Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Luke Grayson

El hielo siempre responde antes que el mundo.

La cuchilla entra firme, rasgando la superficie blanca con ese sonido seco que sube por las piernas y se encaja directo en los músculos.

Cada deslizada exige fuerza. Muslo, gemelo, cadera, abdomen. Todo trabajando junto, ardiendo al ritmo justo, como si mi cuerpo hubiera sido montado pieza por pieza para existir ahí.

El aire entra helado, casi cortante, y sale pesado por la boca, atrapado en el protector, mezclado con adrenalina, sudor y esa hambre concreta que solo aparece cuando el disco está vivo.

Porque, en el hockey, tener el disco no es solo control.

Es poder.

Es sentir cómo el partido se dobla un poco en tu mano. Es saber que, durante unos segundos, todo el mundo tiene que reaccionar a lo que decides hacer.

Cada marcador lee tu jugada, cada compañero espera, cada persona en las gradas contiene la respiración sin darse cuenta.

Y a mí me encanta esta mierda.

Adoro el segundo en que el disco toca mi stick y el resto del universo se convierte en ruido de fondo.

Los Eagles entran presionando arriba, cerrando los laterales e intentando empujarnos hacia el fondo, como si el Yost Ice Arena fuera territorio suyo.

No lo es.

Y me encargo de recordárselo en el primer minuto, cuando su extremo derecho intenta cortar por dentro con el disco pegado al stick y una confianza ofensiva excesiva para alguien a punto de conocer el plexiglás de cerca.

Entro en el momento justo.

Cuerpo contra cuerpo.

Empujo al alero derecho directo contra el plexiglás protector, con ese impacto seco.

La grada estalla cuando el tío pierde el disco.

—Bienvenido a Michigan, baby —gruño, patinando hacia atrás.

—¡Grayson! —me llama Jake, ya tirando de la transición.

El disco llega rápido.

Lo recibo por la izquierda, lo controlo y se lo paso a Ravi, que aparece por el centro como un demonio azul sobre patines. Se cuela entre un defensa, intenta un remate, pero el portero de los Eagles lo detiene con el guante.

—Menuda parada —masculla Sean, pasando a mi lado.

—Menuda suerte —le devuelvo.

—Concéntrate, joder —grita Jake, con ese tono de capitán que parece un cogotazo.

Me concentro.

O lo intento.

Porque, cuando el juego se para por fuera de juego y me deslizo hasta nuestra zona, mis ojos recorren las gradas, distraídos.

No debería.

Debería estar pensando en posicionamiento, marcaje, jugada.

Pero pienso en una chica de botas militares, boca insolente y una habilidad criminal para convertir a un hombre en un idiota con cuchillas en los pies.

No tardo en encontrar al grupo de las chicas entre el público.

Caroline está de pie, aplaudiendo al lado de Morgan. Blair grita algo que no entiendo. Bella parece demasiado concentrada para estar entre el público.

Y entonces la veo.

Juliette.

Cuando la vi antes de que empezara el partido, pensé que estaba en uno más de mis muchos sueños eróticos.

Bueno… aquí llevaba unos vaqueros ajustados en la parte de abajo. En mis sueños no llevaba nada.

Nunca entendí el gusto de ver a una chica con tu camiseta de juego. Al menos hasta imaginarme a mi brujita con la mía.

Saber que lleva mi número en la espalda me pone cachondo de la hostia.

Está preciosa con el pelo suelto sobre los hombros, sin las gafas. Aunque está sexy cuando las lleva, con ese aire de persona que sabe demasiado para su propio bien.

Mi cerebro se queda en pantalla azul.

No hay otra explicación.

El estadio sigue con el mismo jaleo, los tíos siguen moviéndose, el árbitro pita, Sean dice algo cerca de mí, pero yo solo veo a Juliette Carter llevando mi número.

—¡Luke! —brama Jake.

Giro la cabeza del susto y casi pierdo la línea del disco que pasa cerca.

—¡Juega, joder!

Sean patina a mi lado y sigue mi mirada durante medio segundo.

El desgraciado sonríe.

—La camiseta te ha afectado, ¿eh?

—Sean… —sueno como una advertencia.

—Qué mono.

—Te voy a estampar contra el plexiglás.

—Qué agresivo. Y luego el sensible soy yo, ¿no?

No tengo tiempo de responder porque el disco vuelve a caer.

Boston College se hace con la posesión y acelera por el centro. Aidan cierra el ángulo con precisión, cuerpo bajo, stick sobre el hielo, silencioso como siempre. El tío de los Eagles intenta pasar, pero Aidan corta limpio.

—¡Vamos! —suelta, cortante.

Cojo el disco.

La grada se crece con nosotros.

Hay un defensa viniendo por la derecha. Otro cierra por el centro. Sean se abre por el lateral. Ravi corre hacia la portería. Jake viene detrás, y preparo el pase para él.

Es solo un intento más, uno más para que el disco entre.

Pero… no entra.

El primer periodo termina empatado.

En el banquillo, el coach dice algo sobre presión, disciplina y no dejar respirar a Boston College.

Escucho.

Lo juro.

Solo que, cuando vuelvo al hielo en el segundo periodo, vuelvo a espiar.

Juliette está sentada ahora, pero parece notarlo. Porque levanta la vista en el mismo instante.

Nuestras miradas se encuentran.

No sonríe de inmediato.

Primero arquea una ceja, como si me retara a hacer algo digno de la ropa que lleva puesta.

Se me curva la boca.

Ah, brujita.

