Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Luke Grayson

Tengo el culo congelado de cojones.

Y eso que ya conozco el frío.

Conozco el frío en el stick, en la cuchilla, en el pulmón, hasta conozco la sensación humillante de sentarme en la penalty box y ver el cronómetro contar mis pecados en minutos.

¿Pero esto?

Esto es mucho peor.

Porque, cuando estás en la penalty box, hay una promesa. Cinco minutos. Dos minutos. Da igual. Te quedas ahí, cabreado, ardiendo, viendo el partido escapársete entre los dedos, pero sabes que en algún momento la puerta se abre y vuelves al hielo.

¿Ahora, sentado en el banquillo, suspendido, con el uniforme completo e inútil?

Aquí no se abre ninguna puerta.

No hay redención.

Solo yo, mi rabia y la certeza absoluta de que, si pudiera volver atrás en el tiempo, le daría otro puñetazo a Gavin en la cara.

Aunque tuviera que pagar esta mierda otra vez.

Y eso que tengo el culo congelándose en el banquillo, el entrenador fusilándome con la mirada cada cinco segundos y probablemente la mitad del graderío llamándome idiota impulsivo.

Le daría otro.

Puede que con la otra mano, solo para equilibrar.

Porque, ¿quién coño se cree ese tío que es para tratar así a mi brujita?

—Grayson, deja de morder el guante —refunfuña el entrenador a mi lado.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba mordiendo el cuero.

En el hielo, nos están dando una paliza los Titans. Una paliza fea. De esas que hacen que la grada pierda la fe, que la mascota se replantee su carrera y que cualquiera con un mínimo de amor propio desee que se lo trague la tierra.

Lo único que me queda es quedarme ahí, en el banquillo, rezando por un milagro.

Miro cómo Jake controla el disco por el centro, agachado sobre los patines, la cabeza alta, buscando un hueco entre dos tíos que parecen haberse entrenado en una cárcel.

—Vamos, Jake —murmuro, inclinando el cuerpo hacia delante.

Él se deshace de la marca, gira el cuerpo y se la pasa a Aidan por la derecha.

Bien.

Aidan la recibe pegada a la banda, acelera por la derecha e intenta llevarla hacia el fondo. Al otro lado, Ravi corta por la izquierda, entrando en el espacio como debe. Sean sube un poco por la defensa izquierda, dando opción de repliegue.

Todo bien.

Durante tres segundos.

Tres.

Hasta que Liam, el tío que está ocupando mi puesto en la defensa, decide que el mejor sitio del mundo para estar es exactamente donde no debería.

—No, no, no… —gruño.

El dorsal veinticuatro de los Titans lo lee antes que él.

Hasta un tonto lo leería antes que él.

El tío se cuela por detrás de Liam, libre por el carril derecho, mientras nuestro lado queda tan abierto como la puerta de una fraternidad en noche de fiesta.

—Coach —llamo, desesperado, ya de pie—. Mira esa mierda. El veinticuatro se está colando por detrás de Liam.

—Siéntate, Luke.

—¡Coach, dile que cierre! Tiene que cerrar ahora.

En el hielo, Jake se da cuenta del desastre e intenta volver por el centro para cubrir la defensa. Pero no es mago. Aidan sigue atrapado en la banda, Ravi está al otro lado esperando el pase, Sean no llega a cruzar toda la zona a tiempo, y Liam…

¡Dios mío!

¿Dónde tiene la cabeza Liam?

¿En el infierno?

—Liam… —grazno, golpeando el cristal—. ¡PRESTA ATENCIÓN, JODER!

El pase de los Titans atraviesa la zona como una puñalada.

El veinticuatro recibe y prepara el disparo.

Golpeo el cristal otra vez con la mano, como si mi palma pudiera atravesar la protección, agarrar a Liam del cuello y colocar a ese desgraciado en el sitio correcto.

—¡CIERRA EL ÁNGULO!

El disco choca contra el portero, que despeja del susto. El rechace queda vivo delante de la portería.

Casi se me sale el corazón por la boca.

—¡Quita esa mierda de ahí!

Sean llega volando por la izquierda y la manda a la esquina antes de que otro Titan la toque.

Suelto el aire como si hubiera pasado los últimos diez segundos siendo estrangulado por una deuda estudiantil.

—Grayson —dice el entrenador, bajo y peligroso.

Lo miro.

—¿Qué?

—Cierra la puta boca.

—Solo digo que no está viendo nada.

—Y yo te estoy diciendo que cierres la boca.

—¡Pero mira eso! —Señalo a Jake, que está intentando tirar del centro él solo, porque Liam ha dejado un agujero negro en medio de la pista.

—Luke —suena como un aviso.

No puedo controlarme, siento que estoy narrando una tragedia griega.

—Aidan está atrapado en la banda, Ravi está libre por la izquierda, Sean acaba de salvarle el culo a todo el mundo y Liam sigue patinando como un pato patizambo.

—¡Grayson!

—Coach, dile que cierre por dentro. Solo eso. Que cierre por dentro, porque si...

—El entrenador aquí soy yo, joder. Siéntate ese culo en el banquillo y quédate callado. —Me señala el banco—. La próxima vez, piénsalo antes de darle un puñetazo a alguien en una clase.

Abro la boca.

La cierro.

¿Y si no hubiera sido en una clase, estaría ahora en el hielo? Pienso en preguntarlo, pero la cara del entrenador ya es una respuesta implícita.

Así que me callo y me siento de golpe, cruzando los brazos y mirando fijamente el hielo como si pudiera matar a alguien solo con el poder de mi cabreo.

Porque lo peor de no jugar no es el frío.

