CAPÍTULO 35
Juliette Carter
Volví a la Delta sin saber muy bien cómo crucé el campus.
Mi cuerpo hizo el camino solo.
En cuanto entro en la cocina, voy directa a por un vaso de agua y abro la nevera. Solo que, al tirar de la puerta, me encuentro de bruces con varias bebidas de colores que las chicas tenían guardadas para la próxima fiesta.
Una botella de un rojo vivo me llama la atención.
Puede que porque mi cerebro esté buscando algo que pegue con la tragedia.
La cojo y leo la etiqueta.
Vodka con frutos rojos.
Claro.
Porque, al parecer, el universo ha decidido que mi colapso emocional necesitaba venir con maridaje de cumpleaños.
He visto suficientes películas para saber que las protagonistas destrozadas suelen beberse algo con alcohol cuando quieren anestesiar sentimientos que están haciendo demasiado ruido. Y, ahora mismo, soy un desastre.
Siento una especie de calor idiota por la declaración de Luke. Después llega el miedo, porque una inseguridad horrorosa empieza a golpear las paredes de mi pecho. Y, justo detrás, llega la rabia, porque me mintió.
Vale.
Omitió la verdad.
Que es casi lo mismo, solo que con traje de gala y una excusa bonita.
Al fin y al cabo, después de todo el discurso que usó para convencerme de aceptar ese noviazgo falso, después de venderme como una chica fuerte, racional y capaz de afrontar cualquier cosa, su actitud demostró justo lo contrario.
Luke Grayson no confió en mí.
Y, si no confió ni en eso, ¿quién me garantiza que el resto no es solo entusiasmo pasajero? Él mismo dijo que nadie lo tomó nunca en serio.
Experimento.
Esa palabra parece tener mucho más sentido que Luke Grayson estando enamorado de mí.
Y ni siquiera dijo que lo estuviera.
Mira adónde está yendo mi cabeza.
Estoy inflando su discurso como una chica necesitada y patética que recibió unas migajas y decidió construir un castillo encima.
Pongo la botella sobre la isla. Cojo un vaso. Sirvo solo un poco.
No haría daño darle un trago.
Cuando el sabor dulzón baja demasiado fácil, vuelvo a mirar la etiqueta.
Frutos rojos.
Menuda coincidencia que tenga el mismo sabor que mi tarta de cumpleaños, ¿no?
Me sirvo un poco más en el vaso.
—¿Por qué tenías que ser tan perfecto? —murmuro al vacío, como si la frase pudiera cruzar el campus y darle a Luke justo en medio de esa cabeza dura e irritante—. No puedes decir que me quieres así… de la nada. Tenemos un acuerdo. Un acuerdo con cláusulas que…
Me paro.
Porque la verdad incómoda es que muchas cláusulas se han saltado.
Los dos.
Muchas.
Puede que todas.
Y, como si Luke Grayson no fuera problema suficiente para una sola mañana, todavía está esa mujer maldita creyendo que tiene algún derecho sobre mi vida.
¿Madre?
¿Qué madre?
Madre es quien cuida.
Madre es quien se da cuenta de que su hijo está enfermo solo con mirarlo.
Madre es quien canta para hacerlo dormir, aunque no tenga ningún talento.
Madre es quien abraza cuando el mundo parece demasiado grande.
Madre es quien se queda.
No quien se marcha dejando atrás a personas que debería proteger.
Y mi padre…
Pobre de mi padre.
Intentó protegerme como siempre hizo. Sufrió una vez más solo, intentando preservar en mi memoria algún trozo bueno de una mujer que, alguna vez, tal vez mereció estar en ella.
Pero yo no me acuerdo.
No me acuerdo de nada más.
Vuelvo a sentir el sabor dulce de la bebida de frutos rojos, ahora mezclado con la sal de las lágrimas. Tengo la lengua pesada, espesa, como si también estuviera demasiado cansada para funcionar bien.
El recuerdo de Gavin besándome hace un rato sube como una ola de furia.
¿Todavía cree que puede manipularme?
Idiota.
