CAPÍTULO 26 #2
—Tenemos que dejar una cosa bien clara —dice Juliette, sacando una hoja marcada con bolígrafo azul—. Si la empresa sabía que el trabajo tenía riesgo, no podía fingir sorpresa cuando alguien se hizo daño.
—Van a intentar echarle la culpa a los trabajadores —dice Morgan, abriendo el portátil.
—Está claro que sí —respondo—. Es el camino más fácil. «Ah, pero no prestaron atención. Ah, pero el equipo estaba ahí. Ah, pero nadie les mandó hacerlo así.»
Juliette me señala con el bolígrafo.
—Eso. Y nosotros respondemos con: ¿quién mandaba en el lugar? ¿Quién daba la formación? ¿Quién compraba el equipo? ¿Quién ponía las normas?
—La empresa —dice Morgan.
—Pues ya está —concluye Juliette—. No pueden hacerse las inocentes después.
—Perfecto. Vamos a repasarlo —determina Morgan, revisando las hojas sueltas que tiene delante.
Yo, por mi parte, estoy revisando otra cosa. O mejor dicho, a otra persona.
Porque, joder, Juliette Carter hablando así me pone burro perdido.
—¿Por qué me miras? —pregunta, sin apartar la vista de los papeles.
Sonrío.
—Porque estás buenísima en modo demoledor.
Se le para el bolígrafo.
Morgan aprieta los párpados, respirando hondo por la nariz.
—He pedido que repasemos. No que hagáis preliminares.
Juliette me da un codazo.
—Concéntrate.
—Estoy concentrado.
—En mí.
—Eso también forma parte del trabajo en grupo.
Pone los ojos en blanco, pero la boca delata esa sonrisita pequeña.
Y me gusta demasiado lo que está pasando entre nosotros como para querer averiguar hasta dónde llega.
—El punto principal —retoma Morgan, dando golpecitos con la punta del bolígrafo en el cuaderno.
Julie da un saltito en la silla, pillada por sorpresa. Su amiga niega con la cabeza, murmurando una palabrota antes de continuar:
—¡Prestad atención! —insiste Morgan—. No podemos dejar que la empresa parezca la víctima.
—Exacto —conviene Juliette—. Van a intentar decir que había equipo de seguridad, que se ofreció la formación y que el accidente ocurrió por un fallo del trabajador.
—Y nosotros respondemos que vigilar el cumplimiento es obligación del empresario —digo.
Juliette gira la cara hacia mí.
—Eso ha estado bien.
—¿Verdad que sí…? —Sonrío, jugueteando con un mechón de su pelo—. Dilo otra vez, que me gusta oírtelo decir.
—No lo estropees.
—Solo quería oírlo una vez más.
Morgan nos señala a los dos con el bolígrafo.
—Odio admitirlo, pero esta dinámica funciona.
—Porque yo soy perfecto. Mírame —afirmo, sacando pecho.
—Porque ella te controla antes de que lo estropees todo —corrige Morgan.
Juliette suelta una risa baja, y me doy cuenta de lo jodido que estoy, porque no tuve ni la más mínima intención de contradecir a Foster. Que me mandara Juliette Carter, siempre que acabara en mi cama, me parecía una idea buenísima.
Entonces, el consejo de Jake cobra todo el sentido.
Suelto una risita floja que ellas interpretan como aceptación.
Y lo era.
La profesora McLaurin entra en el aula unos segundos después, cargando una carpeta gruesa y una expresión de quien se ha despertado lista para presenciar una batalla de egos.
—Buenos días —anuncia, dejando el material sobre la mesa—. Espero que todos estéis preparados. Hoy empezamos los debates prácticos.
El ambiente del aula cambia al instante.
Se arrastran sillas. Algunos alumnos ordenan sus hojas, como si el papel organizado pudiera compensar un mal razonamiento.
Ya hay seis sillas colocadas al frente del aula, tres de cada lado, con una mesa delante de cada trío.
McLaurin coge la lista.
—Como expliqué en la clase anterior, tendremos un trío del bando de la defensa y otro trío del bando de la acusación. Cada uno defenderá una postura. El objetivo no es solo presentar argumentos, sino responder a la tesis contraria con claridad, estrategia y dominio retórico.
Morgan hace crujir los dedos.
—Ahora sí.
Juliette se endereza en la silla, y noto cómo respira hondo. No es nerviosismo. Es preparación.
Mi brujita entrando en modo batalla.
—Vamos allá —continúa McLaurin—. Caso: accidente laboral por un fallo en el suministro de equipos de seguridad. El primer grupo, representando a los empleados, estará formado por Juliette Carter, Luke Grayson y Morgan Foster.
Morgan sonríe.
Los tres nos levantamos a la vez y caminamos hasta las sillas del lado derecho.
La profesora espera a que nos acomodemos y, después, anuncia:
—Y, representando a la empresa, tendremos a Piper Mayer, Derek Walsh y Walter Potz.
Mi sonrisa se apaga un poco.
Piper gira la cara hacia nosotros con la expresión cargada de veneno.
Vuelvo la atención de inmediato hacia Juliette. Está seria, concentrada. Inquebrantable.
O finge muy bien.
—Profesora, hemos invitado a un testigo para reforzar nuestra argumentación —dice Piper, demasiado dulce para alguien con tanta ponzoña en la sangre—. Todavía no ha llegado. ¿Podemos esperar un minuto?
