Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Luke Grayson

Me despierto con el olor a café, beicon y algo horneándose ahí abajo.

Mi primera reacción es pensar que todavía estoy soñando.

La segunda es concluir que, si viviera en esa casa, mi porcentaje de grasa subiría más rápido que una deuda estudiantil con intereses.

En serio.

El padre de Juliette cocina de maravilla.

Muy bien.

Lo bastante bien como para que ayer ignorara por completo cualquier concepto de «alimentación de atleta».

El pastel de carne de ese hombre debería ser ilegal en al menos tres estados.

Repetí.

Dos veces.

Si el entrenador se enterara, probablemente me haría patinar hasta que vomitara la dignidad sobre el hielo.

Giro la cara hacia la almohada, soltando una risa baja, repasando todo lo que pasó.

Al principio, Daniel Carter me miraba como si estuviera evaluando qué zona del jardín sería mejor para esconder mi cuerpo.

Después de veinte minutos, una copa de vino y Juliette soltando sin querer que me habían draftado los Red Wings...

Bueno.

Digamos que sobreviví.

—Espera un momento —dijo él, dejando los cubiertos—. ¿Red Wings?

Juliette levantó los ojos del plato en el acto.

—Uy.

Miré su cara sin saber si aquello era la señal para huir o para quedarme.

Como soy un tío valiente. Me quedé.

Daniel entornó los ojos hacia mí.

—¿Vas a jugar en los Red Wings?

—Técnicamente, sí, señor.

—¿Técnicamente?

—Lo han draftado, pero todavía va a terminar la carrera, papá —respondió Juliette por mí.

Esa última parte la soltó, deduciéndolo ella sola.

No era del todo mentira.

—Eso es una excusa. ¿Quién rechazaría entrar en la NHL?

—Soy un tío leal, señor. Quería una temporada más al lado de mi equipo y de mi mejor amigo.

Ese era el verdadero motivo.

El señor Carter se me quedó mirando más minutos de los que me habría gustado, y por poco me atraganto con un guisante.

Sin embargo, su mirada se suavizó, y me di cuenta de que valoraba la lealtad. Puede que haber sufrido con gente que no conocía ese concepto tan básico fuera lo que hacía que tanto el padre como la hija lo valoraran.

—Es uno de los mejores defensas de la NCAA, papá. Y los Wolverines van a ser los favoritos para la Frozen Four.

Me examinó de nuevo con esos ojos de águila sobre su presa.

Después se recostó en la silla y soltó:

—Bien. Entonces puede que no seas del todo inútil.

Juliette sonrió.

Y entonces supe que estaba a salvo.

A última hora de la tarde, Juliette decidió hacerme un tour por Grand Rapids como si me estuviera llevando por un museo particular.

Pasamos por delante del colegio donde estudió, por una cafetería que, según ella, tenía «el mejor chocolate caliente del mundo». Y por una librería pequeña donde solía gastarse el dinero que no tenía.

—Entonces, ¿eras una empollona desde pequeña? —pregunté, con curiosidad por la brujita.

Me lanzó una mirada.

—Era dedicada.

—Eso lo dicen todas las empollonas.

Puso los ojos en blanco, torciendo los labios para disimular la sonrisa.

Me di cuenta, al ver algunas fotos repartidas por la casa de distintos momentos de su infancia, de cuánto se parecía a su padre. Sobre todo, en la mirada dura.

Claro que no había ninguna foto de la madre.

Ni en una esquina. Ni desenfocada. Ni esa presencia fantasma que las familias normalmente dejan escapar sin querer.

Me sorprendí pensando qué herencia genética podría venir de aquella mujer.

Estaba claro que no era su inteligencia.

Porque ninguna mujer realmente inteligente dejaría atrás a una hija o un hijo.

La cena fue pizza.

¿Te acuerdas de la dieta de atleta?

La dejé en Ann Arbor, junto con mi sentido común, cuando me desperté en plena madrugada y me arriesgué a una misión suicida.

Tenía que intentarlo.

No tenía sueño, imaginando a mi novia a pocos metros de distancia. El techo del cuarto de invitados no era atractivo suficiente para mantenerme tumbado en la cama solo.

Me levanté sin hacer ruido, cogí el móvil e iluminé lo mínimo posible después de abrir la puerta y dejar una rendija hacia el pasillo.

Estaba oscuro.

Silencioso.

Peligroso.

Parecía menos una casa en Grand Rapids y más un pasillo de seguridad máxima.

Di un paso con cuidado, oyendo ese crujido traidor del suelo de madera.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, como si Daniel Carter pudiera oler a un novio falso sospechoso de camino al cuarto de su hija.

Como no pasó nada, tomé aire y seguí adelante, pegado a la pared, porque por lo visto me había convertido en un idiota de metro noventa intentando moverse como una bailarina criminal.

