CAPÍTULO 33
Luke Grayson
No conseguí mantenerme lejos de mi chica anoche.
Esta vez estábamos en Ann Arbor. Sin Daniel Carter en el pasillo, sin vigilante de habitación, sin regla silenciosa separando mi cama de la suya.
Así que, cuando dieron las nueve de la noche, fui hasta su hermandad.
La Delta estaba ruidosa.
No ruidosa de fiesta, que sería lo esperado. Ruidosa de chicas intentando alargar un cumpleaños con envoltorios de colores, bolsas abiertas y risas altas.
Julie estaba en medio de la sala, sentada en el sofá, con algunos regalos alrededor y un cojín en el regazo.
Todo parecía normal.
Casi.
Sonrió cuando me vio.
Pero no era esa sonrisa presumida, llena de petulancia y amenaza, que siempre aparecía cuando me veía.
Algo iba mal.
Una nube gris estaba flotando sobre mi chica. Una que no estaba ahí cuando salimos de Grand Rapids.
No era una tristeza descarada.
Era más discreta.
Un brillo distinto en los ojos. La boca tardando medio segundo más en responder. Los dedos apretando el cojín en el regazo como si necesitara sujetar algo ahí dentro antes de que se le escapara.
—Grayson —dijo, entornando los ojos—. ¿Qué haces aquí?
Miré los regalos. A las chicas repartidas por la sala.
—Vengo a devolverte esto.
Julie miró la cazadora, mi excusa perfecta.
—Podías habérmela dado mañana.
—Ya... pero quise traerla hoy.
Me acerqué con disimulo hasta tener espacio para sacarla de las barreras laterales llamadas hermandad Delta. Eso solo confirmaba que mis sospechas eran ciertas. Estaban en modo defensa total.
—Ven aquí. —La aparté a un lado—. ¿Ha pasado algo?
Suspiró, dejando caer los hombros.
—Mañana me preguntas y te lo cuento, ¿vale? No quiero hablar de eso ahora —pidió, y, por mucho que me apeteciera insistir, sabía respetar los límites.
Los míos eran no alejarme de ella.
—Perfecto. No te vas a quejar de lo que he venido a hacer.
—Has venido a devolverme la cazadora.
—Inocente… —Sonrío, con esa ironía divertida bailándome en los labios.
Subí las escaleras antes de que el interrogatorio cogiera forma.
Cogí la mochila de viaje que todavía estaba tirada sobre la cama, me colgué su bolso de estudio al hombro y me di la vuelta para salir como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—¿Qué coño estás haciendo, Grayson?
—Me llevo tus cosas para que duermas conmigo —respondí, sin más.
Ella puso los ojos en blanco.
—Hoy no voy a dormir contigo. Mañana tengo clase a primera hora y tú vas a estar en el entrenamiento.
—Ya nos las arreglaremos.
Aceleré el paso para que los refunfuños me golpearan la espalda. Como seguían con el mismo volumen, sabía que me estaba siguiendo.
¿Que si Juliette protestó un poco?
Claro.
O no sería Juliette Carter.
Pero, al final, terminó exactamente donde yo quería desde que salimos de Grand Rapids.
En mi cama.
Sin ropa.
Sin resistencia alguna.
Conmigo dentro de ella.
Final de viaje perfecto.
Mientras ella dormía, aproveché para entrelazar nuestras manos con los anillos a juego.
Me di cuenta de su mirada sobre mi anillo durante el viaje de vuelta. No sé si notó el parecido con el suyo. Si lo hizo, no dijo nada.
Me quedé un poco decepcionado.
Tenía la excusa perfecta ensayada en la cabeza. Ni siquiera pude usarla.
«¿Qué anillo es ese, Grayson?»
«Ah... ¿este? La chica de la joyería me enseñó unos anillos cuando compré el tuyo... y me gustó este.»
Simple y directo.
Lo repetí varias veces frente al espejo para que sonara convincente.
Después, la versión ampliada en la que quería una cláusula de prórroga en nuestro acuerdo.
No hubo suerte.
Bueno... a lo mejor alguien de clase le pregunta por el anillo que llevo, y así se da cuenta de lo que realmente significa su regalo de cumpleaños.
Ya... he caído de cabeza.
Hoy fue una tortura salir de la cama, porque ella estaba durmiendo enroscada en mí.
Si llegaba tarde, Jake se la iba a cobrar conmigo en el hielo.