Es ver la guerra desarrollándose a tres metros de ti y no poder entrar en ella.

Aquello duró una eternidad.

No una eternidad poética, bonita, llena de significado.

Una eternidad del tipo tortura medieval, silla incómoda y alguien echando ácido gota a gota en el único punto que me quedaba de paciencia.

Cuatro a uno.

Cuatro malditos goles de los Titans.

Un gol nuestro.

Una paliza vergonzosa delante de nuestra afición, en nuestro hielo, con nuestra clasificación yéndose al infierno y yo encima

teniendo que cumplir otro partido entero sentado en ese puto banquillo.

Qué mierda.

Camino detrás del equipo, con las protecciones de los patines chasqueando contra el suelo, el casco sujeto bajo el brazo y la derrota pesándome en la espalda junto con el olor a sudor, hielo raspado y orgullo aplastado.

Los chicos van delante, callados.

Jake tiene la cabeza gacha. Ravi ni siquiera discute con nadie. Aidan parece querer desaparecer dentro de su propio equipo. Sean se pasa la mano por la cara, demasiado cabreado para hablar.

Yo me quedo atrás.

Mejor así.

Estoy a punto de estallar. Como alguien respire mal cerca de mí, igual le arranco la cabeza a mordiscos.

Lo único que quería era entrar en la sala de entrenamiento de la Yost Ice, ponerme los guantes, buscar el saco y darle puñetazos hasta que a mis hombros se les olvidara que existen.

Estoy pensando exactamente en eso cuando oigo una voz detrás de mí:

—Tu equipo ha jugado igual que tú, Grayson. Una mierda.

Me paro.

Despacio.

Esa voz asquerosa era el último sonido que necesitaba oír ahora mismo.

Giro la cabeza y me encuentro a Gavin apoyado en la pared, con esa postura de quien nació pensando que el mundo debía pedirle permiso antes de girar.

El lado izquierdo de su cara está morado.

Precioso.

Una obra maestra.

Dios mío, qué trabajo tan bien hecho.

Si lo hubiera firmado, lo colgaría en un museo.

—Tú en el hielo no habrías cambiado nada —sigue, sonriendo de lado—. Los Titans son mucho mejores. Vosotros solo sois un puñado de idiotas fingiendo que sabéis hacer algo.

Se me tensa la mandíbula.

Detrás de él, hay gente mirando. Dos tíos cerca de la salida. Una chica con el móvil en la mano. Un grupo fingiendo que no está prestando atención y prestando muchísima atención.

Cómo no.

Público.

Gavin fue lo bastante listo como para venir hasta mí con escolta.

—¿Qué pasa? —Levanta las cejas—. ¿No vas a intentar darme en el otro ojo?

Señala el lado que todavía no está morado.

Hijo de puta listo.

Sabe que, si vuelvo a tocarlo, ya no es solo un partido de sanción. Es la temporada entera comprometida, el entrenador arrancándome la piel a tiras en el vestuario y Jake matándome antes de que consiga darle explicaciones.

El hijo de puta quiere joderme un poco más.

El orgullo herido es una putada.

Así que... sonrío.

No porque esté tranquilo.

Porque a veces la sonrisa es solo la correa que sujeta al perro.

—Créeme —digo, bajo—. Habría merecido muchísimo la pena.

Su sonrisa crece.

—¿Ha merecido la pena quedarte en el banquillo, gilipollas?

—Habría merecido más si te hubiera partido también el otro lado de esa cara de idiota.

Suelta una risa corta.

—Perdedor.

Doy un paso hacia él.

Solo uno.

El suficiente para que contenga el aire, dejando ver el miedo.

Sonrío, satisfecho.

—Tengo que volver con mi equipo —digo—. Y, a diferencia de ti, yo no soy tan egoísta como para joder a todo el mundo solo porque me pica la mano. Así que quédate en tu sitio. Yo me quedo en el mío. Y no me provoques.

Gavin ladea la cabeza, fingiendo pensar.

—¿En mi sitio? Qué gracioso. Pareces bastante cómodo cogiendo lo que es mío.

Se me enfría la sangre.

No por el tono.

Por el objetivo.

—Ten cuidado —le advierto.

—¿Qué? ¿Vas a hacer como que no lo sabes? —Se acerca un poco, bajando la voz lo justo para sonar íntimo, pero no tanto como para dejar fuera al público—. ¿Crees que entré en esa sala sin saber lo que estaba haciendo?

El estómago me da un vuelco.

—No sabes una mierda.

—Sé lo suficiente. —Sonríe—. Sé que Juliette reaccionó así porque todavía siente algo. Si no sintiera nada, no habría reaccionado.

Cierro la mano alrededor de la correa del casco.

—Vuelve a decir su nombre. —Avanzo hacia él, nuestras caras quedando a milímetros de distancia. Él retrocede y traga el nudo del miedo.

Bien.

—Ella todavía piensa en mí, Grayson —dice, con los párpados entornados, como si esperara otro puñetazo—. Tú solo estás ahí porque yo dejé un hueco libre.

Río por la nariz.

Pero no tiene ninguna gracia.

—¿Un hueco? ¿Así llamas a ser un capullo?

—Lo llamo historia. —Se encoge de hombros—. Vosotros no tenéis eso. Tú eres útil. Conveniente. Un tío guapo con fama de ligón para que ella me lo restriegue en la cara.

La frase cala.

Odio que cale.

Porque en parte es verdad. O casi toda. Pero que le den.

Juliette es mi chica ahora. Independientemente del acuerdo firmado. Se entregó a mí. Por un tiempo determinado. Pero que le den.