CAPÍTULO 38
Luke Grayson
Existe una escala de sufrimiento que ningún hombre admite en voz alta.
En el nivel uno, te pones de mal humor y dices que estás bien.
En el nivel cinco, dejas de responder mensajes y dices que estabas durmiendo.
En el nivel ocho, cancelas planes e inventas dolor de cabeza.
Yo estoy en el nivel que no tiene número.
Hace tres días.
Tres días desde que descubrí cuánto duele sufrir cuando la esperanza se muere.
Tres días desde que Juliette Carter salió de mi cuarto dejando una estaca clavada en mi pecho.
Pensé que ya había superado todos mis límites de dolor emocional.
Ingenuo.
Ahora sé lo que es la versión adulta del dolor. La versión que no enseñan en el vestuario, ni en el hielo, ni en ninguno de los sitios donde aprendí a encajar golpes y seguir en pie.
Ahora estoy en una corrida de toros, y el toro soy yo. Y, en esa plaza, cada recuerdo es una de esas banderillas que se clavan en el lomo del animal:
Una. Después otra. Después una más. No para matar rápido, eso sería demasiado misericordioso. Es para debilitar. Para hacer sangrar despacio. Para que el toro siga en pie cuando entre el matador, aunque ya sin fuerza suficiente para reaccionar bien.
Juliette clavó todas las que llevaba encima y se fue.
Y yo sigo aquí, vivo por pura terquedad muscular, sangrando en un cuarto que huele a ganchitos y arrepentimiento.
Ese ha sido el sabor de mi boca, la única cosa menos deprimente que admitir que el sabor alternativo es salado de otra manera. Del tipo de salado que viene de dentro, porque he descubierto que todavía sé llorar igual que un niño de seis años que perdió su juguete favorito en el parque.
Estoy apretando los párpados con fuerza cuando oigo la cerradura de mi cuarto hacer clic.
Me quedo quieto.
Los pasos entran. Se detienen. Recorren todo el cuarto con esa determinación de quien está seguro de que va a encontrar algo y va estando cada vez menos seguro con cada segundo.
Armario. Baño. Silla.
—¡Joder, Luke! —la voz de Jake rasga el silencio—. ¿Dónde coño estás?
Me trago el ganchito que estaba masticando.
—No estoy aquí.
La voz salió mal. Ronca. Pastosa. Con esa textura específica de una garganta que ha trabajado más de lo debido en las últimas setenta y dos horas y no esperaba que la convocaran ahora.
El silencio de Jake dura exactamente dos segundos.
Después oigo los pasos acercándose a la cama. El colchón encima de mí se hunde ligeramente cuando se agacha, y la cabeza de mi mejor amigo aparece por el borde: pelo revuelto, expresión que viaja entre la preocupación genuina y la incredulidad total.
Me mira.
Lo miro.
—¿Qué coño haces debajo de la cama?
Hago un gesto vago con la mano, como si eso explicara algo.
Pasea la vista por el escenario. El suelo de aquí abajo tiene una topografía que he cartografiado con precisión en los últimos tres días.
Un calcetín que emigró hasta aquí el semestre pasado y claramente no piensa volver.
Dos bolsas vacías de ganchitos aplastadas contra el rodapié.
El polvo se organiza en pelusas por las esquinas con una dignidad que yo ya no tengo.
Jake mira todo eso.
Después me mira otra vez a mí.
—Luke... —empieza, con esa voz de capitán que detesto porque funciona—. No puedes faltar más a los entrenos.
—Sí que puedo.
—El entrenador ya no se está tragando la excusa que le estoy dando.
—¿Qué le has dicho?
Jake hace una pausa demasiado pequeña para ser inocente.
—Que tienes diarrea aguda.
El silencio que se instala después de eso es mortal.
Me quedo mirando fijamente el techo de madera encima de mí mientras proceso la información. En algún lugar del universo, mi dignidad está pidiendo socorro y nadie contesta.
—Me mandó un mensaje preguntando si necesitaba un justificante médico —digo, por fin, entendiendo por qué no recibí respuesta cuando no contesté.
—Le dije que no salías del baño.
—Jake.
—Luke.
—Te odio.
—Lo sé. —Se tumba en el suelo y mete medio cuerpo debajo de la cama con la calma de quien ha decidido que este es el lugar más razonable del mundo para seguir esta conversación—. Pero no puedes quedarte aquí.
Nos quedamos uno al lado del otro.
Él mira el calcetín en la esquina.
Yo miro el reverso de mi colchón.
El silencio entre nosotros tiene el peso específico de las cosas que no necesitan explicarse porque el otro ya lo ha entendido.
—Ha terminado conmigo —digo, por fin.
No sé por qué lo digo. Puede que porque el suelo frío y el polvo y los cuarenta centímetros de madera encima de mi cabeza sean el único lugar donde la frase no resuena tan fuerte.
Jake no responde de inmediato.
Solo se queda.
Como siempre hace.
Es el tipo de silencio de Jake que no presiona, no consuela. Solo entiende.
La puerta del cuarto se abre otra vez.
—Tío, Jake está… —la voz de Ravi se corta a media frase—. ¿Por qué solo te veo la mitad?
La melena azul aparece en mi campo de visión.
—¿Por qué estáis debajo de la cama?
—Pregúntale al dueño del local.
Ravi se queda en silencio tres segundos.
Después oigo el sonido de su cuerpo bajando hasta el suelo, y aparece por el borde del otro lado, apretujando medio torso en el espacio disponible, intentando entrar en un sitio que no fue diseñado para él.
Ni para Jake. Mucho menos para mí. Y ni hablar de los tres juntos.
