CAPÍTULO 24 #3
Y yo los sigo, guiando a mi novia —técnicamente, socialmente, peligrosamente— por la entrada.
Subimos sin grandes interrupciones, lo cual considero un milagro administrativo.
Cuando abro la puerta de mi habitación y enciendo la luz tenue de la lámpara, Juliette entra, tira el bolso en mi silla y se quita las botas de una patada con una puntería cuestionable.
Después se saca la camiseta negra por la cabeza y, usando ahora su habilidad de lombriz contorsionista, se quita los vaqueros. Y cuando me doy cuenta, tengo a mi novia falsa solo con lencería de encaje negro encima de mi cama.
Separa las rodillas despacio, sus ojos maliciosos recorren mi cuerpo, y tengo una dificultad absurda para tragar saliva.
¡Joder!
Dios me odia.
Me odia muchísimo.
Porque, en ese momento, no necesitaba autocontrol. Necesitaba un exorcismo, una descarga eléctrica y un cinturón de castidad moral soldado al cuerpo para no cagarla con la chica borracha que llevaba semanas deseando, semidesnuda en mi cama.
Juliette me mira fijamente y me doy cuenta cuando su mano se desliza por el abdomen suave hasta el borde lateral de las bragas. Empieza a tirar de la tela hacia un lado. Y como un aspirante a seminarista, aparto la mirada.
«¿Me estás vacilando?»
—Estás huyendo —su voz melosa suena arrastrada, lo cual demuestra que estoy haciendo lo correcto.
—Estoy evitando que me mates mañana cuando se te pase la borrachera.
—No te voy a matar, Luke. Así que… mírame. Me gusta cuando me miras.
Se me corta la respiración. Cuesta. Esa revelación tuvo un doble efecto. Una caricia al ego y unas ganas locas de tirarme de cabeza al infierno.
Mierda.
—Julie… mañana, cuando no te quede ni gota de alcohol en el cuerpo, miro todo lo que quieras enseñarme. Te lo prometo.
—Quiero enseñártelo ahora.
De reojo, porque no puedo ser tan santo, la veo abrir las piernas en un ángulo de ciento ochenta grados para volver a cerrarlas después, como un compás entrenado para volverme loco.
—Gavin decía que no era flexible. Pero quiero enseñártelo. Mira, vamos… ¿por favor?
Joder.
No puedo.
Me lo pidió de una manera a la que no pude resistirme.
Y cuando contemplé aquel espectáculo de mujer en mi cama, la muy bribona hizo que la mujer elástica del circo pareciera envidiosa.
—¿Entonces?
Inspiro con fuerza y contengo la respiración unos segundos, intentando que la sangre de mi polla vuelva un poquito al cerebro.
—Entonces prefiero ver toda esa capacidad circense mañana.
Hace un mohín. De esos morritos que le dan una cara de falsa monada. Todo porque la intención detrás es follarme.
Literalmente.
Antes de perder la capacidad de tomar una decisión decente, corro hasta mi armario y cojo una camiseta limpia del cajón, tirándosela.
—Ponte esto.
—No quiero.
—Si no te la pones, no vas a entrar en el circo ni mañana ni nunca.
Lo entiende y, con la cara de morros, hace lo que le digo, por primera vez.
Cuando ya está vestida, Juliette estira el brazo hacia mí.
—Ya que no me vas a follar… ¿entonces duermes conmigo?
La voz todavía lleva un resquicio de provocación, pero suena lo bastante vulnerable como para desarmarme.
Me quito las zapatillas, los vaqueros, y me pongo el primer pantalón de chándal que encuentro tirado en el sillón del rincón de la habitación. Cuando vuelvo a la cama, ella ya está tumbada de lado, la cabeza en la almohada, de espaldas a mí, dejando claro que espera que ocupe mi sitio.
A cucharita.
Genial.
Porque, por lo visto, hoy el universo decidió poner a prueba todos los límites conocidos de mi decencia.
Me tumbo detrás de ella, siguiendo la señal, e intento mantener una distancia mínima. Una distancia responsable. Una distancia que demuestre que todavía queda un adulto decente dentro de mí.
Juliette no está de acuerdo.
Coge mi brazo y lo lleva hasta su cintura, encajándose contra mí como si yo fuera parte oficial del colchón.
Mierda.
—¿Mañana te quedas conmigo? —murmura.
—Si te despiertas sobria, hago todo lo que me pidas, brujita. Ahora duerme.
—Solo si lo prometes.
Cojo aire por la nariz, haciendo las cuentas mentales de cuántos pecados registra en mi currículum moral una promesa hipotética.
—Prometo que mañana te sigo deseando.
Levanta la mano entre los dos, medio torcida, medio insistente, con el meñique estirado hacia mí.
—¿Promesa de meñique?
Miro su dedo. Después su boca haciendo ese mohín pequeño de quien considera perfectamente aceptable destruirme con una promesa infantil.
—No se lo pones fácil a nadie ni borracha, ¿eh?
—Dame el dedo, Luke.
Suelto una risa por la nariz y enrosco mi dedo con el suyo.
—Listo. Promesa de meñique.
—Bien.
Dos minutos después, se queda dormida con mi brazo prendido en su cintura como un cinturón de seguridad.
Así, sin más.
Como si no acabara de convertir mi habitación, mi cama y todo mi cuerpo en una prueba de resistencia masculina patrocinada por el infierno.
Me quedo inmóvil, sintiendo a Juliette caliente contra mí, con mi camiseta puesta y respirando tranquila.
Enhorabuena, Luke Grayson.
Novio ejemplar.
Y el primer hombre de la Alpha condenado al celibato dentro de su propia cama.