Puede que esté rota.
Pero ya no soy tan fácil de doblegar.
«Ella quiso saber de ti y solo tuvo que chasquear los dedos».
La voz de Gavin, casi admirada de que esa mujer hubiera conseguido descubrir detalles de mi vida con tanta facilidad, me revuelve el estómago.
Abrazo la botella, abandono el agua en la cocina y subo a mi cuarto.
En cuanto entro, cierro la puerta con llave, agradeciendo mentalmente que todas las chicas de mi planta hayan decidido ir a las clases de la mañana. Por lo menos algo en la vida todavía respeta mi derecho a venirme abajo en paz.
Tiro el bolso en el centro de la cama y me recuesto en el cabecero, estirando las piernas con las botas puestas sobre la colcha.
El tapón de la botella sale fácil.
El dosificador, en cambio, parece haber sido diseñado por alguien que odia a la gente que bebe a morro.
Después de varios intentos humillantes, descubro que es como un biberón para gente jodida.
Mi cara debe de ser una tragedia, porque siento los mocos bajando hasta la boca. Me paso la manga del jersey por la nariz y dejo un rastro pegajoso en el puño.
Mierda.
Apoyo la botella entre las piernas y froto la tela, como si eso fuera a disimular algo más allá de mi completa falta de dignidad.
Me acuerdo del paquete de toallitas húmedas en el cajón de la mesita de noche. Las dejaba ahí para emergencias.
Esta, desde luego, cuenta como una.
Cuando abro el cajón, encuentro la tarjeta de visita de mi progenitora.
Con su nuevo apellido.
No sé por qué no la tiré.
Debería haberlo hecho.
Pero no.
La guardé.
Porque, al parecer, una parte tonta de mí todavía disfruta coleccionando pruebas de abandono.
Cojo la tarjeta y me quedo mirando las letras. Después los números.
Saco el móvil del bolso, invadida por una rabia tan antigua que parece haber aprendido a respirar dentro de mí.
Cada dígito que marco me quema en la punta del dedo.
Espero.
Contesta al cuarto tono.
—¿Sí?
La voz atraviesa la línea como un lapsus de memoria antigua.
Se me encoge el pecho.
Odio que se me encoja.
No sabe quién soy. Claro que no lo sabe. No tiene mi número. No tiene presencia en mi vida. No tiene ese derecho.
Levanto la barbilla, aunque ella no pueda verme.
—¿Sí, señora Hawthorne? —digo, venenosa—. Me han dicho que quería hablar conmigo.
—¿Quién es?
Me río por la nariz.
Sin ninguna gracia.
—Qué gracioso. Por unos segundos, pensé que igual reconocías mi voz.
Al otro lado, el silencio cambia.
No se queda mudo.
Se queda alerta.
—¿Quién habla?
La pregunta duele más de lo que debería.
Por un instante ridículo, odio ser yo quien tiene que decirlo.
—Soy Juliette Carter —respondo rápido.
Nada.
Un nada pequeño.
Educado.
Horrible.
Después, por fin, ella respira.
—¿Juliette?
Mi nombre en su boca suena mal. Como una palabra antigua que olvidó y trató de pronunciar de nuevo después de años.
—Vaya, enhorabuena —murmuro, sintiendo el sabor amargo subiendo por la garganta—. Todavía te acuerdas.
—Hija… yo…
—Me llamo Juliette. Y no tengo madre.
—Sí que la tienes. Yo soy tu madre —rebate, firme.
Demasiado firme para un argumento tan miserable.
—Eres mi progenitora. No mi madre.
—Tu padre no se volvió a casar para que tuvieras a otra persona a la que llamar así —continúa, con un tono que me sienta mal.
Porque ella no puede tener ese poder sobre mí.
No puede.
No tiene autoridad alguna para imponer quién es o deja de ser en mi vida.
Le doy otro trago más largo a la botella, como si eso pudiera darme poder retórico. O, por lo menos, valor suficiente para no atragantarme con mi propia rabia.
—No tienes derecho a hablar de él. No tienes ningún derecho a saber nada sobre nosotros.
