CAPÍTULO 29 #2
—No hace falta que seas perfecto.
Casi me río.
Casi.
Porque es justo ahí donde se equivoca.
Hoy sí que hace falta.
No porque forme parte del acuerdo.
Sino porque, en algún punto completamente inconveniente de esta mentira, empecé a querer que la gente importante para Juliette Carter no me mirara como si fuera un error.
Ella, de algún modo, percibe mi inseguridad.
—Mi padre te va a caer bien.
—Lo dices con mucha confianza.
—Porque le gusta la gente que cuida de mí.
Respiro hondo, porque quiero ser exactamente ese tío. El que cuida de ella.
Y, por eso, cuando la voz sin alma de Waze anuncia que hemos llegado al destino, apago el coche como si estuviera a punto de entrar en el partido más importante de la temporada sin protector bucal y con toda la grada esperando bronca.
Juliette baja del Jeep un segundo después, más animada de lo que estaba cuando subió.
Cojo nuestro equipaje del asiento trasero y hago lo mismo.
Es una casa de dos plantas blanca, grande sin gritar a dinero, con ventanas amplias, un porche pequeño y un jardín bien cuidado.
El césped está recortado. Unos pinos forman un seto entre los vecinos.
Cerca de la entrada, unas macetas con plantas le dan a todo el aire de una casa de gente que se acuerda de regar las cosas.
En la puerta, nos espera un hombre de mediana edad.
Reconozco a Juliette en su padre incluso antes de cualquier presentación. Está en la forma en que lo observa todo en silencio, como si ya lo hubiera leído todo, incluida mi postura y la mitad de mis malas decisiones.
Alto, hombros anchos, pelo castaño con canas en las sienes y barba corta bien recortada. Lleva vaqueros oscuros, una camisa de franela con las mangas remangadas y una calma que, sinceramente, resulta mucho más aterradora que si estuviera sujetando una pala para cavar mi tumba.
Juliette acelera el paso.
—Papá.
Su expresión cambia al instante.
Se ablanda, y se vuelca entera en ella.
Él abre los brazos y ella encaja ahí con una facilidad que me golpea en algún lugar inconveniente del pecho.
Siento esa nostalgia de hacer lo mismo con el hombre que tanto significó para mí, igual que su padre significaba para ella.
Alguien que se fue y me dejó en la memoria el ejemplo del hombre que quiero ser.
Suspiro, con nostalgia. Y encaro el desafío de frente.
El señor Carter levanta los ojos hacia mí.
Allá vamos.
Me acomodo la mochila en el hombro, me acerco más y le tiendo la mano antes de que mi valentía decida volver a Ann Arbor sin mí.
—Luke Grayson, señor. Gracias por recibirme.
Daniel me estrecha la mano con firmeza.
—Así que tú eres el nuevo novio de mi hija.
Contengo la sonrisa.
Lo de «nuevo novio» viene con ese resquicio incómodo del anterior. Como si todavía existiera una sombra en el puesto que yo, por algún motivo nada sensato, había empezado a querer ocupar yo solo.
Único.
Esa es mi intención más reciente. La que surgió cuando me di cuenta de cuánto significaba ya para mí esa chica.
Dos meses son muy pocos para todo lo que quiero vivir a su lado. Pero el valor que tengo en el hielo no aparece con la misma facilidad cuando miro a Juliette.
Así que llevo tiempo estudiando el mejor momento para pedir una enmienda a nuestro acuerdo.
Una que alargue ese maldito plazo.
Solo hasta conquistarla de verdad y hacerle ver que nada de lo que siento es falso.
—Sí, señor.
—No suelo llevarme bien con quien hace daño a mi hija.
—Ese alguien se llama Gavin, señor. Yo me llamo Luke Grayson.
—Creo que ese nombre era uno de los que mi niña maldecía hace un tiempo.
—¡Papá! —Julie lo reprende, pero él no se intimida lo suficiente como para apartar la atención de mí.
—¿Qué pasa?
—No soy nada como el difunto, señor. Pero tampoco soy un santo. Tiene todo el derecho a estar receloso. Yo también lo estaría.
Me mira fijamente el tiempo suficiente para que el sudor empiece a acumulárseme en la frente.
