Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Juliette Carter

La clase termina, y yo sobrevivo.

Lo cual, teniendo en cuenta los últimos cincuenta minutos, sentada al lado de Luke Grayson, debería valerme algún tipo de crédito extra.

La profesora McLaurin todavía dice algo sobre la investigación preliminar, la división de los tríos y la preparación para el debate. Anoto mentalmente lo básico: trabajadores, industria metalúrgica, humo tóxico, máquinas asesinas y capitalismo con cara de hoja de cálculo.

Listo.

Soy una estudiante ejemplar.

Cierro el portátil, guardo los bolígrafos de colores en el estuche e intento comportarme como una mujer que no se ha pasado media clase con la pierna pegada a la de un defensa de hockey y la mente bajando una cuesta sin frenos, casco ni seguro médico.

Morgan se levanta primero.

—Os veo luego —dice, metiendo el cuaderno en el bolso.

Normal.

Sería normal.

Si no fuera porque su sonrisa tenía esa curvita criminal de quien ha visto demasiado y lo está archivando todo para usarlo en mi contra en el momento oportuno.

—Deja de sonreír así —murmuro.

—¿Así cómo?

—Como quien sabe dónde escondí un cuerpo.

Mira a Luke.

Luego a mí.

Luego a la silla entre los dos, como si la madera hubiera prestado declaración.

—Es bastante grandecito para esconder —cuchichea en un tono lo bastante alto como para que él también lo oyera.

Gruño y empujo a mi amiga hacia la puerta. Ella sigue su camino soltando una carcajada y grita un «adiós, Luke» de espaldas a nosotros.

—Hasta luego, Foster. —Él levanta dos dedos en despedida.

Mientras sigo a Morgan con la mirada, veo a Piper girada hacia atrás, en la primera fila, mirándonos a los dos como si hubiera pillado a una especie alienígena reproduciéndose en ambiente académico.

Su mirada pasa por mí, por Luke, otra vez por mí, y termina con un resoplido de puro desdén.

Misteriosamente, en la clase de hoy, ni siquiera me acordé de que existía.

Efecto secundario positivo de Grayson.

Sonrío. Después cojo la mochila y me echo una correa al hombro.

O lo intento.

Porque Luke extiende la mano antes.

—Dámela.

Lo miro.

—¿El qué?

—La mochila. —Intenta tirar de la correa de mi hombro, pero yo esquivo el gesto.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo pides?

Él ladea la cabeza, y una sonrisa torcida aparece despacio.

—Porque quiero cargar con tus cosas.

Mi garganta se olvida de su función básica de existir.

—¿La mochila?

—También.

Aprieto la correa con más fuerza.

—La mochila se queda conmigo.

—Vale, entonces. —Se encoge de hombros, sabiendo que era una batalla perdida.

Salimos juntos de la fila de pupitres, y cuando voy a mitad de camino hacia la puerta llega la humillación silenciosa.

Mi mano queda suelta al lado del cuerpo.

No extendida.

Yo no llego a ese nivel de patetismo.

Todavía.

Pero se queda ahí. Disponible. Medio caída. Medio esperando.

Fue una semana de acuerdo falso. Una semana cogidos de la mano. Una semana fingiendo de cara a los demás mientras mi cuerpo, ese idiota necesitado con título falso, decidía que le gustaba la rutina.

¿Seguirá haciéndolo igual?

En el siguiente escalón, Luke responde, cogiéndome la mano.

Sin pedir permiso.

Sin dudarlo.

Sus dedos encajan con los míos como si simplemente estuvieran volviendo a un lugar conocido.

—¿Cuál es tu próxima clase? —pregunta, relajado.

—Fundamentos de Estudios Jurídicos.

—Suena divertido.

—Prederecho, Grayson. «Divertido» aquí significa leerte cien páginas para descubrir que nadie está de acuerdo con nadie desde 1787.

Se ríe.

—Yo tengo Política Exterior Comparada.

—Pero… ¿no es al otro lado del campus?

Asiente.