—Esto está apretado —constata.
—Porque era un rincón solo para mí.
—La gorra también está aquí.
—Ravi, cierra la boca.
Se calla.
Pero se queda.
La puerta se abre una tercera vez.
—Luke, tío, vamos a salir de este cuarto y… —Sean se detiene. Su silencio dura más que el de Ravi—. ¿Qué está pasando aquí?
—Reunión de emergencia —responde Ravi.
—¿Debajo de la cama? —Su cabeza es la tercera que veo mirándome con curiosidad.
—Quise ser original —replica Jake, seco.
Oigo un suspiro largo y resignado. Después las rodillas de Sean golpeando el suelo.
Solo su cabeza y sus hombros logran entrar, ya que Ravi ocupa el espacio del otro lado y Jake está apretujado a mi derecha.
El codo de Sean golpea el somier, suelta un taco por lo bajo, ajusta el ángulo y por fin encaja lo que el espacio le permite encajar.
Mira alrededor con la expresión de quien está evaluando seriamente la decisión que acaba de tomar.
—Aquí hay un calcetín —observa.
—Lo sé —digo.
—Tío… el sitio de la asamblea está un poco cutre.
—Sean —corta Jake.
—¿Qué pasa?
—No es momento.
Sean cierra la boca.
La puerta se abre de nuevo.
—Tío… esta escena es rarísima —observa Aidan.
Inclino la cabeza hacia atrás y veo sus pies parados en el umbral.
—Ven aquí —convoca Ravi—. Es una intervención para sacar a Luke del pozo.
Aidan cierra la puerta y se tumba en el suelo, siendo el quinto integrante de la fiesta. Mete solo la cabeza en el espacio que queda, pegada a la mía.
—El día que yo necesite algo así, ay de vosotros como no aparezcáis —exige, con la voz amortiguada por el suelo.
—Ya lo negociamos cuando llegue el momento —devuelve Sean—. Pero elige un sitio un poco mejor. Este huele a ganchitos caducados y a pie.
Ravi disimula la risa. Jake solo me mira fijamente. Sean sigue pensando que ha dado pie a que mi dolor disminuya.
No lo ha dado.
Lo entienden, y se quedan en silencio.
Y entonces somos cinco tíos debajo de mi cama.
El techo de madera nos mira.
Nosotros le devolvemos la mirada.
Es entonces cuando siento algo en el pecho que no es el dolor de siempre. Otra cosa. Más pequeña. Pero distinta.
Apoyo.
—Tienes que salir de esta, Luke —insiste Jake.
—Mmm.
—No es mmm. Es real. El entrenador me está cubriendo, pero mañana tienes que aparecer.
—Mmm.
—Deja de decir mmm, joder.
—Mmm.
—Luke.
Suelto el aire por la nariz.
—Nunca había sentido esto antes —digo, y la frase sale sin que yo haya decidido soltarla—. O sea… ninguna chica me había dejado así. Ninguna.
El silencio cambia de textura.
—Yo sé cómo es —declara Sean, con esa voz de quien está a punto de compartir sabiduría ancestral.
Aidan gira la cara hacia él. Lento. Con la paciencia de un hombre que ya ha oído muchas tonterías en esta posición.
—No lo sabes —puntualiza Aidan—. Nunca has estado con nadie el tiempo suficiente para desarrollar un sentimiento de verdad. Cambias de novia más rápido de lo que Ravi se tiñe el pelo.
—Eh. Hay que retocar la raíz para mantener mi marca personal —protesta Ravi.
—Lo sé en la teoría —insiste Sean.
—Teoría es que te leas el prospecto de una medicina y te creas médico.
Sean abre la boca.
La cierra.
A mi otro lado, Ravi emite ese sonido pensativo que suele preceder a algo que nadie se esperaba.
—Tío —empieza, despacio, como si estuviera organizando un razonamiento importante—. Ya que hablamos de teoría… me está flipando el libro, Luke.
—¿Qué libro? —pregunta Jake.
—Luke lo leyó de la colección de Sean y dijo que estaba bien. Y, tío… —continúa Ravi, genuinamente entusiasmado—. ¿Cómo sabe una mujer cómo nos ponemos cuando nos corremos? La autora ni siquiera tiene polla para eso. ¿Cómo sabe esas cosas con tanta precisión?
—Ravi —dice Jake.
—No, te lo juro, es perturbador en el buen sentido. Leí la escena tres veces y me quedé preguntándome si…
Suelto un sonido agudo que es una mezcla de gemido y sollozo, con el intento desastroso de esconder los dos.
Quise leer ese libro para ser mejor para ella. Para entender lo que necesitaba. Para llegar donde ella estaba, sin que tuviera que pedirlo.
¿Y qué gané a cambio?
Una patada en el culo que duele en todo el cuerpo.
Se me escapa otro gemido bajo, avergonzado, que no encaja con ninguna versión de Luke Grayson que haya existido jamás en este planeta.
Jake cierra los ojos despacio.
—Ay, mierda, tío —masculla, con el sufrimiento de quien está viviendo esto también—. Sal de ahí.
—O métete de lleno —añade Sean, levantando el dedo en el espacio apretado—. Lucha por la tía, joder. Ve a por ella.
Giro la cara hacia él, viéndolo borroso.
—¿Cómo?
—Primero —responde, con una practicidad desconcertante— saliendo de esta mierda de aquí debajo.
—De acuerdo —confirma Jake.
—Segundo —continúa Sean—. Date una ducha, por el amor de Dios. ¿Cuánto tiempo hace?
Me quedo en silencio.