Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Juliette Carter

El debate de la clase de la profesora McLaurin se salió completamente de control.

Cuando vi entrar a Gavin en la sala como testigo del grupo de Piper, sentí como si me hubieran arrastrado de vuelta al momento en que descubrí la traición.

Todo dolió de nuevo.

La piel.

El orgullo.

El recuerdo.

Entré en ese bucle ridículo de autocompasión y, durante unos segundos, tuve la certeza de que toda la sala me estaba mirando y pensando lo mismo.

Idiota.

¿Cómo no se dio cuenta?

¿Cómo pudo pasar tanto tiempo sin ver lo que ocurría justo delante de sus narices?

A Gavin parecía gustarle aquello. No el debate. No el argumento. La humillación. La idea de tenerlo enfrente, contra mí, en un trabajo académico, ni siquiera era el verdadero dolor.

Lo que dolía era constatar que él nunca había hecho eso por mí. Nunca se puso de mi lado.

Nunca me defendió.

Nunca me eligió en público, en privado, en ningún sitio.

Nunca fui suficiente para que Gavin levantara la voz por mí. Y mucho menos para que luchara. Yo solo era la idiota conveniente. La chica que le revisaba los trabajos, le organizaba el desastre, le disculpaba el desprecio y aceptaba migajas como si fueran una cena a la luz de las velas.

¿Y lo peor?

Solo entendí lo poco que recibía después de pasar una sola noche con Luke Grayson.

Una noche en la que me tocó como si estuviera prestando atención.

Como si mi placer no fuera un detalle opcional del contrato.

Como si no tuviera que dar las gracias por migajas.

¿Disfruté aquella noche con Luke?

Sí.

¿Pensaba seguir disfrutándola?

Por supuesto.

Solo necesitaba tiempo para que mi cabeza no confundiera las estaciones y me convirtiera en la protagonista patética de una novela rosa de quiosco, creando sentimientos donde solo debería existir practicidad.

No es que no pudiera haber amistad.

Grayson ya no era mi enemigo. Era el hombre que se estaba divirtiendo peligrosamente haciendo de novio falso mío. Y hoy le había contado la noticia a todo el mundo.

—Supongo que ya no hace falta preocuparnos por contar que estamos saliendo, ¿no? —pregunto, intentando sonar juguetona, porque reír parecía menos humillante que admitir que todavía temblaba por dentro.

Luke tarda un instante en procesar la frase, parpadeando un par de veces, como si también estuviera volviendo a su propio cuerpo después del caos.

Entonces sonríe.

Esa sonrisa torcida. Preciosa. Irritante.

—El que tú querías que lo supiera ya lo sabe, preciosa —dice, mientras caminamos por los pasillos del campus—. Ahora solo queda poner en marcha el cronómetro.

¿Poner en marcha el cronómetro…?

Ah. Claro.

Los dos meses.

De eso estaba hablando.

El acuerdo.

No sé por qué me dio una especie de incomodidad en el pecho.

No debería.

Era lo pactado.

El plan.

La base racional de toda esa mentira tan bien organizada que habíamos inventado entre los dos.

Dos meses para que Gavin se tragara su propio ego.

Para que Piper echara veneno por las comisuras.

Para que mi reputación saliera de la UCI social.

Para que Luke volviera a su vida.

El problema es que la mano de Luke, grande y caliente, seguía envolviendo la mía como si fuera lo más natural del mundo. Como si no acabara de darle un puñetazo a mi ex en medio de la clase, de llamarme novia delante de todo el mundo. Trago saliva.

—Vale —murmuro, incapaz de decir nada más durante un rato.

Luke me mira de reojo, de una manera distinta.

—Te has quedado callada.

Se ha dado cuenta.

Claro que se ha dado cuenta.

Así que opto por la mejor salida y digo:

—Le has dado un puñetazo a Gavin en plena clase, Grayson.

—Técnicamente, él lo pidió.

—No lo pidió.

—Te insultó. Para mí, eso es una petición formal.

Intento no sonreír.

Fallo miserablemente durante medio segundo y lo odio con la fuerza de mil mujeres humilladas en público.

—Te pueden expulsar.

—Qué va. Soy demasiado bueno para el equipo. Puede que me castiguen en el banquillo cuando el entrenador se entere, pero nada que no haya vivido ya antes, brujita.

—¿Le has pegado a mucha gente así?

—No. Solo una vez. Se metieron con una chica. Jake y yo tenemos ese defecto de carácter, ¿sabes? —bromea, con esa sonrisa de niño travieso.

—Entonces eres reincidente. Puede que no te quedes solo en el banquillo. ¿Y si McLaurin no te quiere más en su clase?

—Cojo otro crédito en una asignatura equivalente. —Se encoge de hombros—. No me va a manchar el expediente. Además, yo quiero jugar al hockey profesional, brujita. Aquí lo único que me preocupa es salpicarte a ti.

