Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Cojo la mochila y la pongo en el suelo, con toda la dignidad que puede reunir una mujer después de que la pillen guardando sitio para su propio error.

—Estaba evitando que algún idiota se sentara aquí.

Se acomoda a mi lado, lo bastante cerca como para que su perfume entre en mi espacio personal sin pedir permiso.

—Entonces fallaste.

Abro el cuaderno sin mirarlo.

—Lo sé.

Suelta una risa baja. Y ese sonido le manda un mensaje muy equivocado a mi coño, porque siento dos contracciones intensas —del tipo que recuerda exactamente lo que hice esa noche pensando en él.

La profesora McLaurin es mi salvación cuando saluda a la clase y presenta el tema del día.

Dejo el portátil con varias pestañas de investigación abiertas, mientras uso bolígrafos de colores para resaltar las frases que la profesora repite con frecuencia.

Soy multisensorial. Para retener mejor la información, necesito usar todos los trucos de memorización posibles.

Uno de ellos es escribir en el cuaderno, no solo teclear.

Estoy cambiando de bolígrafo cuando siento calor en el lateral del muslo.

Miro de reojo a Luke, sentado en la silla de al lado, con las piernas repantigadas y los brazos cruzados. Tiene la mirada fija en la profesora, pero la sonrisa pícara delata la provocación.

Lo correcto sería apartarme. Decir algo que cortara ese contacto físico antes de que se convirtiera en otra pésima decisión.

Pero mi cuerpo traidor está sintiendo frío.

Mucho frío.

Frío suficiente como para que mi pierna se acerque a la suya.

Noto que la sonrisa vacila.

Es mínimo. Casi imperceptible.

Pero lo veo.

Luke parpadea, sorprendido. Y soy yo quien sonríe, satisfecha al verlo desmoronarse durante una fracción de segundo. Sus ojos se clavan en los míos. La respiración le mueve el pecho despacio. La lengua le roza rápidamente el labio inferior, y enseguida queda atrapada entre los dientes.

Una cara necesitada.

Tomada por el deseo.

El deseo que yo quería ver en vivo y en color cuando mandé aquella foto.

Se inclina sobre el pupitre, con los codos en la mesa, la cabeza apoyada en las manos entrelazadas.

—¿Hemos cambiado de fase, brujita? —pregunta bajito, con un tono ronco que me manda escalofríos por toda la espalda.

Me acomodo mejor en el asiento, como si eso fuera a arreglar el lío de temperatura de mi cuerpo.

—No sabía que estábamos jugando a nada.

—Mi tablero está abierto, mi peón en primera base. Solo tienes que tirar el dado.

Tirar el dado.

Será cachondo.

—El dado tiene seis caras, Grayson. ¿Cómo voy a saber a dónde quieres llegar?

—Tengo un dado diferente en mi habitación. Puedo enseñártelo y tú decides —la voz seductora, acompañada de la ceja levantada, insinuaba algo obsceno.

Lo sabía.

Trago saliva en seco, completamente paralizada.

Esas reacciones corporales llevaban dormidas tanto tiempo que parece la primera vez que las siento.

No lo es.

Pero ¿por qué con Luke Grayson todo parece la primera vez?

—Que sepas que borré tu foto. No hace falta que te preocupes.

Frunzo el ceño, porque no pensé que fuera a borrarla.

¿Quería yo que la borrara?

No se lo pedí. Pero claro que quería. Era lo correcto.

Aunque fuera la foto de un culo sin cara. Aun así, era mi culo.

—Ahora tienes que mandarme otra.

Giro la cara tan rápido que oigo un chasquido dentro de la cabeza.

Está sonriendo con picardía, divirtiéndose con mi reacción.

Cierro los ojos, recuperando el control. O el mínimo que podía tener.

—Te lo vas a tener que ganar —susurro.

—Ah… preciosa. Voy a hacer un montón de cosas para ganarme un desnudo completo. —Desliza el índice por mi antebrazo, el más cercano a él.

A mi coño acaba de matricularse en el CrossFit y ha elegido a Luke Grayson como pretemporada. Estoy en una tanda de ejercicios intensos que empapan la tela de ahí abajo de una forma vergonzosa.

—Vale... —susurra Morgan a mi lado, sin apartar los ojos de su propio cuaderno—. Antes de que vosotros dos convirtáis Persuasión y Argumentación en un laboratorio de reproducción asistida, ¿alguien aquí piensa elegir un bando en el caso?

Parpadeo.

Luke no se aparta.

Lo cual es un problema.

Porque su dedo sigue en mi brazo y mi capacidad de razonar acaba de pedir la baja por motivos de salud mental.

—¿Qué caso? —pregunto, intentando sonar como alguien que sabe dónde está.

Morgan gira la cara despacio.

Demasiado despacio.

—El caso que la profesora lleva explicando unos buenos diez minutos, Julie.

—Estaba escuchando.

—Claro. Y yo soy el ratoncito Pérez.

Luke suelta una risa baja a mi lado, y me dan ganas de darle una patada por debajo de la mesa. No lo hago.

Morgan señala la pizarra con el bolígrafo.

—Millhaven Steel. Industria metalúrgica.

Trabajadores expuestos a calor extremo, humo tóxico y máquinas sin la protección adecuada.

La empresa dice que cumplía las normas mínimas, que los empleados ignoraban el protocolo y que cerrar la fábrica hundiría a la ciudad entera.

La profesora va a dividir la clase en tríos, cada trío elige un bando y, en la próxima clase, se sortea qué trío debate contra cuál.

Obligo a mi cerebro a volver a la Tierra.

—¿Trabajadores contra la empresa?

—Básicamente.

Luke se inclina un poco hacia delante.

—¿Por qué ahí también pone testigo externo?

—Uf… ¿así que sí estabais prestando atención? —Pone esa cara de matriarca. Después, explica gesticulando en el aire—: Porque se puede traer a alguien de fuera de la clase para reforzar la tesis. Para interpretar a algún trabajador, familiar de una víctima, periodista, especialista en seguridad…

Miro a la pizarra.

La profesora McLaurin escribe responsabilidad corporativa, negligencia, impacto económico y prueba testifical en unos apuntes demasiado organizados para el lío que tengo en la cabeza.

—Yo prefiero a los trabajadores —digo.

Morgan sonríe, satisfecha.

—Menos mal. Porque ya he empezado a apuntar algunos puntos para una defensa legal. —Me enseña investigaciones sobre enfermedades respiratorias.

—Yo también prefiero a los trabajadores —acepta Luke—. La verdad es que me pondría de tu lado de todas formas.

Suelta la bomba y se encoge de hombros, haciendo que a Morgan se le caiga la mandíbula junto con mi sentido común, porque yo estoy sonriendo, satisfecha.

—¡Ay, Dios! Que alguien me ayude para no hacer de sujetavelas aquí —se queja mi amiga, y vuelve la mirada a su investigación.

Abro un buscador y hago lo mismo, sintiendo la mirada de Luke sobre mí.

Le doy un bolígrafo y le empujo el cuaderno para que me escriba ahí los nombres de algunas enfermedades.

¿Podría abrir un archivo de Word y teclearlo?

Claro.

Pero entonces no sabría cómo es su letra.

Listo. Cogí mi dado mental y lo lancé sobre el tablero del jugador de hockey.

Si Luke Grayson quería jugar conmigo, quizá pudiera aprovechar un poco antes de fingir que todavía sabía dónde estaba el freno.