—Entonces, ¿por qué vienes hacia aquí?

—Me he pasado un fin de semana lejos de mi chica, ¿sabes? —lo dice con un tono demasiado natural—. Quiero pasar un poquito más de tiempo con ella.

Y me suelta ese guiño encantador.

Ese con el que juré que jamás me derretiría.

Esa que juraba estar vacunada.

¡Ay, Dios! Me contagié del virus que tiene más de la mitad de la población femenina de esta universidad.

—No hace falta que me escoltes por el campus —la voz me falla al principio, luego se afirma.

—Ya lo sé.

Dejo de mirar al frente solo para encararlo.

—¿A todo respondes «ya lo sé»?

—Solo cuando intentas fingir que no te gusta.

Vale.

Ahora lo odio.

Sigo caminando porque pararme sería darle importancia. Y soy una mujer madura. Una mujer adulta. Una mujer a la que se le acaba de escapar apretarle la mano un poquito más sin autorización de su propio cerebro.

—¿Qué tal el cumpleaños de tu madre? —pregunto, cambiando de tema antes de que mi dignidad pida el traslado.

Su cara cambia.

Poco.

Pero cambia.

La sonrisa de granuja deja paso a algo más cálido. Más suyo.

—Sobrevivimos.

—Qué dramático.

—Realista. —Suelta mi mano y se sube la manga, enseñando una marca morada en el antebrazo—. Esto es obra de una criminal de la mafia del pellizco.

Parpadeo.

—¿De la mafia de qué?

—Del pellizco. Tías honorarias. Amigas de mi madre desde la prehistoria afectiva. Atacan en manada, usan perfume caro y tienen unas capaces de violar la Convención de Ginebra.

Contengo la risa, pero fracaso.

—Sí que te ha quedado morado.

—Eso es porque no has visto el culo de Jake.

Giro la cara hacia él tan rápido que casi me hago una lesión cervical.

—Creo que no quiero que veas su culo —dice, pensativo—. Pero si quieres, te enseño el mío.

—Creo que no quiero ver el culo de nadie.

Suspira, como si acabara de rechazar una experiencia cultural única.

—Qué pena.

—Eres insoportable.

—Y aun así me estás cogiendo la mano.

Miro hacia abajo.

Es verdad, estamos cogidos de la mano.

Traición registrada en flagrante.

—Es parte del acuerdo.

—Claro.

—No sonrías así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras ganando.

El aula de mi próxima clase aparece demasiado rápido frente a nosotros.

La puerta está abierta, algunos alumnos ya sentados, una profesora ordenando papeles sobre la mesa.

Me detengo en la entrada.

Y, cuando giro el cuerpo para despedirme, su boca roza la mía.

Un piquito.

Corto.

Rápido.

Pero suficiente para que mi cerebro se bloquee.

Todavía alcanza a acercarse a mi oído y susurra, soplando las palabras que me erizan entera:

—Que sepas, brujita, que todavía no he ganado. Pero sé que voy a hacerlo.

Cuando se aparta, me quedo plantada como una idiota.

—Adiós, brujita —dice, sonriendo como si no acabara de cometer un pequeño atentado contra mi estabilidad—. Te veo a la hora de comer.

Y se marcha.

Así, sin más.

Como si no fuera a pasarme la siguiente clase entera mirando la pizarra y pensando en su boca.

Un rato después, me doy cuenta de que me he convertido en una alumna menos aplicada.

Por primera vez, conté los minutos que faltaban para que acabara la clase con un nivel humillante de expectación por la hora de comer.

Algo va muy mal en mi cabeza.

Eso queda claro cuando entro en el Maizie's Kitchen and Market [7] , buscando el tren descarrilado que es Luke Grayson, que ha pasado por encima de mi capacidad de pensar.

No fue solo el piquito en la puerta del aula.

Ah… no.

Hizo el trabajo completo para desestabilizarme todavía más con el mensaje de texto antes de que acabara la clase.

Problema n.º 21: Te he pillado la comida. Última mesa de la derecha.

