CAPÍTULO 26
Luke Grayson
Antes de ponerme los calzoncillos que saco de la mochila, me acerco la tela a la nariz para comprobar que está mínimamente decente.
Lo está.
Menos mal.
Ese era el único foco de preocupación real con mi limpieza en este momento, porque el resto de la ropa estaba limpia. Un milagro que yo mismo produje anoche, después de pasarme un buen rato de más en la lavandería de la Alpha.
La práctica hace al maestro, y después de teñir alguna que otra prenda, aprendí que separar por colores marca una diferencia enorme.
Al menos, esta vez, ninguna pieza salió rosa.
Victoria para mí.
El entrenamiento de la mañana fue una locura. El coach Patterson estaba poseído y nos hizo repetir tantos hard stops y pivots [9] que la pista quedó con más cicatrices que un veterano de guerra. No volverá a parecer hielo hasta que pase la Zamboni un buen rato.
Sigo vistiéndome, y cuando estoy presentable con vaqueros y camiseta, alcanzo el perfume que traje en la mochila.
Como si estuviera cometiendo un crimen contra la masculinidad, miro a mi alrededor. Nadie me está mirando.
Sean está al otro lado, envuelto en la toalla; Ravi rebuscando en su propia mochila con la cabeza casi entera metida dentro; Aidan atándose las zapatillas en silencio.
Me doy dos toques y lo guardo rápidamente de vuelta en la bolsa de entreno.
—¿Me dejas, tío? —Jake está a mi lado, con la palma hacia arriba. Levanto la cara, intentando parecer despistado—. Tu perfume. Déjamelo. Se me olvidó el mío.
Gesticula, llamándome con los dedos.
—Mirad a este… echándose perfume para la novia —se burla Ravi, y el vestuario se llena de risitas y silbidos.
Suelto el aire, hastiado, dejando caer los hombros mientras le paso el frasco a mi mejor amigo bocazas.
—Es solo perfume, tío. No es para tanto.
—Lo sería si te lo pusieras siempre —Aidan levanta la cabeza solo para aclarar la mierda esa.
—¿Cuál has cogido? —pregunta Sean, acercándose—. Si es el Blue, yo también quiero que me lo dejes.
Pongo los ojos en blanco, enseñando el Polo Black de Ralph Lauren. Se le baja el entusiasmo y, para mi desgracia, coge el perfume y se echa un poco él también.
—¿No querías el azul? —pregunto.
—Me gustan los dos. Hoy se me ha olvidado el mío. —Se encoge de hombros y va hacia su taquilla.
—Voy a necesitar otro frasco si se pone de moda que todos cojan el mío.
—No todos. Yo paso —puntualiza Aidan, pasando a nuestro lado y despidiéndose con un gesto.
—Qué mono cuando os ponéis el collar —bromea Ravi, poniendo un morro que me dan ganas de quitarle de un puñetazo.
Empiezo a maldecir a la nada mientras guardo el resto de las cosas en la mochila. Cojo la chaqueta deportiva de la universidad y me la pongo, metiendo los brazos por las mangas con más fuerza de la necesaria.
—Tío… relájate. Ya se te pasará. —Jake me da unas palmaditas en la espalda.
Él ya está completamente cambiado, con una chaqueta parecida a la mía, apoyado en la taquilla de al lado, con esa calma irritante de capitán que sale con su mejor amiga y ahora se cree un maestro en cuestión de relaciones.
—Que le den. Solo me he echado perfume. No es para tanto.
—Claro que sí. —Su sonrisa me irrita—. ¿Qué clase tienes ahora? ¿Es con la brujita?
Y ahí estoy yo, firmando con letras mayúsculas mi nueva rutina para alegrarle el día al idiota que tengo al lado.
Asiento con la cabeza, negándome a mirarlo a la cara.
—Tío… tú no eres así —dice Jake mientras salimos del vestuario, murmurando esas despedidas rutinarias de «nos vemos», «hasta luego», al resto.
Tiene razón. No lo soy.
No soy el tío que lleva perfume en la mochila para echarse después de entrenar. No soy el tío que piensa en el camino hasta el aula de McLaurin como si fuera una especie de acontecimiento. No soy el tío que se irrita porque una chica le pidió que se la follara a cuatro patas.
Joder…
Debería haberme encantado eso.
Pero no me encantó.
Y eso es lo que me tiene cabreado.
No las burlas de los tíos. No la sonrisa idiota de Jake mirándome como si hubiera abierto un manual titulado Luke Grayson siendo gilipollas en tiempo real.
Lo que me está irritando es el misterio de esa mujer, cabezota de narices.
Ella no quiso que se la follara por detrás.
Ella quiso evitar mirarme.
Y por un retraso causado por la sangre concentrada en mi polla y no en mi cerebro, no até a pensarlo hasta después de correrme.
Mierda.
Solo de pensarlo suena ridículo.
La escena se repite en mi mente una vez más. Movida por una fuerza de más allá, mi mano encontró la suya, y me pareció lo correcto entrelazar sus dedos de esa manera.
El contacto de nuestras palmas hacía que la conexión pareciera real.
Y me gustó lo que sentí.
Juliette es una chica guapa, inteligente… suele dar guerra cuando bebe. Pero lo compensa siendo divertida.
Me alteré al sentir que estaba huyendo de mí. Sobre todo porque pensaba que estaba caminando conmigo por el mismo camino.
Idiota.
Seguro que todavía piensa en ese gilipollas de su ex. Por desgracia.