Cuando llegué a la puerta de Juliette, solté un suspiro de alivio. Y antes de que llamara, ella la abrió.

Estaba en pijama, con el pelo medio revuelto y esa cara de quien ya esperaba mi falta de decoro.

—Eres increíble —susurró.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Aun así lo he tomado como uno.

Cruzó los brazos, y mis ojos se fueron directos a ese bulto que se le formó en el pecho.

—¡Luke! —me regañó, y parpadeé, volviendo a centrarme en su cara—. Mi padre está durmiendo ahí mismo.

—Lo sé.

—¿Y aun así has venido?

—Amor, soy atleta. Me entrenaron para superar obstáculos.

Apretó los labios para no reírse.

—Entonces vas a tener que superar el obstáculo de arreglártelas solo esta noche.

—¿Y si mi regalo de cumpleaños fuera un buen polvo?

—Vas a tener que esperar el regalo hasta que volvamos a Ann Arbor.

En ese momento me quedé frustrado. Ella no estaba cediendo por estar sin camiseta. Ni siquiera bajó la mirada un poquito, como solía hacer cuando estábamos solos.

Suspiré derrotado, cerré los ojos y acepté dormir con los huevos morados.

—Tienes instinto suicida, Grayson.

—Un poco. Pero quería verte antes de morir.

Su cara cambió un poquito.

—Luke...

—Lo sé. Ya me voy. Solo quería darte las buenas noches como es debido.

Me miró fijamente durante dos segundos.

Después se acercó, me rodeó la nuca y me dio uno de esos besos que me llevaban del cielo al infierno en cuestión de segundos.

Se apartó demasiado rápido. Señaló la dirección de mi cuarto y me cerró la puerta en la cara. Oí el sonido del cerrojo y decidí aceptar que había perdido la batalla.

Estaba en su territorio.

Y encima era su cumpleaños. Tenía que comportarme como el novio perfecto.

Este era el papel, al fin y al cabo.

Ahora estoy aquí, recién duchado, vestido con vaqueros, camiseta blanca y una camisa de franela de cuadros blanca y negra, echándome perfume y cogiendo el regalo que le compré a mi chica.

Cojo la cajita negra de terciopelo que tenía en el fondo de la mochila. Después me acomodo el anillo en el pulgar.

Ella no se dio cuenta de que empecé a llevarlo esta semana. Ni tiene idea de lo que significa. Puede que ni se dé cuenta.

Bueno... espero que no se dé cuenta. Todavía.

Salgo del cuarto y noto que la puerta del suyo ya estaba abierta.

Bajo las escaleras y, cuando estoy en el último escalón, oigo un estruendo que suena a objetos cayendo, procedente de una de las puertas del pasillo detrás de la escalera. Oigo algunas palabrotas y, pensando que el padre de Julie necesitara ayuda, voy hacia allá.

Antes de entrar, doy unos golpecitos en la puerta, asomando la cabeza por el hueco.

—¿Señor Carter? ¿Va todo bien?

—Ah... buenos días, Luke. Sí, sí... solo se me han caído unos libros mientras cogía el regalo de Julie.

—¿Le echo una mano? —pregunto, empujando la puerta un poco más, sin invadir del todo.

El despacho de Daniel Carter tiene exactamente su misma cara.

En serio.

Ordenado hasta cuando está hecho un caos.

Hay una mesa grande de roble en el centro, pesada, imponente, de esas que hacen que cualquiera que se siente al otro lado empiece a pensar en confesar crímenes que ni siquiera cometió.

Detrás de ella, una estantería enorme ocupa casi toda la pared, llena de libros alineados con una precisión casi militar. A la derecha, una ventana amplia deja entrar los rayos de la mañana en diagonal, iluminando parte del suelo, el lateral de la mesa y algunos papeles esparcidos por el suelo.

Porque, en ese momento, el lugar no estaba precisamente en su mejor estado.

Libros caídos.

Carpetas abiertas.

Hojas desordenadas cerca de la mesa.

Daniel está agachado, sujetando algunos volúmenes contra el pecho, con la expresión cerrada de quien no le gusta mucho la idea de que lo pillen en desventaja.

Entiendo el sentimiento.

Yo también odio que alguien me vea fallar una jugada sencilla.

—No hace falta —responde, firme.

Podría aceptar y salir.

Probablemente debería.

Pero hay demasiados libros en el suelo, y el hombre estaba intentando coger el regalo de cumpleaños de su propia hija. No ayudar parecía peor que parecer entrometido.

—Puedo echarle una mano, señor —digo, manteniendo la voz más baja—. Prometo no desordenar más de lo que ya está.

Me observa, calculando si aquello era una oferta o una amenaza a su sistema interno de organización.

Entonces suspira.

—Solo los libros. Los papeles ya los veo después.

—Claro.

