CAPÍTULO 38 #2
Desde que se fue. Desde que oí el ruido de sus pasos bajando la escalera de la Alpha mientras yo me quedaba plantado en medio del cuarto sin conseguir decidir si iba tras ella o la dejaba ir.
La dejé ir.
—Desde que se fue —respondo.
El silencio que cae tiene el peso específico de cuatro hombres eligiendo no comentar algo al mismo tiempo.
—¿Qué fue lo que dijo? —indaga Aidan, en tono analítico.
—Que va a acabar de todas formas cuando me gradúe. Que vamos a estar en polos opuestos.
—¿Pero va a acabar? —pregunta.
—¿Tú quieres que acabe? —añade Jake.
—No.
—¿Se lo dijiste? —pregunta Ravi ahora.
Cierro los ojos.
—No tuve tiempo. Se escapó. —Suelto el aire, pesado y cansado—. Puede que hasta haya usado toda esta historia como excusa. Seguramente ni le gusto de la misma manera que ella me gusta a mí.
—Espera —dice Sean—. ¿Llevaba tu anillo en el dedo cuando se fue?
La imagen aparece sin que la llame.
Ella saliendo. El pantalón por fin cerrado, las botas en la mano, el jersey puesto a toda prisa. Y el anillo. Mi anillo, en su dedo, que no me devolvió. Que miró antes de salir y no se quitó de todas formas.
—Sí —digo—. Pero…
—¿Se lo quitó en algún momento? —interrumpe Jake—. ¿Te lo devolvió?
—No.
—Entonces le gustas, idiota —decreta Sean, con la convicción de un juez dando el mazazo en una sesión que él mismo ha convocado.
—Vi a la tía ayer en el campus —añade Ravi—. Parece una zombi, tío. Ojeras hasta la rodilla.
Giro la cara hacia él demasiado rápido y me golpeo la cabeza contra el somier.
—¿Llevaba el anillo?
—¿Por qué no vas a comprobarlo? —sugiere Jake, casi como una orden.
Respiro hondo y me arrepiento de inmediato al sentir mi propia peste mezclada con todo lo que hay debajo de mi cama.
Joder.
Son unos amigazos de la hostia.
Cinco tíos tumbados en el suelo frío de un cuarto apestoso, debajo de una cama que no estaba hecha ni para uno, mucho menos para cinco, sin que nadie lo pidiera, sin que nadie se quejara de verdad. Solo porque yo estaba aquí pudriéndome y ellos aparecieron de la forma en que siempre aparecen.
Sin avisar.
Sin condiciones.
Sin dejarme ser idiota yo solo.
El proceso de salida es menos digno que el de entrada, lo cual ya es toda una hazaña teniendo en cuenta que la entrada no fue ningún espectáculo. Salen de ahí con la misma dificultad con la que entraron, soltando tacos en voz baja, sacudiéndose el polvo de rodillas y codos.
—Limpia esta pocilga —dice Jake—. En serio.
—Y deja de esconder calcetines podridos debajo de la cama —añade Ravi, sacudiéndose la sudadera.
—El calcetín llegó ahí solito.
—¿Igual que tú? —pregunta Sean.
No respondo.
Salen uno detrás del otro: Ravi todavía sacudiéndose la sudadera, Sean haciéndome ese gesto de pulgar arriba que es su manera de decir que cree en mí, Aidan poniendo los ojos en blanco con esa mezcla de impaciencia y cariño que solo tiene un hermano del alma.
Jake se queda el último.
Se para en el marco de la puerta y se gira solo lo suficiente para que le vea el perfil.
—No se fue porque no sienta nada, Luke. Fue justo por sentir demasiado. —Una pausa corta. Pesada—. No lo olvides.
Y se marcha.
La puerta se cierra.
Me quedo plantado en medio del desastre.
Bolsas de ganchitos. Ropa en el suelo. Tres días de malas decisiones amontonadas en una topografía que ya me sé de memoria.
Pero hay algo distinto.
Pienso en Sean.
El tío vive todo por la teoría, por lo que ha aprendido leyendo y observando a los demás, sin haberse quedado nunca el tiempo suficiente en un sitio para desarrollar la práctica. Y aun así llegó a la conclusión correcta antes que yo.
Porque a veces es más fácil ver las cosas desde fuera.
Entonces me quedo pensando qué ve él cuando me mira.
Qué ven todos ellos. Un tío debajo de una cama con calcetines podridos y bolsas de ganchitos vacías, sufriendo por una chica que se fue, y que, según el análisis colectivo de cuatro personas que me conocen, se fue justamente porque siente lo mismo que yo.
Eso debería hacerme sentir mejor.
No lo hace.
Hace sentir otra cosa. Más pesada y más urgente al mismo tiempo.
Porque yo ya sabía eso.
Lo supe cuando miró el anillo y no se lo quitó. Lo supe cuando oí sus pasos bajando la escalera y no fui detrás de ella; y aun así no fui. Me quedé. La dejé ir porque una parte idiota de mí pensó que darle espacio era lo correcto, cuando lo correcto era justo lo contrario.
Ella no necesitaba espacio.
Necesitaba pruebas.
Juliette Carter se ha pasado la vida entera recibiendo ausencia de personas que deberían haberse quedado.
La madre que se fue cuando ella tenía ocho años.
Gavin, que se quedó en el cuerpo y se fue en todo lo que importaba.
Aprendió que las personas que desaparecen son las que importan, así que desapareció ella primero.
Me dio una razón lo bastante buena para irse, la envolvió en el papel bonito de la lógica, del plazo y de la distancia geográfica, y huyó antes de que yo pudiera demostrar que era diferente.
Ya entendí esto.
Lo entendí hace tres noches, de madrugada, con ella durmiendo en mi pecho, y me quedé aquí repitiéndomelo a mí mismo como si entenderlo fuera suficiente.
No lo es.
Entender sin actuar es solo una versión más sofisticada de quedarse debajo de la cama.
Me paso la mano por la cara.
No hay graduación, no hay draft, no hay Detroit, no hay Harvard ni huso horario ni polo opuesto del mapa que cambie lo que he decidido.
Puede construir todos los argumentos que quiera, y los va a construir, porque es la persona más inteligente que ha entrado en mi vida jamás, y la inteligencia en manos de alguien con miedo se convierte en arsenal.
Pero ahora conozco sus argumentos.
Y tengo los míos.
Ella es mi chica.
Y yo no me voy a ir.
Lo que significa que es hora de dejar de quedarme aquí repitiéndoselo al techo y empezar a demostrárselo a ella.
Me giro hacia el baño.
Primero la ducha.
Después ella.