Me toca la punta de la nariz.

Suspiro y cierro los ojos. Cuando los abro, noto que sigue observándome.

—No voy a dejar que te perjudiques por mi culpa, ¿vale? Yo asumo la responsabilidad de lo que sea —concluyo, firme, preocupada.

—Tú me defendiste —replico, porque estoy empezando a venirme abajo en el pasillo, y, sinceramente, ya hemos tenido bastante espectáculo por hoy—. Así que... gracias.

Su sonrisa vuelve poco a poco.

—A tu servicio para partirle la cara a cualquier gilipollas otra vez.

—No era eso por lo que te daba las gracias.

—Es lo que yo he oído.

—Necesitas terapia. —Suelto una risa corta, casi involuntaria.

Él deja de caminar en cierto punto, con menos gente alrededor. Se gira para quedar frente a mí, sujetándome el rostro entre las manos.

—¿Vas a dejar de huir de mí?

La pregunta llega demasiado suave para alguien que acaba de prometer violencia como entretenimiento.

Trago saliva.

—Ahora ya no tengo elección —respondo, intentando recuperar algo de estabilidad—. Eres oficialmente mi novio.

Luke ladea la cabeza, con la sonrisa volviéndose peligrosa.

—¿Oficialmente?

—Al menos hasta que se acaben los dos meses.

Su sonrisa se congela medio segundo. Después, suelta una risa sin humor, me rodea los hombros con el brazo y vuelve a caminar conmigo a su lado.

—Ya, brujita… hasta que todo se acabe.

—¡Eh! ¡Vosotros dos! —la voz de Morgan llega desde atrás, casi sin aliento.

Luke y yo miramos hacia atrás al mismo tiempo.

Viene por el pasillo con otro alumno de la clase de McLaurin a su lado, cada uno cargando una mochila que, técnicamente, debería estar con sus respectivos dueños.

Mi dignidad se quedó en la sala.

Nuestras mochilas también.

—No pensamos ir cargando con las mochilas de los demás por todo el campus, no —anuncia Morgan, acercándose a nosotros con la expresión ofendida de quien acaba de ser ascendida a funcionaria involuntaria de objetos perdidos.

Me entrega mi mochila. El chico le da la suya a Luke.

—Gracias, tío —agradece Luke, colgándose la correa del hombro.

—Tranquilo —responde él, evaluando la cara de Luke con una atención muy específica—. Buen gancho, por cierto. Pero tienes que acordarte de no bajar la guardia después del impacto. Ahí no llevabas toda esa protección que llevas en el hielo. Tuviste suerte de que Gavin no sepa devolver golpes.

Luke suelta una risa por la nariz.

—¿Estás intentando convencerme de que entrene contigo, Akira?

—No —responde Akira—. Ya lo intentaste antes, y tuve más trabajo separando peleas de chicas mirándote a ti que enseñando a un cabezota a pegar bien.

Luke se ríe.

Yo, por otro lado, voy mirando alternativamente a los dos.

Porque, por lo visto, mi novio falso tenía un historial de entrenamiento de lucha, fans peleonas y amistades aleatorias repartidas por todo el campus, como si coleccionara personajes secundarios en misiones paralelas.

—Espera —digo, señalando entre los dos—. ¿Entonces tú entrenas lucha?

—Intento impedir que se maten en el centro deportivo dos veces por semana —responde él, con una calma absurda—. Es una clase de boxeo recreativo y defensa personal.

Morgan se detiene en medio del pasillo.

—Espera. ¿Tú das clases de defensa personal?

Akira la mira.

—Superviso un grupo, sí.

—¿Y enseñas a pegar mejor de lo que hemos visto hoy en clase?

—Si la persona no tiene el ego del tamaño de un elefante —su mirada recae sobre Luke— sí.

Morgan sonríe.

Una sonrisa peligrosa.

—Pues avísame cuando empiece el próximo grupo, que me apunto.

Luke ladea la cabeza hacia ella.

—¿Quieres pegar más fuerte en el ring, Foster? Ya eres bastante violenta con un stick en la mano.

Morgan se vuelve despacio hacia él, con una serenidad inquietante.

—No. Quiero aprender a pegarle a los idiotas que hagan daño a mis amigas. Apúntate el recado, novio.

Novio.

La palabra cae entre nosotros con un peso ridículo para algo que, técnicamente, era mentira.

Luke, claro, no parece incómodo. Todo lo contrario. El muy cabrón sonríe como si acabara de ganar un título nacional.

—Recado anotado.

—Estupendo —responde Morgan—. Me gustan los hombres que saben leer una amenaza.

Esta vez no consigo aguantarme la risa.

Y, por primera vez desde que Gavin entró en aquella sala, respirar no parece doler tanto.