CAPÍTULO 25
Juliette Carter
El desierto del Sáhara hizo check-in en mi boca.
Mi glotis sufre para empujar una gota de saliva, dejando claro que hasta la garganta está pagando por mis pecados líquidos de la noche anterior.
No sirve de nada.
Necesito un vaso de agua urgente.
Quería pasarme toda la mañana en la cama, postergando el enfrentamiento con Luke Grayson, pero eso es imposible cuando mi lengua parece haberse convertido en papel de lija y mi organismo amenaza con declararse oficialmente en quiebra por deshidratación.
Tengo que despertarme.
Afrontar la vergüenza con la cara bien alta y valentía.
El problema es que la valentía se fue junto con el efecto del alcohol. Lo que quedó fue una dosis descomunal de arrepentimiento, vergüenza y recuerdos demasiado fragmentados para mi paz mental.
¡Dios!
Si aquello no fue un sueño de locos, me quedé casi sin ropa delante de él y le enseñé mucho más de lo que debía.
¿Lo peor?
Yo quería que lo viera.
Y esas ganas no se fueron con la borrachera.
Quería que hubiera pasado.
Quería haber descubierto en vivo y en color todo lo que oigo sobre Luke Grayson.
El alcohol solo le dio un empujoncito a mi falta de juicio y nos lanzó a los dos al borde del precipicio.
Pero él fue, otra vez, el novio perfecto.
Joder.
Él no quiso.
No de esa manera.
Me respetó.
Y eso me está matando.
Parecía interesado en mí, ¿no?
¿Se habrá arrepentido?
¿Le habré parecido patética?
Mierda.
No debí beber tanto.
Debe de estar pensando que soy una loca borracha, cuando, quitando lo de anoche, la única vez que me emborraché de verdad fue cuando me tomé esos chupitos de tequila.
Menudo historial.
Dos borracheras.
Y mi reputación yéndose al garete.
Pero ya está hecho.
No hay vuelta atrás. Ahora necesito reunir valor y beber agua antes de convertirme en una pasa con resaca moral.
Abro los ojos con dificultad, sintiendo granos de arena raspándome las órbitas.
Parpadeo varias veces.
Me revuelvo en la cama, buscando otro cuerpo cerca, pero no hay nada. Estiro el brazo hacia un lado y solo siento la sábana arrugada.
Vacío.
¿Habrá huido…?
Teniendo en cuenta lo que recuerdo de mí misma la noche anterior, esa opción parece plausible.
Me incorporo despacio, con los ojos alerta a cualquier pista. Encuentro una, en la mesita de noche, en forma de vaso de agua y un ibuprofeno esperándome.
Había un concurso de novio perfecto en esta casa, y Luke Grayson quería subirse al podio.
Me tomo la pastilla y bebo el agua como si estuviera ante la fuente de la eterna juventud.
Cuando devuelvo el vaso a la mesa, me fijo en la nota doblada que había debajo.
Cojo el papel.
«Estoy en la cocina.
No huyas.
Espérame.»
Sonrío.
Una sonrisa pequeña, idiota y completamente inoportuna.
Al borde de la cama hay una toalla de baño y un cepillo de dientes todavía envuelto.
Respiro hondo, buscando a la chica de la noche anterior que llevaba la camiseta del jugador de hockey más bueno del campus.
Llega despacito con el himno de las amigas diciéndome que aproveche al máximo lo que se me ofrecía. Solo tenía que dejar el corazón fuera de la ecuación. Fácil.
Cojo la toalla y el cepillo, elijo otra camiseta en su armario.
Después cruzo la habitación y voy hacia el baño.
Esta planta de la Alpha es distinta de las demás. En la Delta también funciona así. La última planta tiene habitaciones con baño privado. Beneficio del presidente y su séquito.
Tenía que haber alguna ventaja, ya que quien ocupa el cargo acaba siendo responsable de toda la cagada que comete algún miembro de la fraternidad.
Me demoro demasiado en la ducha y cruzo los dedos para que esa casa tenga suficiente agua caliente, porque me paso sin ningún remordimiento.
Me lavo los dientes y sonrío cuando empiezo a peinarme con el cepillo de Luke.
Su acondicionador huele a manzana verde. Una de esas marcas caras que siempre pensé que prometían un brillo perfecto solo para engañar a la gente vulnerable del mercado.
Después de usarlo, me doy cuenta de que la publicidad no mentía.
Vaya.
Hasta su pelo tenía privilegios.
Me seco un poco más el pelo, me pongo la camiseta y, antes de que quedarme sin bragas delate demasiado mis intenciones de la noche anterior, decido volver a ponerme las mías.
Un poco de dignidad.
Poca.
Pero cuenta igual.
En cuanto cruzo el umbral de la puerta, veo a Luke sentado en la cama, esperándome con una bandeja de desayuno.
Siento un calor recorriéndome todo el cuerpo, subiendo por el tronco y acentuándose en las mejillas. Es esa mezcla de ansiedad, excitación y ganas de saltar encima de ese hombre increíblemente guapo.
Lleva una camiseta negra y un pantalón de chándal oscuro. Tiene el pelo con ese aire despeinado y arreglado a la vez que siempre lleva. Y sus ojos azules… se comen toda la cordura que me queda.
—¿Sabías que te quedan genial mis camisetas? —bromea, echándose una uva verde a la boca.
Apoyo la mano en el marco de la puerta, inclinando un poco el cuerpo. Quiero parecer seductora. Quiero esos ojos azules chispeando de deseo.