Y ya tenía la cabeza suficientemente jodida como para encima aguantar dolor en las costillas sin motivo. Lo del padre de Juliette y esa maldita invitación de boda parecían una rave sin fin.
Al mismo tiempo que quería contárselo, sabía que era meterme donde no me llamaban, en la relación entre padre e hija.
Mierda.
Tal y como exigió mi brujita, le organicé quién la llevaría a su primera clase.
Adam Clark.
Estudiante de ciencias biológicas.
Repasé al tipo de arriba abajo, y luego sus antecedentes con chicas.
Me quedé tranquilo.
Además de tener novia y ser una persona normal —de las que no engañan—, tenía un perfil completamente distinto al que Julie estaba acostumbrada.
Aquel ex de pijo sí que estaba cachas. En cuanto a cuerpo, no había forma de rebajar al desgraciado.
No es que considere a Juliette una chica superficial que solo mira el envoltorio.
Nada de eso.
Estamos hablando de mantener a mi chica a salvo.
Un asesino en serie no anda por la calle con una chapa identificativa.
La loca llegó a tiempo, pero por lo visto odia esta cazadora. Se la deja olvidada por ahí constantemente.
Adam apareció justo después del entrenamiento, con ese trozo de tela que ella se había dejado en su coche.
Ahora estoy aquí, corriendo hacia Angell Hall, porque la brujita decidió enfrentarse al final del otoño usando solo una gabardina y la tozudez como aislamiento térmico.
Suelto el aire por la boca, viendo la pequeña nube que se forma delante de mi cara.
Tenía exactamente siete minutos antes de su próxima clase. Después tenía que correr hasta la mía, que era al otro lado del edificio.
Debe de tener las manos heladas.
Doblo la esquina del pasillo con la cazadora agarrada en el puño, ya buscando ese moño desaliñado, la gabardina tozuda y esa cara de pocos amigos que probablemente me acusaría de acoso climático.
Encuentro a los tres.
Julie está unos metros más adelante, de perfil hacia mí, parada cerca de la entrada del aula, con una carpeta contra el pecho y el pelo recogido de una forma que dejaba la nuca a la vista.
Durante medio segundo, me olvido del frío.
De la cazadora.
De mi clase al otro lado del edificio.
De todo.
Porque mi chica estaba ahí. Guapísima de cojones. Y solo quería admirarla un poco más.
Entonces alguien aparece detrás de ella. La visión hace que la rabia me suba por el tronco, irradiándome hasta los puños.
Gavin.
El mundo se ralentiza de una forma de hijo de puta.
Se acerca por detrás como si todavía tuviera derecho a hacerlo. Como si ese espacio detrás de ella siguiera siendo suyo.
Después, le tapa los ojos con las dos manos.
Julie se queda paralizada.
Sonríe.
Se me convierte el estómago en piedra.
¿Le está sonriendo a él?
¿Por qué?
Mi cerebro se traba, recordando que ella no sabe quién es esa persona.
Pero aun así, sonríe.
Y odio ese detalle con una fuerza casi irracional.
Ella lleva las manos hacia las de él, probablemente intentando averiguar quién es. Antes de que pueda decir nada, Gavin la gira demasiado rápido.
Rápido.
Íntimo.
Mal.
La carpeta casi se le escapa de los brazos. Y lo que pasa a continuación es como un rayo en mi pecho, porque ese canalla la besa.
No pienso.
Mi cuerpo actúa antes que mi cabeza.
Doy el primer paso con la cazadora todavía en la mano, la sangre subiéndome por la garganta como un incendio.
Voy a matar a ese desgraciado.
No como figura retórica.
Voy a arrancar a Gavin del suelo por el cuello de la camisa y meterle la cara en la primera taquilla que encuentre.
Pero una mano me agarra del brazo.
Fuerte.
—¡Tío, no lo hagas! —dice Morgan.
Intento soltarme sin hacerle daño con el tirón.
—Quítate de mi camino.
—No. —Clava los pies en el suelo, con los ojos muy abiertos, pero la voz firme—. Ya estás suspendido, Luke.
Señalo la escena que tenemos delante, porque por lo visto el mundo entero se ha vuelto loco y yo soy el único que todavía conserva un cerebro funcionando.
—¿Estás viendo esto?
—Lo veo —responde rápido—. Y también te estoy viendo a punto de tirar tu carrera a la basura por culpa de ese idiota.
Carrera.