Lo leí más de una vez, queriendo encontrar una letra fuera de lugar que me demostrara lo equivocado que estaba todo aquello.

No la encontré.

Así que respiré hondo y decidí seguir la corriente de mi vida rumbo a la locura.

En cuanto entro en el restaurante, diviso la última mesa de la derecha y me detengo medio segundo.

Porque él no estaba solo. Estaba con un pequeño congreso deportivo reunido alrededor de bandejas, botellas de agua, mochilas tiradas por el suelo y risas sueltas, como si fuera la escena perfecta para una película con temática universitaria.

Jake está sentado al lado de Caroline, a una distancia máxima de dos centímetros, porque por lo visto la relación de esos dos tiene su propio campo gravitatorio.

Sean ocupa el otro extremo de la mesa, gesticulando con un tenedor mientras dice algo que hace reír a Ravi antes incluso de que termine de masticar.

Blair pone los ojos en blanco ante la escena, Bella parece demasiado entretenida con la ensalada y Morgan es la primera en levantar la vista hacia mí.

Aidan Kavanagh también está ahí.

Más o menos.

El cuerpo está sentado, el plato está lleno y el tenedor existe en su mano por pura formalidad. El alma, sin embargo, parece haber pedido un intercambio a otro continente.

Me doy cuenta cuando sus ojos pasan por encima de la mesa y se detienen en algún punto detrás de mí. Por curiosidad —y porque soy humana, no una monja sin instinto investigador— sigo la dirección de su mirada.

Reese está al otro lado del comedor, sentada con Thomy.

Ah.

Interesante.

Cuando vuelvo a mirarlo, Aidan ya ha desviado la vista hacia la ventana, como si el jardín del campus acabara de revelarle el sentido de la vida, y no fuera una huida cobarde de quien ha sido pillado mirando donde no debía.

Nadie en la mesa parece encontrarlo raro.

Lo cual me lleva a pensar que «Aidan contemplando el vacío» es algo habitual.

Un atleta emocionalmente dañado más para la colección de la universidad.

—Mirad quién ha llegado —anuncia Ravi, como si yo fuera una jugadora del equipo.

—Carter —me saluda Jake, con ese gesto de cabeza de capitán.

—¡Hola! —respondo, intentando no parecer intimidada por una mesa llena de gente.

Luke está en la esquina, con una silla vacía al lado, y mi culo se sienta ahí con una naturalidad que me ofende.

—¿Todo bien? —pregunta, bajito.

Miro la bandeja delante de mí.

Macarrones con queso cremoso, una ensalada que seguro que puso ahí algún arrebato de atleta, zumo de naranja y un brownie de postre.

Quitando la ensalada, cogió exactamente lo que yo habría cogido.

Lo cual es ridículo.

¿Quién le ha dado permiso a este hombre para ser tan observador?

—Todo —murmuro.

La voz me sale demasiado baja.

Luke solo tuerce la comisura de la boca, como si hubiera entendido más de lo que dije.

Gilipollas.

Sean mueve el tenedor en el aire, gesticulando entre Luke y yo.

—Me tienes orgulloso, Grayson. Quién iba a decir que serías un novio ejemplar, ¿eh?

Me atraganto con el aire.

Caroline sonríe dentro del vaso.

Jake mira a Sean con la expresión cansada de quien ya ha aguantado a muchos idiotas en una sola vida.

—Deja que coman, tío —dice el capitán.

—Solo les estoy animando —se defiende Sean.

—Tú animas para cualquier cosa —replica Morgan.

—Soy un amigo del romance.

—Llamaste a una chica «mi casi prometida» porque te sujetó la puerta —le recuerda Ravi.

Sean le señala con el tenedor.

—Me sonrió. Había un contexto.

—Ajá —murmura Aidan, y todos lo miran.

—¿Estás de acuerdo con quién? —pregunta Ravi.

Aidan parpadea, volviendo a la mesa durante dos segundos.

—Con la puerta.

Silencio.