Para ella, los dos solo somos un acuerdo con fecha de caducidad.
Para mí…, también tiene que serlo.
Solo entretenimiento para adultos, Luke. Y, al final, ¿quién sabe? Igual hasta una amistad.
Ya me he hecho amigo de chicas con las que he salido antes.
Nunca fue así. Pero todo con Carter sabe a algo desconocido.
Jake me da un empujón mientras caminamos, sacándome del sopor.
—¿Habéis discutido? —pregunta, al fin.
—No. —Respiro hondo, queriendo que el tema muera ahí—. Déjalo, tío.
—Mira… te voy a contar lo que aprendí con Carol en todo este tiempo. —Saca pecho, como si fuera a revelar el secreto del universo—. Las mujeres son complicadísimas. Siempre piensan que somos telépatas. Y tenemos la obligación de adivinar lo que sea que quieran.
—Eso no ayuda.
—Ya sé que no. Pero la táctica sí… escucha —me rodea los hombros con los brazos, se acerca a mi oído—: Dale la razón, tío. Dale la razón en todo.
—¿Ahora le das la razón a Caroline en todo?
Se lo piensa un poco y responde:
—No.
—¿Y por qué me das ese consejo, idiota?
—Porque a mí me gusta discutir con mi chica. Esa es nuestra dinámica. Y… —me mira fijamente, deliberando si dar más detalles— el final es bueno para los dos.
Pongo los ojos en blanco, sabiendo perfectamente a qué final se refería.
—Todavía no sé si quiero darle la razón a la bruja. Pero gracias por el consejo.
—Si hace falta, montamos una intervención con las mascarillas del Ravi. —Me guiña un ojo, recordando la solución que usamos siempre que el ambiente se pone tenso.
Suelto una risa baja. Se despide con la mano y se aleja hacia su clase.
Me paro delante de la fila de taquillas cerca de la salida lateral. Abro la mía, meto la mochila de entreno dentro y saco otra con el portátil, el cuaderno y uno de los libros que recomendó la profesora McLaurin.
Unos minutos después, entro en el aula.
Mis ojos parecen entrenados para encontrarla en cualquier sitio al que entre.
Juliette está en la tercera fila, sentada al lado de Morgan. El cuaderno abierto, el bolígrafo entre los dedos, el pelo suelto cayéndole por un hombro, y esa cara de concentración de quien podría organizar una guerra civil usando post-its de colores.
Mis pies me guían hasta ella, como si hubiera un hilo tirando de mí sin que me dé cuenta. A cada paso, el corazón me late un poco más rápido.
Respiro hondo cuando estoy cerca, y me fijo en que el asiento vacío de su lado está siendo guardado con su mochila. Sonrío. Al menos nuestra rutina de novios no ha cambiado.
—Buenos días, preciosa —digo, cogiendo su mochila y poniéndola debajo del pupitre antes de sentarme.
—Buenos días —la respuesta sale bajita, controlada. Tiene la cara ligeramente inclinada hacia mí, como si esperara algo.
Así que le doy exactamente eso.
Me acerco y apoyo mi boca en la suya, en un piquito demasiado largo para ser inocente y demasiado corto para ser suficiente. Juliette no se aparta. Al contrario, se queda ahí, quieta de la forma más peligrosa del mundo, dejando que le atrape el labio inferior entre los míos.
Se le corta la respiración.
Mi barba le roza la piel a propósito cuando deslizo la boca hacia su oído, pasando por la mandíbula y bajando hasta el nacimiento del cuello.
—Estoy en abstinencia —confieso bajito, solo para ella—. Necesito mi dosis diaria de Juliette para sobrevivir al día.
Suelta una risa baja, de esas que intentan fingir control y fracasan estrepitosamente.
—Es que ayer no me viste.
—Y podría haberte visto —replico—, pero cierta bruja prefirió estudiar en lugar de usar todo esto de aquí.
Gesticulo hacia mi propio cuerpo con la humildad de un hombre que perdió esa habilidad en algún momento de la pubertad.
—Esta bruja, que odia ese apodo, estudió por culpa del primer debate de hoy, ¿te acuerdas?
—Podríamos haber estudiado juntos —replico.
—No íbamos a estudiar —constata ella.
Y… tiene razón.
No íbamos a estudiar.
Ni por accidente.
Pero solo esa interacción ligera entre los dos ya basta para arrancarme el sabor amargo que llevaba rumiando desde por la mañana.
Alguien carraspea cerca de nosotros con la sutileza de una taladradora atascada. Giro la cara y me encuentro con Morgan Foster, mi otra compañera de grupo, mirándonos como quien acaba de presenciar un crimen académico.
—Perdonad que interrumpa a los tortolitos, pero tenemos que repasar esto.
Ayer, además de cuidar de mi ropa, también estudié para el maldito debate de hoy.
Repartimos la investigación de forma funcional entre los tres.
Morgan se quedó con los hechos del caso: qué pasó, dónde falló la empresa, qué detalles podrían jugar en su contra y qué puntos probablemente intentaría distorsionar el otro grupo.
Juliette montó nuestra línea principal de defensa, con esa precisión irritante de quien sería capaz de organizar un incendio por orden alfabético. Introducción, desarrollo, conclusión. Todo limpio. Todo encajado. Todo listo para hacer sonreír a McLaurin sin enseñar los dientes.
A mí me tocaron los contraargumentos.
Mi parte era preparar las respuestas antes de que los adversarios tuvieran ocasión.