Entro con cuidado y me agacho cerca de la estantería, cogiendo algunos volúmenes. Hago lo posible por no parecer un gorila dentro de una tienda de porcelana. Lo cual es difícil, teniendo en cuenta mi tamaño.

—¿Se ha despertado Juliette? —pregunta él, mientras recoge una carpeta caída junto a la mesa.

—Todavía no la he visto. La puerta de su cuarto estaba abierta, pero creo que bajó antes que yo o está en algún sitio de la casa.

—Seguramente en la cocina. Como no se tome un café en cuanto se despierta, es como si no se hubiera despertado.

—Tiene sentido.

Daniel coge un volumen de tapa dura que estaba protegido entre dos libros más grandes. El cuidado con que sujeta el objeto ya delata que ese es el motivo del desastre.

—¿Es su regalo? —pregunto.

Mira el libro, y su expresión adusta se suaviza un poco. Asiente con la cabeza.

—Una edición rara de Rebeca, de Daphne du Maurier. Llevaba años queriendo este libro.

Levanto las cejas, intentando entender la magnitud de aquel ejemplar. Parecía algo raro. Y conociendo a Juliette, deduzco que esa obra era difícil de conseguir.

—Le va a encantar.

—Eso espero. Tuve que esconderlo fuera de la estantería principal. Juliette se da cuenta de cualquier cambio en los libros.

Cómo no se va a dar cuenta.

—Se fija en los detalles —digo simplemente.

Daniel me mira fijamente un instante.

No sé si le gustó la respuesta o si está intentando averiguar cuánta atención le presto a su hija.

No respondo al interrogatorio silencioso.

No soy tonto, y mucho menos suicida.

Sigo recogiendo los libros, apilándolos con cuidado sobre una silla. Daniel empieza a devolverlos a la estantería, uno a uno, como si cada lomo tuviera un lugar exacto en el universo.

Cojo unas hojas que se habían deslizado hacia la pata de la mesa, intentando separarlas de los libros. Es entonces cuando veo un sobre distinto de los demás.

Blanco perlado.

Delicado.

Con detalles en relieve y letras doradas.

Está medio abierto.

No debería mirar.

Lo sé.

Pero la palabra de arriba aparece antes de que decida no leerla.

Boda.

Se me queda el cuerpo paralizado.

Empujo la hoja un poco hacia afuera, leyendo los nombres y las fechas, sin identificar quiénes eran esas personas. Me levanto, sujetando el sobre.

Daniel se da cuenta de que estoy fijándome en esa invitación.

—No le digas nada a Julie, Grayson. Por favor. No quiero que mi hija sufra.

Su voz suena baja.

No como una orden.

Como un ruego.

Y eso me detiene en el sitio más que cualquier reprimenda.

Levanto los ojos despacio.

—¿Por qué sufriría? —pregunto, con cuidado.

Daniel se queda en silencio unos segundos. Después deja los libros que sostenía sobre la mesa y me quita el papel de las manos.

Se pasa la mano por la cara.

Y, por primera vez desde que llegué a esa casa, el padre de Juliette no parece solo rígido.

Parece cansado.

—Porque puede pensar que su madre quiere restregarle en la cara que tiene otra familia.

Se me cae el estómago.

Daniel suelta una risa corta, sin humor.

—Y... sí. Eso es lo que está haciendo. Solo que me lo está restregando a mí en la cara.

Parpadeo varias veces, procesando la información que acabo de leer.

La fecha es del año pasado.

Mierda.

No era una invitación cualquiera.

La madre de Juliette le había mandado a su hija una invitación de boda.

Su propia boda.

Y Daniel llevaba meses escondiéndolo.

—Me contó que su madre se fue. Dijo que nunca la buscó después de eso.

—Paola volvió a Estados Unidos hace un par de años. Como no sabe nada de Julie, me manda cartas o correos a mí, preguntando por ella.

—¿Nunca la buscó en redes sociales?

—Julie tiene la cuenta privada... tú debes de saberlo. Jamás aceptaría a su madre. Y dudo que se haya molestado en averiguar nada de ella —revela, confirmándome solo lo que ya sé de mi brujita.

Por desgracia, saber luchar y defenderse no significa ser inmune al dolor. La herida sigue ahí, bien abierta.

Daniel me mira fijamente durante un instante largo.

—No quiero mentirle —dice, respirando hondo—. Solo que no quiero verla sufrir por alguien que ya no merece ese espacio en su vida.

La frase me golpea en algún lugar extraño del pecho.

Porque, en eso, lo entiendo perfectamente.

Bajo la mirada hacia los libros que siguen en el suelo y cojo dos volúmenes más, solo para tener algo útil entre las manos.

—No voy a decir nada —prometo—. No me corresponde a mí.

Daniel asiente una vez.

Y volvemos a ordenar el despacho en silencio.