Luego la mesa entera se ríe.

Vuelve a mirar por la ventana, como si ya hubiera aportado suficiente a esa conversación.

Empiezo a comer, aprovechando que se han despistado.

—El próximo partido es contra Boston College, ¿no? —pregunta Bella, agitando una patata frita hacia los chicos.

—El sábado —confirma Jake.

—Los Eagles son unos coñazos —comenta Ravi—. Su portero parece que tiene ocho brazos.

—Tenemos que apretar hasta que su defensa ceda —dice Jake, ya en modo capitán.

—Hay que marcar pronto —añade Luke, robando una patata del plato de Sean sin pedir permiso—. Suelen crecerse después de sufrir un rato. ¿Os acordáis del año pasado?

—El año pasado ganamos —puntualiza Sean.

—Pero fue jodido —se queja Jake—. Fue por muy poco.

—Y este año no tenemos a Ethan para salvar la portería —dice Ravi, con tono contrariado—. ¿Cómo estará nuestro robotito?

—Casi robándole el puesto de titular en los Red Wings —responde Jake—. Por lo visto, el tío no para de darle caña.

—Menos mal que a él le da igual —dice Ravi—. Tiene sangre fría.

Sean niega con la cabeza.

—Ethan siente mucho más de lo que crees. Lo que pasa es que tiene cara de que lo montaron en un laboratorio sin expresión facial.

—Tiene sentido —murmura Aidan.

—¿El qué? —pregunta Ravi.

—Los robots también se bloquean cuando se sobrecalientan.

Sean lo señala.

—Exacto.

La conversación sigue con la alineación, el entrenamiento, la ventaja de jugar en casa, la superstición de antes del partido y alguna discusión absurda sobre que Sean tiene prohibido elegir la música en el vestuario porque la última vez todos se quedaron con muy mal rollo.

Como en silencio unos minutos.

No por incomodidad.

Curiosamente, no.

Nadie me trata como si fuera de cristal. Nadie anda con pies de plomo a mi alrededor.

Cuando cojo el brownie, Luke me observa de reojo.

—Sabía que ibas a dejar la ensalada. —Balancea el tenedor sobre las hojas verdes de mi plato.

—Entonces, ¿por qué la cogiste?

—Con la esperanza de que mi brujita comiera un poquito más sano.

—Mejor prueba con otra cosa.

—Pienso hacerlo. —Sonríe de lado, y mi cuerpo responde con un escalofrío en la espalda que me hace sentarme más erguida.

Se ríe bajito, y el sonido se instala en algún rincón idiota dentro de mí.

—¿Vas al partido del sábado? —pregunta, con los ojos brillando con algo parecido a la inseguridad. Aunque es improbable.

Mastico despacio, ganando tiempo.

—Probablemente. Ya he ido a varios partidos con las chicas.

—Genial. Luego paso por la Delta y te dejo mi camiseta para que la uses.

Toda la mesa se queda paralizada, como muñecos de cera que solo mueven los ojos.

El tenedor se detiene en el aire.

El vaso se detiene a medio camino.

Morgan levanta la vista del móvil.

Antes de que consiga formar ningún pensamiento coherente, Caroline suelta una sonrisa demasiado amplia y exclama:

—¡Qué bien! —dice, animada—. No voy a ser la única novia en la grada.

—Yo no soy su novia —respondo al instante.

Demasiado rápido.

Luke se recuesta en la silla, tranquilo como un criminal absuelto por falta de pruebas.

—Por el amor de Dios… —se queja Morgan—. Que alguien me dé una bebida antes de que tenga que presenciar esto sobria.

Ravi levanta la lata de refresco.

—¿Sirve esto?

—Solo si tiene vodka escondida.

Sean suspira, Aidan pasa del tema y Jake niega con la cabeza mientras Caroline sigue sonriendo.

¿Y yo?

Mantengo los ojos clavados en el brownie, porque mirar a Luke Grayson en este momento sería admitir algo mucho peor que hambre.

Sería admitir expectación.