Entonces chasquea la lengua contra el paladar, abraza a su hija de lado y abre la puerta de la casa de par en par, dejando el camino libre para que yo entre.
—¿Tenéis hambre?
Juliette olfatea el aire, girando el cuello hacia la derecha, y supongo que es la dirección de la cocina.
—Está haciendo…
—Pastel de carne —responde él antes de que ella lo adivine. Reconozco la risa en su voz—. También hay puré de patatas, guisantes y brócoli.
—¿Con beicon? —pregunta ella, sonando como una niña pequeña feliz.
Y yo sonrío, disfrutando de este lado suyo.
—¿Así es como comes algo verde? —pregunto, descubriendo sus preferencias.
—Tuve que luchar hasta averiguar cómo hacer que comiera alguna verdura, porque la ensalada era inviable.
—No me gusta la maleza.
—Las verduras son necesarias para una alimentación equilibrada. ¿Cómo puedes ser tan inteligente y no saber eso? —el padre pone el dedo en la duda que llevo teniendo desde que empezamos a comer juntos.
—Tengo la inteligencia suficiente para manipular a mi cocinero particular y que complazca mi paladar —replica ella, orgullosa.
Su padre le da un leve tirón de oreja, en broma, conteniendo una sonrisa.
—No sé qué voy a hacer contigo, niña.
—De momento, quiero que me alimenten, papá.
Él suelta una carcajada.
—Y, de momento, quiero que subáis las mochilas a las habitaciones y os lavéis las manos mientras yo pongo los platos en la mesa. —Se vuelve hacia mí—. Tu habitación es la de invitados, al final del pasillo, chico. Enséñasela, hija.
Asiente con la cabeza, le da un beso en la mejilla a su padre y luego viene hacia mí, entrelazando su mano con la mía, guiándonos hacia las escaleras.
Mientras subimos, me inclino hacia ella:
—¿A qué distancia está la última habitación de invitados de la tuya? —susurro, probando suerte.
—Hay una habitación entre las dos. Pero tu cuarto está al lado del de mi padre.
—Mierda —refunfuño—. Contaba con la idea de cumplir la fantasía de follarme a mi novia a escondidas.
Ella contiene la risa con un resoplido raro.
—¿Desde cuándo tienes esa fantasía, chalado?
—Desde que me invitaste a conocer a tu padre.
Su risa baja se va cerrando en una expresión más concentrada.
—¿Nunca la has cumplido con otra chica?
—¿Qué parte de «sin novias en el currículum» no entendiste, amor?
—Pensaba que era solo en la universidad.
Niego con la cabeza.
—Estaba esperando a una bruja que me pusiera el mundo patas arriba.
—Vale, pervertido —dice, y empuja una puerta. Ni me había dado cuenta de que habíamos llegado a mi cuarto para el fin de semana—. Es una suite. Así que puedes ponerte cómodo.
—¿La tuya también lo es? —la pregunta se me escapa sin filtro.
—Ni lo sueñes.
—No estoy pensando en nada.
Sí. Sí lo estaba.
Ella se ríe.
—Vale… —Me quita la mochila de las manos y sigue hacia su cuarto, saltándose una puerta.
Fijo la vista en la distancia, calculando cuántos pasos tendría que dar sin hacer ruido durante la madrugada. Ella agita el dedo índice en el aire, en un gesto de negación.
Suspiro, decepcionado.
—Obedece a mi padre, Grayson.
Echo la cabeza hacia atrás, mostrando mi frustración, y entro en mi cuarto.
Era una habitación grande con una cómoda, una cama de matrimonio y la puerta del baño. Tiro la mochila en un sillón y voy a lavarme las manos.
Si la personalidad mandona de la brujita venía de su padre, más me valía esmerarme con el jabón. Era capaz hasta de olerme para comprobarlo.
Suelto una risa baja ante el pensamiento absurdo.
Después, encaro mi reflejo en el espejo.
Muy bien, Luke.
Mira en qué te has convertido.
Un novio falso ejemplar, que quiere impresionar a su futuro suegro.
El problema es que ya no sé si quiero convencerlo a él... o convencerme a mí mismo de que sigue siendo mentira.