CAPÍTULO 29
Luke Grayson
La voz robótica de Waze anuncia que quedan quince minutos para llegar al destino.
Quince minutos.
O, traducido al idioma oficial de la tragedia masculina: quince minutos para abrir el telón del espectáculo en el que interpreto al novio perfecto delante del señor Daniel Carter.
Cuento con mi experiencia en dramaturgia para meterme en el papel de persona estable emocionalmente.
No el manojo de nervios que soy en realidad, repitiendo mentalmente frases con gancho para causar buena impresión.
Quiero que le caiga bien.
Quiero que le caiga muy bien.
Igual que quiero que le caiga bien a su hija.
Eso ha sonado fatal, joder.
Porque quiero que a su hija le siga gustando sentarse en mi cara. Algo que no se extiende a los familiares cercanos.
Sacudo un poco el cuerpo, deshaciéndome del pensamiento idiota.
Luego echo un vistazo a Juliette por el rabillo del ojo. Está en el asiento del copiloto, mirando por la ventana, mientras Grand Rapids empieza a dibujarse al otro lado del cristal.
Aprieto los dedos en el volante e intento centrarme en la carretera, pero mi cabeza vuelve a esta mañana, cuando aparqué el Jeep delante de la casa de la Delta.
Juliette estaba en la acera, con una maleta pequeña al lado, un bolso caramelo colgado del hombro y esa expresión de quien ya había organizado mentalmente todo el viaje, incluido el margen de error, la hora de comer y, probablemente, mi ejecución social por si metía la pata.
Llevaba unos vaqueros claros, ajustados lo suficiente como para poner a prueba mi evolución espiritual, botines marrones y un jersey color crema debajo de un abrigo verde oscuro.
Tenía el pelo suelto, cayéndole por los hombros, y ese maquillaje discreto de quien probablemente no ha tardado ni cinco minutos.
Sus ojos se levantaron en cuanto detuve el coche.
Admiró el Jeep Grand Cherokee negro antes de volver a mirarme a mí, y, claro, mi ego se hinchó en el pecho.
Me gusta la reacción que causa este coche en las chicas.
Siempre me ha gustado.
Es previsible, superficial y alimenta la peor parte de mí.
Solo que, viniendo de Juliette Carter… no se sintió igual.
Fue mejor.
De una forma peligrosa.
Como si impresionar a esa mujer en concreto valiera diez veces más que impresionar a cualquier otra.
—¿Es tu coche? —preguntó cuando bajé la ventanilla.
Incliné el cuerpo hacia ella, apoyando el brazo en el volante.
—Buenos días a ti también, amor.
Juliette arqueó una ceja.
—Buenos días. ¿Es tu coche?
—Sí —respondí, bajándome para coger su bolsa de viaje y ponerla junto a la mía en la parte de atrás.
Después, abrí la puerta e hice una reverencia exagerada para que entrara.
Su mirada bajó por mis vaqueros oscuros, por el jersey negro debajo de la cazadora de cuero marrón, y volvió a mi cara con esa evaluación silenciosa que casi me hizo preguntar si había aprobado el examen.
Convencerla de que viajara conmigo en coche me costó más trabajo de lo que debería. Se lanzó a defender el autobús con pasión. Juliette insistió tanto que mi masculinidad se sintió ofendida.
—Nunca te había visto usar coche —dijo durante la discusión.
—Porque normalmente lo dejo aparcado detrás de la Alpha. No lo necesito todos los días. Nos movemos por el campus, pedimos que nos lleven, usamos el coche de otros, sobrevivimos como una comunidad primitiva de deportistas sin ninguna planificación.
—¿Entonces solo lo usas cuando lo necesitas?
—Exactamente.
Bufó y, para agredir un poco más mi orgullo, soltó:
—Dime cuánto va a costar la gasolina.
Me reí.
No pude evitarlo.
—¿Estás loca?
—Estoy siendo educada.
—Eres mi novia. No hace falta que ayudes con la gasolina.
—Falsa.
—Sigues aferrada a ese detalle, ¿eh?
—Luke.
—Juliette.
—No voy a dejar que lo pagues todo tú.
—No soy un muerto de hambre, Carter.
Me miró con esa cara de quien acaba de encontrar un hueco por donde atacar.
—Ah, claro. Se me olvidaba que eres un niño pijo.
—Pijo es una exageración.
—Estudias en una universidad de élite, siempre vas con ropa de marca. Y... que yo sepa, nunca te has quejado de dinero.
—Tengo beca. Y, por lo que yo sé, tú tampoco eres precisamente una superviviente del capitalismo.
Entornó los ojos.
—¿Cómo dices?
Señalé su bolso.
—Ese Marc Jacobs [10] que llevas ahí no vino de regalo en la compra del súper.
Juliette apretó los labios.
—Y ese MacBook Air que cargas tampoco debe de haberte costado tres dólares y un cupón de descuento.
—Tengo beca.
—Lo sé.
—Completa.
—Eso también lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces eso demuestra que eres lista de cojones, no que tu bolso caramelo se haya convertido en objeto de caridad.
Se quedó mirándome fijamente durante demasiado tiempo, probablemente buscando una forma de acusarme de ser irritante.
Al final, lo aceptó.
Primera conquista.
La segunda fue tenerla sentada en el asiento del copiloto.
Disfruté muy poco de la última conquista, porque Juliette Carter encontró información donde yo había dejado un desastre.
¿Fue mi inconsciente actuando, porque quería que ella lo supiera?
No lo sé.
Pero me gustó mucho su expresión entusiasmada cuando descubrió, en cuanto puso su preciado bolso en el asiento de atrás, la carpeta de los Detroit Red Wings.