—Lo sé todo sobre ti, Juliette. Sé que te graduaste con honores. Sé tu nota del SAT. Sé las asignaturas que has cursado hasta ahora e incluso tus notas. Sé que tuviste un novio. Y sé que…
—Y no sabes cuándo me torcí el pie intentando ser bailarina —corto, sintiendo la garganta arder—.
No sabes que llegué a casa llorando cuando una chica de mi clase dijo que yo no tenía madre porque nadie quería quedarse conmigo.
No sabes que mi padre aprendió a hacer trenzas viendo vídeos en internet, porque lloré antes de la función del colegio diciendo que todas las demás tendrían a su madre arreglándoles el pelo.
Su silencio flaquea.
Pero yo no paro.
Ahora que he empezado, algo dentro de mí ha abierto la compuerta:
—No sabes que pasé años esperando que aparecieras en algún cumpleaños. Ni que dejé de esperar porque hasta la esperanza se cansa de pasar vergüenza. Y tampoco sabes que ese ex me engañó y ahora quiere usarme para escalar en la mierda del bufete de tu marido.
Silencio.
Por fin.
—No eres mi madre por muchos motivos —continúo, sintiendo cómo las palabras salen afiladas, aunque la voz casi se me rompa—. Pero el principal es que tu ausencia en mi vida fue una decisión. Elegiste no tener una hija. Y ahora yo elijo no tener una madre a los veinte.
Ninguna palabra.
Solo oigo una respiración ruidosa.
Como si tuviera derecho a sufrir por el destrozo que causó.
—Solo quiero que sepas que estoy aquí. Si algún día me necesitas…
—Nunca te necesité. No te necesito ahora. Y no te voy a necesitar en el futuro. Eso sí, no mandes a otra paloma mensajera traidora detrás de mí. Sigue haciendo lo que mejor sabes hacer…
Hago esa pausa dramática.
Porque quiero que sienta el golpe final. Quiero que, por lo menos una vez, sea ella quien se quede al otro lado de la puerta.
—Desaparece.
Cuelgo.
Y me quedo.
Quieta.
Con el móvil en la mano y la pantalla apagándose despacio, como si también supiera que ya no tenía nada más que mostrar.
Debería sentirme aliviada. Debería sentir que por fin saqué todas las emociones que siempre surgían en mi pecho cuando el tema era esa mujer.
Pero no.
No me siento aliviada.
No siento nada.
Me quedo así durante un tiempo que no consigo medir —pudieron ser treinta segundos, pudieron ser tres minutos— mirando fijamente el espacio entre mis rodillas y la pared de enfrente, sin que mi cerebro produzca ni un solo pensamiento completo.
Es el tipo de vacío que llega después de la descarga. Cuando el cuerpo gasta todo de golpe y se queda sin reservas para procesar lo que hizo.
Después, despacio, como una marea que vuelve sin prisa, llega la avalancha.
Tristeza. Decepción. Rabia. Inseguridad.
Y carencia.
Una carencia fea. Vergonzosa. De esas que una intenta esconder hasta de sí misma, porque admitirla duele más que fingir que no existe.
Una carencia que atraviesa el pecho como una cuchilla de años, de esas que uno olvida que sigue clavada ahí solo porque ha aprendido a respirar a su alrededor.
Una carencia porque no fui suficiente para que mi madre se quedara.
Una carencia porque no fui suficiente para que Gavin fuera leal.
Y en medio de todo esto, un dolor distinto, más manso y traicionero: el de saber que mi padre intentó llenar ese agujero con todo el amor que tenía.
Que nunca escatimó esfuerzos. Que se quedó despierto en cumpleaños a los que ella nunca se presentó, que cargó con su propio dolor junto al mío sin dejar escapar ni una palabra.
Y aun así el agujero siguió ahí.
No por falta de su amor.
Sino porque tiene una forma específica que solo ella podría haber llenado. Y ella eligió no llenarla.
Una carencia que me restriega en la cara que, pronto, Luke Grayson va a darse cuenta de lo mismo que todos ellos.