McLaurin levanta la vista de la lista.
—Señorita Mayer, no soy tolerante con los retrasos.
—Lo sé, profesora. Ya está de camino. Solo un minuto —responde, acomodándose detrás de la mesa al lado de Derek.
Walter arrastra una cuarta silla hacia su lado.
Cómo no.
Porque a las víboras venenosas también les gusta el público.
—Un minuto —concede McLaurin—. Después empezamos, con o sin su testigo.
Morgan masculla una palabrota a nuestro lado.
—Están jodidos. McLaurin no perdona los retrasos —cuchichea, con la cara girada hacia nosotros dos.
—¿A quién está esperando? —añade Julie en el mismo tono, recorriendo la clase con la mirada.
Yo hago lo mismo.
—¿En serio? Nunca le he prestado atención a nadie de esta clase —murmura Morgan, encogiéndose de hombros—. Debe de ser una de las chicas que suele sentarse con ella.
McLaurin apoya la lista sobre la mesa.
Un instante después, la puerta se abre con cautela, revelando a una persona que no debería estar ahí.
Gavin, el ex hijo de puta, entra en la clase, saludando brevemente a la profesora con un gesto. Va hasta McLaurin, le entrega un papel y, después, se acerca a Piper, deteniéndose a su lado.
Se me traba la mandíbula.
No hacía falta ni leyenda, ni explicación, ni manual de instrucciones.
El testigo era él.
—Un momento —protesta Morgan, señalando al capullo—. Él no es de esta clase.
—Lo sé, señorita Foster —replica McLaurin, arqueando una ceja—. Por eso la señorita Mayer lo presentó como testigo invitado, no como miembro del grupo.
Estoy al lado de Julie y, en ese segundo, siento el impulso de cogerle la mano.
La tiene fría.
Sus ojos siguen clavados en el cuadro bizarro que forman esas tres figuras delante de nosotros.
—¿No era solo como complemento? —pregunto, recordando las explicaciones que dio aquel día.
—Y lo es —responde McLaurin—. El grupo lo siguen formando Piper Mayer, Derek Walsh y Walter Potz. El señor Gavin solo participa como testigo.
Solo.
Claro.
Porque sentar al ex de Juliette al lado de Piper, en un debate sobre culpa, responsabilidad y consecuencias, era solo un detalle académico.
Una contribución externa.
El infierno con acreditación de visitante.
—Basta ya de preguntas inútiles. Estamos perdiendo el tiempo.
Yo seré la moderadora y dirigiré el debate.
Tendréis ocho minutos para presentar la demanda contra la empresa.
Después, se le dará el mismo tiempo a la defensa.
Haremos réplica y contrarréplica —explica la profesora, gesticulando de un lado a otro—.
El testigo invitado podrá intervenir dentro del tiempo de la defensa.
Por último, nuestro jurado serán el resto de alumnos.
Votad usando el enlace que os llegó por correo.
En la próxima clase sabremos el resultado.
Me inclino hacia Juliette.
—Mírame.
No obedece de inmediato.
Así que lo repito, más bajo:
—Julie.
Entonces se gira.
Sus ojos se encuentran con los míos, y en ese momento veo todo lo que está intentando esconder. El susto. La rabia. La humillación antigua raspándole por dentro. Las ganas absurdas de no demostrar nada.
—Ahora me tienes a mí —digo, poniéndole una mano en la cara. Ella respira hondo.
—Lo sé.
—Pues vamos a machacarlos, preciosa.
Después, coloca bien la hoja sobre la mesa, coge el bolígrafo y mira al frente.
—Trabajadores, presentad vuestra demanda —la profesora da comienzo a la sesión.
Juliette respira hondo.
Una vez.
Dos.
Entonces levanta la barbilla y empieza a exponer el problema en sí, las causas y las consecuencias, y la petición de indemnización.
—La empresa sabía que existía riesgo —empieza, con la voz lo bastante firme como para atravesar toda la sala—.
Ese es el punto. No estamos hablando de mala suerte, de un despiste o de un accidente imposible de prever.
Estamos hablando de un entorno en el que los empleados dependían de la formación, del equipo adecuado y de la supervisión para no hacerse daño.
Morgan entra justo después, abriendo la hoja marcada.
—Y cuando quien tiene el control elige hacer lo mínimo, no puede fingir sorpresa cuando ese mínimo sale mal.
Algunos alumnos murmuran.
Bien.
De nuestro lado, dos a cero antes incluso de llegar a la mitad del primer tiempo.
Me inclino sobre la mesa, mirando fijamente a Piper, a Derek y al ex canalla.
Me quedo ahí callado; mi turno llegaría solo en la réplica, contra las primeras defensas fallidas.
—Vale. Muy bien. Se acabó el tiempo. Ahora, el grupo de la empresa.
Piper se levanta despacio, colocándose el pelo detrás de la oreja, con esa sonrisa de chica que cree que el veneno se convierte en perfume si se pone en el frasco correcto.
—Estamos de acuerdo en una cosa: la vigilancia importa. —Piper mira directamente a Juliette—. Al fin y al cabo, quien no vigila bien lo que es suyo… acaba perdiendo todo el derecho a quejarse después.
El ambiente cambia.
No por la frase.
Por el blanco al que apunta.
Juliette se queda inmóvil.
Morgan abre la boca al instante, pero McLaurin levanta la mano.
—Señorita Mayer, mantenga el argumento dentro del caso.