Me habían draftado. Punto. Solo que no se lo anunciaba a todo el mundo porque no quería convertirlo en tema de vestuario mientras la mitad de los chicos todavía intentaban averiguar su propio futuro.
Vale que ahora tenía un agente que me llamaba con esa voz de amenaza cada vez que hacía una tontería. Y más aún cuando le partía la cara a alguien en clase y me caía una sanción de dos partidos.
Ningún equipo quiere a un tío problemático.
Eso era noticia vieja.
Ahora tenía que lidiar con las consecuencias.
Por suerte, el cuerpo técnico de Detroit solo quiso saber el motivo. Y mi agente lo hizo parecer una película en la que yo era el héroe.
Tampoco perdí los contratos de publicidad recientes. Todos estaban ahí, en esa carpeta con el emblema del equipo.
Tenía talento y una cara bonita. ¿Por qué no aprovechar los beneficios que Dios me dio, eh?
Tenía a la misma agente que Ethan mediando este tipo de contratos. Era el momento de ganar el dinero suficiente para mi jubilación.
—¿Qué es esto? —preguntó, abriendo la carpeta.
—Papeleo.
—¿Con el emblema de los Detroit Red Wings?
—Tienen un diseño bonito —respondí, conteniendo la sonrisa.
Abrió la carpeta, porque Juliette Carter no nació para respetar la privacidad cuando hay información disponible a menos de treinta centímetros de ella.
Sus ojos recorrieron la primera página.
Luego la segunda.
—¿Te han draftado?
—Sí.
Levantó la cara hacia mí.
—Por los Detroit Red Wings.
—Es lo que pone ahí.
—¿Y no me lo habías contado? —su voz sonó decepcionada.
Pero en cierto modo se lo estaba contando, ¿no?
—Técnicamente, nunca me preguntaste si una franquicia de la NHL tenía derechos sobre mi culo.
—Luke.
—¿Qué? Es verdad.
Volvió a mirar la carpeta, pasando las hojas con más atención, en silencio, dejándome fuera.
Odio cuando hace eso.
Sobre todo porque me entran ganas de saber la conclusión.
—¿Y esto? —preguntó, señalando la hoja de publicidad—. ¿Vas a hacer un anuncio de batido?
Me encogí de hombros y asentí.
La comisura de su boca tembló.
—¿Vas a beber batido delante de una cámara?
—Por la cantidad correcta, Carter, me bebo un batido, sonrío y digo que la vainilla artificial me cambió la vida.
Se rio.
Bajito.
Y tuve la sensación absurda de que ese sonido pagaba más que Great Lakes Fuel.
(Great Lakes Fuel: marca ficticia del batido.)
Cerró la carpeta despacio, pero sin quitar la mano de encima.
—Entonces todavía encajas en el patrón de niño pijo.
—¡Eh! ¡Calma! Todavía no he cobrado sueldo de la NHL —digo—. Así que, por ahora, sigo siendo solo un tío con un Jeep y una novia mandona.
Juliette me observó unos segundos.
Después volvió a colocar la carpeta con cuidado.
—La novia mandona podría haber ayudado con el combustible.
—Preciosa... en serio... déjalo ya. Voy a conocer a mi suegro, es lo mínimo que haría un novio decente.
—No quiero deberle nada a nadie.
—No vas a deber nada. Te llevo a casa de tu padre porque dije que lo haría.
No replica, pero se queda callada mucho rato.
Entonces hago lo que mejor se me da.
Rompo la tensión antes de que ella me la rompa a mí.
—Además, si tu padre decide matarme, prefiero tener un plan de huida con tracción a las cuatro ruedas.
Juliette gira la cara hacia la ventana, pero no lo bastante rápido como para esconder la sonrisa.
—Idiota.
—Novio idiota.
—Falso novio idiota.
—Aun así, novio.
Se rio de nuevo.
Y, después de eso, el viaje siguió más o menos a nuestro estilo. Ella preguntando sobre los Detroit Red Wings. Yo fingiendo que no me gustaba hablar del tema y, cinco minutos después, hablando de más sobre hockey, el draft, la presión y todo lo que todavía quiero conseguir en el hielo.
A cambio, ella hablaba de Harvard. Del plan casi criminalmente organizado para convertirse en una abogada de éxito. De metas, exámenes, becas, currículums y todas esas cosas que hacen que Juliette Carter parezca una mujer montada sobre una hoja de cálculo.
La conversación transcurría mientras nuestros cuerpos se comunicaban con pequeños roces de por medio. Su mano encontrando la mía sobre el cambio de marchas. Nuestros dedos entrelazados durante unos minutos. Su palma posándose en mi muslo. Mi mano en la suya cuando la carretera lo permitía.
Nada del otro mundo.
Solo lo suficiente para recordarme, todo el rato, que la brujita se había vuelto demasiado peligrosa para mi cordura.
Ahora, cinco minutos antes de llegar a casa del señor Daniel Carter, tengo las dos manos en el volante.
Waze indica girar a la derecha en ochocientos metros.
Juliette juguetea con el bajo del abrigo, respira hondo y mira hacia la calle.
Parece nerviosa.
Y odio eso.
Lo odio como si su nerviosismo se me hubiera pegado a mí también.
—Carter.
Gira la cara.
—¿Hum?
—Me voy a portar bien.
La desconfianza aparece al instante.
—¿Eso debería tranquilizarme?
—Probablemente no. Pero hablo en serio.
Me mira unos segundos, y esa arruga vuelve a aparecer entre sus cejas.