La palabra golpea, pero no cala.
Todavía no.
Porque Gavin tiene la boca en mi chica.
Mía.
—Calma —insiste Morgan, apretándome el brazo—. No es lo que parece.
Suelto una risa corta.
Sin ninguna gracia.
Claro que no es lo que parece.
¿No?
Entonces, esa inseguridad idiota que he empezado a sentir solo por su culpa surge en mis pensamientos, arrastrando a la basura cualquier racionalidad.
Julie solo está conmigo porque ese hijo de puta la traicionó.
La frase estalla antes de que pueda evitarlo.
«Te gustan mis sobras» —la voz del capullo mayor me grita dentro de la cabeza.
Otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Como si alguien me lo hubiera clavado en el cráneo con un stick de hockey.
«Te gustan mis sobras.»
Se me cierra la mano.
Estoy a punto de dar otro paso, cuando el recuerdo del agente llamándome justo después del partido, cuando me quedé en el banquillo, vuelve con todo.
Tenía esa voz demasiado controlada para no estar cabreado.
«No te puedes permitir el lujo de convertirte en un problema, Luke.»
El banquillo.
La suspensión.
El entrenador mirándome como si fuera una bomba con patines.
La NHL.
Detroit.
Todo lo que me he dejado la piel toda la vida por conseguir, parado al borde de un pasillo, dependiendo de mi capacidad de no partirle la cara a un capullo.
Qué bien.
Justo hoy mi futuro decidió pedirme pruebas de madurez.
Gavin se aparta.
O mejor dicho, Julie le empuja el pecho.
No con la fuerza suficiente para tirarlo al suelo.
Pero con el impacto suficiente para impedirme cometer un delito en los próximos tres segundos.
Se pasa la mano por la boca, mitad atontada, mitad perdida, como si su propio cuerpo se hubiera quedado unos segundos por detrás de su cerebro.
—¿Qué mierda es esta? —pregunta.
No grita.
Parece más confundida que furiosa.
Y eso es lo peor.
Porque, durante un segundo, solo un segundo miserable, no sé si está confundida por el beso...
O por haber disfrutado del recuerdo.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Julie mira a su alrededor.
Entonces me ve.
Se le agrandan los ojos en las órbitas.
Pierde el color de la cara.
Y todo lo que había en mí queriendo creer a Morgan empieza a resquebrajarse por los bordes.
Da un paso hacia mí.
—Luke... —mi nombre sale de su boca, pequeño.
Asustado.
Como si ya supiera el destrozo antes incluso de entender la escena completa.
No me quedo a escucharlo. Si me quedo, voy a hacer una de dos cosas:
O voy a preguntar.
O voy a pegarle.
Y, en ese momento, ninguna de las dos opciones me parecía segura.
Morgan todavía me sujeta el brazo.
Esta vez no hace falta que me obligue.
Yo mismo retrocedo.
Un paso.
Después otro.
Julie da un paso más hacia mí.
Gavin dice algo detrás de ella, pero no lo oigo. Su voz se convierte en ruido. Un zumbido molesto en el fondo de la cabeza.
Miro la cazadora en mi mano.
La cazadora por la que crucé medio campus para entregársela porque pensé que tendría frío.
Qué gracia.
Mi chica llevaba congelándose desde antes, y yo ni siquiera sabía dónde poner las manos para calentar algo que quizá ni siquiera era mío.
Me doy la vuelta antes de que me alcance.
—¡Luke! —llama Julie.
El sonido casi me detiene.
Casi.
Pero Morgan tenía razón.
Yo ya estaba suspendido.
No podía perder otro partido.
No podía darle al entrenador otro motivo para dejarme fuera del hielo.
No podía hacer que mi agente volviera a llamarme, usando esa voz que intentaba sonar tranquila mientras metía una bronca entera entre una frase y otra.
Era mi carrera.
Mi futuro.
Los Detroit Red Wings.
Todo lo que había construido para mí.
Todo lo que mi padre no vivió para ver.
Y no iba a ponerlo en manos de Gavin, como si él también pudiera robarme esa parte de mí.
Acelero el paso.
Detrás de mí, Julie vuelve a llamarme.
Esta vez, más cerca.
Más desesperada.
Sigo andando.
Porque si miro atrás y veo su boca enrojecida por el beso de otro tío, voy a olvidar todas las razones por las que necesito ser inteligente.
Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, ser inteligente duele más que partirle la cara a alguien.