Petición aceptada.

La jugada sucede rápido.

Jake le roba el disco en la zona neutral y acelera por el centro, arrastrando la marca con él. Sean se abre por el lateral, Ravi entra con fuerza delante de la portería, y yo hago lo que hace un defensa con un mínimo de sentido común cuando el ataque empieza a dibujar la ocasión.

Subo hasta la blue line.

No para convertirme en delantero.

Solo para estar donde hace falta cuando su defensa se olvide de mí.

Y se olvidan.

Idiotas.

Jake se la pasa a Sean, Sean amaga el remate y arrastra a dos marcadores con él. El portero sigue el movimiento, Ravi planta el cuerpo delante del área y le tapa media visión al hijo de puta.

Entonces Sean me la devuelve.

A mí.

El disco llega limpio.

Disparo a la primera.

El sonido del slap shot estalla en el hielo antes incluso de que la grada entienda la jugada.

El disco sale como un tiro, rasgando el espacio entre cuerpos, pasando cerca de la pierna de un defensa, desviándose lo justo en el tráfico para cambiar el ángulo.

El portero reacciona tarde.

Muy tarde.

Gol.

El Yost estalla.

El sonido me entra en el pecho como una descarga eléctrica.

Ravi es el primero en llegar, dándome golpes en el casco como si tuviera algún derecho a dañar las pocas neuronas que me quedan.

Jake me agarra por la rejilla del casco, gritando algo que se pierde en el ruido, pero entiendo lo esencial: ¡bien hecho!

Pero mis ojos vuelven a buscar las gradas.

Y ahí está ella.

De pie.

Aplaudiendo.

Con mi camiseta puesta.

Con una sonrisa pequeña, mitad incrédula, mitad orgullosa, como si no quisiera admitir que le había gustado.

Ay, joder.

Marcar un gol siempre fue bueno.

¿Pero marcar un gol mientras Juliette Carter lleva mi nombre en la espalda?

No tiene precio.

•  •  •

Ganamos.

Dos a uno contra Boston College, con el Yost Ice Arena gritando como si hubiéramos declarado la independencia, derrocado un imperio y descubierto la cura para la resaca en el mismo periodo.

Modestia aparte —y raras veces la uso—, fue una victoria de puta madre.

De esas que dejan el cuerpo dolorido en los sitios justos. El tipo de dolor que cualquier jugador entiende como un trofeo personal, porque cada músculo que protesta significa que has dejado algo en el hielo.

Y yo lo dejé.

Dejé hostias.

Dejé un gol.

Y, por lo visto, dejé también parte de mi juicio.

Después de eso, celebrar era una obligación moral.

Sean propuso ir al The Silver Fox, una discoteca en Ann Arbor que funcionaba como territorio neutral entre atletas y estudiantes fuera de sí. Y, sorprendentemente, todos aceptaron.

Reservamos un reservado en el entresuelo.

El espacio quedaba por encima de la pista, con sofás oscuros en forma de U, mesas bajas llenas de vasos, cubiteras, botellas y una vista privilegiada del desastre colectivo de ahí abajo.

La música subía por el suelo, golpeando las suelas de los zapatos y el pecho. Las luces cortaban el ambiente en destellos azules y lilas.

Algunos del equipo trajeron amigos.

Otros, chicas.

Jake y yo trajimos a nuestras novias.

Tío…

Qué raro pensar en eso sin sentir ganas inmediatas de reírme.

Pero Juliette estaba ahí, a mi lado, ahora solo con una camiseta negra ajustada, los vaqueros ceñidos y las botas militares puestas.

Yo estaba ahí, haciendo mi papel de novio perfecto.

Tío… soy mejor camaleón de lo que imaginaba. Me adapto fácil. Demasiado fácil, quizá.

Porque la sensación de tener a Juliette Carter a mi lado había empezado como entretenimiento para adultos, pasó por un acuerdo idiota, y ahora ocupaba el primer puesto de las cosas más locas que había hecho por diversión en la vida.

—Me estás mirando —dice ella, sujetando una botellita de hard lemonade [8] entre los dedos.

—Sí.

—Eso normalmente viene con algún chiste insoportable.

—Lo estoy reservando.

Ella entrecierra los ojos.

—¿Para cuándo?

—Para cuando estés lo bastante borracha.

—No me voy a emborrachar —declara, levantando la botellita.

—Eso siempre precede a una tragedia.

—Tres botellitas. Como mucho. Esto es prácticamente un refresco para mí.

Suelto una risa que suena incrédula.

Ella pone los ojos en blanco.

—Sé lo que hago, Grayson.

—Eso es justo lo que dijiste antes de cantar en el Bar 213 como una cabra a punto de ser sacrificada.

—No estuve tan mal.

—Estabas poseída.

Abre la boca para responder, pero Bella aparece de la nada, haciendo equilibrios con un vaso alto lleno de un líquido rosado y demasiado hielo.

—¿Qué es eso? —pregunta Julie, y ella le ofrece el vaso.

Intento impedirlo, lo cual fue un error por mi parte, porque Juliette lo entendió como un reto.

Lo probó y luego bebió un poco más.

—¿Qué lleva? —pregunto para calcular los daños.

La portera se encoge de hombros, y me giro hacia Juliette, levantando las dos cejas con esa cara de alerta.

—Déjalo ya, Grayson. Sé perfectamente lo que hago.

—Está bueno, ¿eh? —declara Bella, y como castigo le hace una seña a Julie para que se quede con el vaso.

Dijo que se pillaría otro.