—También estoy mejor sin nada. Pero, por lo visto, no te gustó. —La frase es esa petición implícita de un cumplido. Un anzuelo con cebo. Me muerdo la comisura de la boca y espero.
Se me revuelve el estómago en los segundos que tarda en responder.
Grayson coge otra uva, coloca la bandeja en el centro del colchón y se recuesta en el cabecero de la cama. Después, recorre mi cuerpo con esa mirada que quema la piel, subiendo desde los pies hasta encontrar mis ojos.
Trago saliva en seco, luchando por mantener la expresión confiada.
Chasquea la lengua antes de soltar:
—No lo sé. No me acuerdo.
—¿Qu-que no te acuerdas? —tartamudeo, delatándome al instante.
Niega con la cabeza, la comisura de la boca se le levanta y expande la sonrisa maliciosa.
—No. Vas a tener que recordármelo. —En ese instante, se moja el labio inferior con la lengua; su boca resulta una invitación.
Cierro los ojos y respiro despacio, cogiendo aire con fuerza.
Es muy difícil concentrarme cuando tengo el cuerpo en plena ebullición. Pero lo intento. Doy un paso tras otro hasta llegar a la cama. Miro la bandeja, decidida a ir mucho más allá de lo que nunca he ido. Cojo una uva y me la pongo entre los dientes.
A continuación, hundo una rodilla, luego la otra, inclino el tronco a cuatro patas y gateo despacio hacia él. Tengo la cara muy cerca de la suya cuando muerdo la uva, dejando que un poco de jugo me resbale por la barbilla.
Me alejo para comprobar si he causado el efecto deseado. El movimiento de su nuez es revelador. Y sexy.
Ahora soy yo quien sonríe de lado, y me acerco de nuevo hasta tener la boca cerca de su oído.
—Ayer llevaba sujetador, Grayson. Hoy solo llevo bragas —susurro, aprovechando la ronquera que me dejó el desierto.
De repente, en un impulso que no esperaba, Luke sujeta mi cuerpo, haciéndome caer de espaldas en el colchón con él encima de mí.
—Como sigas provocándome, no me voy a contener.
—No quiero que te contengas.
—Carter… —su tono es de advertencia—. ¿Estás segura de lo que estás pidiendo?
—¿Qué pasa? ¿Mucha presión te deja flojo?
—No quiero que te arrepientas —dice, apartándome un mechón de pelo de la cara.
—¿Desde cuándo te preocupas?
—No soy un canalla, Julie. Puedo huir del compromiso, pero no soy como tu ex.
—Entonces enséñamelo y hazme correrme —pido, intentando mantener el tono seductor mientras revelo una verdad.
Grayson clava la mirada en mi cara medio segundo, y suelta el aire con desaprobación.
—Cada día tengo más ganas de partirle la cara a ese pijo de mierda.
—No quiero hablar de él. Quiero que hagas que valga la pena nuestro acuerdo.
—¿Aunque termine en dos meses?
Me encojo de hombros, inundada por esa energía de tener el control de mi vida.
—Haz que valga la pena. Sé mi novio perfecto durante dos meses.
Entonces, la llave gira, para mí y para él. Le sujeto la nuca, atrayéndolo hacia mi boca. Nuestros labios se mueven al principio ansiosos hasta encontrar un ritmo que mejora el contacto, la sensación, todo.
Le chupo el labio y él el mío, rozamos nuestras lenguas, nos sentimos, en ese intercambio de provocaciones tan distinto al que solíamos tener el uno con el otro.
Aquí no me caliento por la rabia. Sino por puro deseo.
Luke se aparta, se quita la camiseta de un solo tirón por la espalda y la tira en algún rincón de la habitación. El tintineo a nuestro lado revela que el desayuno sigue intacto, salvo las uvas.
Mira la comida que preparó, luego a mí, en una pregunta muda.
—Después… —respondo, jadeante.
Coge la bandeja y la deja en la mesita de noche.
En cuanto la taza de café está a salvo, sus ojos vuelven a mí.
—Quiero hacerte tantas cosas que ni sé por dónde empezar —confiesa, con las rodillas dobladas en la cama y el torso espléndido erguido con orgullo.
—¿Qué tal por el principio? —Levanto la camiseta despacio, mostrando las bragas, el ombligo, el vientre. Cuando llega a la curva de mis pechos, paro—. ¿Quieres que siga?
Luke tarda en responder, necesita parpadear varias veces para salir del trance. Sonrío, satisfecha.
—No.
La respuesta seca casi me da ese pinchazo de decepción si no fuera porque su boca cae sin previo aviso en mi vientre, besándome y lamiéndome con avidez.
—Quiero descubrir ese tesoro yo solo —dice, subiendo con besos húmedos.
Lame la curva de mi pecho y con los dientes tira de la tela hacia arriba, dejando al descubierto el primer pecho. Su cara de aprobación es combustible para mi autoestima. Gavin decía que tengo unos pechos preciosos.
No son grandes ni pequeños, pero tienen una estética normalita que debería gustarle al bando masculino.
Cuando Luke se lleva mi pezón a la boca, la divagación sobre la belleza queda completamente barrida de mi mente.
Me devora con avidez, succionando con firmeza. Después, hace girar la lengua rígida hasta que el pezón se pone durito. A continuación, aparta la tela del otro pecho, que se convierte en objeto de la atención de su boca.