respecto a este pequeño problema mío.
—El dueño de la empresa lleva varias horas esperándolo.
Bastó con que entrara en GCR para que Marcos viniera hacia mí, soltara esas palabras y se alejara. En el fondo me tiene miedo, y me parece una pena.
No me gusta tener horarios fijos, y eso no va a cambiar pronto.
—Victor Hugo Avelar, es un placer verte en persona. No te di la bienvenida ayer porque estaba ultimando algunos planes pendientes —dijo Luigi, el dueño de la empresa, al estrecharme vigorosamente las dos manos.
—¡Sin problemas! Quiero agradecerte la oportunidad de estar en una gran empresa —dije, intentando no dejar entrever que ya había trabajado en sitios mejores.
—Queremos lo mejor para GCR.
—Claro. Espero desempeñar un buen papel aquí.
—¡ ¡Y vas a hacerlo!
No sé si eso fue algo espontáneo o una intimidación, pero estoy acostumbrado a no inmutarme por nada.
—Quiero que sepas que estaré de vacaciones a partir de la semana que viene. Estaré fuera dos meses; después de tantos años dedicándome solo a la empresa, voy a aprovechar para viajar.
Por eso está bien ser el dueño de una empresa que está en pleno vuelo.
Por lo visto, ni siquiera está muy preocupado por las finanzas a largo plazo, pero por suerte para él estoy yo aquí para cualquier eventualidad.
Qué profesión más glamurosa la de un CEO...
—Espero que disfrutes mucho. ¿Adónde vas?
— El Caribe .
—¡ No me digas ! Nunca he visto un sitio más bonito... —Me crucé de brazos y sonreí, pareciendo interesado.
Estuvimos hablando durante unos minutos, y creo que me he ganado al hombre, ya que le mostré lo interesado que estaba en aquellas tonterías de viajes que contaba. Cosa típica de gente que no tiene nada que hacer.
—Imagino que ya lo sabes, pero para cualquier duda, Luiza te ayudará. Era el brazo derecho de Natanael.
Miré a mi izquierda y allí estaba ella, a unos metros de mí. Algo me dice que va a ser difícil mantener la concentración con ella constantemente alrededor, sobre todo siendo un hombre complejo como yo...